Angelopoulus y Tonino Guerra, dos poetas del cine

“Ahora más que nunca, el mundo necesita cine. Puede que sea la última forma de resistencia ante el deteriorado mundo en el que vivimos. Al tratar de fronteras, límites, la mezcla de idiomas y culturas de hoy, intento buscar un nuevo humanismo, una nueva vía".  Theo Angelopoulos.

“Para mí no existe una diferencia profunda entre escribir poesía y escribir guiones, ambas conducen a lo mismo: la creación de imágenes. Un guionista debe tener mil imágenes en su cabeza para conquistar a hombres como Fellini o como Antonioni”.  Tonino Guerra.

- Junio 2 - La eternidad y un día - 1998

- Junio 9 - El polvo del tiempo - 2008

- Junio 16 - No tendremos programacion de cine.

- Junio 23 - La mirada de Ulises - 1995

- Junio 30 - Paisaje en la niebla - 1988

Película: Paisaje en la nieba

 Director: Theo Angelópolus

 Año: 1988

A oscuras, y sin que se percate mamá, una voz infantil le cuenta a su hermanita la siguiente historia: "En el comienzo era el caos y después se hizo la luz. Y la luz se separa de las tinieblas y la tierra del mar. Y se formaron los ríos, los lagos y las montañas y después...la flor, y los árboles, los animales y los pájaros...

En el comienzo estaba Voula, una niña que sale, con su pequeño hermano, a un viaje incierto, en el cual encontrará la mentira, el amor y un infausto despertar sexual al lado de la carretera. Y en el comienzo estaba Alexandros, el inocente chiquillo, que va de la mano de Voula a través de la niebla, de Grecia, de las fronteras que aún no se puede explicar. Y en el comienzo eran dos niños que se suben a un tren con dirección a Alemania. Y Alemania se convierte para ellos en una meta, en una utopía, en el país en donde pueden encontrar la quimera en que se ha convertido su desconocido padre. Después del comienzo estaba Orestes, un joven aventurero, honesto y soñador, un teatrero errante, el apuesto chico que germina en Voula el primer germen del amor. Y después del comienzo estaban los actores que recorrían Grecia representando la misma obra, aquella en la que quizás a todos nos es dado salir en algún acto, y estaba el oficial del tren que le pidió el tiquete a los niños, y el tío indolente, y la gente detenida ante la nieve, y estaba el vulgar camionero que le robó la inocencia a Voula, y el militar que, confundido, le concedió los trescientos ochenta y cinco dracmas para que los niños lograran darle fin a su viaje. Y en el comienzo estaba el mar, infinito y eterno, estaba la niebla, inexplicable como siempre, y estaba el río que en su devenir nunca se detiene. Y después de aquel comienzo, ante los ojos de los niños se erigieron las ciudades que todavía nos devoran, y se sumergió en algún momento de la historia la colosal mano de una escultura de piedra a la que le falta el dedo índice, para volver a salir volando sobre las aguas; y, por último, después del aquel comienzo, o quizás antes del fin, estaba el cine, el arte que nos permite soñar, al igual que a Alexándros y a Voula, con un invisible árbol detrás de la niebla.

Después del final de Paisaje en la niebla, hubo un hombre, con barba, grueso y de cabello abundante, que preguntó qué hay detrás del índice extraviado, que recordó acerca de las fronteras, de los personajes exiliados, del tiempo, del pasado, del presente y del futuro, y sugirió que el índice faltante es la ausencia de una guía, de quien señale siquiera un rumbo; y a continuación una joven destacó la inquietante relación entre la escalera circular que sube a ninguna parte, el caracol girando en el vacío y los personajes absortos viendo cómo un helicóptero saca del océano la descomunal mano de piedra; y después otra participante observó, como si se repitiese en la conversación una antigua ceremonia, que todos los escenarios están en construcción, de ahí los edificios a medias, la tierra maltratada, las volquetas y los monstruos mecánicos que sugieren un progreso incierto sin muchas promesas de felicidad; y entonces otro dijo que en Paisaje en la niebla los seres humanos parecen tener más tiempo que las cosas, como si en ellos el tiempo se manifestara de manera diferente; y más adelante una bella mujer sugirió que lo importante es el viaje y no el destino, pues al fin y al cabo toda meta es de cierta forma una ficción, una abstracción que se concreta con los pasos, con el transitar las ciudades, con el frío y con la lluvia, con la alegría y la desdicha.

Y de nuevo volvemos a narrar como en el libro del Génesis el principio de la película: Y en el comienzo era el caos y después se hizo la luz… Y la luz se separa de las tinieblas y la tierra del mar… y en seguida Alexandros y Voula atravesaron la densa niebla y llegaron hasta el árbol para abrazarlo, para sentirse, al igual que las raíces, unidos por fin a una tierra. Y así finalmente recordamos esa enorme mano que salió del mar, a la cual el tiempo le ha cercenado un dedo, la misma que nos dejó incógnitas, la que parece el último despojo del primer dios que habitó el universo, la que se asemeja a la que extiende Adán en la hermosa pintura de Miguel Ángel, luego de que se separaran las tinieblas y que en el mundo ya existiesen ríos, los lagos, las montañas y las flores… pero antes de que se sembrara también con la humanidad una semilla de melancolía y otra, más grandecita, de poesía y soledad.

Eduardo Cano

Corporación Cultural ESTANISALO ZULETA

Ciclo: “Theo Angelopoulus y Tonino Guerra, dos poetas del cine”

 Sábado 30 de junio de 2012, Hora: 5:00 pm.

PAISAJE EN LA NIEBLA

Paisaje en la niebla

Voula, una niña de once años y su hermanito Alexandros de cinco, fantasean con la idea de encontrar a su padre. Un día, deciden abandonar su casa en un barrio popular de Atenas, para ir al encuentro con su progenitor, quien según su madre, ha emigrado hacia Alemania. Luego de abordar un tren de manera clandestina, son descubiertos y detenidos en una estación. Sin embargo, consiguen huir y juntos, de la mano, emprenden su camino por la geografía griega a pie, o en diferentes transportes, bajo una inclemente lluvia, nevadas o terribles ventiscas y enfrentando a todo tipo de personajes: cálidos o malvados.

Director: Théo Angelopoulus – Año: 1988 - Duración: 2 h.

Calle 50 No. 78A-89  –Teléfono 2343641


Ciclo: “Theo Angelopoulus y Tonino Guerra, dos poetas del cine”

 Sábado 9 de junio de 2012, Hora: 5:00 pm.

 elpolvodelltiempo

Puede realmente el tiempo en la experiencia de vida de un ser humano escindirse entre pasado presente y futuro? ¿Acaso los tres –pasado, presente y futuro– están constantemente haciéndose presentes en cada paso y cada situación?

Son historias de amor en medio de revoluciones, exiliados y seres marginales, las que nos conducen en un fascinante viaje por entre armonías y paisajes memorables, a preguntarnos cómo es que la experiencia de vida de una mujer puede reflejarse en los primeros momentos de la existencia de su nieta. (Sebastián Gutiérrez)

Director: Théo Angelopoulus – Año: 2008 - Duración: 2 h. 5 m.

Calle 50 No. 78A-89  –Teléfono 2343641


Película: La eternidad y un día

Director: Theo Angelópolus

Año: 1998

Anna,  no iré al hospital. No iré. No iré. Quiero proyectos para el mañana. El desconocido responderá con la misma música. Siempre habrá alguien para venderme palabras. Mañana. ¿Qué es el mañana?  Un día te pregunté: ''¿Cuánto dura el mañana?'' Y me respondiste. La eternidad y un día.

Parece que esa eternidad y a un día es a lo que asistimos. Son las últimas horas de Alexándros, un poeta griego quien ha pasado su existencia atento a su oficio de escritor; sin embargo encuentra algo extraño a sí mismo. Así es como, casi que de repente y tal si fuese una de las últimas oportunidades que tiene para volver a sus recuerdos, en las cartas de Anna, su esposa ya fallecida, él descubre el amor que ella tanto le prodigó mientras él se concentraba más en sus ocupaciones. Pero quizás en la vida, incluso a punto de expirar, nos alcanza a cada uno de nosotros un último desconcierto, una última sorpresa. Entonces Alexándros por azar encuentra a un pequeño inmigrante albanés, un chiquillo que sufre las injusticias del exilio cuando apenas si sabe en qué mundo ha nacido, el mismo chiquillo que le venderá palabras conseguidas junto al inmenso mar. Entre el poeta y el niño se forja una complicidad, un compañía y en Alexándros una última oportunidad de comprometerse con un ser ajeno, ya que no lo hizo del todo con su madre, su esposa ni con su hija. De la mano del niño y del viejo asistimos a un viaje, con dirección a la incertidumbre del futuro para uno y a la muerte para el otro. Quizás de eso se trata en definitiva la vida, de un viaje al que estamos lanzados con regreso a ninguna parte, a la nada, y acaso el único equipaje que podemos llevar antes de que se presenten ante nosotros las tinieblas son los esquivos recuerdos, aquéllos que nos traen irremediablemente una atmósfera de melancolía y soledad.

La eternidad y un día nos muestra a un hombre el cual de cierta manera representa a la humanidad. Observamos su viaje, acompañado del chiquillo inmigrante que viaja a otro futuro, sin embargo, continuamos con los protagonistas en ese presente, en ese día en que se cruzaron, en el que Alexándros mezcla su realidad con los recuerdos del pasado que llegan para darle una significación nueva a su vida. Mas ¿en el último momento qué se puede hacer? De ahí que cierta culpa y vergüenza rodean el espíritu de Alexándros. Acaso el niño es una oportunidad para resolver algo que no logró con los años: darle suficiente atención a las personas que lo amaban; aspecto llamativo, pues nos dice cómo entre dos generaciones distantes en el tiempo es posible dialogar y aprender.

Es destacable además la forma de la película: pausada, lenta, silenciosa, llena de situaciones que invitan al espectador a buscar un significado más profundo del aparente; encontramos escenas que por sí mismas lucen simbólicas y concentran gran cantidad de elementos que son susceptibles de interpretar sin agotarse: el hombre ante el mar, la frontera gris y nevada de dos países, un poeta que compra palabras, la celebración de un matrimonio que se detiene, el ritual de quemar las ropas de un compañero fallecido a manera de sepultura, el autobús en el que convergen el hombre viejo, el niño, el poeta del pasado, un joven de izquierda, una pareja de enamorados que terminan, un par de músicos… De esa manera La eternidad y un día es una película bien construida desde la forma y el contenido que nos pone de cara ante lo que es nuestra propia existencia, nuestros propios éxitos y fracasos a lo largo de una vida que se acaba y, finalmente como lo muestra el excelente guión, es una película que nos pone frente al dolor de intentar comprender nuestras propias preguntas.

¿Por qué, madre? ¿Por qué nada salió como esperábamos? ¿Por qué? ¿Por qué tenemos que pudrirnos indefensos entre el  dolor y el deseo? ¿Por qué he vivido en el exilio? ¿Por qué sólo regresaba cuando se me concedía la gracia de hablar mi lengua? Mi lengua. Cuando reencontraba palabras perdidas o extraía del silencio palabras olvidadas. ¿Por qué sólo entonces oía el eco de mis pasos? ¿Por qué? Dímelo, madre. ¿Por qué no supimos amar?

Eduardo Cano

Corporación Cultural ESTANISLAO ZULETA

Ciclo: Théo Angelopoulus y Tonino Guerra, dos poetas del cine

Junio 9 de 2008

Película: El polvo del tiempo

Director: Theo Angelópolus

Año: 2008

“El cine, como la música tiene un tempo lento y otro presto, y los músicos utlilizan los dos. Eso mismo sucede en el cine y en todas las narraciones. Al igual que hay escritores que escriben frases largas sin puntos, otros prefieren las cortas con muchos puntos. En el cine ocurre con el montaje, en el que yo prefiero el plano-secuencia. Es una forma de expresión que también depende del temperamento de cada director”.

"Théo Angelopoulus

En esta segunda proyección del ciclo asistimos a otra película que viaja constantemente entre el pasado el presente y, por qué no, el futuro. En ella encontramos a un cineasta de origen norteamericano quien está rodando una película sobre sus padres, Eleni y Spiros, dos inmigrantes enamorados que tuvieron que separarse a causa de los monumentales acontecimientos históricos de la guerra fría. Spiros emigra a los Estados Unidos y Eleni a la Unión Soviética. Luego de un fugaz reencuentro sus vidas nuevamente tomarán rumbos distintos. Así, el cineasta de los años ochenta reconstruye la historia de amor de sus padres iniciada más de treinta años atrás. Por eso no es extraño ese ir y venir temporal: en una secuencia observamos la permanencia de la joven Eleni en Siberia como prisionera y su amistad con Jacob Levi, un fiel amigo solitario; en otra comprobamos cómo ella y Spiros, ya encanecidos, visitan a su hijo en Berlín, a continuación seguimos la desesperación del cineasta incapaz de encontrar a su hija quien se ha fugado; después pasamos a la muerte de Stalin, a la guerra civil griega, a la caída del comunismo, etc. Quizás parece mucho, sin embargo el método de Angelópolus nos presenta la película en una atmósfera lenta la cual genera una extraña condensación, acaso saturación, tanto narrativa como simbólica.

El polvo del tiempo presenta la vida de diferentes individuos sobrepasados por sus vivencias personales y por los acontecimientos históricos; podría ser ese el origen de las angustias de cada uno. Son tres generaciones, tres maneras del desencanto, tres experiencias de la soledad. La primera generación presencia la dureza de la guerra fría, la segunda la caída del comunismo y la tercera acaso desemboca en consecuencia de una rebeldía sin ideales. La película es cuidadosa en el sentido de atender a los detalles, de construir simbologías propias, de recrear acontecimientos históricos y de valorar el encuadre y la duración de los planos; sin embargo hay algo confuso en el filme. ¿Es el encadenamiento de las historias o el drama mismo que está desplegando? Quedó de un lado la idea de que hubo aspectos en su construcción que fallaron, como el de la verosimilitud, el de la necesidad de ciertas secuencias, el de la simbología intrínseca que propone y el de las posibilidades y límites que tiene el espectador para entrar a interpretarla; lo cual deja preguntas a tener en cuenta al pensar una película ¿Qué es lo que hace como símbolo? ¿Acaso es efectivo cualquier símbolo porque responde a una intención del director? ¿Todo lo que propone el director debe tomarse como válido? De la forma y el contenido de una obra de arte puede hacerse enunciación, es decir, describir la estructura y los componentes que la integran; también puede lanzarse una crítica, la cual va directamente a reflexionar la calidad y unidad de la obra en su propio universo. De ahí que El polvo del tiempo deja para algunos ciertas ambigüedades entorno a la manera como construye sus propias significaciones. ¿Qué se puede interpretar de la tercera ala? De todos modos hay aspectos llamativos: el modo de articular la imagen y la música, las transiciones entre realidad presente y realidad pasada, la disolución de las fronteras espaciales y temporales, la referencia constante al proyecto fallido, la narración de una idea general a través de pequeños fragmentos y la persistencia en tratar de introducir al espectador en medio de una realidad fríamente sofocante y huidiza, acaso la más propicia para evocar lo más cercano y esquivo que tenemos todos: la memoria.

Eduardo Cano

Corporación Cultural ESTANISLAO ZULETA

Ciclo: “Theo Angelopoulus y Tonino Guerra, dos poetas del cine”

 Sábado 2 de junio de 2012, Hora: 5:00 pm.

LA ETERNIDAD Y UN DÍA

LaEternidadYunDia


En un viaje entre las montañas y el mar para retornar al hogar, conocemos a un hombre del presente gracias a su pasado, y lo acompañamos en su inquietante búsqueda por el mañana. Mientras tanto no podemos dejar de preguntarnos por el exilio, la soledad, el amor, la muerte, la familia, el tiempo. (Sebastián Gutiérrez).

Director: Théo Angelopoulus – Año: 1998 - Duración: 2 h. 7 m.


Sesión del 23 de junio del 2012

TÍTULO: LA MIRADA DE ULISES

DIRECTOR:  THEODOROS  ANGELOPOULUS

GUIÓN: TONY GUERRA Y THEODORUS ANGEPOULUS

PAÍS: FRANCIA

AÑO: 1995

DURACIÓN: 146 min.                   “Y el alma, si debe conocerse a sí misma,

                                                             Tiene que observar el alma” Platón

                                                              (Platón; Alcibíades, 133 b)

La búsqueda de la primera mirada, aquella que “no ha perdido la inocencia”, contenida en tres bobinas de película sin revelar de los hermanos Manakis, pioneros del cine en su país,  lleva a un cineasta griego, exiliado en los Estados Unidos, en un largo viaje a través de los Balcanes. Un Ulises de nuestro tiempo, cuyo regreso a su país natal es tan incierto como el del legendario héroe griego.  Todos los avatares de su búsqueda es lo que constituye esta cinta, la tercera del ciclo “Dos poetas del Cine: T.Angelopoulus y Tony Guerra”. Una película lenta, hecha para la introspección; el mismo epígrafe que la inicia nos invita a ello.

Un homenaje al cine; un reconocimiento a su capacidad de entregarnos la mirada de un hombre sobre el mundo que enfrenta, una mirada singular, como singular es cada ser humano.  Eso es lo que hace el director en este caso; no intenta construir un discurso sobre las causas de los acontecimientos; sólo busca prestarnos sus ojos para que veamos lo que aconteció en una región cuyo único pecado ha sido su posición estratégica que por siglos, ha despertado la codicia de los poderes que periódicamente se reparten el mundo; quiere hacernos sentir el dolor de sus gentes.  Como dice Levy, el hombre que ha guardado celosamente esas tres bobinas intentando encontrar la fórmula para recuperar las imágenes: “estamos trayendo a la luz la imagen del pasado” y eso es precisamente, lo que Angelopoulus hace: dar poéticamente, testimonio de su época para que sea conocida por otros.

Es el trasegar incierto de un hombre de quien, de manera muy significativa, no conocemos su nombre, no importa cómo se llame; es “Nadie”, parece decir alguien en la barcaza en que viaja al lado de esa derrotada estatua de Lenín, próxima a convertirse en fósil, en pieza de museo; encarna a todos los desarraigados del mundo; “A” lo denomina el guión, pero durante la película, su nombre nunca es pronunciado. Igual que el mítico personaje que abandonó Troya, él  emprende un largo viaje con la esperanza de retornar algún día a la patria. Es la imposibilidad de echar anclas en un lugar; hay que continuar el viaje; es la mujer que espera el retorno del hombre amado: aquí es una y son todas, encarnadas siempre por la actriz rumana Maïa Morgenstern; en cada sitio este hombre se desgarra en un adiós que incluye promesas de retorno que no se cumplirán; su destino es el del hombre sin patria; no hay sitio para él en este mundo.

Pero por otra parte, un viaje es una transformación; así lo manifiesta nuestro anónimo personaje; “visto las ropas de otro; soy otro y soy el mismo”. Ha enriquecido su mirada, mirándose en los otros, en su dolor, en la vida y la muerte de esos seres que antes no existían para él; en esa paleta de idiomas, de costumbres, de ideas con las que va tropezando en su andar errabundo, que le prodigaron alegría y que lo sumieron en el más profundo dolor, pero que en todos los casos,  enriquecieron su espíritu.

Como es común en las cintas de este director, no podemos esperar que el tiempo transcurra linealmente. El hombre está irremediablemente atado al pasado y al presente.  Su memoria  retrocede imprevisiblemente al pasado, retorna al presente para saltar quizás a un futuro quimérico; los personajes parecen adentrarse en un túnel del tiempo, es un ir y venir constante. Los linderos entre pasado y presente no son claros, y ambos interactúan permanentemente para narrarse a sí mismos y narrar su entorno, combinándose a veces con escenas oníricas de gran belleza.

Los colores grises ayudan a crear esa atmósfera sombría, incierta, como el futuro de los protagonistas. Especialmente llamativa es la secuencia de las fiestas familiares en donde, con un lenguaje muy propio, nos muestra el transcurrir del tiempo a  través de las celebraciones de año nuevo, no exentas de sobresaltos por los acontecimientos políticos, pero siempre con la esperanza de un mejor mañana, expresado por la música y el chocar de las copas. Conmovedora la imagen de aquella pequeña orquesta que, en medio de la intensa niebla, congrega a los pobladores de Sarajevo en medio de la destrucción de la guerra, así como la de los dos jóvenes actores que evocan a los inmortales amantes de Verona. Pareciera decirnos que, en tiempos de profunda oscuridad para un pueblo, el arte es como la tabla de salvación que se ofrece al náufrago a punto de perecer.

Imágenes de unas hilanderas griegas, pertenecientes a la filmografía de los hermanos Manakis, aparecen repetitivamente en la película como evocación de aquella Penélope, la eterna tejedora que aguardaba el regreso de su amado.

BEATRIZ FLÓREZ

Corporación Cultural ESTANISLAO ZULETA.

Ciclo: “Theo Angelopoulus y Tonino Guerra, dos poetas del cine”

 Sábado 23 de junio de 2012, Hora: 5:00 pm.

LA MIRADA DE ULISES

LaMiradaDeUlises

¿Qué hay de particular en la mirada de los viajeros que recorren grandes porciones de tierra y agua, moviéndose entre seres, familias, comunidades y conflictos de los que no pueden entender mucho? ¿Qué hay de importante en estas miradas para una sociedad? ¿Cómo se viven y cómo modifican estos viajes a aquellos que los emprenden?  Son estos y algunos otros interrogantes, los que podrán surgir luego de acompañar con calma al viajero en su odisea. (Sebastián Gutiérrez)

Director: Théo Angelopoulus – Año: 1995 - Duración: 2 h. 56 m.

Calle 50 No. 78A-89  –Teléfono 2343641


Junio 2  - La eternidad y un día – 1998.

LaEternidadYunDia

 

Junio 9  - El polvo del tiempo - 2008.

elpolvodelltiempo

 

Junio 23  - La mirada de Ulises - 1995

LaMiradaDeUlises

 

Junio 30  - Paisaje en la niebla - 1988.

Paisaje en la niebla