Grupo de estudio: Lectura crítica y creativa de la obra de Estanislao Zuleta
Ciclo 2016: Cultura y democracia: Ideas para (re)construir tejido social

Fecha: 31 de octubre de 2016

Línea: Arte y literatura

Autor: Oscar Restrepo

Shakespeare. Una indagación sobre el poder

Hay dos asuntos que son transversales  en  la obra de Shakespeare, el primero tiene que ver con  el carácter efímero de la vida. El segundo, con la necesidad del hombre de batallar entre guerras absurdas por el poder, un particular anhelo de inmortalidad. Así el dramaturgo nos pone de cara con la finitud de la vida, sugiriéndonos hacer de ella lo mejor posible. 

Próspero, el personaje de La Tempestad, a diferencia de  otros de Shakespeare, tiene esa conciencia de lo efímero, lo que lo sitúa en una relación distinta  con los otros y lo lleva  a la loable tarea de reconciliarse con sus enemigos. Al final de la obra, usurpado de su ducado, pero reconciliado, nos dice: "Nuestros divertimentos  han dado fin. Estos actores, como había presentido, eran espíritus todos y se han disipado en el aire, en el seno del aire impalpable, y a semejanza del edificio sin base de esta visión, las altas torres, cuyas crestas tocan las nubes, los suntuosos palacios, los solemnes templos, hasta el inmenso globo, sí, y cuanto en él descansa, se disolverá, y lo mismo que la diversión insustancial que acaba de desaparecer, no quedará rastro de ello, estamos tejidos de idéntica tela que los sueños,  y nuestra corta vida se corta con un sueño..." 

Aunque Zuleta, considera esta advertencia de lo efímero,  como un asunto negador de la vida, yo por  el contrario lo considero una posibilidad de reivindicación con ella. Una celebración a la vida como lo hizo Barba Jacob en la balada de la loca alegría. El arte nos ofrece una interesante crítica a la banalidad de la guerra. ¿Dónde han quedado las  civilizaciones milenarias, Roma, Egipto, Persia, y dónde aquellos reyes tiranos, Ricardo III, y toda la corte de los Enrique? En la pluma de Shakespeare se fundió realidad y ficción.  Ahora solo son personajes con los que nos miramos, héroes y perdedores que nos permiten pensarnos.

Próspero, es Shakespeare, el artista mismo, el dios omnisciente que todo lo sabe. Su varita  mágica es  la capacidad recreadora de la vida. Ariel, Calibán, el mar, la isla  y la sublime tempestad son su obra. El final se consume en el acto  simbólico  del amor entre Fernando y miranda tan bien poetizado por Octavio Paz. Si en Romeo y Julieta la posibilidad de combatir el odio fue mal lograda, en La Tempestad fue el puente de reconciliación. Próspero a diferencia de Macbeth, Ricardo III y todo el abanico de tiranos, subyugados por el poder, prefirió hacerse a un lado, permitiendo que Miranda se uniera en amor con el hijo de su enemigo, convirtiéndolo en su propio hijo.

Próspero situó a sus personajes en un escenario en donde lo fantástico no fuera más que una prolongación de la psiquis que se sitúa en un afuera para develarse y hacerse símbolo tangible de las tormentas interiores, hechas forma y casi carne. Como si sentara a sus personajes en frente de sus propios fantasmas, como villanos que son, y como víctimas también de los azares del mundo. Alonso rey de Nápoles y participe de la usurpación del ducado, cree hasta el final que su hijo Fernando ha muerto, esto le permite entender el dolor del otro. En este juego escénico el Duque consigue la verdad, la justicia y la reparación. 

El arte con su carácter ilusorio, -una mentira bien contada-, también es pragmático, y atañe a la realidad, tanto a la de Inglaterra del siglo XVII como a la de Colombia hoy. Pero no solo atañe a la realidad, también a la verdad. Y con esto Zuleta nos ha dejado inquietos, excluyéndole la verdad al arte, generando interpretaciones ambiguas; él mismo en otros textos dijo lo contrario, trayendo a Sócrates "habrá que apelar a los poetas porque son aquellos que saben la verdad, aunque no saben porque lo saben." Estas paradojas de Zuleta, de Platón, de Sócrates tienen relación con ese carácter inefable del arte, al atravesar un camino que se hace distinto al de la ciencia. Benjamín de la Calle, sin pretenderlo hizo una dura crítica a la moral, dejándonos una serie de retratos sobre transexuales hace casi cien años, mostrándolos tan profundamente humanos, y femeninos, que cada uno de ellos nos sigue preguntando hoy en día, si vemos algo distinto a una mujer, y sin embargo la medicina, apenas ha dejado de considerar la transexualidad una enfermedad.

Y qué decir del papel que ha tenido el arte en interrogar al mundo por los derechos de las minorías. Los artistas socavan la dura e impenetrable moral. Caravaggio, Turner, Picasso, Rothko, Rembrandt, Fassbinder, Flaubert, Tolstoi, Proust, Kafka, Pessoa, con ellos quisiera pasarme la vida.

Ojalá Shakespeare hubiera iluminado el cerebro de los que quisieron seguir perpetuando esta guerra.

 

                                                                                   Evento apoyado por el Ministerio de Cultura Programa Nacional de Concertación Cultural

Photo from Santiago Munoz