CINE EN CONVERSACIÓN

CICLO "La infancia: un tiempo por recobrar"

Sesión del 19 de mayo del 2012

TÍTULO: LA PIEL DURA

DIRECTOR: FRANCOIS TRUFFAUT

GUIÓN: FRANCOIS TRUFFAUT Y SUZANNE SCHIFFMAN

PAÍS: FRANCIA

AÑO: 1976

DURACIÓN: 105 min.

Como un torrente desbordado de su cauce, decenas de niños se precipitan por las empinadas callejuelas de Thiers, presos de esa loca alegría que la palabra vacaciones desata en cualquier chico. Así nos introduce Truffaut en esta bellísima película que continúa nuestro ciclo “La infancia, un tiempo por recobrar” y justamente eso, es lo que consigue esta cinta: rescatar momentos de nuestra lejana niñez que permanecían en la niebla del tiempo, para vernos reflejados en esos pequeños, con sus pilatunas, sus miedos, sus expectativas.  Es el intento de Truffaut, muy bien logrado, de presentarnos el mundo bajo la mirada de los niños.  No hay una historia central, aunque el caso de Julien Leclou sea destacado; son muchas y pequeñas historias que se suceden en sus relaciones con los adultos, con sus padres, con los profesores, con los compañeros de aula.

Pareciera advertirnos el director sobre la fragilidad que conlleva la infancia; todas las circunstancias adversas que puede enfrentar y que a veces se inician en el propio hogar, como en el caso de Julián, hijo de una madre alcohólica que lo maltrata, o la indiferencia de un profesor que se limita a impartir unos conocimientos, totalmente distante de las preocupaciones de sus alumnos, sin tratar de establecer el menor vínculo afectivo con ellos, sin tratar de indagar qué hay detrás de aquellos rostros apáticos, que no responden a sus exigencias académicas, pero que cobran vida y se transforman una vez se sienten libres de su presencia; recordemos la excelente dramatización que logra Bruno del texto “El avaro” de Molière, cuando no es requerido por su profesora.

Pero también están presentes en la película aquellas pequeñas pilatunas que provocan sus risas frescas; las primeras inquietudes y fantasías sexuales como las que provoca en Patrick, la madre de su compañero de clase, asociada a aquel cartel publicitario un tanto provocativo. El anhelo en chicos y chicas por ese primer beso que parece que nunca llegará. Y es que los niños tienen vida propia; una vida en la que caben alegrías, tristezas, expectativas, miedos, pero los adultos parecemos no advertirlo.  Sus preocupaciones nos parecen tontas, como tonta era para sus padres la obstinación de la pequeña en llevar el restaurante el bolso que constituía su deseo en ese momento, no importaba que estuviera estropeado por el uso, ¡era su preferido!  Aquella alusión al  pueblo situado en el centro de Francia, desde donde escribe la pequeña a su primo, quizás  contenga  una metáfora sobre la necesidad de que los niños estén en el centro de la mirada de los adultos.

La película contrasta dos tipos de profesor: el uno representado por la profesora Petit, a quien sólo preocupa impartir la lección cada día y quien no busca “conectarse” con sus alumnos; no encuentra la forma de abordar y discutir las naturales inquietudes que aparecen en los preadolescentes. Por lo tanto, nunca advierte que Julián tiene serias dificultades en el hogar, que son el motivo de su desinterés en las actividades escolares. Por el contrario, el profesor Richet, establece vínculos de confianza con los pequeños; les demuestra que son importantes para él; lo vemos por las calles acercándose a los alumnos y a sus padres; comparte con ellos la felicidad de ser padre. Para recordar, esa última conversación luego de que Julián fuera rescatado de su hogar y que precede las vacaciones de verano; vale la pena reproducir aquí textualmente algunas de sus líneas, pues constituye un manifiesto que reivindica los derechos de los niños, así como la advertencia de que la vida no siempre es fácil, ni para los niños, ni para los adultos:  «Quería deciros que si elegí el oficio de maestro fue porque guardo un mal recuerdo de mi juventud y porque no me gusta la forma en que se trata a los niños. La vida no es fácil, es dura, y es importante que aprendáis a endureceros para que podáis enfrentaros a ella, ojo, endureceros, no ser insensibles. Por una especie de extraño equilibrio, aquellos que tuvieron una infancia difícil están generalmente mejor dotados para enfrentarse a la vida adulta que aquellos otros que disfrutaron de protección o de un exceso de cariño. Es una especie de ley de compensación. Más adelante tendréis hijos, y yo espero que vosotros los queráis y que ellos os quieran. En realidad, ellos os querrán si vosotros los queréis. Si no, traspasarán su amor o su afecto, su ternura, a otras personas o a otras cosas. Porque la vida está hecha de ese modo: no podemos vivir sin querer y ser queridos».  También resalta Richet en esa ocasión, la actitud de los políticos, para los cuales ellos no cuentan ya que no votan.

A pesar de la afirmación contundente de Richet: “De todas las injusticias de la humanidad, la injusticia hacia los niños es la peor, la más despreciable. La vida no siempre es justa y nunca lo será”, hay un mensaje de esperanza en sus palabras cuando les alienta a endurecer su piel para  soportar las dificultades propias de su edad porque eso los hará fuerte y en compensación, la felicidad les aguardará más allá del camino, cuando alcancen la edad adulta.

Cerramos así estas líneas que trataron de resumir las diferentes emociones que nos suscitó esta cinta de un director inolvidable por la sensibilidad que despliega a través de toda su filmografía. Agreguemos que la fotografía, con sus planos generales, recrea la bella arquitectura medieval de Thiers, y la música nos facilita la entrada en ese mundo infantil. El lenguaje cinematográfico es hábilmente utilizado por la cámara en la escena que nos introduce a Julián Leclou: el recorrido que empieza desde sus zapatos destrozados, pasando por la ropa sucia y rota, nos describe ya la ausencia de unos padres interesados en el bienestar del niño, sin necesidad de recurrir a ningún diálogo.

BEATRIZ FLÓREZ

Corporación Cultural ESTANISLAO ZULETA.