Grupo de estudio: Lectura crítica y creativa de la obra de Estanislao Zuleta
Ciclo 2016: Cultura y democracia: Ideas para (re)construir tejido social

Fecha: 31 de octubre de 2016

Línea: Filosofía

Autora: Isabel Cristina Salazar Piedrahíta

Pensar y tejer la escritura de una síntesis provisional

La modernidad instaura para los seres humanos la idea de que es la razón el centro desde el cual irradiar todos los sentidos que se concretan en pensamiento y en acción. Lo cual, implica el nada despreciable reto de efectuar, varias veces, la mudanza de los fundamentos que nos orientan, por ejemplo, desde el más allá dibujado por un orden eterno, hacia el más acá prescrito por una vida terrena; desde los dominios absolutos figurados por una consciencia trascendental, hacía la morada provisional creada por el pensamiento; desde el sujeto unificado en la consciencia hacía el sujeto escindido cuya verdad reside en el lenguaje, es decir, su verdad proviene tanto de la consciencia como del inconsciente. En este sentido, la modernidad es esa crisis profunda de lo establecido, de lo dado, de lo más profundamente arraigado[1]. Cabe mencionar aquí que la noción de modernidad como crisis no alude exclusivamente a un periodo en el que emergen las condiciones que hacen posible esta experiencia en la historia occidental. Lo específico de ser modernos que ella indica es la posibilidad de que en cualquier momento de nuestro periplo vital se origine en cada uno de nosotros una crisis que conmueva y modifique nuestros vínculos con la tradición, adeudando a la razón y al pensar gran parte de la manera en que nos sea posible tramitar dicha experiencia.

La imagen de mudanza de nuestros fundamentos puede acarrear algo de esperanza y algo de desesperación; de un lado, lo establecido, lo dado, no se presenta en ella como un destino inexorable e inconmovible que debamos heredar; de otro, advierte que todo lo construido con la ilusión de perdurar, no puede desembarazarse del carácter de escritura provisional. La mudanza, el cambio y el movimiento que conlleva es también una manera de representar el drama que embarga al pensador y que lo insta a establecer un dialogo con la tradición, intentando liberar el pensamiento que le sea posible, desde lo transmitido, desde lo ya pensado. En nuestro caso, es una manera de introducir referencias para la afirmación que en diferentes momentos hemos enunciado, a saber, que el pensamiento y el pensador más que la facultad que corresponde a un ser genérico, es una posibilidad para los seres humanos originada a raíz de una vivencia, de una experiencia.

En este sentido nos hemos convencido que el pensar no necesariamente conduce al cumplimiento de exigencias científicas y que nuestro encuentro con él, puede darse a raíz de experiencias que surgen en el seno de la vida cotidiana entendida como objeto de reflexión y como medio para la existencia. Esto no quiere decir que el pensar sea algo habitual y sencillo. Reconocemos en el pensador un sujeto que ha dedicado buena parte de su existencia a encarar cosas complejas que la mayoría de veces queremos evitar. Nuestro convencimiento y herencia es considerar que la aventura del pensar, al igual que el amor y la acción, son registros fundamentales en el esclarecimiento de lo que somos, de nuestra historia personal y colectiva.

Durante este año el grupo de estudio: Lectura crítica y creativa de la obra de Estanislao Zuleta, nos ha ofrecido una temática central para aunar nuestros esfuerzos, haciendo del pensamiento filosófico una herramienta con la que labrar sentidos sobre la relación entre cultura y democracia, y orientarnos en la acción de re-construir tejido social. Una temática que nace de una lectura de la realidad de nuestro país y de la sociedad que actualmente configuramos. Y dibuja en el horizonte cercano varias cuestiones y consideraciones cuyo tejido provisional pretendemos acercar en este escrito: el pensador como protagonista de un drama que lo embarga, implicándolo en el pensamiento, modificando su concepción de mundo. Una recomposición dramática en tanto lo que somos y nos vincula al mundo, sufre una conmoción. Y La necesaria pregunta por el lugar que cobra el otro en este drama.

I. (Yo) Pienso

(Yo) pienso, como enunciado para el desafío de suspender lo que hemos venido siendo, de crear una distancia, la necesaria para apreciar lo que tendencialmente somos. En otras palabras, una invitación a crear las condiciones para un dialogo con los pensadores que nos posibilite salir de nosotros mismos, preguntar, exponernos; sobreponiéndonos a la pérdida o excesiva confianza en las respuestas teóricas que deviene del olvido de las preguntas que las acompañaron originariamente. El (yo) pienso como una disposición que realce nuestro carácter de síntesis provisional y transforme nuestro saber de si y del mundo en una herramienta para labrar.

Hacemos la vida, la de cada día, con nuestra impronta, a ella debemos nuestra particular organización de todos los días. ¿Cómo captar entonces que esta nuestra marca, nuestro más preciado tesoro, se trate de una síntesis provisional de lo que tendencialmente somos? El carácter provisional angustia. Pero al volver sobre las palabras vemos que lo provisional es la síntesis, es decir, esa especifica reunión de algo que nos constituye. Su expresión, nuestra historia, nuestra apertura, nuestra posibilidad y los elementos puestos en juego, la materia ingrediente, constituyente de cada uno, aquello de lo que estamos hechos.

Estos constituyentes determinantes de lo que somos, de lo que seremos provienen de dos cauces que alimentan la realidad a la que ingresamos al nacer en este devenir-rio que es la vida. De un lado, corren los determinantes subjetivos, de otro, los sociales y en su confluencia, se encuentra nuestra específica constitución. De ahí el planteamiento de la realidad humana como la existencia que se caracteriza y se distingue de otras formas de vida, por nacer inacabada y en consonancia requerida de otros en el proceso de ingreso al mundo, y la representación de apertura y despliegue de posibilidades en el tiempo que se opone a la de otros seres vivos sobre-determinados desde el nacimiento por su constitución biológica. Es decir, en lo específicamente humano en esta manera de abordar su definición, reside la condición de pluralidad como ingreso al mundo de la mano de un otro, primordial en nuestra formación, en la forma particular en que se da nuestro ingreso al lenguaje y a la cultura, y a su vez, nos permite el reconocimiento de nuestra identidad y de nuestras relaciones como históricas y diversas.

II. Implicados en el pensamiento

Estamos implicados en el pensamiento, mucho más de lo que imaginamos, cuando este pensamiento proviene del pensar. Estanislao Zuleta nos ofrece en sus reflexiones una imagen dramática para esta implicación, al ligarla a la expresión trabajo del pensamiento. Aludiendo así a la manera como las determinaciones subjetivas obran en nosotros, se expresan, nos expresan, y cuyo registro no es producto enteramente de la consciencia. Es pues, el trabajo del pensamiento que es el pensar, el que desarticula y descompone lo que en nosotros operaba como un sistema de evidencias, de interpretaciones y de supuestos consistentes. Para formar nuevos vínculos y formas de determinación, generalización y sistematización. En este sentido es crisis y liberación del pensamiento. Crisis de aquello que se opone al pensamiento y liberación de nuevos sentidos[2].

Estamos implicados de manera dramática en el pensar dado que se trata de un trabajo que conlleva la conmoción de nuestros referentes de identidad y la vivencia de esta experiencia, lo hemos dicho, es de angustia. En un sentido más amplio, al labrar en el campo fértil de la cultura, entendida como el ámbito en el que se desenvuelve la actividad espiritual y creadora de los seres humanos, se producen y reproducen nuestras identificaciones, se pone en juego y al tiempo se revela nuestra identidad. De ahí nuestra propuesta de variar los enunciados: de un interrogar a un interrogarse, de un investigar a un investigarse, de un dar sentido a darse sentido. Atendiendo a la necesidad de conocer no solamente desde la acumulación de saberes y conocimientos, sino desde el compromiso con la verdad, desde un trabajo categorial, desde una voluntad de descubrir y de indagar hasta el fondo, desde el cual volver a emerger para ser con otros, configurar y reconstruir tejido social. Re-editando los vínculos que se dan en nuestra sociedad, bien sea desde el ideal democrático, cobrando el matiz que le imprimen exigencias formuladas para la razón, el sentir y el actuar, o bien sea, desde la recuperación de experiencias que nos permiten atender a los límites, a las emergencias y en último término a la incertidumbre que corresponde a la realidad de unas sociedades donde la masificación que se resiste al pensar no es una deriva inusual.

III. ¿Qué lugar asignar al otro en el pensar?

Porque la democracia es también la celebración y no únicamente el padecimiento de lo diverso, realza en su relación con la cultura, la tensión entre la integridad colectiva y la autonomía del sujeto. Respecto a esta última, hemos distinguido un poco, lo decisivo que resulta en la constitución del sujeto las posibilidades que se despliegan de ese primer conflicto con una palabra que es ingreso al lenguaje, al mundo, a los afectos, a los sentimientos. Dicha palabra fundadora de identidad y de realidad, es el otro en pensamiento. También lo es la apertura y el debate con ella, la resistencia y el tiempo necesario para su transformación. Sólo así la máxima pensar por sí mismo que heredamos de la tradición crítica cobra la forma de un debate abierto y franco con el otro.

Coraje: Ciertamente el ir y venir de la palabra pública que se ha encendido y propagado rápidamente entre nosotros en los últimos días, nos ofrece el retrato de una sociedad, de unos vínculos, de unas carencias que son difíciles de encarar como realidad compartida. Cobrando pleno sentido la descripción del pensar como una actividad que más que habilidades e inteligencia, nos exige coraje. Si, coraje, el necesario para seguir habitando con preguntas, con dramas, con entendimientos, con felicidades y con tribulaciones, lo que vamos siendo singular y colectivamente.

 

[1] Cf con: Zuleta (1983). Franz Kafka y la modernidad. En: Sobre la idealización en la vida personal y colectiva. Procultura, Bogotá, 1985, pág 115.

[2][2] Cfr, Sobre la Idealización en la vida personal y en la vida colectiva, pág 37.

 

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