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Cine en conversación

Coordina: Gustavo Restrepo

Día: Viernes

Periodicidad: Quincenal

Lugar: Sede CorpoZuleta. Calle 46 N° 70A-60

Hora: 6:15 p.m.

Entrada libre

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Próximo ciclo:

Cien años de la revolución rusa 

Mayo 12: Octubre (Sergei Eisenstein, Grigori Aleksandrov, 1928)

Mayo 26: Rojos Parte 1 (Warren Beatty, 1981)

Junio 09: Rojos Parte 2 (Warren Beatty, 1981)

Junio 23: Taurus (Aleksandr Sokurov, 2001)

 

Ciclos anteriores

¿Y quién no le debe a Kurosawa? II

- Julio 7 – La muerte y la doncella – Roman Polanski – 1994.

- Julio 14 - El precio del perdón – Mansour Sora Wade - 2001.

- Julio 21 – Un país en África – John Boorman - 2004.

- Julio 28 – Una historia verdadera – David Lynch - 1999.

Julio 28 de 2012

Película: Una historia verdadera

Director: David Lynch

Año: 1999

 

Tracemos una línea horizontal de un lado a otro de nuestra mente, tan larga como el mundo mismo, y ubiquemos arriba el firmamento, con una que otra nube pasajera, y abajo la tierra llena de campos listos para la siega. La línea es la carretera. Ahora imaginemos que por la izquierda ingresa, lentamente, muy lentamente, a menos de ocho kilómetros por hora y produciendo un ruido que hace cosquillas, un anciano conduciendo su cortacésped Jhon Deere de 1966 halando un sencillo remolque que contiene lo mínimo para que el viejo lleve a cabo su aventura: gasolina, ropa, embutidos, un agarrador y por qué no, un par de sillas. Para presentarlo de una vez, ese hombre es Alvin Straight, un veterano de la segunda guerra mundial, setenta y tres años, con serios problemas en la cadera, mala circulación, enfisema, la visión gravemente disminuida y quien para sostenerse de pie necesita el soporte de dos fuertes bastones. Ha dejado atrás la sonriente Rose, su hija solitaria, y al resto de viejos que desconfiaron de su hazaña. Viene desde Laurens, Iowa, y se dirige hacia Mt Zion en Winsconsin. Son más de trescientos noventa kilómetros de distancia, más de trescientos noventa kilómetros en el espacio, diez años en el tiempo y el sentimiento del orgullo que lo separan de su hermano Lyle quien ha sufrido un repentino infarto; son más de seis semanas continuas de un recorrido lento pero amable, de una pequeña odisea moderna bajo el sol y la lluvia, en la que se cruzará con una fracción de la sociedad norteamericana: una joven desesperada, un grupo de ciclistas veloces que fácilmente lo sobrepasan, una mujer estresada que atropella ciervos, una cordial pareja pueblerina que lo acoge en tanto la trasmisión del cortacésped sea reparada, un veterano de la nefasta gran guerra, un par de gemelos mecánicos que riñen constantemente y un sacerdote que vive al pie del cementerio, como si fuese una premonición de lo que nos espera al final de la vida. Todos y cada uno con sus propios dramas; el afán, la inseguridad, la fe o ese pasado que los marca. Y junto a ellos pasa dejando una huella el viejo Alvin Straight conduciendo su cortacésped por la carretera tal como si estuviese realizando un viaje por su vida para encontrarse con Lyle y mirar, al igual que lo hacían de niños, la bóveda maravillosa e infinita que contiene a las estrellas.

Y es que Alvin durante todo ese viaje deja de ser un simple hombre pasajero y se convierte en un ser que transita haciendo estaciones por la carretera y por las vidas de quienes se encuentra. ¿Qué promueve Alvin en los que conoce? Acaso una reflexión, un encuentro con lo valioso de la existencia. Nos podemos preguntar igualmente ¿Qué mueve a Alvin? ¿Es la culpa, el arrepentimiento, la reconciliación? Tal vez el llamado de la muerte, de la inesperada partida de Lyle lo llevó a emprender ese tipo de viaje lento que le permitiera tramitar su orgullo, porque para muchos el tiempo adquiere gravedad en tanto pasan los años y sólo restan unas pocas acciones, a la manera de una última cosecha, de ahí la poética del cortacésped y de las permanentes imágenes de tractores en época de siega. Dos contrastes: Alrededor de Alvin todo pasa rápido como referencia al mundo moderno, por eso los encuentros en la carretera fueron usualmente con gente joven, apresurada o perdida, en tanto los viejos estaban en los pueblos, casi dejados en depósito, a la espera; sin embargo Alvin no espera, él sale a recoger algo como en el tiempo de la cosecha; su viaje es recoger, es un fin en sí mismo que le permite pasar por encima de esos diez años de separación de Lyle; no obstante, nadie pasa por encima del tiempo y son por lo tanto diez posibles años que se le han perdido. Igualmente tampoco nos es dado pasar por encima del cielo ni de las estrellas y de ahí la necesidad de Alvin de volver junto a Lyle: es mejor estar juntos cuando miremos la vastedad ante la que estamos usualmente indefensos. Quizás ahí encontramos la dignidad de Alvin para enfrentarse a su propia muerte: el no quiso alargar la agonía de una pronta enfermedad terminal sino que prefirió valorar el poco tiempo restante en busca de un encuentro, no sólo con su hermano, sino también consigo mismo, transformándose, demostrando que a los setenta y tres años aún podemos cambiar, que podemos dejar ese ritmo frenético que, similar a la mujer que va y viene atropellando ciervos, sólo conduce a la desesperación.

Afortunadamente esta Historia verdadera fue una historia de verdad y por eso en homenaje volvamos ahora, en la realidad y en la poesía, a esos mínimos elementos de la película, a la línea que representa la carretera, al cielo, a la tierra en tiempo de cosecha y a este último Quijote montado sobre su Rocinante; y en este escenario advertimos a la humanidad que se adelanta o a la que se queda con su angustia en medio del camino. Y así como los demás, nos bajamos del remolque en el que permanecíamos escondidos, junto a la gasolina y los embutidos, siguiendo al noble aventurero; pero antes de verlo salir por la derecha de nuestra pantalla, él, al igual que nosotros, estira su temblorosa mano y la mueve de un lado al otro en señal de despedida

Eduardo Cano.

Corporación cultural ESTANISLAO ZULETA

TÍTULO: UN PAIS EN AFRICA

DIRECTOR:  JOHN BOORMAN

GUIÓN: ANTJIE KROG

PAISES: SUDAFRICA, IRLANDA, REINO UNIDO.

AÑO: 2004

DURACIÓN: 100 min.                  

 

Corre el año de 1994 y Sudáfrica se apresta a enfrentar un proceso histórico liderado por Nelson Mandela, primer presidente negro en la historia de ese país: el de la “Verdad y reconciliación nacional”, tras cerca de 150 años de discriminación racial con toda la violencia que esa política generó. Ante tribunales establecidos en todo el país, desfilan víctimas y victimarios. Se otorgará amnistía a quienes, a pesar de haber cometido crímenes,   demuestren que fueron movidos por razones estrictamente políticas, previa confesión de sus actos violentos. La película se basa en la novela de la escritora sudafricana Antjie Krog y a pesar de que es susceptible de varios reparos, por ejemplo, el romance entre los periodistas tiene pocos visos de verosimilitud, a las escenas en los tribunales les falta fuerza, en general, la cinta carece de profundidad, nos permite reflexionar sobre el perdón, tema alrededor del cual gira nuestro actual ciclo.

Las víctimas acuden buscando la verdad, pero también una razón, el “por qué” de sus actos;  el ser humano necesita saber qué mueve al otro para actuar contra él, no importa que el hecho parezca baladí, como el hombre que pregunta a su agresor, por qué destruyó aquellos tres árboles que él había cuidado por años. El esposo de Anne necesita saber  toda la verdad, sus razones. Todos llevan una herida en lo profundo de su ser, y sólo buscan entender para tratar de perdonar. Hay un concepto en la cultura negra africana que nos ayuda a entender su posición: “ubuntu”; significa que cuando alguien hace daño a una persona, lo hace a todos, inclusive, a él mismo; igual cuando hace el bien.

Nos preguntamos ¿es posible perdonar cuando el agresor no reconoce su culpa? porque todos los autores de muertes o agresiones que desfilaban por los tribunales, diluían su responsabilidad trasladándola a sus superiores: actué como me ordenaron… lo hice por mi patria y deberían considerarme un héroe… lo hice por mi familia, por ti …le dice el hermano a Anne. ¿Un perdón otorgado en estas condiciones,  logrará una transformación de los individuos y por ende, de la sociedad? En nuestro país tenemos frustrantes experiencias de impunidad y los resultados son totalmente negativos. Sin embargo, hay quienes se preguntan si para llegar a una reconciliación definitiva, será necesario aceptar algo de impunidad.

De las anteriores consideraciones, se desprende otra: ¿existe una culpa colectiva? Todos los ciudadanos de Sudáfrica convivían bajo las odiosas leyes segregacionistas y la población blanca  las  aceptaba como “naturales”. ¿Recaería sobre ellos parte de la culpa? y adicionalmente, ¿cómo lograr la sensibilización de una población que durante años no comprendió lo aberrante del sistema? la población negra, ¿cómo asumió aquella situación?  Vimos que algunos hicieron justicia por mano propia, pero quizás la inmensa mayoría la aceptó con resignación, como un “destino manifiesto”. Sería interesante conocer qué transformaciones reales se han dado en el interior de esta sociedad, ocho años después de esa experiencia.

Volviendo la vista hacia nuestro país, hay que aceptar que cada sociedad debe buscar su propio camino hacia la paz y la reconciliación; no es posible trasladar modelos experimentados en otras culturas. Y es necesario asumir una posición crítica a partir de cada individuo, en cada familia, desde la infancia.  Aquí cabe además recordar la función social del intelectual señalada por Estanislao Zuleta.

Al margen del tema del perdón que nos concitaba para ver esta película, hay otros aspectos en ella para señalar: la música como catarsis en los momentos difíciles evita una confrontación; los nativos entonan sus cantos cuando las tensiones amenazan con desatarse.  También nos permite pensar la importancia de los medios de comunicación en una sociedad: la señal de radio emitida desde los tribunales llega a lejanos sitios, ejerciendo un efecto de unión y de solidaridad entre las gentes negras. Sin embargo, no escapan a cierto amarillismo; recordemos cuando la jefe de Anne la felicita por que sus lágrimas fueron muy oportunas para acentuar el drama de las víctimas. Y qué decir de la independencia, sin la cual no puede haber compromiso con la verdad.

BEATRIZ FLOREZ

Corporación Cultural ESTANISLAO ZULETA