Cine en conversación, sesión de junio 1 de 2013

CICLO: JACK NICHOLSON EN LA DECADA DE LOS 70.

DIRECTOR: MICHELANGELO ANTONIONI.

GUIÓN: MARK PEPLOE, MICHELANGELO ANTONIONI, PETER WOLLEN.

AÑO: 1975.

PAÍS: ITALIA.

DURACIÓN: 119 min.

Entre las arenas del desierto del Sahara divisamos a lo lejos al aclamado reportero David Locke (Jack Nicholson). Desafortunadamente ha sufrido algunos inconvenientes en la realización de un documental sobre África, por lo cual ha tenido que caminar bajo el inclemente sol hasta el hotel en que se hospedaba. Allí encuentra que un inglés de apellido Robertson, hombre muy parecido físicamente al periodista y con quien alcanzó a establecer cierta simpatía, ha muerto inesperadamente. Sin que los funcionarios del hotel se percaten, David Locke cambia sus papeles con los del difunto, de manera que en adelante debe asumir la identidad de un desconocido, y dejar atrás su trabajo, su prestigio, su matrimonio y la vida que curiosamente lo ha llevado hasta el mismo lugar en el que se hallaba Robertson. Mientras en Londres Rachel, la esposa de Locke y Martin, su antiguo productor, tratan de dar con quien supuestamente pasó los últimos días con el difunto, este viaja con las pertenencias del otro fuera de Europa. Sólo más tarde es que se percata de los turbios negocios que ocupaban al traficante de armas que está suplantando. Así es como Locke, Robertson (o digamos más bien, el personaje que interpreta Nicholson) comienza un trasegar que va entre huir de su pasado y cumplir con las citas en la agenda de Robertson, y es así como en España se topa con una joven estudiante de arquitectura (Maria Schneider) quien lo ayuda a escapar de Martin que casi lo encuentra y con la que establece una camaradería y un romance. Sin embargo los periplos del protagonista, acaso ya sin nombre, sin identidad, sin vida, terminan de manera extraña en el calor del árido paisaje español, tendido en una cama, de igual forma que Robertson, como si hubiese muerto sofocado más que por sus perseguidores, por el peso mismo de su existencia.

Con tal escenario se inició la conversación. No fue inusual ver en el personaje de Nicholson a un ser cansado de la vida que había hecho; sin embargo así cambiara su identidad legal ¿tenía él una intención de rehacerse a sí mismo? Y en el fondo ¿De qué estaba huyendo, qué lo perseguía? Además, si al asumir el protagonista la muerte de sí, en esa medida él murió en ese hotel del desierto, más nos queda una extrañeza frente a las pretensiones del personaje, si es que tenía algunas, ya que de un lado dejó de ser el que fue pero igualmente la nueva vida lo sedujo de modo que no pudo escapar al verse en la necesidad de ser el otro, de cumplir las citas pendientes y de hacer el recorrido que el verdadero Robertson hubiese realizado. ¿Entonces el cambio fue inútil o en qué medida le permitió descubrir lo que él buscaba? Quizás la joven estudiante fue en algo una respuesta, un afortunado encuentro, pero que no alcanzó a llenar el vacío de Locke, pues ella igualmente parecía en un tránsito ¿entonces qué los mantenía unidos además de la idea del pasar? ¿Y es que en realidad quién puede escapar de sí mismo? Acaso el título original The passenger es más acertado que la traducción al español, El reportero. Locke fue más bien un pasajero en sus distintas acepciones, un pasajero como alguien que viaje, que transita tal vez de largo y de manera efímera.

En ese sentido caben resaltar aspectos formales de la película como tal, la calidad de los diálogos que sugieren mucho más de lo evidente, los cuales, y al igual que los diferentes planos, señalan algún aspecto interior del personaje –por lo tanto la aridez permanente de los escenarios es un logro-; los flash backs que traen el recuerdo de acciones pasadas casi que sin que lo notemos, y sobre todo la escena final en la que muere el protagonista: todo un retrato del fluir del tiempo, de la vida y de las personas que nos rodean sin que nos percatemos.

Finalmente recordemos la actuación de Jack Nicholson, en este caso más aplacada, introvertida, sin los gestos que en otras cintas lo caracterizan pero que demuestra el dominio del actor sobre el personaje y, principalmente, su capacidad de generar y trasmitir la extrañeza de un hombre que no se ubica en su propia vida.

Eduardo Cano

Corporación Cultural ESTANISLAO ZULETA