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Cine en conversación

Coordina: Gustavo Restrepo

Día: Viernes

Periodicidad: Quincenal

Lugar: Sede CorpoZuleta. Calle 46 N° 70A-60

Hora: 6:15 p.m.

Entrada libre

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Próximo ciclo:

Cien años de la revolución rusa 

Mayo 12: Octubre (Sergei Eisenstein, Grigori Aleksandrov, 1928)

Mayo 26: Rojos Parte 1 (Warren Beatty, 1981)

Junio 09: Rojos Parte 2 (Warren Beatty, 1981)

Junio 23: Taurus (Aleksandr Sokurov, 2001)

 

Ciclos anteriores

¿Y quién no le debe a Kurosawa? II

Jack Nicholson en la década de los 70

El Ultimo Deber

Mayo 18

El último deber

Hal Ashby - 1973

Memoria de la sesión

Mi Vida Es Mi Vida

Mayo 25

Mi vida es mi vida

Bob Rafelson - 1970

Memoria de la sesión

el-reportero

Junio 01

El reportero

Michelangelo Antonioni - 1975

Memoria de la sesión

 

 

 

 

 

 

 

Cine en conversación, sesión de junio 1 de 2013

CICLO: JACK NICHOLSON EN LA DECADA DE LOS 70.

DIRECTOR: MICHELANGELO ANTONIONI.

GUIÓN: MARK PEPLOE, MICHELANGELO ANTONIONI, PETER WOLLEN.

AÑO: 1975.

PAÍS: ITALIA.

DURACIÓN: 119 min.

Entre las arenas del desierto del Sahara divisamos a lo lejos al aclamado reportero David Locke (Jack Nicholson). Desafortunadamente ha sufrido algunos inconvenientes en la realización de un documental sobre África, por lo cual ha tenido que caminar bajo el inclemente sol hasta el hotel en que se hospedaba. Allí encuentra que un inglés de apellido Robertson, hombre muy parecido físicamente al periodista y con quien alcanzó a establecer cierta simpatía, ha muerto inesperadamente. Sin que los funcionarios del hotel se percaten, David Locke cambia sus papeles con los del difunto, de manera que en adelante debe asumir la identidad de un desconocido, y dejar atrás su trabajo, su prestigio, su matrimonio y la vida que curiosamente lo ha llevado hasta el mismo lugar en el que se hallaba Robertson. Mientras en Londres Rachel, la esposa de Locke y Martin, su antiguo productor, tratan de dar con quien supuestamente pasó los últimos días con el difunto, este viaja con las pertenencias del otro fuera de Europa. Sólo más tarde es que se percata de los turbios negocios que ocupaban al traficante de armas que está suplantando. Así es como Locke, Robertson (o digamos más bien, el personaje que interpreta Nicholson) comienza un trasegar que va entre huir de su pasado y cumplir con las citas en la agenda de Robertson, y es así como en España se topa con una joven estudiante de arquitectura (Maria Schneider) quien lo ayuda a escapar de Martin que casi lo encuentra y con la que establece una camaradería y un romance. Sin embargo los periplos del protagonista, acaso ya sin nombre, sin identidad, sin vida, terminan de manera extraña en el calor del árido paisaje español, tendido en una cama, de igual forma que Robertson, como si hubiese muerto sofocado más que por sus perseguidores, por el peso mismo de su existencia.

Con tal escenario se inició la conversación. No fue inusual ver en el personaje de Nicholson a un ser cansado de la vida que había hecho; sin embargo así cambiara su identidad legal ¿tenía él una intención de rehacerse a sí mismo? Y en el fondo ¿De qué estaba huyendo, qué lo perseguía? Además, si al asumir el protagonista la muerte de sí, en esa medida él murió en ese hotel del desierto, más nos queda una extrañeza frente a las pretensiones del personaje, si es que tenía algunas, ya que de un lado dejó de ser el que fue pero igualmente la nueva vida lo sedujo de modo que no pudo escapar al verse en la necesidad de ser el otro, de cumplir las citas pendientes y de hacer el recorrido que el verdadero Robertson hubiese realizado. ¿Entonces el cambio fue inútil o en qué medida le permitió descubrir lo que él buscaba? Quizás la joven estudiante fue en algo una respuesta, un afortunado encuentro, pero que no alcanzó a llenar el vacío de Locke, pues ella igualmente parecía en un tránsito ¿entonces qué los mantenía unidos además de la idea del pasar? ¿Y es que en realidad quién puede escapar de sí mismo? Acaso el título original The passenger es más acertado que la traducción al español, El reportero. Locke fue más bien un pasajero en sus distintas acepciones, un pasajero como alguien que viaje, que transita tal vez de largo y de manera efímera.

En ese sentido caben resaltar aspectos formales de la película como tal, la calidad de los diálogos que sugieren mucho más de lo evidente, los cuales, y al igual que los diferentes planos, señalan algún aspecto interior del personaje –por lo tanto la aridez permanente de los escenarios es un logro-; los flash backs que traen el recuerdo de acciones pasadas casi que sin que lo notemos, y sobre todo la escena final en la que muere el protagonista: todo un retrato del fluir del tiempo, de la vida y de las personas que nos rodean sin que nos percatemos.

Finalmente recordemos la actuación de Jack Nicholson, en este caso más aplacada, introvertida, sin los gestos que en otras cintas lo caracterizan pero que demuestra el dominio del actor sobre el personaje y, principalmente, su capacidad de generar y trasmitir la extrañeza de un hombre que no se ubica en su propia vida.

Eduardo Cano

Corporación Cultural ESTANISLAO ZULETA

Cine en conversación, sesión de mayo 25 de 2013

 

CICLO: JACK NICHOLSON EN LA DECADA DE LOS 70.

DIRECTOR: BOB RAFELSON.

GUIÓN: ADRIEN JOYCE.

AÑO: 1970.

PAÍS: ESTADOS UNIDOS.

DURACIÓN: 90 min.

 

Robert (Bob) Dupea, interpretado magníficamente por Jack Nicholson, es un joven nacido en un hogar burgués de músicos, él mismo tocaba el piano, y parece que lo hacía bien; sin embargo, lo encontramos sumergido en el rudo trabajo de una explotación petrolífera, malgastando su tiempo libre entre amigos, cerveza, bolos y una mujer con quien convive y para quien se ha vuelto incómodamente indispensable. Por momentos, percibimos, a través de sus esporádicas explosiones de violencia en solitario, la frustración y rabia que esa vida parece generarle.

 

Para la época en que fue rodada la película, la sociedad norteamericana experimentaba profundos cambios; al optimismo de los exitosos años 50, había llegado una década marcada por el rechazo a la absurda guerra que libraba ese país en Vietnam, con miles de jóvenes sacrificados inútilmente. De la sociedad se había apoderado la decepción y la desesperanza en el futuro; entre la juventud, había nacido un poderoso movimiento de rechazo a ese mundo que se le ofrecía. Bob, parece encarnar ese espíritu cuestionador y rebelde del momento. No encontró su lugar al lado de un padre distante, con quien nunca pudo hablar; tampoco está satisfecho en ese entorno laboral en donde no significa nada como individuo; da lo mismo que su trabajo lo esté desempeñando el sujeto X o Y; y el pequeño círculo de amigos, incluida la joven con quien convive, sólo logran aturdir momentáneamente su desazón. Se siente extranjero en cualquier lugar. Quizás no tenga definido lo que busca, pero lo que sí tiene claro es que la vida que hasta ahora ha llevado, no da respuesta a sus expectativas como ser humano. El fugaz retorno al hogar, a causa de la enfermedad del padre, no hace otra cosa que confirmarle que su lugar no está allí. Somos entonces testigos de ese monólogo con el padre; por primera vez puede hablarle de sus sentimientos, de cómo nunca existió una relación entre los dos, cerrando con esa afirmación contundente de Bob, resumen de la brecha que siempre existió entre los dos: “si pudieras hablar, no estaríamos hablando ahora” Queda saldada una vieja deuda y comprende que ahora debe dar un rumbo distinto a su vida. Que en lo efímero, en lo azaroso, no encontrará paz para su espíritu.

 

¿Qué hace que algunos individuos no logren entrar en los moldes que ofrece la sociedad y por el contrario, enfrenten el riesgo que significa buscar caminos diferentes, autónomos, lejos de lo convencional que se ofrece como garantía de seguridad y bienestar? ¿Qué potencia al individuo para despertar su conciencia de sujeto dueño de su propio destino? Son interrogantes cuya respuesta podría llenar mucho papel; pero en repetidas ocasiones nos hemos referido al arte que, tanto en su producción como en su goce, puede conferir sentido a una vida.

 

Al lado de nuestro personaje aparecen otros seres, con sus propias angustias, las que buscan resolver de diferente forma: aquella ecologista radical, con un discurso desbordado pero contradictorio, pues en tanto que habla de contaminación no para de arrojar humo de su cigarrillo; Rayette, la compañera de Bob, quien tiene como razón de su existencia la presencia de ese hombre, y la sola idea de que él la abandone, la arroja a la desesperación.

 

Hay situaciones con visos de comicidad, pero que reflejan las absurdas normas en que se encasilla la sociedad,  como aquella en que la camarera se niega a atender el pedido de Bob, que sólo pide que supriman algunos elementos accesorios de un menú. Como si todos estuviésemos obligados a aceptar lo que el común de los mortales desea, como si estuviéramos condenados a la uniformidad. En suma, una estupenda película sobre el malestar que pueden generar las sociedades desarrolladas, que ofrecen todo lo que juzgan necesario para que el hombre sea feliz, malestar que va contagiando las demás sociedades candidatas a adquirir ese anhelado status.

 

Finalmente destaquemos otros aspectos importantes de esta cinta, como son las actuaciones de Jack Nicholson y Karen Black interpretando a Rayette, igual que la excelente fotografía a cargo del húngaro, nacionalizado en los Estados Unidos, Laszlo Kovacks.

BEATRIZ FLOREZ

Corporación Cultural ESTANISLAO ZULETA