Ante un destino

Juan Fernando Pérez

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Meditación y anhelo
en un momento (pocos días después del 9 de abril del 2013) en que me parece sensato tener la esperanza de que en el pedazo de La Tierra donde habito se ha de poder definir un pacto honorable y honrado que consiga detener el curso de una guerra plena de actos infames de parte de todos los implicados, que han ensangrentado este rincón del mundo y que, de múltiples maneras han envilecido a tantos de sus moradores. Al detener ese curso fétido se podrá acaso edificar en el lugar algo mejor de la que hemos conocido, quizás algo sólido, que incluya lo grande, lo menos injusto y en donde sea posible una auténtica alegría; también la creación y la capacidad para reducir lo necio y lo ruin que allí exista.

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Algunos pueblos han conocido la grandeza. Otros la han buscado sin lograrlo. Otros más han sido incapaces de reconocerla y entonces deambulan.
Los primeros han criado hijos nobles y producido obras buenas; no sin dificultades, ni errores, ni dolor y aun no pocas injusticias. Pero la grandeza que muchos de sus hijos han tenido les ha servido para lo que ella sirve cuando en efecto se posee: para hacer del infortunio, de los asaltos de lo bajo y de los recursos que siempre brinda lo existente, razones para trabajar con honradez y lucidez, y entonces para poder construir algo que incluya lo verdadero y lo bello. Y engendrar la decisión y la fuerza en sí mismo y entre los suyos, no siempre, conviene saberlo, sin desmedro para otros.
Los segundos han soñado, pero se han desgarrado entre la angustia y la impotencia; han sufrido entre vaivenes, vergüenzas e ilusiones. Es que la vacilación y la incapacidad han primado en su destino, y así la degradación se ha hecho presente.
Los terceros han producido esencialmente, o seres mezquinos, o seres empobrecidos; asimismo casi siempre realizan solo hechos hueros o lesivos, que avergüenzan a la tierra, o que solo tienen por sentido una supervivencia triste y vacía. En general muchos de sus miembros parasitan y carcomen a los suyos y a los otros, y éstos son vanidosos, aun cuando realmente son serviles.


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No fue la riqueza en las arcas, ni la fuerza de los ejércitos, ni la astucia de algunos gobernantes lo que ha determinado que la grandeza llegase a algunos, o que en su ausencia, ésta haya escapado a otros. Pueblos menores han conocido la abundancia, al menos para grupos de esos pueblos; también la capacidad destructiva de sus fuerzas y han tenido gobernantes astutos. Ha sido su incapacidad de los pueblos para comprender verdaderamente cuál es la naturaleza del instante y del estar en el mundo, del rumbo y del obstáculo, lo que les ha impedido que en su andar elijan la inteligencia contra el envanecimiento vano, decidir con firmeza por la justicia contra la venganza y que el deseo noble consiga frenar odios y recelos.
Y ha de saberse que los pueblos viles tienen hombres viles al frente de sus huestes. A estos se le reconoce por su incapacidad para la crítica de sí; por portar pedestales desde donde hacen gala de su pequeñez; por su obstinación en ponderar los logros mediocres que en su ámbito se producen.


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El viejo rey cruzó el campo nocturno protegido de las hienas y otras fieras por el dios alado; llevaba en sus cuatro mulas los generosos presentes. Llegó ante el asesino a pedir clemencia con el cadáver de su hijo. Los despojos de éste no debían ser mancillados por la venganza y la ira. Su hijo había dado pruebas de coraje y lealtad inigualables y él estaba allí para que fuesen posibles los funerales honorables y el reconocimiento de los vencidos a su nobleza. El anciano habló y doblegó con su palabra la furia del energúmeno. Se abrazaron; juntos limpiaron la carne del difunto y meditaron en el porvenir, mientras compartieron la mesa. Así comenzó la civilidad para los humanos hace cerca de 3.000 años, y supieron entonces en qué consiste la grandeza del espíritu. Que ella reside en la capacidad de poner en acto, como lo hicieron los dos hombres, freno a su hybris. Que es solo así que se engendra la capacidad para convertir lo oscuro que habita siempre a los humanos, en fuerza creadora que incluya a muchos y en cierto sentido a todos. Esos dos pueblos se hicieron uno, y produjeron una historia que aun perdura y sirve de guía a quienes desean la vida.


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El escritor, el pintor y el poeta han dado pruebas de que en aquel pedazo de La Tierra también reside la grandeza. Mostraron ellos con lucidez plena que la soledad y la miseria pueden ser destino, que con la redondez y el brillo de las cosas pueden hacerse muestras asombrosas de lo bello y de lo verdadero, o que desde la melancólica noche puede nacer el verso que ilumine generaciones. Otros audaces que parecen haber heredado algo o mucho de aquellos, hoy dan signos de que serán capaces de refrenar las iras que invaden tanto allí. De ser así podrán limpiar aquel río de inmundicias que inunda sus valles, mesetas, costas, selvas y montañas. No crearán un paraíso, pero si ennoblecerían la vida de muchos, y entonces éstos tendrán una oportunidad para incluirse alegremente en la historia humana de otra manera y no solo engrosar las cifras de lo ínfimo, de lo pobre o de lo ruin.


Medellín, 19 de abril del 2013