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Cine en conversación

Coordina: Gustavo Restrepo

Día: Viernes. Hora: 6:15 p.m.

Periodicidad: Quincenal

Lugar: Sede CorpoZuleta. Calle 46 N° 70A-60

Entrada libre

Próximo ciclo:

Manoel de Oliveira: la lucidez y la duda del lusitano

Julio 7: Aniki Bóbó (1942)

Agosto 4: El Valle de Abraham (1993)

Agosto 18: Viaje al principio del mundo (1997) 

Septiembre 1: Vuelvo a casa (2001)

 

Ciclos anteriores

Cien años de la revolución rusa

¿Y quién no le debe a Kurosawa? II

“Ahora más que nunca, el mundo necesita cine. Puede que sea la última forma de resistencia ante el deteriorado mundo en el que vivimos. Al tratar de fronteras, límites, la mezcla de idiomas y culturas de hoy, intento buscar un nuevo humanismo, una nueva vía".  Theo Angelopoulos.

“Para mí no existe una diferencia profunda entre escribir poesía y escribir guiones, ambas conducen a lo mismo: la creación de imágenes. Un guionista debe tener mil imágenes en su cabeza para conquistar a hombres como Fellini o como Antonioni”.  Tonino Guerra.

- Junio 2 - La eternidad y un día - 1998

- Junio 9 - El polvo del tiempo - 2008

- Junio 16 - No tendremos programacion de cine.

- Junio 23 - La mirada de Ulises - 1995

- Junio 30 - Paisaje en la niebla - 1988

Película: Paisaje en la nieba

 Director: Theo Angelópolus

 Año: 1988

A oscuras, y sin que se percate mamá, una voz infantil le cuenta a su hermanita la siguiente historia: "En el comienzo era el caos y después se hizo la luz. Y la luz se separa de las tinieblas y la tierra del mar. Y se formaron los ríos, los lagos y las montañas y después...la flor, y los árboles, los animales y los pájaros...

En el comienzo estaba Voula, una niña que sale, con su pequeño hermano, a un viaje incierto, en el cual encontrará la mentira, el amor y un infausto despertar sexual al lado de la carretera. Y en el comienzo estaba Alexandros, el inocente chiquillo, que va de la mano de Voula a través de la niebla, de Grecia, de las fronteras que aún no se puede explicar. Y en el comienzo eran dos niños que se suben a un tren con dirección a Alemania. Y Alemania se convierte para ellos en una meta, en una utopía, en el país en donde pueden encontrar la quimera en que se ha convertido su desconocido padre. Después del comienzo estaba Orestes, un joven aventurero, honesto y soñador, un teatrero errante, el apuesto chico que germina en Voula el primer germen del amor. Y después del comienzo estaban los actores que recorrían Grecia representando la misma obra, aquella en la que quizás a todos nos es dado salir en algún acto, y estaba el oficial del tren que le pidió el tiquete a los niños, y el tío indolente, y la gente detenida ante la nieve, y estaba el vulgar camionero que le robó la inocencia a Voula, y el militar que, confundido, le concedió los trescientos ochenta y cinco dracmas para que los niños lograran darle fin a su viaje. Y en el comienzo estaba el mar, infinito y eterno, estaba la niebla, inexplicable como siempre, y estaba el río que en su devenir nunca se detiene. Y después de aquel comienzo, ante los ojos de los niños se erigieron las ciudades que todavía nos devoran, y se sumergió en algún momento de la historia la colosal mano de una escultura de piedra a la que le falta el dedo índice, para volver a salir volando sobre las aguas; y, por último, después del aquel comienzo, o quizás antes del fin, estaba el cine, el arte que nos permite soñar, al igual que a Alexándros y a Voula, con un invisible árbol detrás de la niebla.

Después del final de Paisaje en la niebla, hubo un hombre, con barba, grueso y de cabello abundante, que preguntó qué hay detrás del índice extraviado, que recordó acerca de las fronteras, de los personajes exiliados, del tiempo, del pasado, del presente y del futuro, y sugirió que el índice faltante es la ausencia de una guía, de quien señale siquiera un rumbo; y a continuación una joven destacó la inquietante relación entre la escalera circular que sube a ninguna parte, el caracol girando en el vacío y los personajes absortos viendo cómo un helicóptero saca del océano la descomunal mano de piedra; y después otra participante observó, como si se repitiese en la conversación una antigua ceremonia, que todos los escenarios están en construcción, de ahí los edificios a medias, la tierra maltratada, las volquetas y los monstruos mecánicos que sugieren un progreso incierto sin muchas promesas de felicidad; y entonces otro dijo que en Paisaje en la niebla los seres humanos parecen tener más tiempo que las cosas, como si en ellos el tiempo se manifestara de manera diferente; y más adelante una bella mujer sugirió que lo importante es el viaje y no el destino, pues al fin y al cabo toda meta es de cierta forma una ficción, una abstracción que se concreta con los pasos, con el transitar las ciudades, con el frío y con la lluvia, con la alegría y la desdicha.

Y de nuevo volvemos a narrar como en el libro del Génesis el principio de la película: Y en el comienzo era el caos y después se hizo la luz… Y la luz se separa de las tinieblas y la tierra del mar… y en seguida Alexandros y Voula atravesaron la densa niebla y llegaron hasta el árbol para abrazarlo, para sentirse, al igual que las raíces, unidos por fin a una tierra. Y así finalmente recordamos esa enorme mano que salió del mar, a la cual el tiempo le ha cercenado un dedo, la misma que nos dejó incógnitas, la que parece el último despojo del primer dios que habitó el universo, la que se asemeja a la que extiende Adán en la hermosa pintura de Miguel Ángel, luego de que se separaran las tinieblas y que en el mundo ya existiesen ríos, los lagos, las montañas y las flores… pero antes de que se sembrara también con la humanidad una semilla de melancolía y otra, más grandecita, de poesía y soledad.

Eduardo Cano

Corporación Cultural ESTANISALO ZULETA

Película: La eternidad y un día

Director: Theo Angelópolus

Año: 1998

Anna,  no iré al hospital. No iré. No iré. Quiero proyectos para el mañana. El desconocido responderá con la misma música. Siempre habrá alguien para venderme palabras. Mañana. ¿Qué es el mañana?  Un día te pregunté: ''¿Cuánto dura el mañana?'' Y me respondiste. La eternidad y un día.

Parece que esa eternidad y a un día es a lo que asistimos. Son las últimas horas de Alexándros, un poeta griego quien ha pasado su existencia atento a su oficio de escritor; sin embargo encuentra algo extraño a sí mismo. Así es como, casi que de repente y tal si fuese una de las últimas oportunidades que tiene para volver a sus recuerdos, en las cartas de Anna, su esposa ya fallecida, él descubre el amor que ella tanto le prodigó mientras él se concentraba más en sus ocupaciones. Pero quizás en la vida, incluso a punto de expirar, nos alcanza a cada uno de nosotros un último desconcierto, una última sorpresa. Entonces Alexándros por azar encuentra a un pequeño inmigrante albanés, un chiquillo que sufre las injusticias del exilio cuando apenas si sabe en qué mundo ha nacido, el mismo chiquillo que le venderá palabras conseguidas junto al inmenso mar. Entre el poeta y el niño se forja una complicidad, un compañía y en Alexándros una última oportunidad de comprometerse con un ser ajeno, ya que no lo hizo del todo con su madre, su esposa ni con su hija. De la mano del niño y del viejo asistimos a un viaje, con dirección a la incertidumbre del futuro para uno y a la muerte para el otro. Quizás de eso se trata en definitiva la vida, de un viaje al que estamos lanzados con regreso a ninguna parte, a la nada, y acaso el único equipaje que podemos llevar antes de que se presenten ante nosotros las tinieblas son los esquivos recuerdos, aquéllos que nos traen irremediablemente una atmósfera de melancolía y soledad.

La eternidad y un día nos muestra a un hombre el cual de cierta manera representa a la humanidad. Observamos su viaje, acompañado del chiquillo inmigrante que viaja a otro futuro, sin embargo, continuamos con los protagonistas en ese presente, en ese día en que se cruzaron, en el que Alexándros mezcla su realidad con los recuerdos del pasado que llegan para darle una significación nueva a su vida. Mas ¿en el último momento qué se puede hacer? De ahí que cierta culpa y vergüenza rodean el espíritu de Alexándros. Acaso el niño es una oportunidad para resolver algo que no logró con los años: darle suficiente atención a las personas que lo amaban; aspecto llamativo, pues nos dice cómo entre dos generaciones distantes en el tiempo es posible dialogar y aprender.

Es destacable además la forma de la película: pausada, lenta, silenciosa, llena de situaciones que invitan al espectador a buscar un significado más profundo del aparente; encontramos escenas que por sí mismas lucen simbólicas y concentran gran cantidad de elementos que son susceptibles de interpretar sin agotarse: el hombre ante el mar, la frontera gris y nevada de dos países, un poeta que compra palabras, la celebración de un matrimonio que se detiene, el ritual de quemar las ropas de un compañero fallecido a manera de sepultura, el autobús en el que convergen el hombre viejo, el niño, el poeta del pasado, un joven de izquierda, una pareja de enamorados que terminan, un par de músicos… De esa manera La eternidad y un día es una película bien construida desde la forma y el contenido que nos pone de cara ante lo que es nuestra propia existencia, nuestros propios éxitos y fracasos a lo largo de una vida que se acaba y, finalmente como lo muestra el excelente guión, es una película que nos pone frente al dolor de intentar comprender nuestras propias preguntas.

¿Por qué, madre? ¿Por qué nada salió como esperábamos? ¿Por qué? ¿Por qué tenemos que pudrirnos indefensos entre el  dolor y el deseo? ¿Por qué he vivido en el exilio? ¿Por qué sólo regresaba cuando se me concedía la gracia de hablar mi lengua? Mi lengua. Cuando reencontraba palabras perdidas o extraía del silencio palabras olvidadas. ¿Por qué sólo entonces oía el eco de mis pasos? ¿Por qué? Dímelo, madre. ¿Por qué no supimos amar?

Eduardo Cano

Corporación Cultural ESTANISLAO ZULETA