Colombia: Un país inmaduro para el conflicto, un país inmaduro para la paz

Por: Sandra Jaramillo y Carlos Mario González*

Esta ponencia ha sido preparada por la Corporación Cultural ESTANISLAO ZULETA de la ciudad de Medellín y presentada en el coloquio.

“Sólo un pueblo escéptico sobre la fiesta de la guerra, maduro para el conflicto, es un pueblo maduro para la paz”[3]

 RESUMEN

Abrumadora como una inmensa roca sobre las espaldas y tan antigua que se hunde en las lejanías del pasado, la violencia se ha asentado en la piel de Colombia y ha penetrado sus poros. Esta realidad, preocupante de por sí, se agrava con la existencia de algunos rasgos que marcan al país y se han cristalizado en la vida cotidiana de sus habitantes, configurándose así una atmósfera social en la que la violencia, tanto privada como política, no sólo se padece sino que se ejerce como expresión habitual.

Los colombianos normalizamos vivir en una democracia formal cruzada por el terror; aceptamos unos términos inequitativos e injustos en lo social y en lo económico; refrendamos un Estado atrapado en prácticas clientelistas y corruptas y cuyos agentes desbordan muchas veces sus fueros legales; desistimos del rigor racional para entender y actuar en la difícil realidad que tenemos, privilegiando un emocionalismo de corto alcance; degradamos la política y la ética, con sus requerimientos de causalidad y fundamentación, para poner en su lugar una estrecha moralización que reduce todo a asunto de buenos y de malos; trivializamos la vida en lugar de asumir la gravedad de lo que vivimos; dimos curso a la sensiblería y cerramos el camino a la sensibilidad; nos acostumbramos a unas clases dominantes enfebrecidas por el dinero y sin reato para con el horror en aras de sus intereses; confundimos la reclamación social con la subversión; nos habituamos a la resignación o a la explosión frente a las injusticias; cohonestamos con un Estado que, por débil, es terriblemente violento.

En fin, que el listado puede seguir y él, en su conjunto, trazará la ardua distancia que deberemos recorrer para que las reformas económicas y sociales, las modificaciones ética y culturales y la democracia participativa, sean una fuerza que permita retirar la pesada roca de la violencia que de tanto tiempo atrás, dobla las espaldas de Colombia y la hace, por ahora, tan ajena a la madurez para el conflicto, que Estanislao Zuleta señalaba como condición para esa madurez que se llama la paz.

INTRODUCCIÓN

A diferencia del tipo de intelectual y profesor que ha terminado por primar en el mundillo universitario de nuestro tiempo, tipo caracterizado por una adaptación al orden establecido, por su tarea de legitimador de éste, por el abandono de cualquier posición crítica y por su denodada entrega a la rivalidad narcisista por diplomas y cargos, Estanislao Zuleta mantuvo a lo largo de toda su vida el principio que compromete a los intelectuales con el adelanto de una labor crítica frente al mundo y la realidad que se tiene. Inclaudicable, Zuleta no cejaba en esto ni por lo difícil y riesgosa que pudiera ser tal posición ni, mucho menos, por el cómodo prestigio que deparan las modas académicas, como es el caso de ese neo-conservadorismo llamado posmodernidad, manteniéndose más bien consecuente con el postulado de Robert Musil que nos convoca a tomar la vida –la personal y la colectiva– como regida no sólo por el “principio de realidad” sino investida también por el “principio de posibilidad”. Para Estanislao la crítica era una expresión de doble faz: por un lado, comprendía una evaluación y una radiografía rigurosas y fundamentadas del objeto examinado y, por otro, desplegaba una labor creadora en función de las posibilidades efectivas contenidas en el mismo objeto. Pero cabe agregar otro par de cosas a la concepción zuletiana de la crítica: una, que ésta es causa y efecto, condición y consecuencia de la racionalidad y, la segunda, que la crítica es una versión del amor que se le tiene a algo o a alguien pues, acorde con Nietzsche, un amor potente y activo es el que sabe amar un objeto no sólo en el reconocimiento de lo que es, sino en el respaldo a lo que puede llegar a ser. Por esto, igual que hacía con cualquier otro asunto que sometía a indagación, cuando Estanislao pensó a Colombia lo hizo descarnando sus verdades, por duras y tristes que fueran, pero apuntando a contribuir de esa manera a la solución efectiva de las causas que tan dramáticamente han signado el destino de nuestro país.

Ahora, respecto a Colombia, guardar la memoria del magisterio de Estanislao es recoger el contexto que nos legó su reflexión y derivar algunas consecuencias que él no necesariamente enunció, pero que están contenidas o por lo menos posibilitadas en su pensamiento, manera por la cual se puede sostener la vigencia de su labor crítica sobre nuestra sociedad, incluso más allá de su muerte y de los acontecimientos puntuales a partir de los cuales se pronunció. De esta forma nosotros, manteniéndonos en la “atmósfera” de los planteamientos de Zuleta sobre nuestro país y su suerte respecto a la violencia y a la democracia, trataremos de precisar seis rasgos que se han cristalizado en la sociedad colombiana, que determinan que hoy por hoy constituyamos aún un país inmaduro para el conflicto y, por ende, inmaduro para la paz y rasgos que es menester erosionar para poder alcanzar una vida social pacífica, si por paz se entiende una forma de civilidad y democracia que es mucho más que el silencio de los fusiles por gracia de la hipotética, aunque improbable, derrota militar de algunos de los contendientes que hoy los hacen vomitar el fuego del dolor y de la muerte. Procedamos, pues, a enunciar estos seis rasgos que fijan nuestra sociedad a una minoría de edad, esto es, a un estado de inmadurez respecto a los requerimientos de una vida social civilizada y democrática.

 1. De una burguesía astuta, codiciosa y despiadada.

Las clases dominantes de Colombia –y hay que recordar que hay clases sociales y recordarlo frente a esa especie de neofuncionalismo al que se traduce el discurso posmoderno, que quiere hacernos creer que en los tiempos que corren ya no hay lugar para colectivos y proyectos sociales, sino sólo para individuos y funciones personales–, y en particular la burguesía, han tenido la innegable habilidad de organizar y sostener un orden de dominación que conjugando la estabilidad de las instituciones formales de la democracia –configuración tripartita del poder; procesos electorales regulares; derechos tanto políticos como sociales escritos en la Constitución Nacional; etc.– con el más inveterado terror que en los hechos no sólo ha impedido, o por lo menos restringido gravemente, el ejercicio real de esa democracia formalmente enunciada, sino que prácticamente ha hecho desaparecer el concepto y la práctica, tan cara para las democracias de verdad, de oposición. Sin reato para acudir a la eliminación física de los opositores, ya sea desde políticas y agentes del Estado o desde dispositivos paraestatales que han gozado de facilidades para actuar y permanecer en la impunidad, la burguesía colombiana astutamente y en un largo tiempo, ha confeccionado un orden de orden de dominación y sobreexplotación que maquilla el terror con el que impone sus intereses con los afeites de una democracia formalmente vigente y estabilizada.

Inculta a más no poder –es difícil encontrar en Colombia un burgués para quien la vida sea algo más que acumular dinero–; poco inteligente –pues si lo fuera tendría conciencia de que, para decirlo en palabras de Estanislao, “es mejor un país habitable que un país con grandes privilegios pero inhabitable” –; pero, eso sí, astuta y despiadada –como lo muestra su eficaz y atroz forma de dominación–, esta burguesía se caracteriza por una codicia sin fin que se manifiesta no sólo en su incapacidad para sacrificar algo de sus privilegios económicos en aras de las reformas sociales que el país requiere, sino que, por el contrario, se ha aplicado, por ejemplo, a adelantar a punto de terror ese par de contrarreformas agrarias que son la de los años cincuenta y la de los años noventa, que al precio de la muerte o el desplazamiento de centenares de miles de campesinos ha concentrado todavía más la de por sí ya históricamente concentrada propiedad territorial en Colombia o, para seguir con los ejemplos, un sistema financiero que bajo condiciones draconianas de préstamo ha terminado por expoliar de sus casas a miles y miles de familias, o la normalización que ha logrado para que los salarios de obreros y campesinos sean tan miserables que el 60% de la población vive en la pobreza absoluta y el 80% de los salarios sean del orden del mínimo que establece la ley, o su reflejo natural a evadir impuestos, o –¡hasta ahí puede llegar la codicia! – apoderarse de los magros recursos para seguridad social que el Estado destina a los sectores desprotegidos, o su proclividad a la corrupción para esquilmar los dineros del presupuesto nacional, en fin, que si Ulrich, el personaje de “El hombre sin atributos” es descalificado por carecer de los atributos que a uno lo hacen “alguien” en el mundo burgués, los colombianos tenemos el infortunio de haber contado a lo largo de nuestra historia con una burguesía bien imbuida de esos atributos tan caros al mundo burgués que son la astucia, la codicia y la impiedad.

2. La identificación del siervo con el amo.

Marx, buen heredero de la Ilustración, incurrió en un error: creer que, o por la clarificación conciente de los mecanismos de explotación o por los efectos degradantes de ésta en la vida concreta, los “humillados y ofendidos” terminarían sublevándose contra sus opresores. Su desconcierto al ver que esto no sucedía, y el de todos los marxistas que seguían en la línea que va de Descartes a Hegel, pasando por Voltaire, que creyeron en la soberanía de la verdad epistémica y de la conciencia, fue resuelto por Freud quien mostró que entre el amo y el siervo no necesariamente se tiene que dar una lucha a muerte en el terreno de sus conciencias o de sus prácticas, pues bien puede suceder que el siervo se identifique inconsciente mente con el amo y haga suyos los intereses de éste.

Una de las causas que explica que el orden de dominación en Colombia sea tan estable, pese a la innegable injusticia y a la inexcusable inequidad que cruza la vida de la mayoría de los miembros de la sociedad, es la habilidosa forma en que los detentadores del poder han configurado una escala de valoración y un marco de ideales que han logrado llevar las penurias, la frustración y el desencanto de gran parte de la gente a un ilusorio lugar de identificación en el que la sociedad es un gran UNO, regido por principios de humanidad que son desconocidos por una minoría de malvados que nos han robado la paz y la dicha, las que habrán de volver a nosotros cuando se extirpe la pústula que daña nuestro cuerpo social.

Amos que lideran a nombre de un supuesto proyecto común de humanidad, proyecto que obnubila las condiciones concretas de vida que padece el grueso de la sociedad y proyecto ajeno por completo a la realidad que imponen las condiciones económicas y sociales; esos amos, apoyándose simultáneamente en el gran atraso de la cultura como ejercicio de la racionalidad por parte de la población y el manejo de unos medios de comunicación a su exclusivo servicio, han logrado que los oprimidos se hagan UNO con los opresores y exterioricen la causa de su mal vivir hacia el lugar imaginario de una minoría de perturbadores del estado natural de paz y bonanza que, de no ser por ellos, reinaría entre nosotros.

3. El autoritarismo como mentalidad generalizada.

A Estanislao –amante impenitente de la gran literatura rusa– le gustaba recordar el famoso pasaje “El discurso del gran inquisidor” que Dostoievski presenta en “Los hermanos Karamazov”, donde el jerarca de la Iglesia dice sin tapujos que las cadenas son imprescindibles, entre otras cosas porque los mismos hombres las reclaman para sí. Zuleta corroboraba esta lúcida y nada alentadora intuición artística de Dostoievski con Freud, quien nos enseña que todos, en nuestros orígenes, somos dogmáticos y nos acogemos acríticamente a la figura pacificadora de quienes nos prometen encarnar la Verdad que nos proveerá seguridad y sentido. Esta actitud primordial nos acompañará siempre como tendencia y se hará presente a lo largo de nuestra vida como el anhelo de encontrar amos y líderes absolutos que tracen el camino que hemos de seguir y que nos quiten la angustia de tener que pensar y decidir por nosotros mismos. De ahí que la autonomía que invocaba Kant como forma superior de la realización humana, no sea un a priori del hombre ni algo que por un proceso de maduración se logrará indefectiblemente y por todos y cada uno, sino que es siempre una nada segura, difícil y precaria conquista en la escala de cada sujeto.

Pero decir que en nuestro fuero más íntimo somos tendencialmente dogmáticos, es lo mismo que afirmar que en el fondo de cada uno, a la par que se clama por un amo, habita un pequeño o gran autoritario, pues el autoritarismo, entendido como desconocimiento radical del Otro, es la otra cara del dogmático. Ahora, el anhelo de una verdad absoluta, de un amo indiscutido, de la supresión imaginaria del Otro como diferencia efectiva y discrepancia posible, todo ese escoraje de nuestra subjetividad al dogmatismo y al autoritarismo, sólo puede ser superado por procesos de formación que permitan la interiorización del lugar del Otro y con ello del respeto y el valor asignado al semejante como aquel que encarna una aventura y una perspectiva singular y con el que no se ha de implementar una acción supresora , sino una actitud dialogante.

Especie de círculo vicioso –la democracia requiere sujetos demócratas y sólo se puede ser demócrata en una sociedad que sea democrática– no es esta la oportunidad para discutir la salida de tal círculo lógico, pero sí lo es para señalar que el autoritarismo y la muy restringida democracia que se manifiestan en las relaciones sociales de Colombia son causa y efecto del autoritarismo presente en la vida cotidiana y personal de los colombianos. El autoritarismo que persiste en las relaciones escolares, familiares, amorosas y en la de los ciudadanos de a pie, listo a saltar a la superficie en cuanto la diferencia o la discrepancia se manifiesta, hace parte, como espejo, del juego de imágenes al infinito que se instaura con ese otro espejo que son las relaciones de poder político y cívico en la sociedad colombiana y denuncia el atávico e insuficientemente transformado goce de encadenar y ser encadenados que aún no logramos superar los colombianos, es decir, y para poner un ejemplo, unas relaciones paterno filiales marcadas en la cotidianidad por el autoritarismo no produce rechazo sino, por el contrario, reclama un ejercicio del poder político que, como el de Álvaro Uribe, lo asemeja menos a la figura de un presidente y lo aproxima más a la imagen de un mayordomo, al tiempo que pareciera no dirigir un país sino regentar una hacienda.

4. Democracia y terror: la increíble existencia de estos opuestos

Cuando Estanislao quería caracterizar la democracia existente en Colombia, destacaba dos rasgos de ella: la larga permanencia de sus formas y mecanismos y la violencia que la cruza sin tregua desde sus albores, y advertía que “no es fácil entender la yuxtaposición de instituciones democráticas vigentes y violencia política en gran escala”. De momento no se trata de pretender, ni de lejos, avanzar, aquí y ahora, en dirección a ese necesario entendimiento, sino de llamar la atención de ese peligroso y triste efecto de mentalidad que consiste en la “naturalización”, en la “normalización” de la coexistencia de esos dos hechos antipódicos y con los cuales parece hacerse habituado a vivir el colombiano de la calle. No es que para él la violencia ilegal niegue la democracia o que la democracia inhiba la violencia ilegal, sino que conviven, como quien se enseñó a estar en un cómodo apartamento plagado de ratas. Si el hábito es la puesta de la vida en la lógica de la repetición, deponiendo cualquier reflexión crítica o cualquier acción transformadora, los colombianos hemos forjado un hábito poco meritorio: cumplimos con la regularidad del sistema electoral mientras, por citar un ejemplo, desde 1982 hasta 2005 se han escenificado 3500 masacres en el país; reconocemos el derecho a la propiedad y a la libre elección del lugar de vivienda a la par que asistimos impertérritos al dantesco espectáculo de más de 3 millones de seres humanos violentamente desplazados de sus lugares de origen y a quienes se ha despojado de 6 millones de hectáreas, y esto por no hablar sino de los últimos 20 años de la historia de nuestro país; asistimos por televisión o a través de la prensa escrita a los debates parlamentarios al tiempo que hacemos mutis por el foro con respecto a 15.000 desaparecidos que tiene el país; proclamamos el derecho a la vida y asistimos sin conmoción a la escalofriante cifra de 300.000 compatriotas asesinados en los últimos veinte años, por no contar los 200.000 que fueron prematuramente a la tumba en la violencia de los años cincuenta; en fin, que habituándonos a hacer coexistir la democracia y el terror, los colombianos hemos logrado algo tan insólito como lo que Estanislao llamaba “el hielo frito”, sólo que esta imagen risible que Estanislao usó en otro lugar y para otro hecho, en este caso da lugar más bien a una mueca de dolor por la tragedia de este país.

5. La muerte como profesión

Uno de los efectos más graves y perniciosos del camino histórico que ha seguido la sociedad colombiana es la devaluación de la vida, una de cuyas expresiones más lamentables es la existencia de muy vieja data, de verdaderos profesionales de la muerte. Decimos devaluación de la vida, pero también pudimos haber dicho “devaluación de la muerte”, pues es bien sabido que sólo quien le da a la muerte su real valor y calibre como hecho absoluto y cese de todas las posibilidades de ser, aprende a valorar el tiempo finito y efímero de la vida propia y de la vida ajena. Ya lo decía Nietzsche, ese otro pensador tan caro a la existencia intelectual de Estanislao, hablando de la Grecia Clásica: “El pueblo griego era un pueblo plenamente consciente de su destino mortal, más ello no lo llevaba a abdicar de la vida sino, por el contrario, a vivirla con más intensidad”. Pues bien, en Colombia se ha erosionado gravemente la conciencia del hecho radical de la muerte y, en consecuencia, se ha producido una gran devaluación del valor de la vida. Anidado largamente en su historia, el ejercicio de la muerte como profesión ha cobrado la forma de los grupos de “Pájaros” que favoreciendo a terratenientes y gamonales sembraron los campos de Colombia en los años cincuenta de sangre y dolor; la forma de los “Bandoleros” de los años sesenta, quienes anteponían su ambición de dinero al carácter intocable de la vida; la triste y cruel forma de los “Sicarios”, verdaderas huestes del terror que han llevado a su máxima expresión tomar la vida y la muerte como mero asunto de cálculo económico, sin relación alguna con la ética o con el derecho; la forma deplorable de los “Mercenarios” que ponen su brazo asesino al servicio del mejor postor en la guerra que nos abate, sin referencia a ninguna ideología ni a ningún ideal. Larga y triste historia la nuestra, pues, del ejercicio de la muerte como profesión, que de un lado aniquila sin piedad y de otro deja una estela de temor en los sobrevivientes.

Pero esta lamentable modalidad de la muerte como empresa, que ha logrado arraigarse en Colombia, está vinculada a otros dos hechos que acentúan la peligrosa y dañina devaluación de la vida y de la muerte que caracteriza a nuestra sociedad: nos referimos a la perniciosa relación delito–impunidad y la muy poco dignificante insensibilidad ante el horror. El primer hecho no propicia sino que la espiral de violencia crezca, pues no sólo no hay una justicia que reivindique en pena legal el daño que los asesinos infligen al tejido social, sino que hace desvanecer el efecto disuasor que también suele jugar la aplicación de la justicia. El segundo hecho, una notoria anestesia de la sensibilidad y de los reflejos de la sociedad ante el horror, habida cuenta del carácter rutinario de éste, impide el reconocimiento de la dignidad de la vida humana –de cualquier vida humana–, fertiliza el campo de los canallas y arroja a una parte significativa de la sociedad por los desfiladeros del cinismo.

6. Ausencia de racionalidad e incapacidad para el diálogo.

La democracia para Estanislao Zuleta era también un asunto de filosofía, pues la racionalidad es un atributo del que debe estar investido todo aquel que quiera fungir como ciudadano en la cabal acepción del término. La democracia requiere personas autónomas y no puede concebirse la autonomía personal por fuera del ejercicio de la racionalidad como condición del pensar propio que permite una libre decisión. Zuleta tiene claro que un pueblo ignorante y no racional no puede ser dueño de su destino, pues para emitir un juicio válido es menester disponer de un mínimo de formación, pero ésta –y aquí hay una paradoja– no es tanto un asunto de pedagogía escolar, cuanto del logro alcanzado en un espacio de libertad social donde un sujeto se forma y se ilustra en la participación, la organización y el debate social. Por eso a Estanislao le gustaba invertir el precepto bíblico que reza: “la verdad os hará libres”, por el aserto griego: “la libertad os hará veraces”. La paradoja de la democracia es que si ella requiere sujetos racionales, los sujetos racionales sólo se hacen en la forja de la democracia. La lección zuletiana es simple: sólo ejerciendo la democracia haremos demócratas; sólo ejerciendo la participación, la organización y la discusión efectivas se logrará una ciudadanía racional. Estrictamente: no se accede a la democracia por la vía militar o por la vía escolar, pues sólo se logra la democracia haciendo democracia. Entonces el ideal kantiano del individuo racional como aquel que es capaz de pensar por sí mismo, de pensar en el lugar del otro y de actuar en consecuencia, no es tanto logro ni de un campo de batalla ni de un salón de clase, cuanto de plaza pública y de las posibilidades de organización, discusión y movilización. En pocas palabras, si para Zuleta la ciudadanía es asunto de filosofía, él tenía claro que el ciudadano filósofo que requiere la democracia no es asunto de títulos universitarios (al contrario, solía decir que nadie más amorfo e insulso políticamente que un profesor de filosofía) cuanto de ágora, es decir, no es la filosofía académica la que forma los políticos, sino la política la que forma los filósofos que deben ser los ciudadanos que la democracia requiere.

Ahora, Colombia es un país de un bajísimo nivel de racionalidad, pero no por efecto de una insuficiente inteligencia o de una restringida escolaridad (otra vez debemos decir que al contrario, pues hoy hay diez veces más estudiantes universitarios que hace treinta años y hoy la universidad es ya no diez sino cien veces menos politizada que hace treinta años), sino por la escasa posibilidad de organización y discusión que tiene la gente y por la pobre experiencia que comporta en materia de movilización y expresión pública, pues la eficacia de control y dominación del régimen ha pasado por desarticular cualquier esfuerzo de existencia del movimiento social, sin vacilar en acudir, por parte de los sectores dominantes, al asesinato, como lo muestra la liquidación física de 5.000 miembros de la Unión Patriótica o de miles y miles de dirigentes cívicos y sindicales, a más de que no han dudado en ilegalizar en los hechos las huelgas y en criminalizar la protesta cívica. Acéfalo de líderes, por el infatigable exterminio de los mismos, y con una población intimidada y atemorizada, el espacio de formación de ese ciudadano racional que reclama la democracia se ha reducido a tal punto que, hoy por hoy, la nota característica de los colombianos frente a los graves problemas que nos afectan es una conjugación de despolitización, trivialización y moralismo estrecho, todo lo cual nos deja muy desarmados para encarar una solución que dé cuenta efectiva de la causa real de nuestros males. Despolitizados, carentes del recurso a una racionalidad que fundamente la posición ante nuestra realidad, los colombianos escoramos ora hacia una trivialización de la vida que la entrega a lo que Estanislao llamaba el “entusiasmo vacío” (reinas de belleza, deportistas, modelos de pasarela, entretenimiento televisivo de baja estofa y la fiesta hecha verdadera manía cotidiana), ora hacia un empobrecedor moralismo que, bajo la batuta interesada de unos medios de comunicación cada vez más cínicos y descarados, entona el coro que todo lo reduce a una mayoría de “buenos” asediada por una minoría de “malos” que es menester exterminar. Y a todo esto el mayordomo de la hacienda anuncia perpetuarse, pues sin su rienda y su fusta el país amenaza hecatombe, dice él y corea a una la masa de pobladores irracional y emocionalmente movilizados, según procedimientos que no dejan de recordar a aquel que en los años treinta en Alemania, también movilizaba millones en torno a su chaplinesca figura, a nombre de “la patria en peligro” y con un profundo desprecio por la racionalidad y la inteligencia.

Como colofón de todo este oscuro panorama que nos deja a los colombianos tan mal parados para encarar la difícil realidad que nos agobia, pero no como el menos importante y grave está la incapacidad para el diálogo que nos caracteriza tanto en la vida personal como en la colectiva. En efecto, tal como nos señala Zuleta en el ensayo suyo llamado “El respeto en la comunicación”, un discurso es respetuoso o autoritario según las posiciones relativas que en él se le asignan al emisor y al receptor. Un discurso es autoritario cuando el emisor se considera a sí mismo la garantía de la verdad de lo que enuncia, lo cual equivale a desconocer cualquier incidencia que el receptor pueda tener frente a lo que recibe. Por el contrario, el discurso es respetuoso cuando lo enunciado por el emisor busca la corroboración o refutación racional del destinatario, brindándole todas las condiciones para que responda y exponga sus tesis.

Pues bien, si acorde con lo que nos enseña el psicoanálisis, no hay ni habrá (¡y por fortuna!) sociedad armónica y equilibrada y, más bien, hemos de reconocer, aceptar y contar con que el conflicto y la hostilidad son fenómenos constitutivos del vínculo social, sólo un espacio social y legal democrático y una disposición al diálogo como expresión del discurso racional y respetuoso, permiten desarrollar creadoramente el conflicto y propician superar la devastadora lógica de la supresión del Otro. He ahí una asignatura que nos falta por cursar a los colombianos: la del diálogo como trámite fecundo de nuestras diferencias, la de la capacidad de mantener amarrado en lo simbólico las alteridades conflictivas, la de una ética de la polémica que permita cotejar libremente puntos de vista divergentes, la de someter al imperio de la palabra la pulsión que nos empuja, en la vida individual y en la social, al acto destructivo. Asignatura, pues, sin la que no podemos aspirar al estatuto de una sociedad verdaderamente democrática en la vida y no en el papel, asignatura en la que apenas balbuceamos el a, b, c.

Finalmente: lo que nos queda en mora como sociedad.

Tras el escabroso y sombrío panorama anterior, parecieran cerrarse todas las luces de la esperanza y de la viabilidad de nuestro futuro como sociedad; empero, es todo lo contrario: es ubicar y precisar el terreno en el cual hemos de emplazar de manera realista nuestro anhelo de lograr algún día una sociedad más justa, más equitativa, más racional y más artística. Ya el mismo Estanislao en su discurso de Honoris Causa nos instaba a no declinar ante la dificultad, pero también Kafka nos alentó para siempre cuando nos dijo: “La verdad es difícil, pero ella nos ayuda a vivir y a morir”, de la misma manera que Borges nos exigía no claudicar cuando nos recordó: “A todos los hombres les tocaron tiempos difíciles”. Oídas, pues, las voces de estos tres maestros, no queda sino la opción de renovar la lucha por una sociedad mejor, más digna y más humana, una lucha en la que los colombianos y nuestros amigos de esperanzas sabemos que la paz y un futuro más loable no serán producto de ningún triunfo o derrota militar, sino que sólo resultarán de la voluntad de dialogantes que sepan hacer concesiones, una lucha en la que sabemos que tenemos que encerrar la fiera del conflicto armado en la jaula segura de la política, que tenemos que persistir sin descanso por una ampliación real de la participación democrática, que tenemos que propender por las reformas sociales y económicas por las que clama a gritos nuestra sociedad, que tenemos que avanzar hacia una renovación ética y cultural de nuestra sociedad en la que la racionalidad, el diálogo, la sensibilidad y el sentimiento sean la talla de nuestra humanidad, en fin, luchar porque nuestra actual inmadurez para el conflicto y nuestra concomitante inmadurez para la paz, algún día sean el recuerdo de un pasado superado por completo.

*Miembro fundador de CorpoZuleta que renuncia a la corporación en el 2015.