Ciclo “Michael Haneke: La progresiva glaciación emocional”

Michael Haneke: La progresiva glaciación emocional

"No odio en modo alguno el cine comercial. Es perfectamente lícito. Hay mucha gente que necesita evadirse porque quizás atraviesen situaciones personales difíciles. Pero eso no tiene nada que ver con una manifestación artística. Una manifestación artística está obligada a confrontarte con la realidad".

Michael Haneke.

Programación:

septimo-continente

Abril 13

El séptimo continente

Michael Haneke - 1989

Memoria de la sesión

video-benny

Abril 20

El video de Benny

Michael Haneke - 1992

Memoria de la sesión

71-Fragmentos

Abril 27

71 fragmentos de una cronología del azar

Michael Haneke - 1994

Memoria de la sesión

el castillo

Mayo 4

El castillo

Michael Haneke - 1997

Memoria de la sesión

 

 

 

 

 

 

 

Cine en conversación, sesión de mayo 4 de 2013

 

CICLO: MICHAEL HANEKE, LA PROGRESIVA GLACIACIÓN EMOCIONAL.

DIRECTOR: MICHAEL HANEKE.

AÑO: 1997

PAÍS: AUSTRIA.

DURACIÓN: 123 min.

Un pueblo frío, oscuro, perdido, desconocido, en el que casi podría decirse que el tiempo no existe. A él llega el señor K y se dirige a una taberna. En su interior también la atmósfera es enrarecida, asfixiante, enfermiza, como si el aire y las personas mismas estuviesen contaminados o anestesiados por algún tipo de virus invisible que no se halla sólo en los cuerpos, sino también en las almas. K ha llegado al pueblo para cumplir una tarea de agrimensura encomendada por EL castillo. Está cansado, sólo quiere dormir; sin embargo el hijo del alcalde lo despierta pues cree que K es un impostor, más una llamada inesperada le anuncia al desconfiado que efectivamente se trata de un agrimensor. En ese momento K sonríe antes de continuar con su plácido sueño; no obstante, su despertar estará muy alejado de un cuento de hadas. K, un extranjero, se pasará el tiempo tratando de ser reconocido por las autoridades e infructuosamente tratará de acercarse un poco a esa fortaleza que nunca vemos ¿Acaso él puede siquiera atisbar a lo lejos una vaga forma del castillo? Incluso quienes pueden ayudarlo y contactarlo con las autoridades no son de fiar: dos torpes ayudantes gemelos, Barnabás, el mensajero que todavía no lo es, y Frieda, una amante insegura quien pone en duda el encuentro con Klamm. ¿Y quién es Klamm? ¿Lo sabemos, lo sabe K? Klamm es una autoridad más, inaccesible como las otras, casi un concepto que duerme al otro lado de una puerta y al cual no se puede molestar. Por eso K termina también durmiendo sobre los pies del grueso Erlanguer, quien le explica el funcionamiento del sistema mientras el agrimensor es vencido por el cansancio, por lo que hasta el momento se le escapa y no ha logrado comprender. De ahí ese final incierto, el del libro y la película, cortante, el cual deja al protagonista caminando contra el viento y el frío, no ya por una escena, sino por toda la eternidad.

 

Cierta dificultad en principio surgió para hablar de El castillo, la película, pues es innegable su fidelidad al texto original. Por eso no es gratuita la pregunta sobre en qué medida se la puede tomar como una unidad independiente, ya que la intención de Haneke es abiertamente la de respetar en la medida de lo posible la forma de la novela de Kafka, por lo cual este filme recuerda a un libro ilustrado que muestra en imagen lo que el texto narra en palabras. Sin embargo no se debe subestimar el resultado, ya que no se trata de un autor cualquiera, sino de Kafka. ¿Cómo hacer una imagen sobre un texto de semejante escritor? En la forma, Haneke utiliza ciertos recursos más o menos pertinentes y acertados: el fundido a negro para generar la idea de lo inconexo, las atmósferas nevadas, oscuras y frías, el uso de un narrador que cuente lo que sucede, la selección de los actores, entre otros. En cambio, de lado del contenido la separación entre la novela y la película es prácticamente imposible, pues se trata de problemas kafkianos que se apropia el director para trabajarlos. En principio está la situación de K, un extranjero, un hombre que tiene sólo en su profesión la identidad que los demás reconocerán, un extraño y un extrañado frente a las circunstancias, sumido y consumido por un mundo fraccionado, vago, asfixiante, en el cual el tiempo parece compararse sólo con la figura del hielo eterno, de un presente congelado del que nadie puede escapar; de ahí la inevitable ruta hacia la glaciación de las emociones de todos los personajes; mundo, espacio y tiempo dominados por una autoridad invisible, inaccesible, que para tramitar las relaciones de los súbditos con el poder sólo ofrece el camino de la burocracia; que reprime, antes que con la fuerza, con la mentalidad y la resignación de los habitantes a ese sistema naturalizado. En definitiva, asistimos en imágenes a la representación de lo que es un absurdo. Absurdo que al fin y al cabo no es tan lejano y devora a quienes se atrevan a cuestionarlo. Por eso la constante intranquilidad de K, porque aún hay algo que no se satisface, pues necesita reconocimiento, así aún no haya entendido el sistema de relaciones que lo gobierna. Queda por lo tanto la pregunta de si es posible darle a lo humano un trámite burocrático que no diluya la identidad en la figura de una profesión.

 

Finalmente el cierre de la película es a la vez kafkiano y “hanekiano”: todo interrumpido, todo vago, pero dejándole al espectador la idea de que algo esencial quedó flotando allí; como la robusta y calva figura de Burgel recostado en su cama, enunciando una verdad que nos hace dormir, o la puerta, nunca abierta, que conducía hasta la desconocida figura de Klamm: está ahí para nosotros, pero quizás, y al igual que en el relato Ante la ley, preferimos esperar para que otro la abra y resuelva su confusa significación. Y cómo de alguna manera se enuncia en la película, hasta aquí pudo llegar este escrito.

 

Eduardo Cano

Corporación Cultural ESTANISLAO ZULETA

 

Cine en conversación, sesión de abril 20 de 2013

 

CICLO: MICHAEL HANEKE, LA PROGRESIVA GLACIACIÓN EMOCIONAL.

DIRECTOR: MICHAEL HANEKE.

AÑO: 1992

PAÍS: AUSTRIA.

DURACIÓN: 105 min.

 

 

Benny es un chico de 14 años, hijo de un matrimonio tradicional, acomodado; estudia en un colegio de buena reputación y si bien no es muy brillante, al menos tiene el talento para entonar con gracia las cantatas de Bach. ¿No parece incluso su nombre tierno e inofensivo? Los padres de Benny se preocupan por él, a la manera de pequeños burgueses que no tienen tiempo suficiente, y para demostrarle un poco de cariño a su hijo, lo dotan de un equipo de video para que “pase el tiempo”. El chico se hace asiduo visitante de un videoclub, renta películas de terror y graba todo cuanto le interesa; en su habitación, cerrada a la luz del sol, aparecen instaladas pantallas en una de las cuales se nos muestra en tiempo real lo que sucede afuera del edificio en el que vive. En definitiva y hasta aquí Benny podría ser aquel chico, vecino nuestro, que llamamos “normal”, joven promedio, hijo de padres normales, que estudia en un colegio normal, que gasta sus horas de tedio en lo que cualesquiera creería es lo normal. ¿Pero entonces por qué este joven, frente a las mismas cámaras instaladas en su habitación, termina asesinando y grabando, a esa adolescente desconocida que conoció en el video club y llevó hasta su casa, aprovechando la ausencia de sus padres, con la misma arma que se utiliza en una granja para matar a los cerdos? La pobre joven muere como el puerco indefenso que vio en un video de su victimario, en tanto éste, indolente, sigue su rutina. Y serán los padres del adolescente, esos extraños, quienes secundarán el crimen. En tanto el padre limpia la casa de cualquier huella, la madre se lleva a Benny de vacaciones a Egipto. Sin embargo, al retomar de nuevo la antigua monotonía familiar, ninguno de los padres sospecharía que sería el, su propio hijo, quien los delataría.

 

 

Asistimos a una película que se nos presenta en múltiples pantallas, en la cual vemos la realidad mediada por una, dos, tres y más cámaras dentro de la cámara principal. Este efecto produce un juego inquietante del mostrar y el no mostrar, de ver y no ver. El homicidio de la joven lo presenciamos observando una pantalla; sin embargo el sonido, los gritos, los disparos los escuchamos como si estuviésemos dentro de la habitación. De ahí que las escenas más crudas se filtren y sean casi más soportables gracias a este recurso de introducir otra pantalla. Igualmente, la presencia de las diferentes formas en que se nos suele mostrar algo, televisión, película, grabación de video casero, etc., recuerda la relación particular que en este tiempo se ha entablado entre los medios y el espectador. Quizás por eso la película hace una crítica directa a esos medios masivos de comunicación y a la manera en que los utilizamos; de ahí que a pesar que Benny cae en el usual zapping, pasando entre desfiles de moda, persecuciones y noticias, podría enunciarse también que allí no pasaba nada.

 

Nada. Esa es la significación que termina resaltando en la actitud de Benny. Asesinó a la chica por nada, porque sí, la grabación de la entrada de su casa no mostraba en el fondo nada, su relación con sus padres no conducía a nada. Similar a lo que con la matrioska de la joven, que luego de destapar muñeca tras muñeca, sólo queda el vacío, en la actitud de Benny el desconcierto surge de la ingratitud y la indolencia, de la sangre fía y la falta de compasión de un ser que se descubre como un adolescente sin ley, sin rumbo, asumiendo indiferente su canallada, quien incapaz de dar cuenta de sus actos sólo le queda como respuesta un cínico porque sí. ¿Cómo es que se llega a configurar un ser de este tipo, el cual no es extraordinario sino que por el contrario tiende a volverse repetitivo en la sociedad? ¿De dónde viene eso que sería denominado en muchos casos como el monstruo del mal? Las dos figuras que representan los padres del protagonista no están exentas de responsabilidad, pues el encubrimiento no fue un acto aislado más, ellos mismos contribuyeron en la formación de su hijo. ¿Qué educación le dieron? ¿Acaso fue suficiente brindarle materialmente lo mejor? Esa tendencia, no sólo en ellos sino tan propia en nuestro tiempo, de liberar a ese otro, hijo, adolescente, de su primera responsabilidad en la vida: “hacer frente a las consecuencias de un acto”, llega hasta el extremo de que ambos padres quieren restarle culpa a Benny simulando, en otra ficción, que no ha ocurrido nada. Pero entonces ¿Por qué el joven termina delatando a sus padres? ¿Lo tenía todo planeado de antemano y por eso los grabó en tanto planeaban partir a trozos el cuerpo de la chica o acaso fue un capricho más para saber qué iba a pasar?

 

 

Esta película de Haneke, cruda, difícil, profunda, difícilmente ¿bella?, que radiografía la lógica absurda que se percibe en una época donde el mayor acontecimiento de la vida, la muerte, pierde toda posible significación, nos obliga a reflexionar los valores sobre los que estamos soportando nuestra muy frágil humanidad. Y ¿Qué es lo real? ¿Acaso todo lo real, ya sea visto por una pantalla o directamente, tiende a banalizarse? Entonces recordamos el artefacto para matar cerdos que trae la realidad absoluta e implacable de la muerte; sin embargo sólo si la muerte está cargada de la significación que otro ser nos ha transmitido es que toma importancia y no deja de ser una anécdota, una imagen reiterada del zapping, una proyección más en la pantalla de un chico que nos mira, acaso sin sonreír, sin inmutarse, sin pensar en efectos y consecuencias, pues en el fondo, ese chico solitario que tiene el control lo único que ha aprendido en la vida es que “no le importa nada”.

 

 

Eduardo Cano

 

Corporación Cultural ESTANISLAO ZULETA.

 

 

 

Ciclo: “Michael Haneke: La progresiva glaciación emocional ”

Sábado 20 de abril de 2013, Hora: 5:00 pm.

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“El vídeo de Benny” es el ecuador de la llamada “Trilogía de la glaciación emocional”, precedida por “El séptimo continente” y cerrada con “71 fragmentos de una cronología del azar”. En ella observamos los devaneos de Ben, un chico de 14 años de familia acomodada que posee una cámara de vídeo, un adolescente que se nos presenta tan normal como otro cualquiera. Pero Haneke siempre tiene un ojo puesto en el espectador, al que no dejará de ninguna manera sentado tranquilo en su butaca.

 

 

 

Director: Michael Haneke – Año: 1993 - Durac: 1 h. 45 min.

 

Calle 50 No. 78A-89 –Teléfono 4443584

 

Cine en conversación, sesión de abril 27 de 2013

 

CICLO: MICHAEL HANEKE, LA PROGRESIVA GLACIACIÓN EMOCIONAL.

DIRECTOR: MICHAEL HANEKE.

AÑO: 1994

PAÍS: AUSTRIA.

DURACIÓN: 95 min.

 

 

Nuevamente, un hecho real acaecido en el invierno de 1993 y reproducido en los medios de comunicación, da pie a esta historia construida por Haneke y que conserva su sello muy personal. La película se inicia con la noticia emitida por un canal de televisión (siempre la televisión), sobre un joven estudiante, quien sin motivo aparente, entra en un banco pistola en mano, y da muerte a varios de los clientes que hacían fila frente a sus taquillas para luego, retornar a su vehículo y darse un tiro muriendo instantáneamente.

 

 

El título no es gratuito: la película nos lleva a través de 71 secuencias en donde va desfilando, sin relación aparente, el día a día de una serie de personajes diversos y a quienes el azar quizás reúna en algún momento, o separe para siempre. Como constante telón de fondo, la televisión que informa sobre diferentes tragedias que azotan el mundo: guerras, genocidios, miles de gentes que abandonan sus aldeas huyendo de las balas. Luego volvemos a la realidad y la cámara enfoca a un niño en arriesgado viaje, desde su natal Rumania y que finaliza cuando entra ilegalmente en Austria, escondido en un camión, engrosando así el número de inmigrantes que deambulan por las calles de las ciudades del primer mundo, entre las miradas de rechazo o desconfianza de los ciudadanos.

 

 

Historias que parecieran lanzadas como al azar, pero cuya conexión sólo se evidencia al final y en donde, como en el juego japonés del mikado, lo sucedido a un individuo transmite su efecto a otros seres alrededor; trozos de vidas que sirven a Haneke para denunciar nuevamente los profundos problemas que enfrenta el sujeto en una sociedad deshumanizada, sumergida en la incomunicación y la soledad, miedos, rabia, frustración; la opresión hasta en actividades supuestamente lúdicas como el deporte: recordemos esa larguísima secuencia del joven que entrena ping-pong contra una máquina, convirtiéndose él mismo en su igual y luego recibe una reprimenda de su entrenador por no lograr la perfección en sus movimientos.

 

 

Parejas que inician sus días en idénticas rutinas, muchas veces signadas por el temor ante un futuro incierto al que tratan de exorcizar mediante una plegaria: “¡Oh Dios, te pido que mi hija tenga salud y larga vida, que yo no me enferme…” ruega el hombre atemorizado por la enfermedad de su hija y por la infelicidad que adivina en su mujer; Parejas sentadas frente a frente en una mesa, que consumen alimentos como en una actividad mecánica, sin que sus labios se abran para una palabra, y a veces, cuando esa palabra surge, asusta por lo inusual, como cuando el marido emite un “te amo” a su esposa y ésta reacciona fastidiada; ¿Acaso se ha vuelto tan insólito el que un ser humano exprese sus sentimientos? ¿Hay miedo de que éstos afloren? Pero de otra parte, actos que parecen inspirados en la solidaridad, en el amor, ¿serán una falsa ilusión? Eso parece sugerir Haneke en el caso de aquella pareja que, ante la dificultad para ganar la aceptación de la chiquilla adoptada, decide cambiarla por el niño que han visto en la televisión, como se iría a la sección de cambios de una gran tienda para devolver el objeto que no ofrece los resultados anunciados por el vendedor.

 

 

Y otra vez la soledad en la que languidecen algunas vidas; en este caso, asistimos al difícil, angustioso diálogo telefónico de un anciano con su hija; la comunicación parece de antemano destinada al fracaso; reproches van y vienen, sólo la intervención de la nieta, introduce un elemento de ternura; “¿Acaso debo disculparme por existir?” es su grito doloroso, y la sentencia final, “¡También a ti te tocará” (ser vieja, obvio)! cierra ese imposible diálogo de un hombre que, en el ocaso de su vida, ha sido confinado a una despiadada soledad.

 

 

Haneke, un encarnizado crítico de los medios de comunicación y quien alguna vez sentenció “Nosotros no percibimos la realidad, sino la representación televisiva de la misma” insiste en su omnipresencia en la vida de los individuos; la televisión nos ofrece un interminable desfile de tragedias y horrores que produce a cada día la sociedad. Son muchas las preguntas que suscita este tema: ¿Tendríamos que aprender a leer las noticias, así como hay que aprender a leer un libro, para no quedarnos en la superficie? Tomar una actitud crítica, no la pasiva de un simple receptor de información; analizar quién produce la noticia y las causas que subyacen en los hechos. Luchar porque el contacto diario con la tragedia de unos seres que para nosotros son desconocidos, no nos conduzca a la insensibilidad y a la indiferencia; generalmente, esa violencia que oímos relatada sólo parece sacudirnos cuando nos toca en alguna forma.

 

 

Como siempre, el director no pretende emitir juicios ni plantear soluciones. Ya lo ha manifestado en múltiples ocasiones, sólo busca plantear preguntas, suscitar inquietudes, sacudirnos del marasmo en que nos sumergimos, sin darnos por enterados de la opresión a la que nos somete un sistema que multiplica controles impersonales y restrictivos. La duración de las secuencias no es caprichosa; responde a la intencionalidad de imprimir un especial énfasis al segmento; El austríaco no abandona los recursos artísticos ya utilizados en sus anteriores películas: cierres fundidos entre secuencia y secuencia, música diegética, ambientes cerrados. Todos ellos contribuyen a la creación de esas atmósferas asfixiantes que caracterizan sus obras.

 

 

 

BEATRIZ FLÓREZ

 

Corporación Cultural ESTANISLAO ZULETA.

 

Ciclo: “Michael Haneke: La progresiva glaciación emocional”

Sábado 27 de abril de 2013, Hora: 5:00 pm.

71 FRAGMENTOS DE UNA CRONOLOGÍA DEL AZAR.

71-Fragmentos

 

Culminamos con esta película la trilogía “La progresiva glaciación emocional”, llamada así por su creador, que hace parte del ciclo sobre la obra de este gran artista austriaco, de mirada afilada, fuerte convicción e inmenso tacto, que durante todo este mes hemos venido enfrentando con valentía, horror y fascinación, como se enfrentan los puñetazos certeros.

 

De nuevo es necesario ajustarse bien a la silla, no perderse un solo detalle y hacerse a la cautela que se debe a los maestros, para poder encarar la rigurosidad con que el director recompone cronológicamente una situación en torno a un hecho histórico “realmente” lamentable.

 

Al igual que en las dos anteriores películas, las difíciles preguntas por la existencia y nuestra realidad, continúan vigentes.

 

Juan Sebastián Gutiérrez Gómez

 

 

Director: Michael Haneke – Año: 1994 - Durac: 1 h. 35 min.

 

Calle 50 No. 78A-89 –Teléfono 4443584

 

Ciclo: “Michael Haneke: La progresiva glaciación emocional ”

Sábado 13 de abril de 2013, Hora: 5:00 pm.

ElSeptimoContinenteWeb

 Y para comenzar nuestro ciclo sobre Haneke, empezaremos con un puñetazo, a la manera como Kafka, aquel gran escritor checo, sabía diferenciar un buen libro de otro cualquiera: ¿De qué se trata “vivir” realmente? ¿Qué es lo que da sentido a la existencia y nos permite continuar, a pesar de lo que en ella se nos presenta como contradictorio y hasta insoportable? ¿Es posible abandonar automáticas respuestas de validez social, para realmente como individuo plantearse estos interrogantes?

Una familia y su quehacer en una sociedad que funciona bajo el mismo sistema que la nuestra, serán el vehículo que chocará de frente contra nosotros para permitirnos ahondar en estas fundamentales y, por lo general, poco individualizadas cuestiones.

 Juan Sebastián Gutiérrez Gómez.

 Director: Michael Haneke – Año: 1989 - Durac: 1 h. 44 min.

 Calle 50 No. 78A-89 –Teléfono 4443584

 

Ciclo: “Michael Haneke: La progresiva glaciación emocional”

Sábado 4 de mayo de 2013, Hora: 5:00 pm.

el castillo

Si existe un personaje central en la obra tanto de Kafka como de Haneke es el tiempo y su circularidad. El cineasta se regodea visualmente tratando de captar atmosféricamente (la nieve, el viento, la niebla, el paso cansado de los personajes) lo que en el libro son los esfuerzos vanos y la espera baldía del agrimensor. Lo que capta es la monotonía de unos personajes que repiten causas perdidas y se pierden sin más en peripecias vanas y dramas sentimentales incongruentes. Pero, a cambio, nos ofrece un ejercicio dramático que sin traicionar a Kafka se acerca a lo mejor de Brecht y de Beckett.

Tomado de: http://reflectingspheres.blogspot.com/2011/05/k-de-kafka-y-k-de-haneke-el-castillo.html

  Director: Michael Haneke – Año: 1997 - Durac: 2 h. 3 min.

Calle 50 No. 78A-89 –Teléfono 4443584

 

Cine en conversación, sesión de abril 13 de 2013

 

CICLO: MICHAEL HANEKE, LA PROGRESIVA GLACIACIÓN EMOCIONAL.

DIRECTOR: MICHAEL HANEKE.

AÑO: 1989.

PAÍS: AUSTRIA.

DURACIÓN: 103 min.

 

La cámara se cierra sobre un reloj despertador que marca las 6 a.m.; inmediatamente irrumpe la voz de un locutor que transmite las noticias con las que inicia el día; se oye el rumor de las sábanas que son recogidas y unos pies buscan un par de pantuflas rojas; algo se mueve al lado, es otro cuerpo que se despabila, se pone en pie y toma su bata de baño; se abren y cierran puertas; una figura de mujer (sólo vemos su espalda) entra en la habitación de una pequeña; se oye un “buenos días cariño, es hora de levantarse”; frente a la cámara desfilan una tetera, tostadas, objetos y más objetos cotidianos; un coche lleva en su interior a dos personas; una de ellas (aparentemente la misma mujer) desciende y presurosamente ingresa en un negocio de óptica; luego el coche se dirige al parqueadero de una gran empresa; desciende un hombre que se dirige su trabajo; la película se ha iniciado hace un buen rato y una sensación inquietante nos invade; hemos sido testigos de varios amaneceres en esa familia, con movimientos que se repiten de forma idéntica cada día, y aún no conocemos a los personajes, sólo unos pies que se desplazan; ¿acaso estos seres por quién sabe qué siniestra causa han perdido sus rostros? ¡Quizás no se trate de seres humanos! Es así como este director austríaco nos introduce en la cotidianidad de tres seres, una familia a quien seguramente cualquier persona envidiaría: él acaba de obtener un ascenso en su trabajo y con ello ha mejorado significativamente sus ingresos; ella ejerce como oftalmóloga y posee un negocio en compañía de su hermano; ha perdido a su madre recientemente y por esa vía, se hicieron a una buena herencia; la hija asiste al colegio y atiende sus obligaciones escolares; sólo un pequeño incidente preocupa por unos momentos a su madre: la pequeña ha fingido quedarse ciega en la escuela y la profesora la ha puesto al tanto de esa mentira. En una palabra, todo marcha bien en su hogar; “podría decirse que somos felices” escribe Anne, la madre, a sus suegros.

 

 

 

¿Por qué entonces esos dos adultos, que gozan de todo aquello que las sociedades de consumo ofrecen a quienes han logrado ascender en la escala social, toman la decisión de abandonar el mundo? Es la vacuidad que produce una “llenura de bienestar material”: dinero, electrodomésticos que supuestamente mejoran nuestra calidad de vida pero, paradójicamente, se confabulan para sumirnos en un insoportable tedio; la ausencia de dificultades, el sistemático orden que todo lo rige; todo eso sólo logra hacer de los hombres, simples réplicas de las máquinas que operan. Es la sistematización de todos nuestros actos que nos convierte en robots; una sistematización que Georg aplica a la destrucción de aquello que estaba destinado a construir su felicidad. Una destrucción que indica el extrañamiento en que se han colocado esos dos seres y que los lleva a no querer dejar huella tras de ellos, a desaparecer hasta su propia historia rompiendo en mil pedazos las fotos que dan cuenta de los años vividos, un pasado que parecen considerar irrelevante, sin trascendencia. La decisión de cortar toda relación con ese “afuera” se evidencia en el acto de descolgar el teléfono.

 

 

 

Y el hecho de que ella sea oftalmóloga, ¿será un símbolo que denota nuestra incapacidad de ver el mundo alienante que nos rodea? Película que también pone en cuestión el ideal de familia; no es la célula que llene siempre las aspiraciones del ser, que ofrezca un refugio seguro contra ese exterior agresivo e inhumano.

 

¿Eran realmente familia? ¿Existían vínculos entre ellos, y entre ellos y el exterior? ¿O eran tres seres solitarios, asfixiándose lentamente?

 

 

 

Igualmente queda al descubierto la incapacidad de un sistema social para llenar las necesidades que el individuo tiene como persona, más allá de un bienestar económico, porque ese bienestar depende también de cómo ese individuo perciba el mundo y cómo se disponga a habitarlo, a mirarlo, y cómo sea mirado él a su vez. Si sólo es una ficha en un engranaje productivo, el tedio, la insatisfacción, el malestar, emergerán. Un afuera observado sólo a través de la televisión, escuchado únicamente en los noticieros y un individuo cuya presencia sólo es evidente en las cámaras de seguridad. Agreguemos a esto, el ambiente laboral, en donde reina una puja por el poder y por escalar posiciones y en donde los viejos se convierten en seres incómodos. La escena repetitiva del lavado automático del vehículo parece sugerirnos un mundo aséptico e impecable en su apariencia exterior, pero que en su interior, huele mal.

 

 

 

Ante este retrato sombrío de nuestros tiempos, surge la pregunta, ¿pero está el hombre irremediablemente condenado a este vacío? ¿Acaso no goza de autonomía para dar sentido a su vida? Asumirse como víctima de un status quo y permanecer pasivamente en él, no es la alternativa. Pensamos aquí en el arte, vehículo que permite dar trámite a miedos, angustias, fantasmas pero también a esperanzas y alegrías; el arte que, bien sea en su creación o en su disfrute, recuerda al individuo su dimensión espiritual, en la que puede sentirse libre y escapar de un mundo alienante, reducido a la simple y sistemática adquisición de objetos en los cuales estaría garantizada la felicidad.

 

 

 

Finalmente, dediquemos unas líneas para destacar los recursos cinematográficos que emplea Haneke para producir en el espectador, ese clima inquietante, molesto, que nos invade a lo largo de toda la proyección: planos fijos repetidos, lentos, sin diálogos, que se detienen obsesivamente en los objetos, no en las personas; para el corte de secuencias se introducen espacios de algunos segundos en negro, que nos permiten reflexionar pero que también contribuyen a mantener el desasosiego que se ha apoderado de nosotros desde el inicio. A esto se suma la filmación en ambientes cerrados, asfixiantes y que parecen atrapar a los ocupantes de aquella casa. Definitivamente, como lo señalaron algunos asistentes, el cine de este director es un “puñetazo” dirigido al rostro de los espectadores, que busca destruir el aparente estado de satisfacción en el que nos sumergimos cotidianamente.

 

 

 

 

BEATRIZ FLÓREZ

 

Corporación Cultural ESTANISLAO ZULETA.