Grupo de estudio: Lectura crítica y creativa de la obra de Estanislao Zuleta
Ciclo 2016: Cultura y democracia: Ideas para (re)construir tejido social

Fecha: 31 de octubre de 2016

Línea: Arte y literatura

Autor: Álvaro Estrada

El arte como práctica cotidiana, una crítica a lo establecido

Estanislao Zuleta, en el capítulo El arte como principio de realidad humana, del libro “Arte y filosofía”, dice que el trabajo artístico es lo que hacemos con lo que somos, con nuestros temores, esperanzas y dramas, que esa es la interpretación que hacemos de nuestra visión primordial del mundo. Más adelante, dice que la elaboración que surge de ese trabajo, es a lo que podemos llamar propiamente Arte.

En este texto quiero hacer un énfasis en ese trabajo artístico primordial al que hace referencia Zuleta, ese que es inherente a todo ser humano, que hace parte de la vida misma y que no se puede pensar como un elemento exterior a ella. De esta manera quiero diferenciarlo del artista, ese ser que pasa por un proceso formativo que le permite encausar su quehacer en lo que llamamos obra de arte.

Pero, volviendo al postulado de Zuleta, sobre ese trabajo artístico primordial, uno podría imaginarse que el mundo estaría entonces lleno de artistas, sin embargo, este no es el caso. El artista sigue siendo más la excepción que la regla, ¿qué pasa entonces con esa interpretación primordial en el resto de nosotros?, ¿cómo damos trámite a esos temores, esperanzas y dramas, si no es a través de la elaboración de la obra de arte? ¿Qué pasa con esas posibilidades creadoras que se expresan constantemente en los primeros años de vida?

Resulta que soy una de esas personas que están convencidas de que el arte es uno de esos rasgos de la cultura que permiten una sociedad que pueda ser adjetivada de democrática; esto no quiere decir que el arte sea garante de democracia, sino que éste es un elemento fundamental para lograrlo. Sin embargo, si miramos de cerca la familia, la escuela, el trabajo, inclusive los vínculos amorosos y amistosos, nos daremos cuenta de que los ideales de la época dificultan ese trabajar artísticamente con los dramas primordiales, pues buscan limitar el quehacer humano a actividades que generen riqueza y ganancia para unos pocos. En este modelo, la única forma de arte permitido es el que cobra la forma de mercancía. No es un secreto que el modelo educativo y laboral que impera hoy en día, ha dejado en un segundo plano aspectos propios de la condición humana, abandonando a cada quien a su propia suerte al momento de tramitar esos dramas primordiales; porque de una u otra manera ellos hacen huella en quienes somos.

A continuación, quiero compartir algunas elaboraciones sobre El arte como crítica a lo establecido, tema propuesto a principio de año por la línea de Arte y literatura, que surgen de la pregunta, ¿están nuestras cotidianidades dando lugar a ese trabajo artístico que habita en todos nosotros?

En una sociedad donde conceptos como la velocidad, la productividad o el rendimiento han pasado a ser rasgos deseables en nuestros entornos laborales -cuando a primera vista se sugieren como cualidades propias de una máquina o un sistema-, darle lugar a los tiempos de la contemplación, del distanciamiento que permita la crítica y la reflexión; darle lugar al tiempo del pensar y el crear es oponerse a una fuerza desconocedora de lo humano en nosotros. Uno de los rasgos más transgresores del arte frente a la sociedad actual es, quizás, su relación, o mejor, su vivencia del tiempo.

Vivir el tiempo artísticamente -por decirlo de alguna manera-, significa reconocer la experiencia subjetiva que cada uno de nosotros podemos llegar a tener con él, en otras palabras, con las preguntas primordiales a las que debemos dar lugar y afrontar subjetivamente; pero también significa buscar cómo generar procesos sociales y culturales de mayor flexibilidad, que den lugar a esa diversidad de posturas, siempre con unos horizontes que no desconozcan las preguntas fundamentales que cada sociedad debe hacerse. En este sentido, la relación del trabajo artístico con el tiempo se reconoce como transgresora y liberadora, pues es un tiempo no sólo del hacer, sino también del ser; es un tiempo que se valora, pero que en sí mismo no necesariamente se concreta en producto, rompiendo así con el esquema de que éste se gana o se pierde, y reconocer mejor que la experiencia temporal es constante y la pregunta será siempre por la significación que hagamos de ella.

Continuando con la pregunta por ese hacer primordial, es necesario reconocer que existen, y han existido, formas cotidianas y democráticas que dan curso a lo que somos. Ese trabajo artístico -algunas veces también adjetivado como artesanal-, que también podría llamarse el arte de todos los días, es uno que ha permitido darle formas concretas a la interpretación que hacemos del mundo. Desde los haceres más cotidianos y banales, hasta la relación con las más logradas formas del conocimiento, se pueden volver extraordinarias si se reconoce la posibilidad creadora que ahí habitan.

Este arte de todos los días, o como se ha nombrado antes en el grupo, vivir artísticamente, se concreta de diversas maneras.

En el arte de amar, de ser amigo, de ser hermano, padre, madre o hija, el arte de ser territorio y vivir territorio; el arte de hacer memoria, el arte de la compasión, el arte de comer, del dormir, de relacionarse con las cosas -que también es importante-; el arte de maravillarse, de extrañarse, de indignarse, de enloquecerse; el arte de perdonar y perdonarse, el arte de leer, de conversar, de escribirme e inscribirme en el mundo. El arte de ser yo y de reconocerte a vos, el arte de reconocernos como seres sociales y somos seres subjetivos, el arte del enojo y del malestar; el arte de la melancolía, de la tristeza y de las más grandes alegrías; el arte de preguntarse y preguntar, el arte de perderse y encontrarse, el arte de lo simple y lo complejo, el arte de ser nocturno o diurno, el arte del abrazar, del besar o de curar. El arte de odiar, dañar y también sanar. El arte de soñar dormidos y despiertos, el arte de politizar, de socializar, de protestar, el arte de errar; el arte de callar y gritar, el arte de olvidar y recordar. El arte de nacer y morir. En pocas palabras, el arte de ser humano.

Esta es, quizás, la forma del arte que más debemos defender, una que se vuelva ese espejo que día a día nos cuestione, como individuos y como sociedad; que evite que caigamos en el confort y la tranquilidad de creer que el mundo se construye de forma ajena a nosotros. Que nos recuerde que ese que se refleja en el espejo no sólo soy yo, somos todos.