Nota: este comentario tiene tres partes. Quienes tengan prisa y lo prefieran, pueden leer las partes I y III, saltándose la II; pero si hay tiempo, invito a la lectura completa.

Colombia-entre-dos-destinos Carlos-Mario-Gonzalez

I

La vida humana, tanto la personal como la social, nunca logra formas perfectas o ideales. Quien plantea que sólo actuará si tiene la certeza de alcanzar un logro sin falla alguna, sencillamente se hundirá en la impotencia y la parálisis, cuando no en el pesimismo desolador y el desvergonzado cinismo. No, la vida no se desenvuelve según la falsa opción "lo ideal o nada", la vida se hace con la sensatez y el buen juicio que lleva a dirimir, entre el juego de opciones realmente existentes, aquella que de forma más apropiada nos mantenga en la senda de la mejor vida posible. Incluso en los momentos más turbios y difíciles, y ahí con más razón, debemos saber elegir a favor de lo menos perjudicial, de lo que nos ofrezca mejores condiciones de cara a la vida que queremos tener. En momentos de oscuridad –y la oscuridad agobia el presente de Colombia- debemos ser como el náufrago que arrojado al mar amenazador se aferra al pedazo de madera que flota a su lado, aunque éste diste mucho de ser el cómodo yate en el que él quisiera ir. Lo seguro es que el náufrago no razonará así: "como no tengo a mi alcance el yate que quiero, me da lo mismo aferrarme a esta tabla que abandonarme al mar incierto". No, sabemos que así no pensará el náufrago y que entre los dos males –el precario tablón y el entregarse al mar fatal-, él sabrá elegir lo menos peor.

Pues bien, Colombia es hoy nuestro náufrago y los colombianos, que somos los que decidimos de su suerte, debemos precisar si da lo mismo seguir hundidos en el fangal de la guerra, de la venganza y de la atrocidad o si le damos la oportunidad a un pacto social que silencie los fusiles y permita comenzar de inmediato la larga y difícil tarea de recomponer nuestro tejido social y de recuperar la confianza acerca de nuestra capacidad de forjarnos como una sociedad civilizada, dignificadora de la vida y agenciadora de elevados ideales. Como el náufrago mencionado, la playa salvadora para nuestra sociedad está muy lejos, incluso ni alcanzamos a divisarla y, en todo caso, llegar allá seguirá siendo incierto, pero aferrados de la paz negociada al menos podremos dar brazadas a nuestra esperanza de una sociedad más justa y más amable, mientras que seguir entregados al vórtice de la guerra devastadora no nos conducirá sino a sumirnos en las tenebrosas profundidades de una sociedad cada vez más bárbara e impía.

En hora tan decisiva como la que representa las elecciones de este 15 de junio del 2014, los colombianos debemos ser adultos y sopesar críticamente tres atávicos rasgos de nuestra mentalidad, que muchísimo daño nos han hecho como sociedad y amenazan con seguirlo haciendo: el autoritarismo, la inmoralidad y la irresponsabilidad social.

II

El autoritarismo está encarnado por quien en forma delirante pero desastrosa, confunde la ley con su voluntad y su capricho y es incapaz de adscribirse al principio democrático que estipula que el gobernante está también sometido a la ley y obligado a respetar los derechos de los gobernados. En esta línea, el autoritarismo no se detiene ante ningún medio para imponer lo suyo, enarbolando como consigna propia aquella que reza: "Todo vale". Álvaro Uribe –y hay que hablar de él, pues todos sabemos que Oscar Iván Zuluaga no es sino su títere de turno- es fiel representante del más craso autoritarismo y del más feroz espíritu antidemocrático, como lo ha demostrado cuando se niega a acogerse a los requerimientos de la Fiscalía; cuando elige a su capricho la Procuraduría, en manos de su carnal y retrógrado Ordoñez, para dar su testimonio; cuando trasgrede la soberanía de otras naciones para alcanzar su cometido; cuando defiende a esa inmensa cantidad de funcionarios y congresistas de su "partido" inmersos en el delito; cuando desacredita a los organismos de justicia al tomar éstos decisiones que no lo favorecen; cuando insta a sus subordinados a que se fuguen del país para eludir la acción de la justicia; cuando favorece a sus hijos para que obtengan escandalosas ganancias (esos hijos que, dicho sea de paso, no saben qué es un uniforme militar ni, mucho menos, qué es la guerra por la patria que tanto proclama su padre, pues éste sólo destina tal guerra para los hijos de los campesinos y para los jóvenes desempleados); cuando rinde homenajes públicos a militares penalizados por paramilitarismo; cuando persigue líderes sindicales, cívicos y de derechos humanos; en fin, aquí hay que poner un etcétera, tan largo como interminable, un etcétera que no hace sino refrendar que Álvaro Uribe es un autoritario desmedido, que cree que para él no hay ley porque él es la ley y la hace según sus conveniencias. A esto hay que agregarle que todo autoritario, en tanto cree que es el origen y la personificación de la ley, está tocado por un espíritu mesiánico que le hace suponer que es imprescindible y que sin su presencia los demás serán incapaces de vivir y se precipitarán a la hecatombe. Por eso Álvaro Uribe incuba el propósito de ser un sátrapa perpetuado en el poder, a la manera como lo fueron Duvalier en Haití, Stroessner en Paragüay, Somoza en Nicaragua, Juan Vicente Gómez en Venezuela, o como lo es hoy Putin en Rusia: tiranos de larguísimo aliento.

La inmoralidad es la incapacidad de asumir unas normas y unas pautas de comportamiento que tengan en consideración los derechos del otro, normas y pautas que sepan poner límite a las pretensiones propias y no requieran de vigilantes externos, pues el propio sujeto sabe someterse a ellas. Dejando de lado la forma suprema de atentado contra la moral: la negación al otro del derecho a su vida, ámbito en el que Álvaro Uribe y sus gobiernos tienen muchas cuentas pendientes, dos campos de la inmoralidad tienen amplia acogida en la sociedad colombiana, al punto que casi se han normalizado y que buena parte de la población, sea por acción o por omisión, cohonesta con ellos y respalda a las figuras públicas que mejor los encarnan: el robo y la mentira, es decir, eso que otros prefieren llamar corrupción y engaño. Llámese como se quiera, cuando una sociedad avala estas formas de la inmoralidad, lo que inocula en su seno es el gusanillo de la desconfianza y el flagelo de la desesperanza, precipitándose, según la lógica del círculo vicioso, a invocar ¡seguridad, seguridad, seguridad! a quienes precisamente mejor representan la corrupción y la mentira. A Álvaro Uribe siempre lo han acompañado la mentira y la corrupción, pues nunca ha sido explícito acerca de los caminos que lo han llevado a él y a sus familiares cercanos a amasar la descomunal fortuna que hoy poseen; como tampoco ha esclarecido jamás sus relaciones con el paramilitarismo, ni por qué es en las toldas de sus "partidos" donde acampan la mayoría de los acusados por parapolítica, por saqueo a los bienes del Estado o por la destinación de éstos –Agro Ingreso Seguro, un ejemplo- al servicio de los más poderosos, conforme a la curiosa fórmula económica que impuso Uribe, según la cual los apoyos y subsidios del Estado deben ser para los ricos, pues éstos son "los únicos capacitados para hacer empresa, pudiendo así darle empleo a los pobres".

La irresponsabilidad es el exonerarse de tener que responder por lo que se hizo o se dejó de hacer. En Álvaro Uribe lo que más impresiona es lo caradura que es para pasar de largo ante las deplorables consecuencias de sus acciones y su falta total de responsabilidad frente a lo que hizo o dejó de hacer. En ocho años de su gobierno, ¿cuáles fueron las grandes soluciones sociales que implementó? ¿Cuál fue la imagen de país que labró en la comunidad internacional? Incluso en ese campo del que discursa como un cirirí, el de la seguridad, ¿es que las Bacrim comenzaron el día del ascenso de Santos al poder o fueron las secuelas de la particular negociación uribista con los paramilitares? ¿Había erradicado la delincuencia común de las ciudades cuando llegó Santos al poder? ¿Dejó después de sus ocho años de gobierno superadas las causas sociales, materiales y culturales que nutren la violencia de este país? ¿Entregó unas Fuerzas Armadas y una Policía integras, respetuosas y totalmente ajenas a prácticas tan deleznables como los "falsos positivos"? ¿Restituyó las tierras a los campesinos violentamente expropiados por los grupos armados? ¿Permitió el retorno de millones de desplazados a sus lugares de origen y garantizó el respeto a la vida de sus líderes? ¿Depuró las prácticas de los agentes del Estado de hábitos como las "chuzadas", las que son una forma de violentar la privacidad de las personas y de ponerlas en riesgo ante organismos de seguridad que no paran mientes en "tonterías" como los derechos individuales? En fin, ¿cuál fue el país seguro que nos legaron sus ocho años de gobierno autoritario y desmadrado? Y por último –aunque la lista bien podría seguir sin término-, ¿cómo explicarse que no responda por la causa que condujo a que en su gobierno, como en ninguno otro, una inmensa cantidad de sus funcionarios y coequiperos, y él mismo, estén en procesos de investigación, imputación o hayan sido ya penalizados? Extraño, muy extraño, que sea con un presidente que se ufanaba de tener todos los hilos del poder en sus manos – al punto que se decía que no había Consejo de Ministros, sino Consejo de Viceministros, pues él era ministro de todo- que se dé el hecho de que gran parte de sus subordinados, familiares y allegados hayan delinquido, al punto que nunca antes hubo en Colombia una percepción más nítida acerca de lo que es la delincuencia en el poder. Acerca de esto y de la responsabilidad que no asume Álvaro Uribe sobre los funestos desmanes de sus ocho años de gobierno, basta con un simple examen lógico: si todos los actos delictivos que rodean a sus funcionarios y personas próximas, se hicieron a sus espaldas, sin que él se diera cuenta, es decir, si entró el elefante a la sala y él no se percató, entonces no cabe duda que estamos ante un presidente inepto e incapaz, con quien hacen y deshacen sin que él se dé por enterado; o, segunda y última alternativa, él, tan atento a todo lo que pasaba a su alrededor, sí supo lo que hacían sus dependientes, sus parientes y sus conocidos, caso en el cual estamos ante un presidente delincuente, tan delincuente como gran parte de dicho entorno gubernamental, familiar y de allegados personales.

III

Que un dirigente político como Álvaro Uribe represente el autoritarismo, la inmoralidad y la irresponsabilidad, es algo grave, pero más preocupante es el grado en el que una sociedad se ha identificado con estas prácticas y ha hecho suyas las actitudes autoritarias y tiránicas, ha avalado la mentira y la corrupción, para no mencionar la violación del derecho a la vida, y ha asumido con irresponsabilidad el destino que con sus posiciones y respaldos le traza al país. En este punto se me ocurre lo siguiente: ¿un colombiano enterado de que el pretendiente de su hija es un déspota que no vacila en violentarla cuando lo considera necesario, que se da el derecho a eludir la moral en las relaciones con ella cuando sus intereses se lo dictan y que no está dispuesto a responder por las consecuencias de sus actos, aceptaría tranquilo a tal personaje e, incluso, se volvería fanático defensor de él? Ahora, sino es así ¿por qué lo que no se aceptaría para el caso de la hija sí tiene plena validez para el caso de Colombia? En cualquier caso, lo que realmente preocupa y lo que se dirimirá en las elecciones de este 15 de junio es si tenemos una sociedad capaz de anhelar y sostener cauces democráticos, civilizados y enaltecedores de la vida o si somos una sociedad que hemos hecho del autoritarismo, la inmoralidad y la irresponsabilidad social una forma de vivir, al punto que erigimos en héroe salvador a quien encarna mejor que nadie su disposición tiránica, su burla a la moral y su negativa a responder por el clima de odio, venganza y barbarie que diariamente crea con sus palabras, sus prácticas y sus acciones.

No soy partidario de Santos y tengo mil reproches que hacerle a este gobierno, genuino representante de los poderosos de este país, pero tampoco soy tan desvergonzado como William Ospina que ahora quiere mostrarnos que con Uribe-Zuluaga hay un cambio en contra de los sectores dominantes en Colombia (¡si se necesita desvergüenza para sólo insinuar esto!) ni soy tan cínico como Jorge Robledo que pretende convencernos que es lo mismo una cosa que otra, haciendo gala de un purismo que lo único que expone es su ignorancia de la política como asunto de matices que marquen alguna diferencia significativa, o, peor, como ha sido tradicional en gran parte de la izquierda "oficial" de este país –léase MOIR, Partido Comunista, etc.- que habla que lo único que les importa es su pequeña cuota en el gran banquete del poder. No soy santista y votaré con repulsa por él, pero como estoy convencido que en política muchas veces, sobre todo en sociedades tan descuadernadas como la nuestra, se trata de elegir entre lo malo y lo peor, lo que hoy se nos traduce en tener que escoger entre la derecha y la extrema derecha –el voto en blanco no es sino una forma vergonzante de respaldar al uribismo-, votaré por Santos, pues con éste aún quedará un margen de maniobra, por pequeño que sea, para seguir aspirando a que algún día los colombianos sepamos darnos una sociedad que le haga honor a las formas civilizadas, mientras que con la opción Uribe-Zuluaga lo que está abierta es la vía para una larga y fascistoide tiranía que empujará cada vez más este país a lo peor. Invito a que decidamos pero, sobre todo, a que de cara al futuro nos hagamos responsables de nuestra decisión...

Carlos Mario González
Profesor Universidad Nacional, Sede Medellín
Miembro de la Corporación Cultural Estanislao Zuleta 2007 - 2015

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