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Cine en conversación

Coordina: Gustavo Restrepo

Día: Viernes

Periodicidad: Quincenal

Lugar: Sede CorpoZuleta. Calle 46 N° 70A-60

Hora: 6:15 p.m.

Entrada libre

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Próximo ciclo:

Cien años de la revolución rusa 

Mayo 12: Octubre (Sergei Eisenstein, Grigori Aleksandrov, 1928)

Mayo 26: Rojos Parte 1 (Warren Beatty, 1981)

Junio 09: Rojos Parte 2 (Warren Beatty, 1981)

Junio 23: Taurus (Aleksandr Sokurov, 2001)

 

Ciclos anteriores

¿Y quién no le debe a Kurosawa? II

Michael Haneke: La progresiva glaciación emocional

"No odio en modo alguno el cine comercial. Es perfectamente lícito. Hay mucha gente que necesita evadirse porque quizás atraviesen situaciones personales difíciles. Pero eso no tiene nada que ver con una manifestación artística. Una manifestación artística está obligada a confrontarte con la realidad".

Michael Haneke.

Programación:

septimo-continente

Abril 13

El séptimo continente

Michael Haneke - 1989

Memoria de la sesión

video-benny

Abril 20

El video de Benny

Michael Haneke - 1992

Memoria de la sesión

71-Fragmentos

Abril 27

71 fragmentos de una cronología del azar

Michael Haneke - 1994

Memoria de la sesión

el castillo

Mayo 4

El castillo

Michael Haneke - 1997

Memoria de la sesión

 

 

 

 

 

 

 

Cine en conversación, sesión de mayo 4 de 2013

 

CICLO: MICHAEL HANEKE, LA PROGRESIVA GLACIACIÓN EMOCIONAL.

DIRECTOR: MICHAEL HANEKE.

AÑO: 1997

PAÍS: AUSTRIA.

DURACIÓN: 123 min.

Un pueblo frío, oscuro, perdido, desconocido, en el que casi podría decirse que el tiempo no existe. A él llega el señor K y se dirige a una taberna. En su interior también la atmósfera es enrarecida, asfixiante, enfermiza, como si el aire y las personas mismas estuviesen contaminados o anestesiados por algún tipo de virus invisible que no se halla sólo en los cuerpos, sino también en las almas. K ha llegado al pueblo para cumplir una tarea de agrimensura encomendada por EL castillo. Está cansado, sólo quiere dormir; sin embargo el hijo del alcalde lo despierta pues cree que K es un impostor, más una llamada inesperada le anuncia al desconfiado que efectivamente se trata de un agrimensor. En ese momento K sonríe antes de continuar con su plácido sueño; no obstante, su despertar estará muy alejado de un cuento de hadas. K, un extranjero, se pasará el tiempo tratando de ser reconocido por las autoridades e infructuosamente tratará de acercarse un poco a esa fortaleza que nunca vemos ¿Acaso él puede siquiera atisbar a lo lejos una vaga forma del castillo? Incluso quienes pueden ayudarlo y contactarlo con las autoridades no son de fiar: dos torpes ayudantes gemelos, Barnabás, el mensajero que todavía no lo es, y Frieda, una amante insegura quien pone en duda el encuentro con Klamm. ¿Y quién es Klamm? ¿Lo sabemos, lo sabe K? Klamm es una autoridad más, inaccesible como las otras, casi un concepto que duerme al otro lado de una puerta y al cual no se puede molestar. Por eso K termina también durmiendo sobre los pies del grueso Erlanguer, quien le explica el funcionamiento del sistema mientras el agrimensor es vencido por el cansancio, por lo que hasta el momento se le escapa y no ha logrado comprender. De ahí ese final incierto, el del libro y la película, cortante, el cual deja al protagonista caminando contra el viento y el frío, no ya por una escena, sino por toda la eternidad.

 

Cierta dificultad en principio surgió para hablar de El castillo, la película, pues es innegable su fidelidad al texto original. Por eso no es gratuita la pregunta sobre en qué medida se la puede tomar como una unidad independiente, ya que la intención de Haneke es abiertamente la de respetar en la medida de lo posible la forma de la novela de Kafka, por lo cual este filme recuerda a un libro ilustrado que muestra en imagen lo que el texto narra en palabras. Sin embargo no se debe subestimar el resultado, ya que no se trata de un autor cualquiera, sino de Kafka. ¿Cómo hacer una imagen sobre un texto de semejante escritor? En la forma, Haneke utiliza ciertos recursos más o menos pertinentes y acertados: el fundido a negro para generar la idea de lo inconexo, las atmósferas nevadas, oscuras y frías, el uso de un narrador que cuente lo que sucede, la selección de los actores, entre otros. En cambio, de lado del contenido la separación entre la novela y la película es prácticamente imposible, pues se trata de problemas kafkianos que se apropia el director para trabajarlos. En principio está la situación de K, un extranjero, un hombre que tiene sólo en su profesión la identidad que los demás reconocerán, un extraño y un extrañado frente a las circunstancias, sumido y consumido por un mundo fraccionado, vago, asfixiante, en el cual el tiempo parece compararse sólo con la figura del hielo eterno, de un presente congelado del que nadie puede escapar; de ahí la inevitable ruta hacia la glaciación de las emociones de todos los personajes; mundo, espacio y tiempo dominados por una autoridad invisible, inaccesible, que para tramitar las relaciones de los súbditos con el poder sólo ofrece el camino de la burocracia; que reprime, antes que con la fuerza, con la mentalidad y la resignación de los habitantes a ese sistema naturalizado. En definitiva, asistimos en imágenes a la representación de lo que es un absurdo. Absurdo que al fin y al cabo no es tan lejano y devora a quienes se atrevan a cuestionarlo. Por eso la constante intranquilidad de K, porque aún hay algo que no se satisface, pues necesita reconocimiento, así aún no haya entendido el sistema de relaciones que lo gobierna. Queda por lo tanto la pregunta de si es posible darle a lo humano un trámite burocrático que no diluya la identidad en la figura de una profesión.

 

Finalmente el cierre de la película es a la vez kafkiano y “hanekiano”: todo interrumpido, todo vago, pero dejándole al espectador la idea de que algo esencial quedó flotando allí; como la robusta y calva figura de Burgel recostado en su cama, enunciando una verdad que nos hace dormir, o la puerta, nunca abierta, que conducía hasta la desconocida figura de Klamm: está ahí para nosotros, pero quizás, y al igual que en el relato Ante la ley, preferimos esperar para que otro la abra y resuelva su confusa significación. Y cómo de alguna manera se enuncia en la película, hasta aquí pudo llegar este escrito.

 

Eduardo Cano

Corporación Cultural ESTANISLAO ZULETA

 

Cine en conversación, sesión de abril 27 de 2013

 

CICLO: MICHAEL HANEKE, LA PROGRESIVA GLACIACIÓN EMOCIONAL.

DIRECTOR: MICHAEL HANEKE.

AÑO: 1994

PAÍS: AUSTRIA.

DURACIÓN: 95 min.

 

 

Nuevamente, un hecho real acaecido en el invierno de 1993 y reproducido en los medios de comunicación, da pie a esta historia construida por Haneke y que conserva su sello muy personal. La película se inicia con la noticia emitida por un canal de televisión (siempre la televisión), sobre un joven estudiante, quien sin motivo aparente, entra en un banco pistola en mano, y da muerte a varios de los clientes que hacían fila frente a sus taquillas para luego, retornar a su vehículo y darse un tiro muriendo instantáneamente.

 

 

El título no es gratuito: la película nos lleva a través de 71 secuencias en donde va desfilando, sin relación aparente, el día a día de una serie de personajes diversos y a quienes el azar quizás reúna en algún momento, o separe para siempre. Como constante telón de fondo, la televisión que informa sobre diferentes tragedias que azotan el mundo: guerras, genocidios, miles de gentes que abandonan sus aldeas huyendo de las balas. Luego volvemos a la realidad y la cámara enfoca a un niño en arriesgado viaje, desde su natal Rumania y que finaliza cuando entra ilegalmente en Austria, escondido en un camión, engrosando así el número de inmigrantes que deambulan por las calles de las ciudades del primer mundo, entre las miradas de rechazo o desconfianza de los ciudadanos.

 

 

Historias que parecieran lanzadas como al azar, pero cuya conexión sólo se evidencia al final y en donde, como en el juego japonés del mikado, lo sucedido a un individuo transmite su efecto a otros seres alrededor; trozos de vidas que sirven a Haneke para denunciar nuevamente los profundos problemas que enfrenta el sujeto en una sociedad deshumanizada, sumergida en la incomunicación y la soledad, miedos, rabia, frustración; la opresión hasta en actividades supuestamente lúdicas como el deporte: recordemos esa larguísima secuencia del joven que entrena ping-pong contra una máquina, convirtiéndose él mismo en su igual y luego recibe una reprimenda de su entrenador por no lograr la perfección en sus movimientos.

 

 

Parejas que inician sus días en idénticas rutinas, muchas veces signadas por el temor ante un futuro incierto al que tratan de exorcizar mediante una plegaria: “¡Oh Dios, te pido que mi hija tenga salud y larga vida, que yo no me enferme…” ruega el hombre atemorizado por la enfermedad de su hija y por la infelicidad que adivina en su mujer; Parejas sentadas frente a frente en una mesa, que consumen alimentos como en una actividad mecánica, sin que sus labios se abran para una palabra, y a veces, cuando esa palabra surge, asusta por lo inusual, como cuando el marido emite un “te amo” a su esposa y ésta reacciona fastidiada; ¿Acaso se ha vuelto tan insólito el que un ser humano exprese sus sentimientos? ¿Hay miedo de que éstos afloren? Pero de otra parte, actos que parecen inspirados en la solidaridad, en el amor, ¿serán una falsa ilusión? Eso parece sugerir Haneke en el caso de aquella pareja que, ante la dificultad para ganar la aceptación de la chiquilla adoptada, decide cambiarla por el niño que han visto en la televisión, como se iría a la sección de cambios de una gran tienda para devolver el objeto que no ofrece los resultados anunciados por el vendedor.

 

 

Y otra vez la soledad en la que languidecen algunas vidas; en este caso, asistimos al difícil, angustioso diálogo telefónico de un anciano con su hija; la comunicación parece de antemano destinada al fracaso; reproches van y vienen, sólo la intervención de la nieta, introduce un elemento de ternura; “¿Acaso debo disculparme por existir?” es su grito doloroso, y la sentencia final, “¡También a ti te tocará” (ser vieja, obvio)! cierra ese imposible diálogo de un hombre que, en el ocaso de su vida, ha sido confinado a una despiadada soledad.

 

 

Haneke, un encarnizado crítico de los medios de comunicación y quien alguna vez sentenció “Nosotros no percibimos la realidad, sino la representación televisiva de la misma” insiste en su omnipresencia en la vida de los individuos; la televisión nos ofrece un interminable desfile de tragedias y horrores que produce a cada día la sociedad. Son muchas las preguntas que suscita este tema: ¿Tendríamos que aprender a leer las noticias, así como hay que aprender a leer un libro, para no quedarnos en la superficie? Tomar una actitud crítica, no la pasiva de un simple receptor de información; analizar quién produce la noticia y las causas que subyacen en los hechos. Luchar porque el contacto diario con la tragedia de unos seres que para nosotros son desconocidos, no nos conduzca a la insensibilidad y a la indiferencia; generalmente, esa violencia que oímos relatada sólo parece sacudirnos cuando nos toca en alguna forma.

 

 

Como siempre, el director no pretende emitir juicios ni plantear soluciones. Ya lo ha manifestado en múltiples ocasiones, sólo busca plantear preguntas, suscitar inquietudes, sacudirnos del marasmo en que nos sumergimos, sin darnos por enterados de la opresión a la que nos somete un sistema que multiplica controles impersonales y restrictivos. La duración de las secuencias no es caprichosa; responde a la intencionalidad de imprimir un especial énfasis al segmento; El austríaco no abandona los recursos artísticos ya utilizados en sus anteriores películas: cierres fundidos entre secuencia y secuencia, música diegética, ambientes cerrados. Todos ellos contribuyen a la creación de esas atmósferas asfixiantes que caracterizan sus obras.

 

 

 

BEATRIZ FLÓREZ

 

Corporación Cultural ESTANISLAO ZULETA.