Cine en conversación, sesión noviembre 2 de 2013

 

Ciclo: Elia Kazan

Película: Un rostro en la multitud

Dirección: Elia Kazan

Año: 1957

“Yo no soy un artista.

Soy una influencia, un portador de opinión, una fuerza...

¡una fuerza!”

El solitario Rhodes

(Película: Un rostro en la multitud)

Un rostro en la multitud, ¿qué rostro?, es la pregunta que se nos lanza rápidamente apenas iniciando la película. “El suyo, o el suyo, o el suyo”, nos enuncia Marcia Jeffries, presentadora del programa de radio de singular nombre, mientras en la cárcel del noreste de Arkansas intenta descubrir entre sus hombres corrientes -marginales, vagabundos, miserables, perdedores- y sin ningún talento aparente algún rasgo fascinante para su audiencia. Uno que “hable con naturalidad, cuente una anécdota o simplemente algo gracioso”. Y es precisamente uno que canta, encerrado allí por ebriedad y desorden, el que conjugando aquellos rasgos acaso como virtudes (¿?) consigue capturar su atención y la de todos quienes le observan, observamos. ¿O es que no se descubre irremediablemente el espectador -en la película y por fuera de ella- capturado por el “solitario Rhodes” como de ahí en adelante será nombrado? ¿Qué encarna este hombre singular de risa empalagosa y apariencia desmesuradamente autosuficiente? ¿Quién es este “borracho de la guitarra” capaz de movilizar tan gratuitamente a hombres y mujeres, niños y niñas, en tareas aparentemente ingenuas? Pues abandonar los perros callejeros en la casa del alguacil candidato a alcalde, sosegar el calor de los niños en la piscina privada de un burgués y donar medio dólar a una mujer desconocida, son los sencillos ejemplos que en el desarrollo de la película van perdiendo toda inocencia, mientras revelan la gestación de un poder, el gran poder que representan los medios de comunicación. Vertiginosamente y casi sin apercibirnos, se nos hace testigos de la ascendente carrera de nuestro empírico presentador y cantante. Del cómo el solitario Rhodes de la cárcel de Arkansas termina siendo la estrella de Memphis no es una cosa de la que se pueda dar cuenta fácilmente. Esa especie de encanto misterioso que se va cerniendo sobre todos y cada uno de quienes le escuchan y le ven nos devuelve entonces una imagen aterradora: ¿somos nosotros los espectadores del otro lado tras la pantalla igual de vulnerables?

Hacia el desenlace de la película y de manera muy aguda director y guionista nos enseñan al solitario Rhodes conduciendo la carrera política de un candidato al senado. Decir cualquier cosa, hacer cualquier cosa, “agradar” simplemente, parece ser el secreto a voces de nuestro protagonista, exhibiendo de esa forma las cualidades que constituyen a quienes encarnan el reconocimiento en los medios. Finalmente y tal vez de forma aún más acelerada a la del ascenso, se nos recrea el triste destino de quien como aparece desaparece, casi sin razón aparente tras abrirse los micrófonos de una verdad. Como telón de fondo vale la pena mencionar la historia de amor y desamor tejida entre Marcia y Rhodes, el solitario Rhodes. Crea ella el nombre y acaso también al hombre de quien se enamora, artificios ambos: el del amor y el del éxito, que finalmente se desdibujan en compañía de “la máquina de risas y aplausos”.

Elia Kazan, el polémico director norteamericano de origen griego al que vemos en este ciclo, expone aquí no solo uno de los retratos más inclementes sobre los medios de comunicación y de tremendísima actualidad, sino que además nos regala una oportuna expresión de las herramientas de las que puede hacerse el buen cine en blanco y negro. Imágenes en dos tonos puestas en función del contenido mismo, capaces de transmitir toda la dimensión del rostro exuberante y las carcajadas y que tal vez aun, tras los días de habérsele escuchado, insisten en resonar en la cabeza de cada cual, mientras se escucha cualquier programa radial o televisivo de nuestro tiempo. Escenarios recreados en interiores capaces de poner en evidencia el rasgo más profundo de cada protagonista, como ocurre en una de las últimas escenas donde Larry -el solitario Rhodes- confiesa a Marcia, en su habitación y bajo una tenue luz, las oscuras intenciones para manipular la elección del candidato favorable a sus intereses. Se destaca pues entre los asistentes a esta sesión la maravillosa fotografía y musicalización que acompañan a cada uno de los momentos de la película de manera tan acertada. Además de la capacidad de Kazan de apropiarse del cine como un lenguaje propio, se subrayó la portentosa imagen del ascensor descendiendo piso a piso utilizada para representarnos la estrepitosa caída del protagonista.

La soledad aparece como otro elemento emergido en la conversación. Hombres y mujeres que abandonados a la tarea de encargarse de sí y hacerse a un sentido, encuentran en la identificación con un otro que quizá recree la estupidez y la tontería de la que somos objeto una manera de borrar la singularidad y con ello la angustia que allí acaece.

Ahora ¿qué es lo que seduce en el solitario Rhodes? ¿O valdría la pena decir “nos seduce” y de esta forma reconocernos incluidos por un efecto al que posiblemente no escapemos? ¿Quiénes son entonces esos que hoy nos seducen? ¿cantantes? ¿presentadores? ¿políticos?

Dayana Cardona Pérez

Corporación Cultural ESTANISALO ZULETA

“No nos engañamos, Estamos tan solos que no podríamos tolerar ver la mañana.

Por la noche cuando el guardia apaga las luces y nos deja en la oscuridad, ese mismo tipo se convierte en tu amigo más querido. No, no lloro, porque seré un hombre libre en la mañana…”

El solitario Rhodes

(Película: Un rostro en la multitud)