«Tomarse en serio la vida, el arte y el pensamiento es ya una manera de oponerse a la tendencia dominante de nuestra civilización »

— Estanislao Zuleta

Memoria del Seminario permanente sobre el amor y la muerte, Luis Antonio Restrepo: Robert Musil: “El Hombre Sin Atributos”

Capítulo 98: Tartamudez, enfermedad que arruinó a un estado.

Responsable: Vincent Restrepo

Nadie escapa a esa imagen del tiempo como un tren que sólo tiene porvenir y olvida por completo el pasado. Un tren cuyos raíles dejados atrás se desvanecen. De igual forma puede parecerle a uno que ante tantos acontecimientos incesantes quizás algo esté ocurriendo verdaderamente. Aún cuando no esté pasando nada importante en el momento, hay que hacer “algo”, y en el caso de la alta esfera kakaniense, este “algo” se trataba de una exposición de jubileo en la que la policía ponía en las paredes del salón grandes artefactos mortales, ganzúas, fotografías de heroicos rescates en carreteras, cuchillos y armas correspondientes a las grandes leyendas criminales. Bonadea hizo su aparición entre la multitud en compañía de su marido; admirando el cuchillo del caso Moosbrugger como si fuese una joya de su abuela, tuvo la oportunidad –bastante anhelada- de conocer por fin a la gran directora de la Acción Paralela. En el trasfondo, en un pequeño estrado, el ministro terminaba su discurso: frases llenas de elogios a la acción policíaca que caracterizaba como una “fuente rejuvenecedora de la moral”, una entidad popular desbordante del altruismo, etcétera.

Los sucesos nimios no sólo eran centro de atención en Kakania: Inglaterra se veía atrapaba por la noticia de una pequeña casa de juguete con sus diferentes accesorios, regalada a la reina, y que a toda burguesía le urgía visitar. Sumando a estos “grandes acontecimientos” (que develan la tontería de la vida ante el tiempo más desenfrenado), se hablaba también del tratado de paz hecho entre dos majestades, garantizando las mejores condiciones económicas y sociales para todos, pero también garantizando líneas de acción en caso de que ello no ocurriese. El jefe supremo de Tuzzi había pronunciado algunas palabras que invocaban a la unidad y solidaridad de Kakania, Italia y Alemania, pero todo pasaba de largo pues una noticia de mayor importancia reclamaba la atención de todos: una famosa actriz sueca profería algunas opiniones sinceras sobre el hotel en el que había dormido la noche anterior.

Un sinfín de pequeñeces aquí y allá lograba configurar un día y éste, junto con otros, configuraba semanas. Nadie está exento a este frenesí de sucesos en todo lugar; inclusive hay quienes convocan reuniones, elaboran comunicados y se pasan largas horas de procesos burocráticos para concluir que no pasa nada que atañe a ellos. Son muchas las cosas que se pierden ante el atropello imponente del magnífico pero igualmente descomunal tren del tiempo: decisiones políticas que no consultan con el pasado, olvidando que hay una historia de los pueblos y comunidades que no concilian aunque políticamente estén cobijadas bajo el mismo país. Quien quiera imaginarse tal situación simplemente piense en un ciudadano de chaqueta roja-blanca-verde con un pantalón negro-amarillo. Ello nos arroja una pregunta sobre las nacionalidades: ¿se constituyen articuladamente? ¿Puede un ciudadano del imperio austro-húngaro reconocerse como tal, o se reconocería serbio, croata, etcétera? He ahí un juego de nacionalidades y estirpes, de cultura y de historia, que no se resuelve con la ilusión de juntar pueblos y presentarles, como si hubiese caído del cielo, la nueva identidad que habrán de tener.

Evidentemente el tiempo que nos ha sido dado en suerte vivir no consta de gran generosidad, máxime cuando tenemos mil y una forma de hacer de él cualquier tontería, dilapidando las posibilidades que ofrece. La pregunta “¿qué hacemos con nuestro tiempo?” ha sido reemplazada, al parecer, por esta otra: “¿cómo perdemos el tiempo?”. ¿Es acaso garantía de alguna realización para el individuo o para la comunidad el que el tren del tiempo le lleve rápido hacia cualquier lugar? Uno puede perfectamente no hacer nada haciendo de todo, inscribiéndose en cualquier tentativa de acontecimiento y esperando los frutos inconexos del empeño desperdigado por doquier.

Sea como fuere, la pregunta también ha de vincularnos y centrarnos para acometer la búsqueda de su respuesta: ante tantos eventos y sucesos… ¿pasa algo realmente?

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