Una evocación sobre Estanislao Zuleta

Febrero 17 de 2017

Un día como hoy se conmemora el fallecimiento de una persona, destaco una entre millones de anónimos que seguramente guardan una historia valiosa. Tal cosa no deja de ser un doble enigma: el deshacerse y el permanecer. Desapareció hace ya un tiempo un hombre de carne y hueso que caminó por las calles de Medellín por las que quizás hoy pasé en la mañana, que podía sostener o contradecir ideas, quien de cierta manera tenía la posibilidad de dar prueba de sí mismo. Luego vino la memoria, ese compendio abstracto, vasto y ambiguo reunido y fragmentado en testimonios, grabaciones, narraciones, documentos, publicaciones, críticas y cuantas formas de la interpretación son imaginables. Ese doble enigma representado en la ausencia y en la obra se convierte en una fuerza, en una vitalidad en movimiento. Al desastre violento que impone la muerte se le interpone la fragilidad del recordar. Es como si una concha se atreviera a desafiar al oleaje. Aún así, al acercar el vacío de la concha a nuestros oídos tenemos la sensación de escuchar los sonidos de un abismo.

En mi caso y por cuestiones del tiempo y el espacio, nunca conocí a Estanislao Zuleta, ni a su familia más cercana, apenas si he visto en una conferencia a Pepe, uno de sus hijos, tampoco puedo decir que me he enterado de la verdad última sobre su persona, y sabemos que todavía hay una gran deuda de este país con una biografía rigurosa sobre él. Solamente tengo una evidencia: que a tres cuadras de mi casa vivió Estanislao, en la calle Cuba, al frente de El Teatro Águila Descalza. Vivió en una residencia pequeña para la época gloriosa del barrio Prado, que con frecuencia veo en mi ruta a la sede de CorpoZuleta. Hoy está bien conservada aunque no es atractiva, la fachada de cierto modernismo está pintada de ocre arriba y escarlata abajo, y está marcada por varios grafitis ilegibles y sin gracia. Tiene un balcón adornado con catorce matas, aunque está cerrado por una serie de barrotes y una malla de esas que usan para evitar que se escapen los gatos. Hacia la calle Cuba hay una pequeña ventana, tiene una apariencia carcelaria porque a lo sumo cabe una persona de no estar protegida también con barras. Hace un par de años nuestra querida compañera de la Corporación, Sandra Jaramillo, me dijo que en el segundo piso vivió Zuleta en su juventud y que en la habitación que da a la calle emprendió la lectura de La montaña mágica. Fuimos una mañana y tocamos la puerta para preguntarles algo del tema a los propietarios. Nadie abrió. Fue como si el fantasma de la memoria se resistiese a ser develado o como si esa serie de barrotes que aíslan y protegen la morada la hubieran condenado al silencio. Tampoco en esta ciudad del olvido es esperable que la identificara alguna placa. Desde entonces algo cambió en mi tránsito por aquella esquina, como si me transportara, pues cada vez que paso por allí susurro: Es la casa de Zuleta. Imagino al joven pensador, delgado, largo, bien peinado, con sus gafas, lápiz en mano, alguna libreta de hojas amarillentas y una edición gruesa y empastada, sumergido en la monumental obra de Thomas Mann. Y seguramente Thomas Mann, ya pronto a fallecer, nunca se figuró que al otro lado del Atlántico el azar iba a dar con un carácter que asumiera como una aventura la lectura de la novela que escribió protagonizada por el indeciso Hans Castorp. Igualmente Estanislao jamás iba a prever que quien escribe estas líneas, junto a un grupo que lo estima y lo valora, iba a acercarse a tantas de sus reflexiones sobre el universo de la literatura, terreno que también le permitió dar cuenta de la complejidad de nuestra civilización.

Es sabido que para Zuleta los nombres de Cervantes, Shakespeare, Dostoievsky, Chéjov, Kafka, Sartre y Thomas Mann, para mencionar pocos, fueron compañeros de conversación. Hasta intuyo que por juego los habrá vislumbrado en una que otra acera de la vieja Medellín o de la festiva Cali. De las obras de semejantes gigantes se atrevió exponer su análisis amparado en los saberes filosóficos que había cultivado. Personalmente tengo afinidades y distancias con los acercamientos de Zuleta a las obras literarias. Me produce una admiración su disciplina y su capacidad para cavar como si se propusiera descubrir los estratos que constituyen esta humanidad compendiada en palabras, que es a fin de cuentas lo que hace la literatura. Y aunque no me cautivan sus excesos psicoanalíticos pues caen en el peligro de devenir en fórmulas, a más de que regularmente las ediciones de sus conferencias sufren en la transcripción un golpe al rigor e incluso a la belleza, reconozco esa inquietud de minero que va más allá de identificar y que penetra, porque a Zuleta, o para ser más preciso, al que me ha llegado por efectos de la memoria colectiva, le interesa lo que está adentro entre las páginas y afuera de ellas, en el mundo que habitamos. Reducirlo a lo uno o a lo otro sería perder su visión crítica del conjunto y de las circunstancias capitalistas que en su tiempo y en el nuestro siguen siendo similares.

De sus interpretaciones sobre los temas del arte y la literatura tengo especial estima por los ensayos reunidos en La montaña mágica y la llanura prosaica, quizás porque los paisajes, las atmósferas y los dramas del Berghof me son tan entrañables como la obra de Mann, además es una exploración exhaustiva de las contradicciones, logros y fracasos de occidente del último siglo; y aprecio con semejante intensidad las conferencias reunidas en Arte y filosofía, una búsqueda decidida y singular en torno a los temas artísticos que encarna su premisa de tomarse en serio lo que hacen los artistas, que no es otra cosa que una manifestación del pensamiento. Es ese tomarse en serio y pedirle cuentas a… un principio necesario que debe sumarse a la invitación constante de Estanislao de resistencia: resistir a las imposiciones sociales, a las del mercado, de la moda y de uno mismo que pretenden anularnos y convertirnos en vacíos funcionarios; resistir afirmando el espíritu con raíces en lo concreto, lo que es el polvo y el sudor en el que hacemos la existencia; resistir compartiendo en soledad, en amistad y en organizaciones porque así cabe albergar alguna esperanza; resistir sintiendo ya que de ese modo se tiene la posibilidad de lograr un acercamiento a esa lejanía que constituyen el cada uno y los demás, partiendo de la proposición kantiana: ponerse en el lugar del otro; resistir gozando de los más altos tesoros que tenemos al alcance de una biblioteca y que sin darnos cuenta hacen parte de nuestro propio ser; y resistir con imaginación, con alegría, con dignidad, como lo hemos insistido sin descanso, Resistir artísticamente.

En medio de una crisis como la que sigue atravesando Colombia y este complejo orden mundial, es una valiosa oportunidad caminar por la senda que traza el maestro antioqueño, un aire fresco es escuchar su llamado a aspirar por algo mejor. La bibliografía que nos legó es amplia y polémica, mas no carece de actualidad. Ya está en manos del lector decidir si sigue el ejemplo zuletiano de emprender la aventura del pensar.

No deja de ser popular y novelesca la noticia que cuenta que Estanislao Zuleta padre murió en el mismo accidente aéreo junto a Carlos Gardel. Su hijo, del que tímidamente trazo unas líneas, el que vivió en Medellín a tres cuadras de mi casa, falleció el sábado 17 de febrero de 1990, en Cali, a los 55 años. A ningún ser humano es posible hacerle un reclamo sobre su partida, aún así, la única exigencia ilusa que podríamos hacerle a Estanislao es quizá que se fue muy pronto pues sinceramente nos dejó en suspenso, con muchas lecciones aún por compartir.

Eduardo Cano Uribe

Miembro de CorpoZuleta y de la línea de Arte y Literatura