CINE EN CONVERSACIÓN

           Sesión del 18 de febrero del 2012

TITULO: MI TÍO

DIRECTOR: JACQUES TATI

GUIÓN: JEAN L´HÔTE, JACQUES LAGRANGE Y JACQUES TATI

PAIS: FRANCIA

AÑO: 1958

DURACIÓN: 115 min.

Una deliciosa comedia que arranca carcajadas y al mismo tiempo nos produce cierta conmiseración por aquellos seres, esclavos de una tecnología supuestamente diseñada para su comodidad. El señor Hulot, personaje creado e interpretado por Tati en 1953 para su película “Las vacaciones del señor Hulot”, reaparece aquí, errático, distraído y definitivamente, alguien que no logra encajar en el distinguido ambiente burgués de su hermana.  Nacido en Francia en 1907, muere 1982;  Tati se inició como mimo y más tarde fue actor de “Music Hall”. Gran admirador de Keaton y Chaplin, refleja sus querencias en los escasos diálogos de las películas, que parecen homenaje al cine mudo. Su gestualidad, suelta y elegante, evidencia su formación como mimo, con el atuendo infaltable de gabardina, sombrero y pipa.

El señor Hulot, quien no tiene trabajo, recorre todos los días, a grandes zancadas, el trayecto que separa al humilde barrio que habita, del colegio en donde estudia su sobrino Gèrard, para acompañarlo a casa de su hermana, casada con el empresario Arpel. Entre tío y sobrino existe una camaradería cómplice, que ofrece al chico los únicos momentos de libertad y espontaneidad de que puede gozar, camaradería no vista con buenos ojos por el señor Arpel quien la juzga inconveniente para su hijo.

La película alterna los escenarios en que se mueve Hurlot: su hogar, el de su hermana y la fábrica de mangueras del cuñado. Para ingresar a su vivienda, Hulot debe recorrer un verdadero laberinto en el vetusto edificio, recorrido que propicia el encuentro con sus vecinos, y donde siempre hay un par de minutos para el saludo.  Las calles descuidadas, con su bullicioso mercado, chicos con las travesuras y desbordante alegría de sus escasos años corriendo al lado de perros que vagan libres, todo ello transmite una fascinante sensación de vida. El pequeño café del barrio es sitio de reunión de todos, para hablar o dirimir pequeñas querellas. 

Del otro lado está la mansión de los Arpel, una “casa inteligente” como lo declara orgullosa su dueña.  Concebida para brindar bienestar a sus habitantes, no se ha escatimado esfuerzo para dotarla de la última tecnología. Pero como lo anotaba un espectador, ¿qué es lo que nos hace “odioso” ese espacio supuesto para el máximo confort de sus moradores?  Tati nos muestra cuál es la relación que establece cada uno de los protagonistas con los objetos que le rodean: Hulot, disfruta del gorjeo del canario en la ventana y se toma su tiempo para dirigir el rayo de luz que proyecta la ventana sobre la jaula y que parece estimular el canto de animal. En el sofisticado hogar de su cuñado, esa búsqueda de confort parece haberlos convertido en autómatas y a veces, esos objetos los desbordan: recordemos el incidente con la nueva puerta automatizada que instalan; la casa inteligente se viene abajo por culpa de un ser “no inteligente”, el perro de la familia, que inadvertidamente cruza por el rayo infrarrojo accionando su mecanismo para dejarlos atrapados en el garaje. Ni hablar de las dificultades que experimenta Hulot en la cocina para la simple búsqueda de un vaso. La señora Arpel, no tiene contacto con las viandas que prepara pues todo es ejecutado mediante la manipulación de un complicado sistema de botones y perillas, impidiéndole el placer que puede deparar la preparación de los alimentos para su familia. De otro lado, resulta paradójica esa “virtud” de la casa que repite siempre la señora Arpel: todos los espacios se comunican, pero a diferencia de los espacios, los seres humanos que allí concurren tienen una gran dificultad para comunicarse, como queda demostrado en la fiesta organizada para conseguirle novia a Hulot, o en el tedioso discurrir de Gèrard por su casa sin lograr entablar conversación con sus padres. Al chico lo hace más feliz aquella simple figura recortada en papel recibida del tío, que el valioso juguete regalado por su padre. La calculada estética de los recintos sólo logra deshumanizar a sus moradores.  Además, allí, el disfrute de los objetos depende de la jerarquía social de quien llega. El pez de la fuente sólo funciona para algunos visitantes.  Es evidente que las relaciones que establecen esos individuos también están cruzadas por el concepto superior-subordinado: Pichard, el empleado del señor Arpel, mantiene esa relación aún fuera de la fábrica, y se siente obligado a reparar el desperfecto que se presenta en casa de su jefe. La situación en la fábrica de mangueras tampoco es diferente: los empleados sólo ven en su jefe un centinela frente al cual deben “funcionar” permanentemente como máquinas, sin exteriorizar ningún rasgo humano como la conversación, la risa…. Hulot al llegar allí como otro empleado, introduce el caos generando así un ambiente más humano en donde la chanza y la carcajada encuentran lugar.

En resumen, como lo ha hecho en casi toda sus filmografía, Jacques Tati hace una perspicaz crítica a ese estilo de vida del alto mundo burgués, en donde la tecnificación de todos los espacios pareciera ser lo prioritario, en busca de un confort que supuestamente representará la felicidad de los individuos. Los objetos cobran gran importancia pues la forma en que las personas se relacionan con ellos, determina diferentes modos de vida. Para resaltar ese entorno de cada personaje, Tati recurre a los planos generales que nos muestran por ejemplo, la perspectiva del edificio de Hulot, con el bulloso mercado adyacente, las calles siempre colmadas de parroquianos dicharacheros, en contraste con el elegante, aséptico pero frío y solitario barrio de la familia Arpel, en donde nada altera el orden.  Los sonidos tienen también una singular importancia en la creación de las atmósferas que el director busca. Cómo no mencionar esa metáfora que parece aludir al paso del tiempo y su efecto sobre las personas, encarnada en aquella casi niña, vecina de Tati, que se nos va presentando sucesivamente como una despierta adolescente para aparecer, finalmente, convertida en toda una mujer.

Para finalizar, digamos que fueron muchas las reflexiones que la película generó entre los asistentes: quizás el ser humano necesita también del caos para no deshumanizarse. Al ver aquel chico que crece rodeado de ese tipo de “bienestar”, nos preguntamos, ¿qué clase de individuos producirá esa sociedad? Algunos seres de esta historia sólo tienen una perspectiva en su vida: el señor Arpel, su fábrica, que parece trasladar al hogar; su esposa, esa mansión lujosa pero asfixiante. Por el contrario, Hulot, transita los espacios de su vecindario con cada uno de los cuales ha tejido una estrecha relación, espacios vivos que enriquecen su  vida. Al final de la película cuando padre e hijo despiden al tío Hulot, hay un momento de camaradería entre los dos y vemos al acartonado padre gozar de una inocente broma junto a su hijo.

BEATRIZ FLOREZ

Corporación Cultural ESTANISLAO ZULETA