Ciclo: Poder e individuo

Septiembre 24 de 2011

 Película: El violín

 Director: Francisco Vargas Quevedo

Año: 2005

Imágenes de crueldad y de tortura abren, y a la vez cierran, lo que será la historia de tres generaciones, quizá de todas las generaciones. Don Plutarco, un anciano violinista devastado por los hombres más que por los años, se gana la vida en compañía de su hijo Genaro y de su nieto Lucio interpretando música en el pueblo. Cierto día, de regreso a casa, encuentran que el ejército se ha llevado a la familia de Genaro y además ha expropiado las tierras en donde viven, tratando de controlar y liquidar a quienes se rebelan por algo que nunca nos será contado. Genaro continúa con la guerrilla mientras Don Plutarco y su nieto esperan en las afueras. Sin embargo, Don Plutarco trata de volver: negocia con un hacendado su tierra, y tal vez su vida, a cambio de una mula, y como un Quijote sin espada pero con violín emprende una aventura suicida. Le pide al ejército que le permita entrar a ver sus cultivos, y aunque logra su cometido debe dejar su violín con los militares para tener que regresar día tras día y darle gusto al Capitán quien es el único oficial “capaz de apreciar la música”. Desafortunadamente para Plutarco sus aparentes intenciones inofensivas no pasarán por alto a los ojos del Capitán y tendrá que exponer su vida para transportarle municiones a la guerrilla, ya que tiene libre tránsito a su tierrita, así, para su desgracia, ese sacrificio acabe con la música.

El violín presenta un conflicto constantemente actualizado en el que los acontecimientos vienen del pasado, continúan en el  presente y se proyectan al futuro; por eso no es gratuito que encontremos tres generaciones envueltas: padre, hijo y nieto; ni que la película, con su manejo del blanco y negro, tenga una atmósfera de atemporalidad. Es ese tratamiento de la imagen el que tal vez hace más soportable tanta inhumanidad que aparece escena tras escena, abuso tras abuso. El viejo Plutarco le cuenta a su nieto cómo han sido los hombres los que a causa de la ambición y del egoísmo han convertido el mundo en un lugar violento, pero asimismo son ellos mismos los que tienen la oportunidad de cambiar la historia; allí podemos intuir que el conflicto armado, cualquiera que sea,  se reproduce cuando las condiciones que lo sostienen permanecen: mientras exista un estado cruel sin instituciones legítimas que lo representen, mientras los ciudadanos desconozcan o rechacen la unión y la política y prefieran la guerra, mientras los grandes adinerados se aprovechen de la pobreza para aumentar la extensión de sus tierras, y al parecer, mientras en este abandonado planeta sigan habitando hombres que continúen endureciendo el corazón de los oprimidos para que el dolor no los mate y el de los que oprimen para que no les duela matar.

Sin embargo ¿podemos decir a cabalidad cuál es el motivo principal de la película? ¿Es la guerra, el poder, la violencia, el desplazamiento, la sociedad, el arte…? Pues entre tanta desesperanza surge la posibilidad de la música: los rifles contra un violín, las notas frente a las balas. No es difícil acertar quién ganará; pero al final ni siquiera con amenazas el capitán obligó a Plutarco a sacarle un sonido al noble instrumento, lo que nos devuelve la imagen de la dignidad de un hombre -lo repito, maltratado por los hombres más que por los años- quien llega a transmitirle algo de su arte tanto a su hijo como a su nieto y nos resalta que las oportunidades deben estar allí en donde podamos usar y buscar armas que no sean armas.

Eduardo Cano

Corporación Cultural ESTANISLAO ZULETA