Grupo de estudio: Lectura crítica y creativa de la obra de Estanislao Zuleta
Ciclo 2018: sujeto, conocimiento y cultura: procesos en movimiento

¿Dónde estás curiosidad?

Fecha: 17 de septiembre.

Texto de Zuleta: Capítulo 11 de La montaña mágica y la llanura prosaica de Thomas Mann.

Lectura complementaria: Subcapítulo Investigaciones de La montaña mágica, de Thomas Mann.

Expositora: Andrea Mendoza.

Moderadora: Elizabeth Giraldo G.

Comentarista Crítico: Lucero Soto Toro.

Relatora: Sara Aguirre.

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Antes de buscar dónde está la curiosidad, empecemos preguntándonos por lo que es. En una definición nos hablan de ella como un comportamiento inquisitivo que nos impulsa a la acción. Algo propio de los seres vivos, y que en los seres humanos cobra diferentes formas por su unión con lo sensible y lo emocional; como una llama que se puede alimentar para hacerla más grande pero también se puede apagar si la vela es muy pequeña.

¿Y qué puede alimentar o apagar esa llama? Desde la línea de arte se nos invita a pensar en la ciencia como una forma de organizar ese conocimiento que vamos construyendo a partir de las indagaciones que nos suscita la curiosidad. Una organización que en nuestra época pasa por la definición de unas disciplinas hasta establecer unas formas para medirlo, buscando así generar unos indicadores para su evaluación. ¿Y en medio de esa lógica dónde queda la curiosidad, como motor de indagación? ¿Qué condiciones hacen de la experiencia de la curiosidad un detonante de la investigación? En este caso los expositores nos invitan a tener presente que hay una estructura social y una estructura psíquica que influyen en nuestras formas de investigar y construir conocimiento.

La curiosidad nos puede conducir a la investigación y esto se puede tramitar por la vía de la ciencia, del arte u otras ramas del conocimiento. En este sentido podemos decir que hay diferentes tipos de curiosidad, que movilizan fuerzas distintas en nuestros ser. Podemos decir que hay una del orden intrascendente, de la distracción, mientras hay otra que guarda un carácter fundamental para el ser, que tiene algo de transgresor. Es esta última la vivida por Hans Castorp[1], evidente en esas exploraciones que emprende sobre el cuerpo, desde su no saber consciente, su desarraigo, la disposición de su tiempo para la contemplación, su reflexividad y su amor profundo por Claudia. Todo esto sitúa al protagonista de La Montaña Mágica en una posición de apertura, que a su vez representa un riesgo para sus ser: la transformación de su identidad.

Ahora, también tenemos en la novela de Thomas Mann otros personajes cuya relación con la ciencia se asemeja más a una vía de escape para sus conflictos internos que a una vía para la confrontación con su ser. Tres casos en que la relación con el conocimiento cobra dinámicas distintas, de acuerdo a su carácter y las huellas que en ellos han dejado sus historias personales, problematizando esa doble determinación que pesa sobre los desarrollos de la ciencia, que son del orden social y psíquico, por lo que no podemos afirmar que exista una apropiación homogénea del saber científico. Sin embargo, sí podemos notar que en nuestra época la ciencia se viene desarrollando bajo unos paradigmas que buscan su cuantificación, cobrando mayor relevancia los resultados medibles que ese motor singular que dio lugar a una investigación.

En particular este es un texto en que Zuleta nos invita a reflexionar sobre la ciencia, pues con los personajes que Estanislao retoma de La montaña mágica, nos evidencia que así como el amor, el odio, la muerte, el conocimiento, la ciencia y la investigación pueden dejar unas huellas fundamentales en el ser. De modo que quedó como sugerencia profundizar en esa relación entre curiosidad y ciencia, en especial por las formas que ambas cobran en nuestro presente.

En la conversación en plenaria, un compañero de la línea de psicoanálisis nos presenta el concepto de sublimación para abordar la pregunta por dónde está la curiosidad. Nos explica que cuando el sujeto pierde su objeto fundamental queda desarraigado, entra en crisis, y es allí donde emerge la curiosidad, como proceso de búsqueda de aquello que ha perdido. Ahora, ese espíritu investigativo que aparece en el niño puede ser favorecido o no por su entorno. De hecho, podemos afirmar que por las relaciones que en nuestra época establecemos con el tiempo, con el conocimiento, que son de orden cuantitativo, de lo rentable, podemos afirmar que nuestro contexto socio-económico no es propiciador de ese proceso de sublimación que un sujeto puede desarrollar a partir de la curiosidad. Allí juegan varios factores: la religión, la economía, lo político, entre otros, que nos atraviesan en nuestra cotidianidad, nuestra ideología, nuestras prácticas, etc. Sabiendo esto, que estamos determinados por nuestra historia personal y por nuestro contexto, podemos hacer el ejercicio de remitirnos a otros momentos de la humanidad, y otras sociedades, para establecer puntos de comparación que nos permitan analizar las formas en que producimos conocimiento: No es igual el desarrollo artístico y científico en los griegos del siglo V a.c. que en los europeos durante la edad media, ni en los colombianos en el presente. Tal vez, decía una compañera, lo que requerimos ahora es una curiosidad subversiva, que no nos dejemos condicionar por las políticas desde las cuales se está dirigiendo el desarrollo de la ciencia, donde cierto tipo de investigaciones tienen prioridad en la recepción de recursos.

Ahora, si bien están esos factores externos que inhiben la curiosidad, también hay una vida psíquica que posibilita o impide darle lugar a la curiosidad en cada sujeto, y esto no depende solo de una voluntad, sino de unas movilizaciones que se deben dar en el ser para liberar ese espíritu investigativo. Es decir, no todos los seres humanos somos picados por el bicho de la curiosidad fundamental, y quienes los viven no necesariamente lo hacen de una forma plena, pues al ser movilizadora del ser, de las afirmaciones conquistadas, puede conducir a una crisis en el sujeto, poniendo en juego su verdad más íntima, que se opone a la verdad universal, que se opone a lo normativo, y es esa verdad la que impide que el sujeto caiga en el vacío. Además, si bien el proceso investigativo requiere de unos desarraigos hay una relación que el sujeto no puede perder: el lenguaje. Este puede ser recreado, enriquecido, transformado, pero debe permanecer y ser común con otros, para no quedar aislado de los demás.

¿Y será necesario poner un límite a la curiosidad? Una pregunta que emerge tras una serie de reflexiones, donde diferentes participantes van ahondando en el necesario acompañamiento de la ética a todo desarrollo humano, porque así como en la ciencia y el arte se pueden desatar fuerzas creativas, afirmadoras y expansoras de la vida, también se pueden desatar fuerzas destructivas. De modo que no podemos atribuir a toda curiosidad - al menos para los seres humanos - un sentido bueno por naturaleza. Tal vez por eso sería mejor diferenciar nuestra curiosidad, la del ser humano, de aquella que viven los animales, pues por nuestra particular constitución psíquica, es muy probable que ella venga acompañada de otros rasgos, condiciones y sutilezas.

 

Sara Aguirre- Miembro CorpoZuleta

 


[1] Personaje principal de la Montaña Mágica, sobre el cual se detiene Zuleta en el capítulo 11 de La montaña mágica o la llanura prosaica, texto leído por el grupo para esta plenaria.

 

 

                                                                                   Evento apoyado por el Ministerio de Cultura Programa Nacional de Concertación Cultural

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