Cine en conversación, sesión noviembre 9 de 2013

Ciclo: Elia Kazan

Película: America America

Dirección: Elia Kazan

Año: 1963

 

Cuántas novelas, pinturas, películas, descubrimientos científicos han sido posibles gracias a este mundo diverso que nos han traído los inmigrantes judíos, africanos, europeos y orientales. Hoy empezamos un ciclo del afroamericano Spike Lee, y hace 8 días terminamos uno del director y escritor de origen griego Elia Kazan, del que haremos referencia en esta relatoría.

América, América, 1963. Está basada en una novela autobiográfica del director, que cuenta el viaje de su tío desde Turquía hasta los Estados unidos, atravesado por múltiples contratiempos, y que permitió después la llegada de parte de su familia y del propio Elia.

Filmada entre Grecia y Turquía, con actores no profesionales, que le dan ese tono realista, frente a los que no tenemos ninguna duda sobre la verdad que nos están contando, con ojos, que miran sin esperanza, tan desolados pero tan ciertos como los que nos puede ofrecer un documental.

La fotografía en   blanco y negro permite acentuar los cambios de luz, logra con esos primeros planos imágenes inolvidables del dolor humano, en especial la del rostro simple e ingenuo del héroe, un hombre común pero inolvidable.

Stavros Topouzoglou (Stathis Giallelis) es un joven griego del humilde pueblo de Anatolia en Turquía, en donde las minorías griegas y armenias fueron sometidas de manera brutal, llegando hasta el exterminio de casi la totalidad de los armenios. En una de estas carreteras polvorientas Stavros escucha por primera vez en la voz de un amigo, de la existencia de un mundo mejor, un mundo de ciudades bellas en donde ellos, los despojados, los abatidos, podrían tener un lugar digno, donde vivir; este hecho será relevante en relación a la obsesión que le acompañará siempre. Poco después su padre contribuye a la posibilidad de empezar a realizar su sueño: América, enviándole a Constantinopla (la futura Estambul), para participar del negocio de un tío en quiebra, llevando todo el dinero y los bienes económicos de la familia. El viaje con sus calamidades y penurias empieza a transformar el carácter bondadoso e ingenuo de Stavros.

Al fin llega a Constantinopla después de haberlo perdido todo, menos su deseo. El tío decepcionado por la falta de dinero, le sugiere la posibilidad de casarse con la hija de un hombre rico para recuperar la fortuna. Stavros escoge el camino más largo, más difícil, y se marcha, para regresar después de una serie de penurias y escapar a la muerte, aceptando finalmente la propuesta de buscar una esposa rica.

Es un hombre triste. Está a punto de un matrimonio por conveniencia con una mujer poco agraciada ¿Pero cuál es la gracia que puede tener una mujer en esta película, en donde ni el dinero, ni la condición social, ni la belleza pueden serles favorables? Silencioso, afectado por el dolor, con una sonrisa irónica, la de alguien que ha dejado de creer en la bondad humana, lo vemos en la casa de su suegro o en la ciudad. Pero no hay asomo de cinismo, incapaz de mentir reconoce a su futura esposa su deseo de cruzar el mar; también es generoso, al encontrarse a Hohanne —el joven a quien le regalo sus alpargartas cuando estaba en Anatolia, para que pudiera llegar a América— lo alimenta y le reaviva el sueño que ha perdido, como una manera de reavivar el suyo propio. Al final, después de dejarlo todo, la posibilidad alentadora de una familia, de una riqueza, de un lugar, Stavros logra ponerse en el barco que lo llevara a América, junto a un grupo de aventureros, que trabajaran gratis para un hombre que los llevará esperando su pago.

En el barco tampoco faltaran calamidades, estará a punto de ser deportado; pero finalmente el destino será benévolo en favor del héroe, su amigo Hohannes tuberculoso, sin posibilidades de vivir, se inmolará en favor de él, es su último agradecimiento. La imagen simbólica de unos zapatos, como los que Stavros le dio al inicio de la película y que después le permitieron reconocerlo, aparecerán de nuevo. La cámara está puesta sobre ellos, como un recurso simbólico, que permite evocar un recuerdo y sirve para contarnos aquello que está pasando fuera de cámara —Hohannes, que no sabe nadar, se está ahogando en ese mar inclemente—Stavros se ha salvado asumiendo la identidad de él.

Por fin llega a América y recupera su sonrisa. Guarda las monedas, que permitirían que su familia llegara despues, las mismas que nos permitieron a nosotros tener una película como esta, o como todas las que tuvimos en este ciclo.

Oscar Restrepo.

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