Grupo de estudio: Lectura crítica y creativa de la obra de Estanislao Zuleta
Ciclo 2017: El conflicto como constitutivo de lo humano: límites y posibilidades para la cultura y la democracia

Fecha: 31 de octubre de 2017
Línea: Historia, economía y política
Autor: Aura María Rendón Lopera

Siguiendo el rastro de la palabra que va y vuelve por un hilo conductor

a.) Quienes participamos de la escritura de este texto somos integrantes de la línea de Política, historia y economía, algunos con una permanencia más constante que otros en este espacio formativo. Hasta el momento, todos reconociendo un interés sobre estos saberes que nombran la línea, cada uno con sus inclinaciones singulares y sus diversas formaciones: de la profesión, de la experiencia laboral, de la autonomía y de la que construimos en el afuera, con otras personas y en organizaciones como esta.

b.) Definir un hilo conductor fue la propuesta que al inicio de año aprobamos para abordar la lectura de la obra de Estanislao Zuleta. Uno con el que decidimos profundizar sobre una afirmación muy potente en su discurso: el conflicto es constitutivo de lo humano. Siendo importante reconocer esa noción de constitutivo como algo que nos es necesario porque todo ser humano, como ser del lenguaje, es esencialmente un ser sociable, y esto implica la existencia de otro que le reconozca, le mire, le hable, le escuche; otro con quien se pueda identificar y establecer diferencias. Sí, DIFERENCIAS. Porque con todo lo que nos cuesta escuchar y aceptar que existen diversas comprensiones de la realidad, son las visiones, ideas y sentires distintos a los propios los que nos han permitido ampliar el registro de lo que vemos en el mundo. Los nuevos planteamientos que surgen de los estudios sobre determinado objeto les exige a otros que también lo estudian replantear sus conocimientos, o los moviliza a defender sus verdades sobre el mismo. Esto sucede, claro, si nos disponemos a escuchar al otro y somos consecuentes con lo que su razonamiento nos ofrece. Entonces o aprendemos algo nuevo o reconocemos que tenemos argumentos para defender eso de lo que estamos convencidos, o…, bueno, seguro hay otras posibilidades como resultado de un debate serio, como es dejar preguntas abiertas que siempre están en las búsquedas de explicación de nuestros orígenes: por más que sumemos piezas al rompecabezas, siempre hay unas que faltan o sobran o salen.

c.) Volviendo a esa afirmación de que el conflicto nos constituye a los seres humanos, resulta que también esto nos permite hacer una defensa de la democracia como la mejor de las propuestas posibles para la organización de una sociedad. En varios textos suyos, Zuleta hace énfasis sobre la existencia de unos principios que son base para una democracia: pensar por sí mismo, pensar en el lugar del otro y ser consecuente. Principios que también nombra como correspondientes a unas relaciones de igualdad entre los seres humanos. Y aunque estos no son propiamente los que evidenciamos en un debate en el congreso, ni en las contiendas electorales, son los que asumiendo en la vida cotidiana nos permitirían sumar algunas fuerzas a la construcción de democracia en los entornos más cercanos de nuestra cotidianidad. Una labor que sabemos puede ser tan compleja como intentar transformar el mundo, pero que es posible, porque también esta conflictividad que nos constituye nos permite cambiar: lo cual podemos ver en la historicidad de los entornos familiares, o de la escuela, que ahora encontramos mucho más dispuestos a propiciar ciertos diálogos. Y esa construcción de democracia siempre será necesaria, pues una conquista para una sociedad en determinado momento está sujeta a lo humano: es perdible. Las diversas sociedades que han aparecido, mutado o se han extinguido en este mundo, no van por un rumbo lineal por el que tarde que temprano llegarán a un estado de plenitud y conciliación. Ahora, esa concepción de democracia que Zuleta nos ofrece, que reclama la participación de la ciudadanía en la generación de espacios deliberativos y participativos para la acción en la construcción de un estado fuerte - donde la ciudadanía ejerce un control sobre sus gobernantes -cuenta con un bache que ni él ni nosotros tenemos muy claro cómo resanar. Y es la pregunta por el CÓMO lograr que las voces de quienes participamos en escenarios locales y comunitarios lleguen a las estructuras más amplias de gobierno, que no son independientes de intereses económicos, muy al contrario, están bajo el amparo de quienes poseen el mayor poder económico y político del país.

Por supuesto, no se trata de pedirle respuestas a Zuleta, ni a nadie, solo que vale tener presente estas preocupaciones que también nos conducen a cuestionar el Estado Nacional como modelo de organización de quienes vivimos en este territorio. Ahora, también enfatizamos en que la democracia va más allá del mandato de las mayorías, que termina siendo la forma con que unos pocos se legitiman en el poder, o con que una ideología hegemónica se impone sobre otras sin pasar por el debate. Y aunque el poder nunca es absoluto, porque siempre necesita de otra fuerza en tensión que le ofrezca resistencia, para el caso de nuestras realidades vemos que la correlación de fuerzas está muy desbalanceada entre el gobierno y las ciudadanías.

Tal vez por eso, con esos panoramas tan oscuros, es que seguimos insistiendo en lo único que nos queda: en la construcción de escenarios de formación para una ciudadanía crítica y participativa. Porque a participar se aprende participando, nos dice Zuleta, y porque para avanzar en la construcción de democracias más reconocedoras del conflicto, de la diferencia y de la pluralidad, solo podemos partir de estrategias democráticas. No lo vamos a vivir porque esté en un decreto.

d.) Sin embargo, una percepción común es que en estas reflexiones en que hemos ido reconociendo el conflicto y la democracia, y algunos de sus límites y posibilidades, es poco lo que decimos sobre esa categoría en la cual también queríamos indagar más: Cultura. Una palabra que hace parte del nombre de esta organización y que habíamos involucrado en el hilo conductor del año. Aún así, con su escasa mención, en las últimas conversaciones en que estuvo muy presente el tema de la participación de las personas en la construcción de los destinos de una sociedad: en cómo tramitamos nuestros conflictos, en si participamos o no de esos escenarios en que se juegan los destinos de nuestra sociedad, por mencionar algunos escenarios, dijimos que ese rasgo – el de la participación - es muy necesario en la construcción de una cultura democrática. Podríamos entonces decir que la cultura, siendo una categoría tan amplia, que implica las formas en que nos relacionamos con los otros, con quienes son diferentes, también abarca los ejercicios de poder en una sociedad, los discursos, las valoraciones, el trato, entre otras construcciones simbólicas. Entonces lo cultural, tan amplio, nos ofrece varios radios de acción en los que también caben diversas estrategias de lucha para formarnos en la solidaridad, en el respeto del otro y en la valoración de la diversidad. Por supuesto, sin desconocer que nos enfrentamos a una sociedad en que la mayoría – decimos aquí en el subgrupo de Política, historia y economía – solo tiene acceso, desde el interés o las posibilidades, a las vivencias culturales que son producto del discurso hegemónico capitalista.

e.) ¿Qué posibilidades tenemos de llegar a una mejor democracia mediante el ejercicio de la política y de la cultura? ¿puede una sociedad, mediante la difusión del conocimiento (la filosofía, el arte en todas sus manifestaciones, la ciencia) conseguir mejores personas, más justas, más alejadas de la violencia, más dispuestas a deponer sus propios intereses en favor de los intereses de los demás? Aquí, entonces, aceptar la presencia de aquello de lo humano que nos hace tan propensos al conflicto, esa tendencia al dogmatismo, a no querer movernos de nuestras verdades, el temor a las crisis. Admitir que todos estamos hechos de eso que nos dificulta tanto abrir un campo a la racionalidad, al reconocimiento del otro como un igual, a la empatía, y con todo esto que nos reta, nos afirmamos en la necesidad de profundizar en lo humano desde el arte, con el psicoanálisis, bajo una postura filosófica y con otros saberes humanos, para fortalecer este esfuerzo que le dé lugar a nuestros conflictos y diferencias en formas más reconocedoras de la humanidad que encarna el otro.