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Cine en conversación

Coordina: Gustavo Restrepo

Día: Viernes

Periodicidad: Quincenal

Lugar: Sede CorpoZuleta. Calle 46 N° 70A-60

Hora: 6:15 p.m.

Entrada libre

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Próximo ciclo:

Cien años de la revolución rusa 

Mayo 12: Octubre (Sergei Eisenstein, Grigori Aleksandrov, 1928)

Mayo 26: Rojos Parte 1 (Warren Beatty, 1981)

Junio 09: Rojos Parte 2 (Warren Beatty, 1981)

Junio 23: Taurus (Aleksandr Sokurov, 2001)

 

Ciclos anteriores

¿Y quién no le debe a Kurosawa? II

Ciclo: Año del cine ruso.

De esa Rusia fecunda en las artes, que tantas lecciones produjo y ha aprovechado el mundo de la cinematografía. Desde “El laboratorio experimental” de Lev Kuleshov al cine contemporáneo de Aleksandr Sokúrov y teniendo como director emblemático del ciclo a Andréi Tarkovski. Ese será nuestro recorrido fílmico de este año.

Programaremos cada mes una película del director central del ciclo Andréi Tarkovski, sugiriendo a nuestros asistentes la lectura de su libro “Esculpir en el tiempo”, en el cual aborda su visión del arte y en particular del cine y combinaremos en los demás sábados, películas rusas, tanto de las ya clásicas producciones de la primera mitad del siglo XX, así como otras de las nuevas generaciones.

 

 

el violin aplanadora

Marzo 15

El violín y la aplanadora

 Andréi Tarkovsky - 1960

 Memoria de la sesión

 

El regreso-598872217-large

Marzo 22

EL regreso

 Andrey Zvyagintsev - 2003

Memoria de la sesión

LasExtraordinariasMrWest

Marzo 29

Las extraordinarias aventuras de Mr West en el país de los bolcheviques

Lev Kuleshov - 1924

Memoria de la sesión

 LaInfanciaDeIvan

Abril 12

La infancia de Iván

Andréi Tarkovski - 1962

Memoria de la sesión

 QuemadoPorElSol

Abril 26

Quemado por el sol

Nikita Mikhalkov - 1994

Memoria de la sesión

 Andrei Rublev 2

Mayo 3

Andrey Rublyov

Andréi Tarkovski - 1966

Memoria de la sesión

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Mayo 17

El hombre de la cámara. (Memoria)

Dziga Vertov - 1929

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Mayo 24

Cuando pasan las cigüeñas (Memoria)

Mikhail Kalatozov - 1957

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Mayo 31

El arca rusa (Memoria) 

Alexander Sokurov - 2002

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Junio 14

Solaris (Memoria)

Andréi Tarkovski - 1972

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Junio 21

El rey Lear (Memoria) 

Grigori Kozintsev - 1971

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Julio 26

La dama del perrito (Memoria)

Iosif Kheifits - 1960

ElEspejo20

Agosto 9

El espejo (Memoria)

Andréi Tarkovski - 1975

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Agosto 23

Almas silenciosas (Memoria)

Aleksei Fedorshenko - 2010

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Septiembre 6

Stalker (Memoria)

Andréi Tarkovski - 1979

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Septiembre 20

Tierra

Aleksander Dovzhenko - 1930

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Octubre 4

Nostalgia (Memoria)

Andréi Tarkovski - 1983

SalaN6Afiche 

Octubre 18

La sala número 6 (Memoria)

Karen Shakhnazarov y Aleksandr Gornovsky - 2009

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Noviembre 8

Sacrificio (Memoria)

Andréi Tarkovski - 1986

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Noviembre 22

Elena (Memoria)

Andrey Zvyagintsev - 2011

 

 

 

 

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Ciclo: "Año del cine ruso"

Sábado 22 de noviembre de 2014, Hora: 5:00 pm.

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Elena

Andrey Zvyagintsev (2011)

Ir a la memoria de la sesión

El formalismo tiene límites insospechados, y Elena es un ejemplo de ello. Es que el film de Andrey Zvyagintsev, el realizador ruso de la conocida El regreso (2003), es un claro exponente no solo de una llamativa capacidad narrativa, sino también de un marcado interés por la forma misma, por la utilización de los recursos puramente cinematográficos como principal sustento de un relato. Elena es un film amargo, desalmado y cerebral, frío como los escenarios rusos en los que se plantea la acción y, a su vez, es tal su factura, su límpida ejecución, la versatilidad de recursos que pone en escena, que se construye como un muy buen ejemplo de ejercicio cinematográfico, de presteza de lo métodico- algo así como una eficacia de la forma. Las escenas se suceden quirúrgicamente y los personajes realizan acciones que, a pesar de encontrarse evidentemente encorsetadas dentro de una rigurosa puesta en escena, fluyen y se suceden como por desprendimiento- un excelente ejercicio de causalidad narrativa.

Extractado de:

http://www.cinematografobia.com.ar/2013/04/elena.html


  

Cine en conversación, sesión noviembre 22 de 2014

Ciclo: "Año del cine ruso"

Película: Elena.

Dirección: Andrey Zvyagintsev.

Año: 2011.

En nuestra última sesión del 2014, año durante el cual recorrimos un amplísimo abanico de directores rusos reservando siempre, a manera de humilde homenaje, la primera sesión de cada mes al maestro Tarkovski, pudimos ver Elena, una película perturbadora, inquietante, que puso en debate asuntos como la familia, la moral, la corrupción…

Anticipemos que una situación desacostumbrada se presentó en esta ocasión: una escasa asistencia de público; quizás la cercanía del vértigo navideño, que comienza ya en los primeros días de diciembre, haya influido, y esos tres o cuatro asistentes se retiraron al momento de comenzar nuestra habitual conversación; al final sólo quedamos cinco integrantes de la Corporación. La conversación por lo tanto, no fue todo lo rica que suele ser.

Comentada esta particularidad, retornemos a nuestra película: Inicialmente, la cámara nos lleva, en una extensa secuencia, desde el exterior de una vivienda en Moscú a su interior, descubriendo para nosotros un apartamento que, aunque no ostentoso, si revela que pertenece a alguien adinerado; los objetos y la decoración comprueban el buen gusto de su propietario. Ahora la cámara se detiene en una habitación en donde la alarma del reloj marca el inicio del día para sus habitantes. Trabajosamente, una mujer se yergue en su cama, batallando contra el sueño se despabila; después de uno segundos logra ponerse en pie, se dirige a la habitación contigua donde yace alguien; luego sabremos que es su esposo; corre las cortinas para permitir que la luz ingrese a la alcoba, se ducha, prepara el desayuno…ritual que se repite, como calcado, día tras día. Es el hogar de Elena y Vladimir, una pareja con una relación distante, fría, invadida por el tedio. Sentados frente a frente en la pequeña mesa de comedor, sólo se cruzan unas pocas y convencionales frases: ¿Qué vas a hacer hoy? pregunta él; “Iré al banco para cobrar mi pensión”, responde ella, “y luego a casa de mi hijo”. Enseguida, la dura reconvención del “jefe del hogar” por la actitud protectora de ella frente al hijo, nos revela ese punto de ruptura: ambos tienen un hijo de anteriores uniones: Katerina es la hija de Vladimir y Sergey, el hijo de Elena. Los dos chicos no demuestran demasiado afecto por sus respectivos padres y parecieran interesarse sólo en el dinero. Y es el dinero el desencadenante de los dramáticos hechos que seguirán; tras sufrir un infarto y frente a la posibilidad cercana de la muerte, Vladimir le comunica a Elena su decisión de dejar la mayor parte de su fortuna a Katerine, no sin antes asegurar su subsistencia mediante una pensión.

A continuación, la muerte de Vladimir fríamente propiciada por Elena para quitar del camino ese obstáculo en la solución del problema económico en el hogar de su hijo y nuera desempleados, con dos hijos y otro por llegar, quienes la presionan constantemente por ayuda económica, que sale de su exigua pensión.

La primera pregunta que emerge es ¿Constituyen Vladimir y Elena realmente una familia? Es verdad que comparten un techo pero no hay visos de un sentimiento amoroso o de ternura entre ellos. Un esposo frío, que impone su autoridad; Elena, en una actitud sumisa, quizás temerosa de disgustarlo y permanentemente angustiada por la difícil situación en el hogar de su hijo. Pero tampoco allí se percibe un afecto especial por esa madre y abuela proveedora.

Seres movidos por la ambición; ¿Podríamos justificar a esta madre, quien en aras de ayudar al hijo y ante la actitud negativa de su esposo, comete un homicidio con fría decisión? Elena, esa mujer de extracción humilde, que cuida amorosamente a su pequeño nieto es la misma que planea cada detalle, quemando el testamento redactado unas pocas horas antes por Vladimir; la misma que, impávida, miente ante el abogado en el juicio por la herencia después de haberse apropiado del dinero celosamente guardado por el marido en la caja fuerte. Zvygintsev retrata aquí una sociedad rusa permeada por la codicia, donde esos “vicios” occidentales también se han instalado, ¿o quizás han estado siempre allí? Eso es lo que sugieren las peleas callejeras entre los chicos, la inequidad, las diferencias sociales; en varias ocasiones acompañamos a Elena en su largo desplazamiento desde la cómoda vivienda que habita hasta el barrio del hijo, en los suburbios de la ciudad, con calles sin asfaltar, edificios lúgubres… ¿Tendrá razón Katerine cuando en ese encuentro con su padre en el hospital le espeta: “¿De qué te sorprendes padre? Soy igual a ti, son los genes, semillas podridas, todos somos malas semillas” Algo anda mal y no sólo en esa sociedad rusa que nos retrata el director.

Destaquemos para terminar la gran actuación de Nadezhda Markina quien encarna a esa mujer, aparentemente sumisa pero sin escrúpulos, dispuesta a lo que sea necesario para acudir en ayuda de su hijo; también tenemos que hablar de la puesta en escena, intimista pero asfixiante y que nos hace pensar desde el comienzo en que algo va a terminar mal. Relevante también el trabajo de Mikhail Krichman encargado de la fotografía que, junto a la música compuesta por el singular estadounidense Philip Glass complementan la historia. En síntesis, fue ésta una acertada película para finalizar nuestro año fílmico.

Beatriz Florez.

Corporación Cultural ESTANISALO ZULETA

Ciclo: "Año del cine ruso"

Sábado 8 de noviembre de 2014, Hora: 5:00 pm.

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Sacrificio

Andréi Tarkovski (1983)

Ir a la memoria de la sesión.

Con esta película cerramos la muestra de la obra cinematográfica completa del director que ha sido eje transversal del ciclo de cine ruso que hemos venido realizando durante todo este año. Esta fue la última película que este singular y reflexivo director pudo realizar.

De nuevo, como en las demás películas de Tarkovsky, los interrogantes estarán puestos sobre el ser humano y su manera de hacer una existencia; sobre el lugar que da en su cotidianidad a los asuntos que no puede explicar, sobre su postura ante ellos; sobre el amor, la espiritualidad, el arte, la muerte, la memoria, los sueños...

Por última vez tendremos la oportunidad en este espacio y en este año de asombrarnos, emocionarnos, confundirnos, conmovernos e inquietarnos ante la visión del mundo y del ser humano que este particular y sensible hombre logró construir en el tiempo que tuvo de vida.

“En estos últimos tiempos he tenido muchas ocasiones de hablar con mis espectadores. Y muchas veces he tenido que percatarme de su escepticismo frente a mis afirmaciones de que en mis películas no hay ningún símbolo o metáfora. Muy a menudo, incluso con apasionamiento, se me pregunta por el significado de la lluvia. Por qué aparece en todas las películas. Y por qué aparece siempre el viento, el fuego y el agua. Preguntas de este tipo me confunden.

Se podría decir que los aguaceros son característicos de la región en que me crié. En Rusia hay largas temporadas de lluvia que despiertan la nostalgia. Y también se podría decir que a mí no me gusta la gran ciudad, sino la naturaleza, y que me siento extraordinariamente a gusto cada vez que me alejo de los logros de la civilización moderna y voy a mi casa de campo, alejada más de trescientos kilómetros de Moscú. La lluvia, con el fuego, el agua, la nieve, la escarcha y los campos son elementos del ambiente material en que vivimos, son —si se quiere— una verdad de la vida. Por eso me afecta cuando me entero de que las personas, en vez de disfrutar sencillamente de esa naturaleza que se ha incorporado a las imágenes, van buscando en ella un sentido oculto. En la lluvia se puede ver, sin más, mal tiempo, mientras que yo lo utilizo de una forma determinada, como un ambiente estético, que marca el desarrollo de la acción. Pero eso no significa —ni mucho menos— que en mis películas la naturaleza sea símbolo de algo. [...]

[...]Y el único motivo es muy simple: en la pantalla, yo quiero mostrar de la forma más perfecta posible mi propio mundo ideal, tal como yo mismo lo siento y lo percibo. No escondo ante el espectador intenciones especiales ni me dedico a jugar con él. Le muestro el mundo tal como a mí me parece, en su máxima expresividad y precisión. Tal como expresa, de la forma más perfecta posible, el sentido no perceptible de nuestra existencia.” *

Juan Sebastián Gutiérrez Gómez

*Fragmento de “Esculpir en el tiempo” acerca de Nostalgia, Andrei Tarkovski.

 


Memoria de la sesión.

Cine en conversación, sesión noviembre 8 de 2014

Ciclo: "Año del cine ruso"

Película: Sacrificio.

Dirección: Andréi Tarkovski.

Año: 1983.

Dimos cierre al homenaje rendido durante el año a este grande de la cinematografía, con la cinta “Sacrificio”, rodada por Tarkovski a sólo unos meses de su muerte. Una parábola sobre la angustia del hombre frente a un mundo falto de espiritualidad, sumergido en una especie de idolatría en torno a la racionalidad y a la tecnología; un grito desesperado ante la ausencia de reflexión sobre lo que significa el ser humano. Alexander  es un periodista quien, en la madurez de su vida y cuando celebra un cumpleaños más, confirma sus temores sobre la capacidad de autodestrucción del hombre contemporáneo al escuchar en un noticiero el inicio de una guerra nuclear. El desastre y la hecatombe final están por tocar a su puerta. En ese momento trágico le acompañan su esposa, sus dos hijos, el menor de los cuales ha perdido la voz, un médico amigo y Otto, el cartero, extraño personaje quien lo insta a hacer el amor con una de sus criadas quien, según él, es una bruja buena, acto mediante el cual salvaría a la humanidad.

Una película lenta, de largos planos, con silencios pesantes que parecen caer como un manto sobre los protagonistas; silencio que ya ha hecho presencia en el pequeño hijo del periodista arrebatándole la voz;  él es el receptor de los largos monólogos que su padre protagoniza y a través de los cuales aprende del tesón, de la disciplina, de la lucha infatigable necesaria para proteger la naturaleza; de sus labios conoce también la historia de aquel monje que  durante siete años regó con insistencia un árbol seco, plantado sin raíz, pero que gracias a su constancia, un día floreció.

En el fondo de la historia yace la pregunta por el propio fracaso en el empeño de dar un significado a nuestra vida. ¿Y es que, quién no se ha visto asaltado en algún momento por esa sensación de desánimo, de vacuidad? Frente al derrumbe de algún ideal, al resquebrajamiento de una verdad hasta entonces inamovible nos vemos arrojados al vacío. ¿Qué hacer en ese mundo caótico?  Se hace entonces evidente la necesidad de aferrarse a algo que nos dé un piso firme sobre el cual transitar por la vida, la fe en algo, ¿pero, en qué depositar nuestra fe? Ante la desesperanza, frente a ese panorama desolador, hay quienes buscan una respuesta por fuera de la realidad, como parece hacerlo Otto, el curioso coleccionista de eventos inexplicables que parecen tener respuesta en fuerzas ocultas para la mayoría de los hombres, pero que por una extraña concesión son accesibles a determinados personajes; es él quien empuja a Alexander a ese acto sacrificial con su criada para evitar la inminente catástrofe.

Y frente a esta perspectiva terrible de la nada, para no sucumbir al nihilismo, se erige el Arte como el único medio capaz de rescatarnos del vacío, de sacar lo mejor del ser humano, convirtiendo entonces cada obra de arte en sublime regalo a la humanidad, sí sublime, como lo es ese “Señor, ten piedad de mí” de Johan Sebastian Bach, que suena al fondo durante varios segmentos de la película, o las magníficas representaciones pictóricas que el periodista disfruta en un libro.

Sin embargo, no todo es pesimismo en Tarkovski; en medio de ese desolador panorama hay destellos de esperanza; tras la imagen de aquel árbol mustio, casi exánime, que gracias al empeño de su protector, súbitamente un día  opera el milagro de  florecer, tras la del chico que al final de la película recupera la palabra, hay atisbos de fe en la capacidad del hombre de reorientar sus pasos hacia un humanismo que nos arranque de la tiranía del desmedido culto a la razón y la Ciencia.

Lo que sí queda claro es que de no encontrar una salida a nuestra tragedia, de sucumbir ante la desesperanza, si todo ideal ha escapado, sólo resta la destrucción total, el arrasar con todo aquello que nos ha acompañado; no quedará más alternativa que la locura o nuestra propia destrucción.

En el aire queda la pregunta por el “misterio”, por lo inescrutable y cuya presencia no es posible negar. ¿Qué hacer frente a él? ¿Qué pasa con mi vida cuando doy entrada a fórmulas mágicas para explicar su ocurrencia? O como decía Kant, ¿debo aceptar que existen hechos que por ahora escapan a nuestra razón?

Para destacar, el trabajo de Sven Nykvist, el tradicional camarógrafo de Bergman, quien dicho sea de paso, tuvo que admitir la continua injerencia de Tarkovski en su trabajo;  las tonalidades que se alternan entre el color y algo similar al blanco y negro, complementan perfectamente el dramatismo de las escenas, a la vez que en algunos momentos propicia una atmósfera onírica, como cuando la cama en que yacen Alex y María levita. Los largos planos, la locación casi exclusiva en la casa de la familia y sin recurrir a primeros planos, implican un cuidadoso movimiento de cámaras.  Hay cierta atemporalidad en la historia, aunque realmente todo parece ocurrir en un día.

Y acompañando las secuencias fílmicas, la naturaleza, tan entrañable para Tarkovski, adquiere voz propia a través del sonido de los pájaros, el rumor del agua o el soplar del  viento; también la música de Bach o las notas orientales de una flauta, tienen un papel importante que contrasta con el súbito ruido de los aviones de guerra o la voz que en la televisión avisa sobre el desencadenamiento de la tercera guerra mundial.

Al final, nos queda el convencimiento de que no todo queda dicho alrededor de la obra de Tarkovski. Será necesario volver a sus películas, cantera inagotable, para explorar las honduras del ser humano.

Beatriz Florez.

Corporación Cultural ESTANISALO ZULETA