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Cine en conversación

Coordina: Gustavo Restrepo

Día: Viernes. Hora: 6:15 p.m.

Periodicidad: Quincenal

Lugar: Sede CorpoZuleta. Calle 46 N° 70A-60

Entrada libre

Próximo ciclo: Jonas Mekas, cantos sobre la belleza de la creación

 

Ciclos anteriores

2019

Las otras películas de Bernardo Bertolucci

2018

Descubriendo seres de cine, Kenji Mizoguchi

Ellas: una íntima mirada al mundo

Cine MADE IN CHINA

2017

Manoel de Oliveira: la lucidez y la duda del lusitano

Cien años de la revolución rusa

¿Y quién no le debe a Kurosawa? II

Cine en conversación, sesión marzo 15 de 2014

Ciclo: "Año del cine ruso"

Película: El violín y la aplanadora

Dirección: Andréi Tarkovski

Año: 1960

Una sencilla historia contada con la mirada poética de Tarkovski sirvió de abrebocas para nuestra propuesta de cara al 2014: un viaje por el cine soviético, cine que introdujo conceptos decisivos para el lenguaje cinematográfico, tanto en el campo del montaje con Einsenstein como en su técnica; todo esto a pesar de la fuerte injerencia de Stalin, a la sazón presidente del Estado Soviético, lo que provocó el exilio de algunos cineastas, entre ellos del mismo Tarkovski. Este medio metraje que constituyó su trabajo de grado, muestra ya la sensibilidad del que pasó a ser uno de los grandes de la antigua Unión Soviética, al lado del mítico Eisenstein.

El pequeño Sasha, aprendiz de violinista, debe enfrentarse cada día, al salir para sus clases de música, a los rudos compañeros de vecindario quienes lo desprecian por su inclinación artística; pero, para sorpresa de esos pilluelos, aparece un día Sergei, el obrero que conduce la aplanadora que pavimenta su calle y quien inesperadamente, sale en defensa del chico; a partir de entonces se inicia una entrañable amistad entre ellos: de la mano de Sergei, Sasha se introduce en el mundo de los adultos; aprende los secretos de la máquina, a dar marcha adelante y atrás; asiste emocionado a las demoliciones de viejos edificios que se adelantan por entonces en la ciudad; se arriesga a compartir con el obrero, esa leche no hervida, que jamás bebería en casa. Como lo haría un padre (el de Sasha permanece ausente de las cámaras), este hombre enseña al niño a defenderse de quienes quieren maltratarlo, y no faltan esas pequeñas reprimendas, como cuando, enojado porque Sergei lo ha llamado “músico”, arroja al piso la hogaza de pan destinada al almuerzo. Por su parte, el niño revela a este hombre, cuya vida transcurre sobre la máquina en una ruda faena diaria, los misterios de la música, de su pequeño violín, le habla de resonancias…

Un hermoso homenaje a la amistad; no importa cuán efímera sea (el relato comprende un solo día en la vida del chico), pero imprime huella en Sasha, una huella como esa grasa que le ha dejado la máquina y que él no quiere borrar de su piel; tan efímera como la misma música, que muere en cada interpretación y sólo volverá a cobrar vida en una nueva ejecución; pero queda el recuerdo en cada ser que la ha experimentado.

Podríamos hablar igualmente de un homenaje a la música, como elemento capaz de transformar al individuo; el obrero escucha embelesado las explicaciones del pequeño artista, le pide que toque para él y le escucha emocionado; vemos cómo cierra sus ojos para “sentir” la melodía. Sergeiv parece contradecir esa creencia popular de que la música sólo puede alcanzar la sensibilidad burguesa. Es evidente también la incomprensión hacia el artista que llega hasta la hostilidad, un ser raro para muchos, aislado en su singularidad. La idea de la música como mensaje, como medio para transmitir emociones, parecería estar representada en esa hoja de pentagrama en la que Sahsa, apresuradamente, garabatea una excusa para su amigo.

El filme revela ya algunos de los que serán rasgos característicos del cine de Tarkovski: en ocasiones, las imágenes parecieran subordinadas a las emociones que flotan en el aire, en este caso, suscitadas por la música: esa exaltación del espíritu llevándolo más allá del aquí y del ahora, como cuando en la clase, vemos perfectamente nítida la imagen de la partitura hasta el instante en que Sasha empieza a tocar el violín; entonces los objetos parecen desvanecerse, en una atmósfera onírica, para retornar de golpe a la nitidez cuando, reprendido por la profesora, él detiene su interpretación.El agua, elemento constante en sus películas, presente aquí en la gota que insistentemente cae sobre el piso y genera movimiento, presente también en la lluvia; películas intimistas que hurgan en los sentimientos de sus personajes; hay escenas maravillosas como esa que nos muestra la fascinación del niño frente a la vitrina de un almacén, y cuyo vidrio hace explotar en mil pedazos la imagen del edificio situado al frente. Los primeros asomos de interés por el otro sexo (esas tímidas miradas que intercambia con la niña en el conservatorio); el sentimiento de frustración al abandonar la clase luego de recibir una baja nota. La imaginación, esa facultad que la profesora debe refrenar, ahora le permite al niño escapar de casa para ir al encuentro de su nuevo amigo.

Tarkovski, en su necesidad de pasar la estricta censura soviética, parece introducir algunas imágenes que halagarían al régimen: la nueva mujer soviética, capaz de trabajar codo a codo junto a los hombres en labores antes destinadas sólo a ellos, pero que no le hace perder su feminidad como para coquetear con su esquivo compañero de trabajo; la idea de un país en pleno desarrollo que echa por tierra lo antiguo para dar paso a la modernidad, plasmada en aquellos edificios que caen demolidos para dejar ver, en primer plano, uno de los grandes edificios construidos por Stalin.

En resumen, un hermoso trabajo que presagiaba ya la importancia que cobraría este artista y que pasados más de cincuenta años, aún nos emociona.

Beatriz Florez

Corporación Cultural ESTANISLAO ZULETA