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Cine en conversación

Coordina: Gustavo Restrepo

Día: Viernes. Hora: 6:15 p.m.

Periodicidad: Quincenal

Lugar: Sede CorpoZuleta. Calle 46 N° 70A-60

Entrada libre

Próximo ciclo: Jonas Mekas, cantos sobre la belleza de la creación

 

Ciclos anteriores

2019

Las otras películas de Bernardo Bertolucci

2018

Descubriendo seres de cine, Kenji Mizoguchi

Ellas: una íntima mirada al mundo

Cine MADE IN CHINA

2017

Manoel de Oliveira: la lucidez y la duda del lusitano

Cien años de la revolución rusa

¿Y quién no le debe a Kurosawa? II

CICLO: LA MIRADA DE LOS GRANDES DIRECTORES

TITULO: RASHOMON

DIRECTOR: AKIRA KUROSAWA

GUIÓN: SHINOBU HASHIMOTO, AKIRA KUROSAWA

PAIS:  JAPÓN

AÑO:  1950

DURACIÓN: 83 min.

 

El cine japonés hizo su aparición en el cierre de este ciclo denominado “La mirada de los grandes” con una película que, a juicio de los críticos, es la obra maestra de este director, nacido en 1910 y fallecido en 1998.  De una familia descendiente de antiguos samuráis, admiraba la cultura occidental, por lo que varias de sus películas fueron censuradas por el gobierno japonés que le presionaba para que trabajara sobre temas nacionalistas. Rashomon  se filmó durante la ocupación americana que siguió a la rendición del Japón después del holocausto de Hiroshima y Nagasaki, en momentos de un profundo pesimismo en esa sociedad.

Sus protagonistas, una esposa violada en el bosque, el asaltante y violador, un leñador, testigo involuntario del crimen y el esposo asesinado (a través de una médium), exponen su versión de los hechos. Ninguna declaración coincide, cada uno tiene su propia verdad; ¿quién tiene la razón?, ¿quién dice la verdad? Cada versión puede estar guiada por un interés personal: la mujer ofendida, el demostrar que fue sometida por la fuerza; el marido, que su honor sea reivindicado mediante la versión del suicidio; el asaltante, conservar su fama de ser el bandido más temible de la región; el leñador quizás sea el único que aparentemente no tiene un interés personal, aunque le conviene dejar clara su inocencia.

Un profundo escepticismo sobre la condición humana campea por esta cinta. El desconcierto que embarga a los dos personajes que nos introducen en la historia, el sacerdote budista y el leñador que le acompaña, también se apodera de nosotros.  “He visto muchas calamidades; la vida humana es tan frágil y es pisoteada constantemente como el rocío de la mañana sobre la hierba”, dice el primero; “No entiendo, no entiendo” son las únicas palabras que atina a pronunciar el segundo. La verdad, la mentira, la culpa, la desconfianza hacia el hombre, son sentimientos que emergen al reflexionar sobre la película. ¿Es posible confiar en la verdad de los hombres? ¿Es imposible para el ser humano alcanzar la certeza sobre la realidad, si como dice uno de los personajes “los hombres siempre mienten; no son honestos ni consigo mismos”? ¿Podemos aceptar, sin caer en un peligroso relativismo, que existen tantas verdades como seres humanos?

Si bien no podemos saber la verdad, sí podemos entender a los hombres y su verdad y a partir de ahí, aproximarnos a una verdad “verdadera”. En la película, cada personaje tiene un interés propio y sobre él construye su verdad.  Recordábamos las palabras de Zuleta: La libertad os hará veraces pero estos seres no son libres porque están encadenados a sus propios intereses; en este sentido,  más que esconder nuestras sombras, buscar la libertad para reconocer las propias flaquezas nos llevaría a la verdad. Por otra parte, hay en esta historia otro obstáculo para acceder a la verdad: no hay una confrontación, no hay debate; cada personaje responde aisladamente ante unos jueces invisibles para el espectador.   

¿Cómo se sitúan los protagonistas frente a la responsabilidad, frente al bien y al mal?  Parecen desligarse de ella y ponerla en el afuera, en el otro. Hasta la ingenua afirmación del bandido en el sentido de que “la culpa de todo la tiene ese vientecillo indiscreto que dejó al descubierto su rostro (el de la mujer)”, despertando su deseo, confirman esta tendencia.

Una pregunta inquietante surgió de un asistente: ¿hay razones que hagan menos abominable el acto de privar de la vida al otro? El honor, la defensa de la verdad…?  Realmente, es difícil establecer una gradación del bien y del mal y más tratándose de algo que hemos considerado superior a todos e incuestionable, la vida. En la historia que nos ocupa, el esposo habría “transado” su vida por el honor. ¿Cambia el sentido de la vida y la muerte según las culturas? Y otra pregunta se desprendió de esta: ¿Está el arte condicionado por la cultura y crea acaso sus propios códigos, o es universal, comprensible para cualquier individuo? La opinión es que el arte como construcción de significados y significantes aporta su propia cultura pero al mismo tiempo trasciende el marco cultural que lo produce y de esta forma, se hace universal y accesible a cualquier individuo.  La lluvia y el fuego como elementos universales, pueden ser apropiados en forma diferente por cada pueblo, pero se abren a interpretaciones particulares dentro de una construcción estética, convirtiéndose así, como sucede con cualquier obra de arte, en propiedad de todos aquellos que la contemplen.

En este punto, alguien señalaba la importancia de pensar en aquellos significantes que utiliza el artista; ninguno de ellos es gratuito; por ejemplo, esa puerta de Rashomon símbolo y orgullo de la dinastía Heian, que señalaba el acceso a la ciudad y que ahora amenaza ruina, convertida en refugio de ladrones, de bebés abandonados, deja ver la decadencia de una dinastía, otrora gloriosa.  La lluvia torrencial que acompaña casi toda la película, y que sólo se interrumpe al final, cuando un rayo esperanzador aparece con la decisión del leñador que adopta el bebé, no obstante tener otros seis pequeños, nos sugiere las tormentas que enfrentan cada uno de los personajes.

Unas palabras para celebrar los méritos técnicos de esta película; dentro de la austeridad de su puesta en escena y que se reduce a tras escenarios: la puerta de Rashomon, el lugar de los tribunales, a quienes nunca vemos y el bosque, se destacan la excelente fotografía y los encuadres que utiliza Kurosawa para acentuar la atmósfera de las escenas. Las actuaciones son magníficas, especialmente la del actor favorito del director, Toshiro Mifune en su papel del bandido Tajo Maru.  

Por último, debemos recordar que esta exhibición se apoya en la “Maleta de películas”, programa auspiciado por el PAN (Plan audiovisual colombiano) y el Ministerio de Cultura, dentro de la convocatoria abierta por esas instituciones para la formación de públicos en la apreciación de cine.

BEATRIZ FLOREZ

Corporación Cultural ESTANISLAO ZULETA