«Tomarse en serio la vida, el arte y el pensamiento es ya una manera de oponerse a la tendencia dominante de nuestra civilización »

— Estanislao Zuleta

Memoria del Seminario permanente sobre el amor y la muerte, Luis Antonio Restrepo: Robert Musil: “El Hombre Sin Atributos”

Capítulo 96: El gran escritor, visto de frente.

Responsable: Vincent Restrepo

Si bien antes vimos al gran escritor mientras él se hallaba de espaldas a nostoros, hoy Musil nos lo muestra mientras está de frente. Ciertamente ésta es una época que ha combinado el espíritu humano y sus manifestaciones más esenciales, con el grandilocuente y en todo caso ineludible imperio de la oferta y la demanda. Cualquier tipo de relaciones, desde las de orden amoroso hasta las de la lógica pura, puede ser reducido al limitado pero aparentemente eficiente lenguaje del mercado. Quienes logran un amplio dominio en este lenguaje y quieren a su vez articularse con las fuerzas más antiguas del ser, deben ligar su quehacer, o mejor, ponerlo en función de los grandes proyectos de la curiosamente escéptica actualidad; ésta cree firmemente en el poder determinante de la técnica, pero cuando se trata de explicar lo humano, acude a las ideas trascendentales, religiosas o en todo caso poco demostrables. Algunos aconsejan rodearse de los más poderosos y grandes personajes —entendiendo por grandeza aquello que logra un impacto inmediato, de poco corte crítico, que tiene lugar gracias a una buena propaganda, es decir, la grandeza como otro fruto más del mercado— para así no tener alguna contienda innecesaria con el orden establecido. Arnheim era uno de esos que tomaban y aplicaban este consejo hasta el punto de considerar que precisamente uno de los rasgos de “grandeza”, o valga decir “grandeza en este tiempo”, era el de ser alguien que no cuestionaba mucho aquellas lógicas que lo rodeaban y lo regían, siendo como aquel “gran jinete” que puede acomodarse al paso de cualquier rocín. Le parecía bastante anacrónico eso de aplicarse a la lucha incondicional en pro del deseo propio o de las convicciones más profundas de cada quien; ¿Por qué no mejor aplicar esfuerzos al movimiento acomodaticio con los tiempos presentes, que cambian frenéticamente de rumbo cual conductor perdido y precipitado? “Hay que acomodarse a los tiempos”, esa era una frase que gustaba de practicar, y en consonancia con ello levantaba su pluma y se disponía a unir algunas palabras que no impusieran un alto al paso de la sociedad ni que pusiera sorna sobre nada, sino que mostraran cómo su espíritu intuitivo disponía de “grandeza” suficiente para moverse rápidamente conciliando siempre con su presente. Rasgos así habían encontrado en Goethe y en Napoleón, y Arnheim se hallaba feliz de que tales caracterizaciones, en cierto modo, también lo aludieran.

El problema que dio orden al seminario se tituló “La crítica de nuestros tiempos”. Su expositor llamó la atención sobre aquella mirada gran angular que es una característica de la pluma de Musil que hemos notado ya en varias ocasiones. El encontrar perspectivas para examinar a esta figura del “gran escritor” que esta época promueve es lo que da riqueza a la hora de hacer un ataque en forma de crítica a aquello de lo que denostamos; pero es fundamental resaltar que todo hombre es hijo de su época, y ello conlleva una dimensión límite en tanto que no puede dar un salto ni físico ni intelectual fuera de ella. Es decir, nadie puede pensar ni actuar fuera del marco que su época le asigna, y tampoco puede hacerlo con elementos diferentes a los que esa misma época le provee; pero también hay una dimensión de la posibilidad en tanto que un hombre o mujer, hijos de su época, pueden crear otros valores, sentidos y significados que marcan caminos a la humanidad que aún no goza de existir.

Pero tampoco se trata de crear sentidos a mansalva ni cambiar los sistemas de valores cual si cambiáramos un caballo por otro. Todo agente transgresor ha de tener elementos de crítica que, al hacerse con ellos, no sólo le permiten pensar el orden imperante sino también aquel que funge como orden posible. Hete aquí que el tiempo no puede hacer de línea recta, congelada en dirección y eternizada en su magnitud, significado y sentido, sino que ha de abrir vías a una dialéctica efectiva entre lo pasado y lo futuro, lo que fue y lo que ha de ser.

Goethe y Napoleón son ejemplos de una distancia con su propio tiempo, pero aquí se nos abre un camino interesante para reflexionar: Como Arnheim, es fácil encontrar a aquellos que se han acomodado felizmente al “genial caballo de la actualidad”. Pululan quienes hacen de la escritura banalidad y del espíritu negocio; pero también podemos lanzarnos —con la certeza de que no será en vano— a la búsqueda de aquellos que, como Goethe, podríamos calificar de “adaptados-transgresores”, saliendo del impase lógico que hace contradictoria aquella unión de palabras. Estos adaptados-transgresores han aprehendido las lógicas de su tiempo y saben moverse con gran dinámica entre los sistemas de valores que se propagan, pero también encarnan aquella figura cuestionadora, indeseable para toda quietud, que corroe con su inconformidad y crítica. Su dimensión “adaptada” puede permitir alguna reprobación por parte de algunos revolucionarios, pero es gracias a que han entendido la forma en la que su época tramita los asuntos, que pueden sublevarse en contra de ella, sutil o ferozmente, enrareciendo las lógicas a las que les fue dado en suerte asistir.

Arnheim se nos muestra como el “Hombre con atributos”, aquel que ha acogido los valores de la época y ha logrado su realización con ellos, creyendo poder ser figura de grandeza al afirmar el orden del que hace parte. Pero aún nos queda un largo camino por las páginas escritas por Musil, quien bajo estas perspectivas propuestas por él mismo, no sería para nada un escritor de grandeza. Es nuestro deber como lectores perseverantes no desesperar ni concluir ante esta obra de tan difícil aprehensión.

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