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Cine en conversación

Coordina: Gustavo Restrepo

Día: Viernes. Hora: 6:15 p.m.

Periodicidad: Quincenal

Lugar: Sede CorpoZuleta. Calle 46 N° 70A-60

Entrada libre

Próximo ciclo:

Manoel de Oliveira: la lucidez y la duda del lusitano

Julio 7: Aniki Bóbó (1942)

Agosto 4: El Valle de Abraham (1993)

Agosto 18: Viaje al principio del mundo (1997) 

Septiembre 1: Vuelvo a casa (2001)

 

Ciclos anteriores

Cien años de la revolución rusa

¿Y quién no le debe a Kurosawa? II

Iniciamos un nuevo ciclo de cuatro películas en el que tendremos como protagonista al cineasta Elia Kazan, gran referente del cine norteamericano que empezó su carrera como director en la década de 1940, y de quien se dice propició el surgimiento de importantes actores para la industria cinematográfica de Hollywood como Marlon Brando y James Dean.

Juan Sebastián Gutiérrez Gómez

Programación:

la-ley-del-silencio

Octubre 12

La ley del silencio

Elia Kazan - 1954

Memoria de la sesión

 

AlEsteDelEden

Octubre 19

Al este del edén

Elia Kazan - 1955

Memoria de la sesión

 

UnRostroEnLaMultitud

Noviembre 2

Un rostro en la multitud

Elia Kazan - 1957

Memoria de la sesión

 

AmericaAmerica

Noviembre 9

America America

Elia Kazan - 1963

Memoria de la sesión

 

 

 

 

 

 

 

 

Cine en conversación, sesión noviembre 9 de 2013

Ciclo: Elia Kazan

Película: America America

Dirección: Elia Kazan

Año: 1963

 

Cuántas novelas, pinturas, películas, descubrimientos científicos han sido posibles gracias a este mundo diverso que nos han traído los inmigrantes judíos, africanos, europeos y orientales. Hoy empezamos un ciclo del afroamericano Spike Lee, y hace 8 días terminamos uno del director y escritor de origen griego Elia Kazan, del que haremos referencia en esta relatoría.

América, América, 1963. Está basada en una novela autobiográfica del director, que cuenta el viaje de su tío desde Turquía hasta los Estados unidos, atravesado por múltiples contratiempos, y que permitió después la llegada de parte de su familia y del propio Elia.

Filmada entre Grecia y Turquía, con actores no profesionales, que le dan ese tono realista, frente a los que no tenemos ninguna duda sobre la verdad que nos están contando, con ojos, que miran sin esperanza, tan desolados pero tan ciertos como los que nos puede ofrecer un documental.

La fotografía en   blanco y negro permite acentuar los cambios de luz, logra con esos primeros planos imágenes inolvidables del dolor humano, en especial la del rostro simple e ingenuo del héroe, un hombre común pero inolvidable.

Stavros Topouzoglou (Stathis Giallelis) es un joven griego del humilde pueblo de Anatolia en Turquía, en donde las minorías griegas y armenias fueron sometidas de manera brutal, llegando hasta el exterminio de casi la totalidad de los armenios. En una de estas carreteras polvorientas Stavros escucha por primera vez en la voz de un amigo, de la existencia de un mundo mejor, un mundo de ciudades bellas en donde ellos, los despojados, los abatidos, podrían tener un lugar digno, donde vivir; este hecho será relevante en relación a la obsesión que le acompañará siempre. Poco después su padre contribuye a la posibilidad de empezar a realizar su sueño: América, enviándole a Constantinopla (la futura Estambul), para participar del negocio de un tío en quiebra, llevando todo el dinero y los bienes económicos de la familia. El viaje con sus calamidades y penurias empieza a transformar el carácter bondadoso e ingenuo de Stavros.

Al fin llega a Constantinopla después de haberlo perdido todo, menos su deseo. El tío decepcionado por la falta de dinero, le sugiere la posibilidad de casarse con la hija de un hombre rico para recuperar la fortuna. Stavros escoge el camino más largo, más difícil, y se marcha, para regresar después de una serie de penurias y escapar a la muerte, aceptando finalmente la propuesta de buscar una esposa rica.

Es un hombre triste. Está a punto de un matrimonio por conveniencia con una mujer poco agraciada ¿Pero cuál es la gracia que puede tener una mujer en esta película, en donde ni el dinero, ni la condición social, ni la belleza pueden serles favorables? Silencioso, afectado por el dolor, con una sonrisa irónica, la de alguien que ha dejado de creer en la bondad humana, lo vemos en la casa de su suegro o en la ciudad. Pero no hay asomo de cinismo, incapaz de mentir reconoce a su futura esposa su deseo de cruzar el mar; también es generoso, al encontrarse a Hohanne —el joven a quien le regalo sus alpargartas cuando estaba en Anatolia, para que pudiera llegar a América— lo alimenta y le reaviva el sueño que ha perdido, como una manera de reavivar el suyo propio. Al final, después de dejarlo todo, la posibilidad alentadora de una familia, de una riqueza, de un lugar, Stavros logra ponerse en el barco que lo llevara a América, junto a un grupo de aventureros, que trabajaran gratis para un hombre que los llevará esperando su pago.

En el barco tampoco faltaran calamidades, estará a punto de ser deportado; pero finalmente el destino será benévolo en favor del héroe, su amigo Hohannes tuberculoso, sin posibilidades de vivir, se inmolará en favor de él, es su último agradecimiento. La imagen simbólica de unos zapatos, como los que Stavros le dio al inicio de la película y que después le permitieron reconocerlo, aparecerán de nuevo. La cámara está puesta sobre ellos, como un recurso simbólico, que permite evocar un recuerdo y sirve para contarnos aquello que está pasando fuera de cámara —Hohannes, que no sabe nadar, se está ahogando en ese mar inclemente—Stavros se ha salvado asumiendo la identidad de él.

Por fin llega a América y recupera su sonrisa. Guarda las monedas, que permitirían que su familia llegara despues, las mismas que nos permitieron a nosotros tener una película como esta, o como todas las que tuvimos en este ciclo.

Oscar Restrepo.

Corporación Cultural ESTANISALO ZULETA

 

Cine en conversación, sesión noviembre 2 de 2013

 

Ciclo: Elia Kazan

Película: Un rostro en la multitud

Dirección: Elia Kazan

Año: 1957

“Yo no soy un artista.

Soy una influencia, un portador de opinión, una fuerza...

¡una fuerza!”

El solitario Rhodes

(Película: Un rostro en la multitud)

Un rostro en la multitud, ¿qué rostro?, es la pregunta que se nos lanza rápidamente apenas iniciando la película. “El suyo, o el suyo, o el suyo”, nos enuncia Marcia Jeffries, presentadora del programa de radio de singular nombre, mientras en la cárcel del noreste de Arkansas intenta descubrir entre sus hombres corrientes -marginales, vagabundos, miserables, perdedores- y sin ningún talento aparente algún rasgo fascinante para su audiencia. Uno que “hable con naturalidad, cuente una anécdota o simplemente algo gracioso”. Y es precisamente uno que canta, encerrado allí por ebriedad y desorden, el que conjugando aquellos rasgos acaso como virtudes (¿?) consigue capturar su atención y la de todos quienes le observan, observamos. ¿O es que no se descubre irremediablemente el espectador -en la película y por fuera de ella- capturado por el “solitario Rhodes” como de ahí en adelante será nombrado? ¿Qué encarna este hombre singular de risa empalagosa y apariencia desmesuradamente autosuficiente? ¿Quién es este “borracho de la guitarra” capaz de movilizar tan gratuitamente a hombres y mujeres, niños y niñas, en tareas aparentemente ingenuas? Pues abandonar los perros callejeros en la casa del alguacil candidato a alcalde, sosegar el calor de los niños en la piscina privada de un burgués y donar medio dólar a una mujer desconocida, son los sencillos ejemplos que en el desarrollo de la película van perdiendo toda inocencia, mientras revelan la gestación de un poder, el gran poder que representan los medios de comunicación. Vertiginosamente y casi sin apercibirnos, se nos hace testigos de la ascendente carrera de nuestro empírico presentador y cantante. Del cómo el solitario Rhodes de la cárcel de Arkansas termina siendo la estrella de Memphis no es una cosa de la que se pueda dar cuenta fácilmente. Esa especie de encanto misterioso que se va cerniendo sobre todos y cada uno de quienes le escuchan y le ven nos devuelve entonces una imagen aterradora: ¿somos nosotros los espectadores del otro lado tras la pantalla igual de vulnerables?

Hacia el desenlace de la película y de manera muy aguda director y guionista nos enseñan al solitario Rhodes conduciendo la carrera política de un candidato al senado. Decir cualquier cosa, hacer cualquier cosa, “agradar” simplemente, parece ser el secreto a voces de nuestro protagonista, exhibiendo de esa forma las cualidades que constituyen a quienes encarnan el reconocimiento en los medios. Finalmente y tal vez de forma aún más acelerada a la del ascenso, se nos recrea el triste destino de quien como aparece desaparece, casi sin razón aparente tras abrirse los micrófonos de una verdad. Como telón de fondo vale la pena mencionar la historia de amor y desamor tejida entre Marcia y Rhodes, el solitario Rhodes. Crea ella el nombre y acaso también al hombre de quien se enamora, artificios ambos: el del amor y el del éxito, que finalmente se desdibujan en compañía de “la máquina de risas y aplausos”.

Elia Kazan, el polémico director norteamericano de origen griego al que vemos en este ciclo, expone aquí no solo uno de los retratos más inclementes sobre los medios de comunicación y de tremendísima actualidad, sino que además nos regala una oportuna expresión de las herramientas de las que puede hacerse el buen cine en blanco y negro. Imágenes en dos tonos puestas en función del contenido mismo, capaces de transmitir toda la dimensión del rostro exuberante y las carcajadas y que tal vez aun, tras los días de habérsele escuchado, insisten en resonar en la cabeza de cada cual, mientras se escucha cualquier programa radial o televisivo de nuestro tiempo. Escenarios recreados en interiores capaces de poner en evidencia el rasgo más profundo de cada protagonista, como ocurre en una de las últimas escenas donde Larry -el solitario Rhodes- confiesa a Marcia, en su habitación y bajo una tenue luz, las oscuras intenciones para manipular la elección del candidato favorable a sus intereses. Se destaca pues entre los asistentes a esta sesión la maravillosa fotografía y musicalización que acompañan a cada uno de los momentos de la película de manera tan acertada. Además de la capacidad de Kazan de apropiarse del cine como un lenguaje propio, se subrayó la portentosa imagen del ascensor descendiendo piso a piso utilizada para representarnos la estrepitosa caída del protagonista.

La soledad aparece como otro elemento emergido en la conversación. Hombres y mujeres que abandonados a la tarea de encargarse de sí y hacerse a un sentido, encuentran en la identificación con un otro que quizá recree la estupidez y la tontería de la que somos objeto una manera de borrar la singularidad y con ello la angustia que allí acaece.

Ahora ¿qué es lo que seduce en el solitario Rhodes? ¿O valdría la pena decir “nos seduce” y de esta forma reconocernos incluidos por un efecto al que posiblemente no escapemos? ¿Quiénes son entonces esos que hoy nos seducen? ¿cantantes? ¿presentadores? ¿políticos?

Dayana Cardona Pérez

Corporación Cultural ESTANISALO ZULETA

“No nos engañamos, Estamos tan solos que no podríamos tolerar ver la mañana.

Por la noche cuando el guardia apaga las luces y nos deja en la oscuridad, ese mismo tipo se convierte en tu amigo más querido. No, no lloro, porque seré un hombre libre en la mañana…”

El solitario Rhodes

(Película: Un rostro en la multitud)