Ciclo: "Año del cine ruso"

Sábado 22 de noviembre de 2014, Hora: 5:00 pm.

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Elena

Andrey Zvyagintsev (2011)

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El formalismo tiene límites insospechados, y Elena es un ejemplo de ello. Es que el film de Andrey Zvyagintsev, el realizador ruso de la conocida El regreso (2003), es un claro exponente no solo de una llamativa capacidad narrativa, sino también de un marcado interés por la forma misma, por la utilización de los recursos puramente cinematográficos como principal sustento de un relato. Elena es un film amargo, desalmado y cerebral, frío como los escenarios rusos en los que se plantea la acción y, a su vez, es tal su factura, su límpida ejecución, la versatilidad de recursos que pone en escena, que se construye como un muy buen ejemplo de ejercicio cinematográfico, de presteza de lo métodico- algo así como una eficacia de la forma. Las escenas se suceden quirúrgicamente y los personajes realizan acciones que, a pesar de encontrarse evidentemente encorsetadas dentro de una rigurosa puesta en escena, fluyen y se suceden como por desprendimiento- un excelente ejercicio de causalidad narrativa.

Extractado de:

http://www.cinematografobia.com.ar/2013/04/elena.html


  

Cine en conversación, sesión noviembre 22 de 2014

Ciclo: "Año del cine ruso"

Película: Elena.

Dirección: Andrey Zvyagintsev.

Año: 2011.

En nuestra última sesión del 2014, año durante el cual recorrimos un amplísimo abanico de directores rusos reservando siempre, a manera de humilde homenaje, la primera sesión de cada mes al maestro Tarkovski, pudimos ver Elena, una película perturbadora, inquietante, que puso en debate asuntos como la familia, la moral, la corrupción…

Anticipemos que una situación desacostumbrada se presentó en esta ocasión: una escasa asistencia de público; quizás la cercanía del vértigo navideño, que comienza ya en los primeros días de diciembre, haya influido, y esos tres o cuatro asistentes se retiraron al momento de comenzar nuestra habitual conversación; al final sólo quedamos cinco integrantes de la Corporación. La conversación por lo tanto, no fue todo lo rica que suele ser.

Comentada esta particularidad, retornemos a nuestra película: Inicialmente, la cámara nos lleva, en una extensa secuencia, desde el exterior de una vivienda en Moscú a su interior, descubriendo para nosotros un apartamento que, aunque no ostentoso, si revela que pertenece a alguien adinerado; los objetos y la decoración comprueban el buen gusto de su propietario. Ahora la cámara se detiene en una habitación en donde la alarma del reloj marca el inicio del día para sus habitantes. Trabajosamente, una mujer se yergue en su cama, batallando contra el sueño se despabila; después de uno segundos logra ponerse en pie, se dirige a la habitación contigua donde yace alguien; luego sabremos que es su esposo; corre las cortinas para permitir que la luz ingrese a la alcoba, se ducha, prepara el desayuno…ritual que se repite, como calcado, día tras día. Es el hogar de Elena y Vladimir, una pareja con una relación distante, fría, invadida por el tedio. Sentados frente a frente en la pequeña mesa de comedor, sólo se cruzan unas pocas y convencionales frases: ¿Qué vas a hacer hoy? pregunta él; “Iré al banco para cobrar mi pensión”, responde ella, “y luego a casa de mi hijo”. Enseguida, la dura reconvención del “jefe del hogar” por la actitud protectora de ella frente al hijo, nos revela ese punto de ruptura: ambos tienen un hijo de anteriores uniones: Katerina es la hija de Vladimir y Sergey, el hijo de Elena. Los dos chicos no demuestran demasiado afecto por sus respectivos padres y parecieran interesarse sólo en el dinero. Y es el dinero el desencadenante de los dramáticos hechos que seguirán; tras sufrir un infarto y frente a la posibilidad cercana de la muerte, Vladimir le comunica a Elena su decisión de dejar la mayor parte de su fortuna a Katerine, no sin antes asegurar su subsistencia mediante una pensión.

A continuación, la muerte de Vladimir fríamente propiciada por Elena para quitar del camino ese obstáculo en la solución del problema económico en el hogar de su hijo y nuera desempleados, con dos hijos y otro por llegar, quienes la presionan constantemente por ayuda económica, que sale de su exigua pensión.

La primera pregunta que emerge es ¿Constituyen Vladimir y Elena realmente una familia? Es verdad que comparten un techo pero no hay visos de un sentimiento amoroso o de ternura entre ellos. Un esposo frío, que impone su autoridad; Elena, en una actitud sumisa, quizás temerosa de disgustarlo y permanentemente angustiada por la difícil situación en el hogar de su hijo. Pero tampoco allí se percibe un afecto especial por esa madre y abuela proveedora.

Seres movidos por la ambición; ¿Podríamos justificar a esta madre, quien en aras de ayudar al hijo y ante la actitud negativa de su esposo, comete un homicidio con fría decisión? Elena, esa mujer de extracción humilde, que cuida amorosamente a su pequeño nieto es la misma que planea cada detalle, quemando el testamento redactado unas pocas horas antes por Vladimir; la misma que, impávida, miente ante el abogado en el juicio por la herencia después de haberse apropiado del dinero celosamente guardado por el marido en la caja fuerte. Zvygintsev retrata aquí una sociedad rusa permeada por la codicia, donde esos “vicios” occidentales también se han instalado, ¿o quizás han estado siempre allí? Eso es lo que sugieren las peleas callejeras entre los chicos, la inequidad, las diferencias sociales; en varias ocasiones acompañamos a Elena en su largo desplazamiento desde la cómoda vivienda que habita hasta el barrio del hijo, en los suburbios de la ciudad, con calles sin asfaltar, edificios lúgubres… ¿Tendrá razón Katerine cuando en ese encuentro con su padre en el hospital le espeta: “¿De qué te sorprendes padre? Soy igual a ti, son los genes, semillas podridas, todos somos malas semillas” Algo anda mal y no sólo en esa sociedad rusa que nos retrata el director.

Destaquemos para terminar la gran actuación de Nadezhda Markina quien encarna a esa mujer, aparentemente sumisa pero sin escrúpulos, dispuesta a lo que sea necesario para acudir en ayuda de su hijo; también tenemos que hablar de la puesta en escena, intimista pero asfixiante y que nos hace pensar desde el comienzo en que algo va a terminar mal. Relevante también el trabajo de Mikhail Krichman encargado de la fotografía que, junto a la música compuesta por el singular estadounidense Philip Glass complementan la historia. En síntesis, fue ésta una acertada película para finalizar nuestro año fílmico.

Beatriz Florez.

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