Ciclo: Descubriendo seres de cine, Kenji Mizoguchi

Kenji Mizoguchi es un nombre que se escucha recurrentemente nombrar solo entre quienes han construido una relación importante y profunda con el cine no comercial, por lo general son también personas que han contado con la fortuna de poder disponer de una parte importante de su tiempo para dedicarse a ver cine, mucho cine, de muchas latitudes y épocas. Hoy en día –gracias también a la situación a la que nos ha llevado la industria del entretenimiento–, podría tal vez decirse esto mismo de esta otra manera: es un director del que solo se escucha en “círculos muy especializados”. Esto, creo, no como consecuencia de una dificultad particular que pueda decirse que es inherente a su obra, más bien entiendo que se trata de un director que no logró en el tiempo que tuvo de vida atrapar de manera consistente la atención de occidente. Sí pudo, afortunadamente, atraer y sostener la mirada de muchos de los que que hoy en día son considerados por nosotros como maestros del cine: Tarkovsky, Angelopoulus, Manoel de Oliveira, Kurosawa, Raúl Ruiz, Godard, Orson Welles… Es uno de esos directores que luchó para crear universos propios, amplió los límites de lo que en su época se entendía por cine y aportó en la búsqueda y enriquecimiento de lo que se conoce como lenguaje cinematográfico.

Nació el 16 de mayo de 1898 y murió el 24 de agosto de 1956 en Japón, donde hizo su cine y también murió. Fue un director influenciado profundamente por la literatura, creó a partir de ella; las mujeres y las difíciles situaciones que ellas en su país enfrentaban fueron objeto de sus búsquedas y elaboraciones; y se reconoce como uno de los rasgos formales de su cine el uso de largos, delicados y elaborados planos. Es también un director capaz de conmover y sacudir, con sutileza y de maneras inesperadas.

El espacio

Cine en conversación pretende resaltar la experiencia del diálogo como forma de acercamiento a aquellas películas que logran constituirse como obras de arte y, como tal, instan al espectador a construir una interpretación propia que se ve enriquecida con las interpretaciones de los demás. Así pues, ver una película en comunidad y tejer con la visión particular de cada uno de los asistentes una conversación que rodee el film, permite configurar un sentido cada vez más complejo y más profundo del mismo, aunque no se alcancen concepciones unánimes. Pero este diálogo al que hacemos referencia es posible si se intenciona una reflexión hacia las verdades más hondas de la condición humana que el cine, en tanto obra de arte, ha puesto en escena, pues son éstas las que en un auditorio heteróclito podrían lanzar puntos de afinidad que posibiliten la participación de los asistentes más allá de la edad, del tipo de oficio o del grado de formación académica que tenga cada cual.

Como introducción a la sesión, el coordinador realiza un comentario previo a la proyección, que prepara a los asistentes que se disponen a disfrutar de la película elegida para la ocasión, con algunas alusiones a las características técnicas y formales más relevantes y a los elementos propios de la narración. Luego se proyecta la película y al final de la misma se cuenta con un par de personas que provocan la conversación que durante unos minutos sostendrán aquellos que acaban de verla, aludiendo a características formales de la película: fotografía, luminosidad, enfoque, musicalización, pero centrándose en una reflexión compartida de la temática que ella permite abordar. Vale la pena anotar que cada sesión cuenta con un escrito que sirve de memoria de la reunión, dando cuenta de la película y de los elementos de análisis y discusión que emergieron en cada ocasión, pero elaborando también problemas o tesis que puedan leerse como reflexión independiente a la sesión y posibilitada por el gran cine.

Comité de cine
Corporación Cultural Estanislao Zuleta

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