Película: Cero en conducta.

Director: Jean Vigo.

País: Francia.

Año: 1933

Las vacaciones se han terminado. En tren regresa a la institución en la que es educado un joven. Frente a él a un hombre en el asiento opuesto al suyo, parece dormir. En alguna parada del tren, ingresa en el vagón otro joven, amigo del primero, también de regreso a la institución. Cada cual comienza a sacar cosas de los bolsillos de sus respectivas chaquetas: bombas inflables, plumas, cigarros, juguetes, y se dan a entretenerse mutuamente con todo eso; les vemos como dos cosas vivas, gozando del instante presente de su vida; el hombre de enfrente ni se inmuta; el tren se detiene y el hombre, tan dormido que va cae al suelo y de él, uno de los chicos afirma socarronamente: “¡está muerto!”. En la institución gobierna una expresión: “cero en conducta”; se le escucha decir a los mayores, por doquiera que hay infantes haciendo de las suyas: en el patio, en el salón de clases, en el dormitorio; los castigos pululan: ¡domingo sin descanso! Agobiados con ese trato que reciben de parte de los educadores de la institución, cuatro jóvenes se dan a la rebelión y preparan un motín que habrá de estallar el día de una celebración institucional muy importante para el director del internado. Precisamente a la hora de dormir, lo que parecía ser una noche de sueño tranquilo, torna a ser una ensoñación: ¡el desorden se instala!, en el medio de él, levantando un estandarte, Tabard, uno de los jóvenes rebeldes, hace un manifiesto contra los castigos, contra el maltrato, contra la esclavitud, a favor de la libertad y de la rebelión; plumas de las almohadas vuelan por todo el espacio, el tiempo se percibe más lento, un canto se deja escuchar, los jóvenes al unísono y en algarabía plena marchan hacia el desacato, abandonan el dormitorio. Al otro día, el día de la celebración, desde el techo empiezan a caer trozos de cosas: los cuatro rebeldes instauran el desorden en toda la institución, los otros compañeros se les unen, el director, los encargados de la vigilancia, profesores y adultos, se tienen que refugiar acobardados. Contra el cielo, escalando una empinada techumbre, vemos marchar hacia el horizonte a los cuatro rebeldes triunfales.

Cero en conducta, el filme con el que cerramos el ciclo sobre la infancia: ese tiempo por recobrar. ¿Qué nos mostraron esas películas que vimos, El globo blanco, Nadie sabe, La piel dura y Cero en conducta, sobre la infancia? La primera: el mundo de los niños es desapercibido por los adultos: ¿conseguir un pececito colorido, una insignificancia?; la segunda: niños abandonados que se tienen que hacer al mundo, desatendidos por su madre y por la sociedad en que nacieron: éstos ignoran su existencia, su presencia, sus necesidades, desatienden su formación; la tercera: que ser niño es abrirse a esas experiencias que son para esa época de la vida ciertas aventuras: el primer beso, recitar un poema, querer llevar cierto bolsito al restaurante por más sucio que éste se vea, prepararse el desayuno, no poder oponerse al maltrato, enamorarse por vez primera; ¿y la última, Cero en conducta? Infantes en un internado sometidos al autoritarismo de los encargados de su educación que se rebelan contra éste y protestan contra el maltrato. Ya desde el comienzo el director nos ofrece una proposición: la adultez como un tiempo de la quietud cadavérica, casi la muerte, y la infancia-adolescencia, como una inquietud pululando por el mundo, como un cuerpo sentado en cualquier asiento que no cabe ahí y de estar así, un fluir de la vida que corre escaleras abajo y techos arriba. Todo eso mostrado en unos cuantos espacios: un tren, un salón de clases, un patio, las calles de una ciudad que puede ser París u otra, un dormitorio, una techumbre. Esta proposición de Vigo, el tratamiento que hace del tema de la infancia, afirma que hay en la infancia, por lo menos en la que nos presenta la película, encarnada en esos cuatro jóvenes, la posibilidad de atentar contra la domesticación de la vida, contra el autoritarismo, contra el abuso en la forma del maltrato, contra la obediencia irreflexiva, y que hay en ella, en ese estado de la vida, una posibilidad de las más grandes de lo humano y de la cual la película hace un homenaje: la resistencia.

Y Cero en conducta todavía enseña muchas otras cosas que se ofrecen aquí, en esta redacción, como preguntas y algunas afirmaciones, éstas: ¿Cómo perciben los niños el mundo que se les presenta?, ¿y cómo se posicionan ellos en él? ¡Un complot es una reacción muy interesante a una situación de un control exacerbado! ¿Se puede controlar completamente a un niño?, ¿cómo se ejerce ese control, el poder en ese intento? En el instituto donde son educados esos jóvenes vemos figuras autoritarias, no autoridades. ¿Qué entendimiento hay de lo humano en una expresión como esa, la que tanto se escucha en esa institución para juzgar al otro que es un infante: ‘cero en conducta’?, ¿quién educa?, ¿cómo se educa?, ¿quiénes son los referentes que lo acompañan a uno en el proceso del crecimiento?, ¿para qué se educa? Hoy es muy difícil hacer de educador. Hoy los estudiantes tienen derechos y recursos a los que pueden apelar para chocar contra el maestro: amenazas, demandas, acciones de tutela. Es una película muy actual: su contenido, su proposición tiene validez hoy en día, sometidos como estamos al discurso capitalista que tanto domestica; y también las experiencias de esos jóvenes que fuman, que hacen triquiñuelas, que se burlan de todo cuanto pueden. Ante la rigurosidad, la respuesta es la oposición, irreflexiva o no, una negación: los jóvenes de ese instituto se rebelan contra ese control tan riguroso que quieren ejercer sobre ellos. ¿Cómo se ingresa al infante en el deber? y ¿cómo ingresarlo a la vivencia de los derechos? Hay que interrogar a los gobernantes, a los agentes del poder. La infancia es exploración, ¿cómo posicionarse ante esa vivencia que caracteriza tanto ese tiempo de la vida?, ¿cómo relacionarse con un explorador’? ¿La vida son etapas que uno va viviendo y que supera? ¡Ojala que no! ¡Que perviva el espíritu contra la obediencia irreflexiva! Para enfrentarse a un grupo sobre el que se pretende ejercer un magisterio, para hacerlo mejor, es menester que medie la vocación de hacerlo, la vocación magisterial. ¿Cómo hace un educador para suscitar en el otro una pasión por el conocimiento? Hoy el que educa, y que lo hace con convicción, está atravesado por muchas preguntas muy difíciles sobre ese otro y sobre su propio lugar en eso que realiza: educar. Lo que se funda en el miedo es el autoritarismo, conduce al obedecimiento irreflexivo, a la inutilidad o a la resistencia. Si se reconoce que el control es necesario para algo, entonces hay que interrogar el para qué de éste: ¿para la mejor convivencia posible?, ¿para crear borregos?, ¿para crear seres obedientes?, ¿para asfixiar la creatividad?

Al otro que se abre al mundo hay que educarlo, forjar en él formas, haciendo del diálogo con él la herramienta más potente en eso. Con un explorador se relaciona un educador ofreciéndole lo que conoce del mundo, o sea misterios, interrogantes, el asombro, y hacer todo eso con la mejor palabra posible, conversando, escribiendo…

¡Que no nos falten las palabras! En un mundo tan complejo brota la necesidad de la palabra.

Santiago Alberto Gutiérrez Gómez

Corporación Cultural ESTANISLAO ZULETA