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Cine en conversación

Coordina: Gustavo Restrepo

Día: Viernes. Hora: 6:15 p.m.

Periodicidad: Quincenal

Lugar: Sede CorpoZuleta. Calle 46 N° 70A-60

Entrada libre

Próximo ciclo: Jonas Mekas, cantos sobre la belleza de la creación

 

Ciclos anteriores

2019

Las otras películas de Bernardo Bertolucci

2018

Descubriendo seres de cine, Kenji Mizoguchi

Ellas: una íntima mirada al mundo

Cine MADE IN CHINA

2017

Manoel de Oliveira: la lucidez y la duda del lusitano

Cien años de la revolución rusa

¿Y quién no le debe a Kurosawa? II

Ciclo: Algo más sobre el cine colombiano

Octubre 22 de 2011

Película: Un tigre de papel

Director:Luis Ospina

Año: 2007

Usualmente sin darnos cuenta los días van pasando, con ellos los meses y los años; y con el tiempo miramos atrás para tratar de hacer un alto en el camino; entonces vemos en una suerte de niebla a las personas, a las calles o a los objetos que nos acompañaron. De igual manera recordamos ese quijotesco recorrido de 100 películas, de miles de palabras surgidas en cien tardes de cine en conversación.  Y qué mejor acompañante para enmarcar nuestra celebración que Pedro Manrique Figueroa (Choachí, 1934) a quien se le debe el intento de introducir el collage en Colombia. Realmente un tipo singular y extraño; uno de esos que los muchachos deberían estudiar en sus clases aburridas con tijeras, colbón y papel en mano. Sí, Pedro Manrique Figueroa, un ejemplo típico del criollo, del compatriota destinado a participar de los grandes acontecimientos nacionales en la política y el arte, pero quien termina dispersándose para estar en todas partes. Un camaleón, un hippie, un artista, un político, un asalariado del tranvía, un don nadie. Un mito. Pero, y ante todo: un testigo del que dan fe múltiples figuras de la vida pública nacional como el cineasta Carlos Mayolo, la actriz Vicky Hernández, el biógrafo de Camilo Torres JoeBroderick o la artista Beatriz González. Pedro Manrique Figueroa fue un hombre que se atrevió a unir a Mao y a los ángeles, a Lenin y a Andy Warhol, y ponerlos a todos junto a figuras de demonios capitalistas. Por eso no debería sorprender la desaparición de Pedro Manrique Figueroa. En 1981 nuestro ignorado héroe nacional se esfuma de la vida pública, nadie da testimonio de él. Parece que se donó a sí mismo como si fuese una obra de arte, conservándose como un ser momificado, olvidado, al que prácticamente hay que unirle a pedazos todo el camino de su falsa existencia.

En casos como éstos, en los que utilizando los recursos de un documental tradicional se plantea una atmósfera históricamente reconocida alrededor de un ser ficticio, resulta pertinente preguntarse qué pone en evidencia el documental de Luis Ospina, más aún si tenemos en cuenta que lo que logramos conocer de la realidad es algo pequeño, confuso y fragmentado. Partiendo del hecho de que un director serio no busca sólo narrar un situación sino que utiliza una estrategia reflexiva, puede decirse que, antes que simplemente introducir un personaje a la larga lista de las biografías colombianas, es de suma importancia el trazo histórico del documental: pasamos por el asesinato de Gaitán, los años de la izquierda, el frente nacional, los movimientos estudiantiles, la aparición de artistas rebeldes, el surgimiento del cine en este país y le damos un vistazo a esa dinámica del siglo XX vivida en un lugar en donde prevalece la insensatez. De ahí que Un tigre de papel evidencie la manera como se establece definitivamente la trivialidad en Colombia, la cual ha estado trágicamente acompañada por la violencia. ¿Y qué caminos le quedan al ciudadano de a pie, común y corriente para contrarrestar la falta de rumbo político, y por lo tanto, cuáles han sido los pasos fracasados en este intento de país? Podemos rastrear el movimiento armado desgastado cada vez más con los años; luego la línea del realismo socialista tan cercana a la religión; en tercer lugar encontramos el arte del collage marcado por la ridiculez y finalmente la despolitización ingenua que inauguró el hipismo. Cuatro posibilidades, cuatro fracasos, cuatro desilusiones. Tal vez en este paso por cada uno de estos fallos es que resalta cierta inverosimilitud de Manrique Figueroa; sin embargo, ese collage que es la vida de cualquiera de nosotros cuando la narramos, ese collage que es el documental de Ospina y ese collage que es la historia de Colombia hace muy verosímil y posible la vida del protagonista y también la de cualquiera de nosotros. Somos, y tal vez seguiremos siendo, Pedro Manrique Figueroa, un colombiano que no ha existido pero que se parece a muchos de nosotros.

Eduardo Cano

Corporación Cultural ESTANISLAO ZULETA