Cine en conversación, sesión noviembre 23 de 2013

Ciclo: “Fue a la vuelta… en el barrio” con el director Spike Lee

Película: Clockers.

Dirección: Spike Lee

Año: 1995

 

 

Las imágenes en fuertes colores, de una serie de cadáveres agujereados por las balas, parecieran presagiar una película en donde la violencia explícita nos haría replegar sobre nuestras sillas; simultáneamente, suena la canción “Gente en busca de una vida” (Marc Dorsey), cuya música tranquila no parece encajar en esas escenas. Sin embargo, lejos está el director de recurrir al amarillismo fácil para recrear esa realidad cruda de pandillas y droga en un sector de Nueva York.

Es así como Spike Lee nos introduce en una barriada de Brooklyn, en cuyo parque se reúnen invariablemente una decena de jóvenes negros; en el centro de este parque, paradójicamente, ondea una bandera de la nación, símbolo del “sueño americano”, de un país que ha construido el imaginario de ser la tierra de las oportunidades para todo aquel que pisa su territorio.

Con paso decidido y un tanto arrogante, vemos aparecer en pantalla a Strike, uno de esos tantos muchachos empleados por Rodney Little para el negocio del microtráfico en las calles. Rodney, quien manifiesta a Strike quererlo como a un hijo, y promete hacerle escalar posiciones en el negocio, lo conmina a asesinar al administrador de un negocio del sector, quien aparentemente le ha robado algo de la “mercancía” entregada. Strike, quien nunca ha matado a nadie y se siente aterrorizado ante esta orden, sabe lo que significa no cumplir las disposiciones de este pequeño capo, y ahí comienza ese “infierno” que lo destroza física y espiritualmente, y agudiza la dolencia estomacal que lo consume. La presión de su jefe, el acoso diario de la policía y su enfermedad, lo lanzan a una encrucijada que parece superar sus fuerzas. Acude a su hermano en busca de ayuda, un hombre que ha logrado mantenerse al margen de las actividades delictivas, y quien se duplica trabajando en varios turnos con la idea de conseguir los ahorros necesarios para salir del barrio y educar a sus hijos fuera de esa atmósfera asfixiante. ¿Qué hace que este individuo, hasta ahora “limpio”, de repente decida realizar la tarea encomendada a su hermano? Más tarde comprenderemos que en ese hombre hizo explosión toda la rabia y frustración acumuladas, día tras día, en esa dura batalla contra la miseria y marginalidad destinadas a los de su raza.

A través de su filmografía, Lee ha explorado y denunciado la discriminación y marginación en que han vivido los negros, en un país que se precia de su democracia. Aislados, señalados y confinados a verdaderos ghettos, miles de jóvenes no tienen más horizonte que la ilegalidad para subsistir. Del Estado, sólo conocen la acción acosadora y muchas veces violenta de la policía, sus requisas humillantes, la vejación de sus muertos. Los niños crecen al lado de hermanos o amigos mayores y pronto, aprenden que ese mundo es de los “duros”, que los débiles no tienen sitio allí, que las cosas que les atraen de la vida sólo se logran incursionando en el mercado de la droga. Al lado de estos chicos, las mujeres se baten por proteger a sus “polluelos” de ese ambiente miserable, por tratar de mostrarles otros horizontes diferentes al mundo de la delincuencia; ingente y a veces, inútil tarea, ante una realidad tan aplastante, como sucede en el caso del pequeño Tyron quien termina asesinando al hombre que va a matar a su amigo Strike.

La vida de estos muchachos parece dar vueltas, terminando siempre en el mismo destino, como esos trenes que son la afición de Strike. Su pequeño vecino aprende, que esos trenes que giran sin fin, y que tanto le atraen, sólo los conseguirá vendiendo las “pepas” verdes, o amarillas, o aquel polvo blanco, en las esquinas del barrio; entiende que un arma es necesaria para defenderse, que da poder, y los cuidados que hay que tener con ella; tal vez esos video-juegos a los que es tan aficionado, complementen ese mundo de violencia en el que se está haciendo hombre. Condenados a repetir el ciclo, empiezan asumiendo pequeñas responsabilidades como “campaneros” que deben avisar mediante voces o gestos ya convenidos, la abrupta irrupción de una patrulla policial a sus calles. Siempre está presente la posibilidad de terminar como Errol, ese hombre convertido en un guiñapo humano y que con ojos desorbitados, recorre las calles como un fantasma, arrastrando su rabia y frustración por haberse infectado al inyectarse drogas duras. Por otra parte, llama la atención la actitud que asumen estos muchachos, en donde no hay lugar para la culpa; por el contrario, vemos el ejemplo de Strike, quien se considera más bien una víctima de esa sociedad.

Son numerosas las preguntas que nos suscita esta historia: el consumo de drogas que sostiene este negocio, está presente en todas las clases sociales: pobres y ricos, blancos y negros acuden en su búsqueda; ¿pero, que hace esa sociedad “correcta” que señala indignada el negocio? ¿Son solamente las sustancias psicotrópicas prohibidas las causantes de adicciones? Strike no logra resistir a esas bebidas que empeoran su mal, y día a día nos enfrentamos a una avalancha de publicidad que insta a consumir productos que tienen efectos nocivos sobre nuestra salud, pensemos solamente en los licores, y que sin embargo, gozan de total franquicia, tanto por parte del Estado como de la sociedad. ¿El tráfico de armas se alimenta del tráfico de drogas, o es al revés? ¿Nos plantea Lee alguna esperanza, o por el contrario, insinúa que esos sectores están condenados a reproducir por generaciones, el mismo modelo de sociedad? Hay quienes creyeron ver la metáfora de un mejor mañana en la postrera imagen de Strike en el tren, mientras dirige su mirada a horizontes, desconocidos hasta entonces por él, pero tal vez prometedores de una mejor suerte.

Volviendo nuestra mirada a las virtudes técnicas del filme, hay que reconocer la acertada construcción de la historia: cómo las primeras escenas muestran un número indefinido de personas que observan al hombre asesinado; poco a poco, la cámara se va ocupando de los individuos que pasarán a ser protagonistas, encabezados por Strike. Los primeros planos son adecuadamente empleados para sumergirnos en los sentimientos de todos esos personajes. Memorable la escena del interrogatorio en la estación de policía, cuando la cámara cae sobre la pupila de Strike reflejando a un impotente detective Rocco, que quisiera arrancar de la mente del chico esa verdad que se obstina en ocultar y que lo hace sentir fracasado.

Una película que nos produce una cierta desazón al acompañar a estos jóvenes por 128 minutos y asistir a su dura cotidianidad, magistralmente retratada por Spike Lee.

Beatriz Florez.

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