Ciclo: "El perdón, ¡humm! casi siempre tan difícil"

- Julio 7 – La muerte y la doncella – Roman Polanski – 1994.

- Julio 14 - El precio del perdón – Mansour Sora Wade - 2001.

- Julio 21 – Un país en África – John Boorman - 2004.

- Julio 28 – Una historia verdadera – David Lynch - 1999.

Julio 28 de 2012

Película: Una historia verdadera

Director: David Lynch

Año: 1999

 

Tracemos una línea horizontal de un lado a otro de nuestra mente, tan larga como el mundo mismo, y ubiquemos arriba el firmamento, con una que otra nube pasajera, y abajo la tierra llena de campos listos para la siega. La línea es la carretera. Ahora imaginemos que por la izquierda ingresa, lentamente, muy lentamente, a menos de ocho kilómetros por hora y produciendo un ruido que hace cosquillas, un anciano conduciendo su cortacésped Jhon Deere de 1966 halando un sencillo remolque que contiene lo mínimo para que el viejo lleve a cabo su aventura: gasolina, ropa, embutidos, un agarrador y por qué no, un par de sillas. Para presentarlo de una vez, ese hombre es Alvin Straight, un veterano de la segunda guerra mundial, setenta y tres años, con serios problemas en la cadera, mala circulación, enfisema, la visión gravemente disminuida y quien para sostenerse de pie necesita el soporte de dos fuertes bastones. Ha dejado atrás la sonriente Rose, su hija solitaria, y al resto de viejos que desconfiaron de su hazaña. Viene desde Laurens, Iowa, y se dirige hacia Mt Zion en Winsconsin. Son más de trescientos noventa kilómetros de distancia, más de trescientos noventa kilómetros en el espacio, diez años en el tiempo y el sentimiento del orgullo que lo separan de su hermano Lyle quien ha sufrido un repentino infarto; son más de seis semanas continuas de un recorrido lento pero amable, de una pequeña odisea moderna bajo el sol y la lluvia, en la que se cruzará con una fracción de la sociedad norteamericana: una joven desesperada, un grupo de ciclistas veloces que fácilmente lo sobrepasan, una mujer estresada que atropella ciervos, una cordial pareja pueblerina que lo acoge en tanto la trasmisión del cortacésped sea reparada, un veterano de la nefasta gran guerra, un par de gemelos mecánicos que riñen constantemente y un sacerdote que vive al pie del cementerio, como si fuese una premonición de lo que nos espera al final de la vida. Todos y cada uno con sus propios dramas; el afán, la inseguridad, la fe o ese pasado que los marca. Y junto a ellos pasa dejando una huella el viejo Alvin Straight conduciendo su cortacésped por la carretera tal como si estuviese realizando un viaje por su vida para encontrarse con Lyle y mirar, al igual que lo hacían de niños, la bóveda maravillosa e infinita que contiene a las estrellas.

Y es que Alvin durante todo ese viaje deja de ser un simple hombre pasajero y se convierte en un ser que transita haciendo estaciones por la carretera y por las vidas de quienes se encuentra. ¿Qué promueve Alvin en los que conoce? Acaso una reflexión, un encuentro con lo valioso de la existencia. Nos podemos preguntar igualmente ¿Qué mueve a Alvin? ¿Es la culpa, el arrepentimiento, la reconciliación? Tal vez el llamado de la muerte, de la inesperada partida de Lyle lo llevó a emprender ese tipo de viaje lento que le permitiera tramitar su orgullo, porque para muchos el tiempo adquiere gravedad en tanto pasan los años y sólo restan unas pocas acciones, a la manera de una última cosecha, de ahí la poética del cortacésped y de las permanentes imágenes de tractores en época de siega. Dos contrastes: Alrededor de Alvin todo pasa rápido como referencia al mundo moderno, por eso los encuentros en la carretera fueron usualmente con gente joven, apresurada o perdida, en tanto los viejos estaban en los pueblos, casi dejados en depósito, a la espera; sin embargo Alvin no espera, él sale a recoger algo como en el tiempo de la cosecha; su viaje es recoger, es un fin en sí mismo que le permite pasar por encima de esos diez años de separación de Lyle; no obstante, nadie pasa por encima del tiempo y son por lo tanto diez posibles años que se le han perdido. Igualmente tampoco nos es dado pasar por encima del cielo ni de las estrellas y de ahí la necesidad de Alvin de volver junto a Lyle: es mejor estar juntos cuando miremos la vastedad ante la que estamos usualmente indefensos. Quizás ahí encontramos la dignidad de Alvin para enfrentarse a su propia muerte: el no quiso alargar la agonía de una pronta enfermedad terminal sino que prefirió valorar el poco tiempo restante en busca de un encuentro, no sólo con su hermano, sino también consigo mismo, transformándose, demostrando que a los setenta y tres años aún podemos cambiar, que podemos dejar ese ritmo frenético que, similar a la mujer que va y viene atropellando ciervos, sólo conduce a la desesperación.

Afortunadamente esta Historia verdadera fue una historia de verdad y por eso en homenaje volvamos ahora, en la realidad y en la poesía, a esos mínimos elementos de la película, a la línea que representa la carretera, al cielo, a la tierra en tiempo de cosecha y a este último Quijote montado sobre su Rocinante; y en este escenario advertimos a la humanidad que se adelanta o a la que se queda con su angustia en medio del camino. Y así como los demás, nos bajamos del remolque en el que permanecíamos escondidos, junto a la gasolina y los embutidos, siguiendo al noble aventurero; pero antes de verlo salir por la derecha de nuestra pantalla, él, al igual que nosotros, estira su temblorosa mano y la mueve de un lado al otro en señal de despedida

Eduardo Cano.

Corporación cultural ESTANISLAO ZULETA

Julio 14 de 2012

Película: El precio delperdón

Director: Mansour Sora Wade

Año: 2001

 

Con la mirada puesta en las bellas costumbres, mitos y tradición de un pueblo africano, nos introducimos en una colorida fábula en donde la búsqueda del perdón será el imperativo para un traidor que en frente de si, solo tiene recuerdos de su doloroso crimen, y que nos llevará a preguntarnos, entre otras cosas, por el vínculo que une a la verdad con el perdón, cuando este se reconoce como el único camino para la resolución de un conflicto.

Sebastián Gutiérrez

 

Justo al lado del mar llegamos en el calor de la costa africana a la narración de una fábula. Estamos en Senegal, en una pequeña comunidad nativa, pigmentada con un color tan oscuro pero a la vez tan vivo como el color de cada una de sus telas. Desafortunadamente la comarca se encuentra asolada por una densa y misteriosa niebla que les impide a los pescadores navegar con tranquilidad en el inmenso mar. Y cosa curiosa, en este escenario en apariencia ajeno, el amor determinará la suerte de los personajes. Yatma y Mbanik, un par de amigos de infancia, entran en conflicto por ganarse a la bella Maxoy. La disputa saldrá a favor de Mbanik quien tendrá el valor de espantar la niebla conquistándose el prestigio de la comunidad y la atención de Maxoy. Sin embargo, e incluso en las costas africanas, surge una tensión muy humana: Yatma, y el odio en él, arremeten en la noche, y sin que nadie se percate, hasta darle fin a la vida del que fue su compañero; luego en la oscuridad lo lanza al fondo del mar. Por esas cosas del destino, de la conveniencia, del azar y de la venganza Yatma termina unido a Maxoy; entonces ella le transmitirá al oído en qué consiste su venganza: criar al hijo que ella espera, fruto del encuentro con el hombre que Yatma había matado. Así es como en esta comunidad el asesino tiene que sufrir el precio de conquistar el perdón, y la mujer deseada encontrará, que igualmente puede amar al ser que la ha agraviado; en cambio Mbanik, el hombre convertido en leyenda, volverá de las profundidades para cobrarle la deuda pendiente desde hacía años, sin importar el ruego de la comunidad, ni el de Maxoy, ni el de su madre, ni siquiera el de su propio hijo y mucho menos el del tiempo que nos da la ilusión de borrar cualquier huella que hayamos dejado en el pasado.

El precio del perdón nos enfrenta a una pregunta que cada vez tiene más pertinencia y actualidad ¿Perdón, olvido, son posibles? Además si los consideramos en un entorno en el que la violencia ha aparecido ¿cómo se repara y qué significa la reconciliación? La fábula que nos presenta la película se desarrolla gracias a varios personajes, Yatma, Mbamik, Maxoy y finalmente la misma comunidad actúa como si fuese un gran personaje, a la manera de un coro en las tragedias griegas. Dicha fábula muestra una situación en la que el perdón se alcanza a través de la expiación de unos actos, casi que de un sometimiento a unas reglas de la sociedad, y no simplemente con la elaboración de un discurso que trate de menguar los desagravios; es decir, el perdón es un proceso en el tiempo, no un mero acto momentáneo; se merece, no se regala, e incluso va ligado a la misma singularidad de las personas y de las comunidades, ya que pueden haber hechos imposibles de perdonar. Entonces ¿Qué tipo de ser humano se puede perdonar, y quién está en la capacidad de ofrecer el perdón? La madre de Mbanik le demuestra a los demás que quiere perdonar, que le interesa la paz y seguir adelante; Maxoy, más allá de su venganza, llegó a transformarse, fue perdonando casi sin darse cuenta hasta reconocer el valor de Yatma, pero no gratuitamente, fue con los años y las acciones nobles de él, en las que como un victimario no siguió desatando en lo real su violencia, sino que ayudado por los rituales alcanzó a integrarse de nuevo a la comunidad.  De ahí la necesidad de volver a reivindicar los rituales como una manera de tramitar las fuerzas que en muchas ocasiones nos sobrepasan y nos llevan a la destrucción de los demás, como una forma de reconocernos en una comunidad, como una manera de construir la memoria, muchas veces trágica, que al fin y al cabo hace parte de nuestra historia colectiva. Por eso igualmente la importancia del cine, un ritual moderno, no para entretenernos, sino para generar un espacio en el que nos logremos reconocer, en el que se encuentren caminos que permitan conducir a pensarnos mejor a nosotros mismos.

Eduardo Cano

Corporación cultural ESTANISLAO ZULETA

Ciclo: “El perdón, ¡humm! casi siempre tan difícil”

 Sábado 14 de julio de 2012, Hora: 5:00 pm.

EL PRECIO DEL PERDÓN

le prix du pardon

Con la mirada puesta en las bellas costumbres, mitos y tradición de un pueblo africano, nos introducimos en una colorida fábula en donde la búsqueda del perdón será el imperativo para un traidor que en frente de si, solo tiene recuerdos de su doloroso crimen, y que nos llevará a preguntarnos, entre otras cosas, por el vínculo que une a la verdad con el perdón, cuando este se reconoce como el único camino para la resolución de un conflicto.  (Sebastián Gutiérrez).

Director: Mansour Sora Wade – Año: 2001 - Duración: 1 h. 30 min.

Calle 50 No. 78A-89  –Teléfono 2343641


TÍTULO: UN PAIS EN AFRICA

DIRECTOR:  JOHN BOORMAN

GUIÓN: ANTJIE KROG

PAISES: SUDAFRICA, IRLANDA, REINO UNIDO.

AÑO: 2004

DURACIÓN: 100 min.                  

 

Corre el año de 1994 y Sudáfrica se apresta a enfrentar un proceso histórico liderado por Nelson Mandela, primer presidente negro en la historia de ese país: el de la “Verdad y reconciliación nacional”, tras cerca de 150 años de discriminación racial con toda la violencia que esa política generó. Ante tribunales establecidos en todo el país, desfilan víctimas y victimarios. Se otorgará amnistía a quienes, a pesar de haber cometido crímenes,   demuestren que fueron movidos por razones estrictamente políticas, previa confesión de sus actos violentos. La película se basa en la novela de la escritora sudafricana Antjie Krog y a pesar de que es susceptible de varios reparos, por ejemplo, el romance entre los periodistas tiene pocos visos de verosimilitud, a las escenas en los tribunales les falta fuerza, en general, la cinta carece de profundidad, nos permite reflexionar sobre el perdón, tema alrededor del cual gira nuestro actual ciclo.

Las víctimas acuden buscando la verdad, pero también una razón, el “por qué” de sus actos;  el ser humano necesita saber qué mueve al otro para actuar contra él, no importa que el hecho parezca baladí, como el hombre que pregunta a su agresor, por qué destruyó aquellos tres árboles que él había cuidado por años. El esposo de Anne necesita saber  toda la verdad, sus razones. Todos llevan una herida en lo profundo de su ser, y sólo buscan entender para tratar de perdonar. Hay un concepto en la cultura negra africana que nos ayuda a entender su posición: “ubuntu”; significa que cuando alguien hace daño a una persona, lo hace a todos, inclusive, a él mismo; igual cuando hace el bien.

Nos preguntamos ¿es posible perdonar cuando el agresor no reconoce su culpa? porque todos los autores de muertes o agresiones que desfilaban por los tribunales, diluían su responsabilidad trasladándola a sus superiores: actué como me ordenaron… lo hice por mi patria y deberían considerarme un héroe… lo hice por mi familia, por ti …le dice el hermano a Anne. ¿Un perdón otorgado en estas condiciones,  logrará una transformación de los individuos y por ende, de la sociedad? En nuestro país tenemos frustrantes experiencias de impunidad y los resultados son totalmente negativos. Sin embargo, hay quienes se preguntan si para llegar a una reconciliación definitiva, será necesario aceptar algo de impunidad.

De las anteriores consideraciones, se desprende otra: ¿existe una culpa colectiva? Todos los ciudadanos de Sudáfrica convivían bajo las odiosas leyes segregacionistas y la población blanca  las  aceptaba como “naturales”. ¿Recaería sobre ellos parte de la culpa? y adicionalmente, ¿cómo lograr la sensibilización de una población que durante años no comprendió lo aberrante del sistema? la población negra, ¿cómo asumió aquella situación?  Vimos que algunos hicieron justicia por mano propia, pero quizás la inmensa mayoría la aceptó con resignación, como un “destino manifiesto”. Sería interesante conocer qué transformaciones reales se han dado en el interior de esta sociedad, ocho años después de esa experiencia.

Volviendo la vista hacia nuestro país, hay que aceptar que cada sociedad debe buscar su propio camino hacia la paz y la reconciliación; no es posible trasladar modelos experimentados en otras culturas. Y es necesario asumir una posición crítica a partir de cada individuo, en cada familia, desde la infancia.  Aquí cabe además recordar la función social del intelectual señalada por Estanislao Zuleta.

Al margen del tema del perdón que nos concitaba para ver esta película, hay otros aspectos en ella para señalar: la música como catarsis en los momentos difíciles evita una confrontación; los nativos entonan sus cantos cuando las tensiones amenazan con desatarse.  También nos permite pensar la importancia de los medios de comunicación en una sociedad: la señal de radio emitida desde los tribunales llega a lejanos sitios, ejerciendo un efecto de unión y de solidaridad entre las gentes negras. Sin embargo, no escapan a cierto amarillismo; recordemos cuando la jefe de Anne la felicita por que sus lágrimas fueron muy oportunas para acentuar el drama de las víctimas. Y qué decir de la independencia, sin la cual no puede haber compromiso con la verdad.

BEATRIZ FLOREZ

Corporación Cultural ESTANISLAO ZULETA

Ciclo: “El perdón, ¡humm! casi siempre tan difícil”

 Sábado 21 de julio de 2012, Hora: 5:00 pm.

UN PAÍS EN ÁFRICA

UnPaisEnAfrica

Langston Whitfield (Samuel L. Jackson) es un periodista del Washington Post. Su redactor jefe le envía a Sudáfrica a cubrir las audiencias de la "Comisión para la verdad y la reconciliación", en la que los asesinos y torturadores de la época del Apartheid son invitados a comparecer ante sus víctimas. Si dicen toda la verdad y se declaran arrepentidos, podrían obtener la amnistía. ¿Es posible curar las profundas heridas del Apartheid por medio de la reconciliación? Langston no lo cree así. Anna Malan (Juliette Binoche) es una poeta que cubre las sesiones de la comisión para la radio. Como sudafricana de raza blanca, el testimonio de los horrores y aberraciones cometidos por sus compatriotas la deja profundamente trastornada. Anna y Langston deben interrogarse sobre su propia identidad. ¿Cuál es el lugar de cada uno? ¿Hasta qué punto son responsables de lo que otros hacen en nombre de sus respectivos países?  (labutaca.net)

Director: John Boorman – Año: 2004 - Duración: 1 h. 44 min.

Calle 50 No. 78A-89  –Teléfono 2343641


Ciclo: “El perdón, ¡humm! casi siempre tan difícil”

 Sábado 7 de julio de 2012, Hora: 5:00 pm.

LA MUERTE Y LA DONCELLA

lamuerteyladoncella frontal

¿Y si pasados muchos años se tuviera la oportunidad de encarar al agresor?, ¿precipitarle a un abismo? De la mano de un director que seguramente mucho tiene para decirnos del perdón, nos aproximamos a una historia atravesada por un conflicto que no nos es para nada ajeno como latinoamericanos, y que nos llevará a cuestionarnos acerca de la importancia de la verdad y el reconocimiento del otro, en el momento en que se intenta afrontar las problemáticas que se generan cuando se hace del poder una ocasión para vulnerar al otro, siempre de carne y hueso.. (Sebastián Gutiérrez)

Director: Roman Polanski – Año: 1994 - Duración: 1 h. 43 min.

Calle 50 No. 78A-89  –Teléfono 2343641


Ciclo: “El perdón, ¡humm! casi siempre tan difícil”

 Sábado 28 de julio de 2012, Hora: 5:00 pm.

UNA HISTORIA VERDADERA

UnaHistoriaVerdadera

Alvin Straight es un viudo de 73 años que vive en Iowa con una hija discapacitada. Está lleno de achaques: además de sufrir un enfisema y pérdida de visión, tiene problemas de cadera que casi le impiden permanecer de pie. Cuando recibe la noticia de que su hermano Lyle, con el que está enemistado desde hace diez años, ha sufrido un infarto, a pesar de su precario estado de salud, decide ir a verlo a Wisconsin. Para ello tiene que recorrer unos 500 kilómetros, y lo hace en el único medio de transporte del que dispone: una máquina cortacésped. (FILMAFFINITY)

Director: David Lynch – Año: 1999 - Duración: 1 h. 51 min.

Calle 50 No. 78A-89  –Teléfono 2343641


CINE EN CONVERSACIÓN

Sesión del 7 de julio del 2012

TÍTULO: LA MUERTE Y LA DONCELLA

DIRECTOR:  ROMAN POLANSKI

GUIÓN: ARIEL DORFMAN Y RAFAEL YGLESIAS

PAÍS: INGLATERRA

AÑO: 1994

DURACIÓN: 103 min.                  

En un país no determinado de Latinoamérica, viven Paulina y Gerardo, su esposo; ella es una mujer que sobrevivió a las torturas de una dictadura ya superada; en ese entonces, Gerardo Escobar era un dirigente estudiantil y editor de una publicación clandestina.  Ella soportó el dolor sin delatar a su novio como lo pretendían los torturadores. Ahora vive con su compañero de luchas, en una casa aislada de todo, junto al acantilado. Escobar, ahora juez de la república, ha sido nombrado en una comisión para investigar las  muertes ocurridas durante el antiguo régimen. El azar propicia que Roberto Miranda, médico encargado de mantener con vida las víctimas hasta que confesaran y quien a su vez las sometía a los peores vejámenes, llegue una noche a la casa del acantilado. Ella reconoce su voz y decide hacerle confesar, en un remedo de juicio, buscando que la verdad emerja y así quizás su alma recupere la paz que ha perdido. Esta es la historia, basada en una obra de teatro del escritor chileno Ariel Dorfman, que abrió nuestro nuevo ciclo “El perdón, ¡humm! casi siempre tan difícil…”.

Y realmente, el perdón es un concepto cuya complejidad se evidencia desde el mismo intento de definirlo. Así se comprobó durante la conversación posterior a la película. ¿Qué es perdonar? ¿Perdonar significa olvidar? Evidentemente no. ¿Qué se necesita para perdonar?  ¿Se opera alguna transformación interior en quien pide el perdón y en quien lo otorga? En un país en donde esa palabra se ha invocado tantas veces y prostituido otras tantas en simulados procesos de verdad, justicia y  reparación, escucharla nos provoca una sonrisa amarga.

Una asistente, quien ha trabajado con víctimas del  conflicto armado en nuestro país, aportaba algunas consideraciones: “toda víctima exige ser protagonista y eso sólo se consigue al obtener la verdad de boca de su victimario;  no busca sólo recordar. La sanación del dolor se obtiene al oír nombrada esa memoria”.

¿Pero cuál es la lógica de articulación para situarnos en el lugar del otro; de quien pide perdón, de quien lo otorga?  Un texto escrito por un exmilitante etarra, ahora en prisión, hace menos de un mes (24 de junio del 2012) y en el cual pide perdón a todas las víctimas que directa o indirectamente hubiera provocado su accionar, pero en el cual hace también una profunda reflexión sobre el perdón, nos arroja nuevos elementos para esta construcción de sentido del perdón; dice así en alguno de sus apartes: “Para llegar al perdón, es imprescindible ir más allá de los discursos políticos de distinto signo, sin por ello ignorarlos, y tratar de situar esta reflexión en un ámbito ante todo ético, y si se quiere, metapolítico, de manera que pueda servir para racionalizar el debate, dotarlo de un rigor ético y articular un camino de reconciliación y memoria que transite por la senda de la justicia y del perdón pedido y otorgado”.

Paulina parece entregarnos una primera respuesta: la verdad debe preceder al perdón, es condición necesaria. “Quiero la verdad, eso es lo único que quiero” le dice a su esposo. Necesita que su antiguo torturador le mire a la cara y confiese.  Pero, ¿aflorará siempre el perdón en presencia de la verdad?  ¿Perdonó Paulina?  Probablemente no, pero al encontrar la verdad pudo desarmar su espíritu y eso es claro: no fue capaz de matarlo.  Sin embargo, al escuchar la confesión de labios del doctor Miranda, quizás haya conseguido liberarse de ese pasado que la tenía atrapada sumiéndola en una permanente angustia. Ahora podrá seguir el consejo de su marido: “deja que el pasado se convierta en pasado; lo asumiremos y seguiremos adelante”.  Tal vez ese sea el primer fruto del perdón: deshacernos de esa soga asfixiante que nos ata al pasado y que no nos deja vivir el presente.  En el perdón hay una construcción de verdad entre dos personas, por eso, el perdón tiene que ser individual y no colectivo.  De ahí en adelante, se inicia una cotidianidad sanada.

Se percibe en la protagonista la ira acumulada durante años, ira que parece desbordarla por momentos; ahora es ella quien tiene el poder y por lo tanto, el control sobre su antiguo victimario;  eso podría llevarla a convertir el momento, simplemente, en un acto de venganza. Pero, en lo más íntimo de su ser, está convencida de que dar rienda suelta a ese sentimiento, no la redimirá del dolor con que cargado todos esos años: “ninguna venganza podrá satisfacerme” había dicho a su marido.  En la escena del baño, cuando ayuda al doctor Miranda, lo está sometiendo a una humillación similar a la que él le infringió en el pasado; sin embargo, no cede totalmente a esa pulsión que la colocaría en el mismo plano moral del torturador.  Trascendiendo la ira contenida durante años por los personajes, la confesión logra el efecto de un bálsamo en aquellos espíritus. Como si verdad e ira no pudieran coexistir. Entendemos además que esos personajes habían cohabitado por años con la mentira: Paulina había ocultado a su esposo parte de la verdad vivida como prisionera del régimen; Gerardo ocultaba el fugaz romance vivido mientras ella permanecía detenida;  El doctor Miranda vivía con un nuevo ropaje que ocultaba ese pasado ignominioso.

¿Y qué pasa con la Ley, que debería garantizar la justicia para redondear ese tortuoso proceso de verdad y perdón?  Desafortunadamente, la experiencia nos ha enseñado que Ley no significa necesariamente justicia. Aquella permanece ahí inmóvil, con los ojos vendados, quizás por eso no se percata de las manipulaciones a que es sometida con tanta frecuencia.

Imposible no volver la vista a nuestro país; un asistente nos recordaba las palabras de Zuleta: “somos un país maduro para el conflicto e inmaduro para la paz”. ¿Será por eso que hemos fracasado en los abortados procesos de reconciliación? Hemos buscado eliminar al otro, no al conflicto.

Volviendo ya nuestra mirada hacia la construcción de la película, hay muchas cosas para resaltar.

La virtud que siempre ha mostrado Polanski para la creación de atmósferas asfixiantes; Sentimos casi en carne propia, la tensión que se genera entre esos tres personajes encerrados en un pequeño espacio. Cómo dota de significación los objetos: ese pollo cortado casi con violencia por Paulina deja entrever la ira permanente que la habita. El faro que se enciende y se apaga como metáfora de la verdad que, durante el improvisado juicio a que es sometido el doctor Miranda, parece brillar por momentos, para luego desvanecerse por las dudas que nos suscita. Particularmente, las olas que violentamente se rompen contra el acantilado, nos hacen pensar en las turbulencias por las que atraviesan aquellos personajes en ese momento. De máxima tensión, la escena en que el médico, de rodillas frente al mar, ha confesado y la muerte, como velada amenaza, parece pender sobre su cabeza.

Tampoco pueden pasarse por alto las magníficas actuaciones de Sigourney Weaver en el papel de Paulina y de Ben Kingsley como el doctor Miranda. Tanto ella, con una actuación dramática pero sobria, como él, con una frialdad que produce escalofrío, nos entregan unos personajes totalmente verosímiles en su complejidad.

Finalmente, el bello cuarteto de Schubert que da nombre a la película y que la acompaña permanente, se constituye en importante elemento como telón de fondo de los acontecimientos.

BEATRIZ FLÓREZ

CORPORACIÓN CULTURAL ESTANISLAO ZULETA.

Julio 7  - La muerte y la doncella – Roman Polanski - 1994.

lamuerteyladoncella frontal

 

Junio 14  - El precio del perdón - Mansour Sora Wade - 2001.

le prix du pardon

 

Julio 21  - Un país en África - John Boorman - 2004

UnPaisEnAfrica

 

Julio 28  - Una historia verdadera - David Lynch - 1999.

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