No obstante, esta actitud de la sociedad en general cuando relega en sus valores a un lugar secundario al deporte, y de los intelectuales en particular cuando lo menosprecian como objeto no digno de su atención, no es otra cosa que un prejuicio anclado en el desconocimiento de la naturaleza sublimatoria y de la función social civilizatoria de hondo calado que él desempeña. No menos que la inteligencia y el trabajo, el deporte hoy por hoy, es un instrumento fundamental de civilización, siendo común para los tres las dificultades que suscita el quedar atrapados en las mallas de la frenética lógica de la mercancía y la ganancia que impone el capitalismo.

Pero de momento cabe resaltar al deporte como un instrumento civilizatorio que despliega sus positivos efectos a nivel de participantes y espectadores y en dimensiones como la nacional y la mundial. Y, para decir lo esencial de su papel en el proceso civilizador, el deporte es ante todo un invento que permite ejercer la agresividad propia del ser humano coartando, sin embargo, su expresión destructiva: la violencia. Para poder afirmar esto y asignarle al deporte un papel que va más allá de ser una mera e inocua diversión, que lo hace garante mismo de la preservación de la sociedad y mecanismo de satisfacción del individuo en lo más profundo de sí, se hace necesario caracterizar al ser humano en su íntima relación con la agresividad.

El ser humano, todo ser humano, sin excepción de ninguno, está dotado de una cuota de agresividad que siempre está presto a realizar sobre la naturaleza, sobre su prójimo o sobre sí mismo. Lejos de lo que piensan los humanistas que lo presentan como un ser pacífico y bueno por principio, para quien la violencia -así llegue él a ser su agente- sería algo exterior y ajeno a su naturaleza, el sujeto humano está habitado por un impulso al daño y a la agresividad que requiere de fuerzas y medios, interiores y exteriores a él, capaces de inhibir ese empuje a lo peor, esa pulsión a la destrucción que lo embarga. Más aún: la inclinación agresiva no sólo está presente en todos los hombres -incluso, y sobre todo, en quienes gustan de creerse y presentarse como paradigmas del bien y emblemas de la moral-, sino que ella constituye un rasgo indestructible de la condición humana y el obstáculo mayor que debe sortear la cultura. En esta característica omnipresente e indestructible de la dimensión violenta que nos habita, radica buena parte del malestar humano, malestar que no es circunstancial, sino fundamental. Pero, así sea de paso, es conveniente cerrar la puerta a un equívoco: la agresividad humana no es del mismo orden que la agresividad de los animales, pues en nosotros el origen, los medios y la forma de materialización de ella no son tributarios ni de instintos ni de genes, es decir, no obedecen a un esquema de comportamiento heredado ni a un patrón universal. No es en el reino animal en el que se explica la agresividad del hombre, sino en el del lenguaje, esto es, es nuestra condición de seres del lenguaje la que da cuenta de la especificidad de nuestra agresividad, que si bien está presente en todos hace, no-obstante, una articulación particular para cada sujeto -lo que explica que no sea la misma la relación con la agresividad de Andrés Escobar que la de su asesino- y, cosa importantísima, que por las mismas vías de lo simbólico la agresividad humana pueda hallar salidas distintas a la destrucción, siendo esta la suprema tarea de la cultura y una de cuyas ejecuciones es, precisamente el deporte.

La palabra cultura (que para efecto de lo que quiero expresar en estos renglones es sinónimo de civilización) puede significar, a secas, todos los recursos materiales y espirituales de que se puede dotar una sociedad en un momento histórico y que están puestos al servicio de la magna misión de defender, preservar y profundizar la vida como experiencia individual, social, de especie y planetaria. De ahí que el problema mayor que tiene que resolver todo proceso civilizatorio es el de la indestructible inclinación que tienen los seres humanos a ejercer la violencia sobre la naturaleza, sobre sus semejantes y sobre sí mismos. A partir de esta disposición a la hostilidad, la colectividad social, amenazada de disolución, define una contradicción fundamental con el sujeto como tal, pues su meta cultural es poner un límite a la violencia con la que ese sujeto goza. Una manera de poner límite a la violencia individual es delegando el ejercicio de ésta, de manera exclusiva, en un ente representativo de la comunidad, el Estado, lo que constituye un paso cultural decisivo. Una segunda manera, la que representa la conquista cultural por excelencia, es la que consigue situar en el interior del propio sujeto, sin necesidad de ninguna vigilancia ni sanción exterior, la prohibición tajante a ejercer la violencia por su propia cuenta. El Estado como monopolizador exterior de la violencia según una ley jurídica y un orden de derecho, y la prohibición interiorizada bajo la forma de una ley moral a la que se somete el sujeto, constituyen las dos herramientas claves en el proceso de civilización, valga decir, del proceso por el cual una sociedad busca concretar las condiciones óptimas posibles para la vida.

Pero la tarea cultural no puede limitarse a la construcción de estos mecanismos de eliminación de la violencia individual y arbitraria, pues la imposibilidad de destruir ese empuje a lo peor, en condiciones en las cuales a su vez le está vedada toda satisfacción del mismo, resultaría no sólo en la desdicha del individuo, sino en un inevitable estallido de violencia por acumulación de insatisfacción que terminaría desbordando los límites que la misma cultura había erigido, con lo cual su obra sería vana. En pocas palabras, dada su condición de indestructible, es decir, de estructural en el sujeto humano, el éxito en la limitación de la agresividad no puede estar en la represión de la misma, sino en su elaboración, esto es, en su sublimación, que no es otra cosa que la utilización de la fuerza del empuje coartando el fin original -la destrucción- y ofreciéndole otros fines sustitutivos. Esta utilización modificada del empuje agresivo es la compensación que la cultura le depara al sujeto por la represión que le impone a los fines originales y es posible precisamente por el orden simbólico que regula la agresividad humana, lo que, decía al principio, la diferencia sustancialmente de la agresividad animal atrapada irrecusablemente en el imperativo imaginario que la naturaleza le transmite. Por eso un tigre mientras está hambriento matará a su presa según un monótono y universal -para su especie- patrón de conducta, mientras el ser humano podrá desplazar su agresividad a la configuración, por ejemplo, de un partido de fútbol. Ese es el carácter simbólico de nuestra agresividad y su diferencia fundamental con la agresividad animal: por eso un hombre puede jugar un partido con su oponente, pero nunca se ha visto un tigre jugando a nada con su presa. Y por aquí vamos delineando el papel civilizador del deporte, más allá de quienes piensan que los galones de la tarea cultural sólo le pueden ser impuestos al arte, la ciencia y la filosofía...

II

Un proceso distintivo que han seguido las sociedades occidentales con el paso del tiempo, ha sido la disminución del nivel de violencia abiertamente expresado. Se ha conseguido un progresivo grado de seguridad mayor y en ello ha jugado un importante papel el afinamiento de los mecanismos de autocontrol y autorrestricción individual. Este proceso civilizador caracterizado por un refinamiento de los modales y normas sociales, por una morigeración de las conductas agresivas y eróticas y por una mayor sobriedad en la expresión de los sentimientos, ha cobrado forma principalmente a partir del siglo XVI y ha acompañado al proceso de formación en Europa de los Estados nacionales como monopolizadores del ejercicio de la fuerza, a la complejización social de las sociedades, a la democratización entre los grupos y a los controles que a través de la ciencia y la técnica se despliegan sobre la naturaleza. Para no mencionar sino un solo aspecto, el de la expresividad de la conducta, en la Edad Media los ruidos, los gritos, los gestos exaltados y los movimientos bruscos eran mucho más frecuentes que en las sociedades que la siguieron y que se fueron caracterizando por un mayor refinamiento en las costumbres, esto es, porque su grado de restricción se acentuó, produciendo con ello menos espontaneidad y más inhibiciones en la expresión de los sentimientos y conductas. Este proceso, consecuentemente, ha conducido a la formación de una sicología colectiva en Occidente, mucho más sensible a la manifestación de expresiones violentas y crueles. No quiero con esto decir que conductas violentas, más aún: terriblemente violentas, no hayan seguido aconteciendo, sino que el umbral de la resistencia sensible a ellas es mucho más elevado y por eso, para poner un ejemplo, los genocidios -que siguen realizándose- encuentran hoy un rechazo moral casi unánime que no existía en Grecia y Roma, donde pese a su elevado desarrollo artístico y filosófico, el exterminio de poblaciones enteras enemigas, era considerado normal y su realización común.

El proceso civilizatorio que acomete Occidente desde finales de la Edad Media conduce a limitar cada vez más el ejercicio de la violencia, sobre todo como voluntad personal del individuo, pero, no siendo suficiente para ello el mero ejercicio de la represión a la agresividad, fue menester hallar formas que permitieran una expresión de ésta, simultáneamente satisfactoria para el individuo y tolerable para la sociedad. La creciente tarea civilizadora consistía en encontrar configuraciones que, en materia del ejercicio de la agresividad, dispensaran el equilibrio necesario entre las demandas individuales y las exigencias de la comunidad. Es ahí donde se sitúa la aparición del deporte, por lo menos en su acepción moderna, y en donde radica el éxito que estaba llamado a tener en las sociedades de la modernidad: él ofrecía la configuración apropiada para satisfacer la doble y contradictoria demanda proveniente del sujeto y de la colectividad en términos de agresividad, es decir, el deporte emergía como un poderoso invento -no de alguien en particular, sino del proceso social en su conjunto- que permitía poner en operación el caudal de agresividad, eliminándole su fin originario: la violencia, esto es, el deporte se ofrecía como un magnífico mecanismo de sublimación y con ello entraba a jugar un papel capital en el proceso de civilización en el que se empeñaba Occidente.

Efectivamente, el deporte permitía configurar una rivalidad en la cual el uso de la fuerza corporal y de la habilidad se efectuaba de manera no violenta, enmarcado en un sistema de reglas obligatorias que velaban por la reducción del daño físico al mínimo. El goce que deparaba esta puesta en escena de la agresividad sin destrucción (lo que, por otro lado y como beneficio secundario eximia al sujeto de cualquier remordimiento) no sólo estaba al alcance del practicante del deporte, sino también del espectador con tal que en éste se pongan en marcha los necesarios mecanismos psíquicos de la identificación.

Por eso es impropio remontar, sin más, los orígenes del deporte moderno a los antiguos juegos griegos romanos o medievales, pues el deporte moderno en tanto expresión del proceso civilizador acentuado en los últimos cinco siglos, participa del mayor grado de sensibilidad a la violencia física, es decir, de la repugnancia que hoy suscita el hecho de que un ser humano inflija daño físico a otro, lo que no se puede reconocer en el caso de los luchadores griegos, de los gladiadores romanos, de la lucha entre personas y animales que también se realizaba en Roma o del juego medieval de la quema de gatos. El deporte moderno se caracteriza esencialmente por la reglamentación estricta, acogida por los participantes y supervisada por instancias especiales, que apunta a minimizar el daño físico de los participantes, lo que no sucedía en los juegos griegos, sin duda menos civilizados que los modernos deportes, como lo ejemplifica el caso de la lucha antigua en la cual no era infrecuente que un participante quedara lesionado gravemente, incapacitado de por vida o muriera. Incluso, escuetamente se puede decir que mientras el deporte moderno suple a la guerra, las competencias griegas y romanas eran ante todo un ejercicio para ella. Otro tanto se puede afirmar del juego de pelota medieval que sólo por una ligereza de apreciación se puede considerar ancestro del fútbol moderno, pues antes que un deporte era un ritual que periódicamente se realizaba para facilitar la eclosión de la violencia entre las poblaciones vecinas. Pero lo que en la Edad Media sucedía con el juego de pelota acontecía con todos los demás juegos, al punto de poder afirmar que lo único que los distinguía era el "útil" del juego, pues en todo lo demás se asemejaba su práctica. Las características comunes de estos juegos medievales los mostraban como una lucha entre grupos distintos, con una acogida casi nula de reglas fijas, con un desenfreno y un alto nivel de violencia tolerada de la cual se extraía un franco disfrute. Exactamente lo contrario, la renuncia a la violencia y a su disfrute, es lo que caracterizará al deporte moderno acorde con un proceso civilizador que apunta a la pacificación de las diversas relaciones entre los hombres.

III

Para poder situar qué es lo específico del deporte moderno hay que evitar las semejanzas superficiales y atender más bien a las configuraciones determinantes. Valga un ejemplo: "aunque los hombres del siglo XII y los del XIX acostumbraban jugar con una pelota, no por esto se debe creer que jugaban a lo mismo. Dicho de otra manera: no hay fútbol porque haya una pelota, hay fútbol porque hay unas reglas precisas, acatadas y supervisadas, que definen y delimitan la rivalidad de un juego extirpando la violencia de su acontecer. Por eso, aunque había juego de pelota en el siglo XII, no había fútbol, y sí lo hay en el siglo XIX cuando un juego de pelota queda expresamente reglamentado, reglamentación que no estará reñida con las modificaciones históricas y que darán como resultado dos formas distintas al cabo de unos pocos años: el soccer y el rugby.

Decir deporte moderno es decir una rivalidad física entre contendientes que son considerados iguales frente a un código de normas que los regulan, que despliegan su rivalidad ante una autoridad vigilante y según la lógica de una tensión de fuerzas y habilidades que debe excluir los daños físicos. El deporte suscita y contiene, al tiempo, la agresión, por eso es un mecanismo, de tensión controlada y organizada que produce como desenlace no la destrucción, sino la liberación catártica de la tensión acrecentada. Además de los contendientes y de los agentes de control, el deporte, en ocasiones, también opera una tramitación simbólica de la agresividad para los espectadores, aspecto éste de indudable importancia en las sociedades complejas, urbanas y multitudinarias de la actualidad. Precisamente, uno de los efectos de la condición reglamentaria del deporte es que ha permitido que muchos de ellos alcancen un consenso en torno a sus reglas de funcionamiento que ensanchó su ámbito de lo local a lo regional y a lo nacional hasta alcanzar un dominio universal.

Sin duda la universalización de algunos deportes significa que son mecanismos eficaces para transar la contradicción sujeto-cultura en lo referido a la agresividad. Coartado el empuje hostil en su fin original -la destrucción- por el imperio de reglas y autoridades que así lo estipulan, la lógica de la rivalidad se encauza, para su mayor éxito, a un acrecentamiento tenso de la emoción que facilite, tras un tiempo prudente de placer-sufrimiento en la espera, alcanzar un punto de clímax que permita la resolución catártica. Pero es claro que el goce que depara el evento deportivo no depende sólo del desenlace final, sino que él se difumina a lo largo de todo el tiempo de su realización, siempre y cuando la emoción y la tensión se hayan podido sostener, razón por la cual muchos han comparado el cotejo deportivo intensamente disputado con esa forma superior del goce humano que es el acto sexual. Que la clave radica en el tenso equilibrio de la emoción lo prueba el hecho de que una victoria abultada y fácil por la notoria superioridad de uno de los contendientes más bien se puede aproximar al aburrimiento, mientras que una no resolución de la tensión, por ejemplo por una serie de empates recurrentes, conduce a un inevitable estado de insatisfacción. La cuota de placer y satisfacción que depara el evento deportivo depende, en consecuencia, de la resolución de la tensión acrecentada y controlada que se ha operado a lo largo del tiempo. Lo importante, culturalmente hablando, es que la liberación catártica es resultado de una intensidad que se ha alcanzado a través de un recurso mimético: la confrontación deportiva imita la acción de una batalla pero alcanzando que no haya daño físico del oponente, que nadie resulte muerto y que no queden secuelas de culpa por el triunfo, además de que permita afirmar la identidad propia frente al rival sin que tenga que implicar la destrucción de éste.

En esto consiste la gran invención cultural que es el deporte moderno: en que somete a un registro simbólico la indestructible agresividad humana, permitiendo de ello la extracción de un placer afirmador de la vida.

IV

La historia del deporte hace parte de los fenómenos sociales de larga duración que no han obedecido a una planeación consciente ni de su aparición ni de su desarrollo. Es un proceso social, autónomo y sin voluntad rectora, pero no por ello azaroso -en el sentido de inexplicable- y carente de eficacia, al contrario, la aparición del deporte y su desarrollo encuentran sentido en el rumbo global de la sociedad occidental y en particular en el proceso de civilización puesto en marcha a partir del siglo XVI, especialmente en Inglaterra, como lo formulan Norbert Elias y Eric Dunning (Deporte y ocio en el proceso de la civilización, Fondo de Cultura Económica, Méjico, 1992), de quienes tomo las referencias históricas aquí expuestas y con quienes comparto la tesis del deporte como instrumento de civilización. Pero decir que la del deporte es una historia de larga duración ¿permite afirmar, por ejemplo, que los Juegos Olímpicos de la Antigua Grecia constituyen un precedente del deporte moderno? ¿Es válido decir que así como pasó en la literatura y la filosofía clásica, el deporte del siglo XIX fue otra forma de renacimiento griego? Ya he dicho que una apreciación así se queda en las semejanzas de superficie (disputa física, útil de competencia) y deja de lado lo esencial que más bien marca una insalvable diferencia entre los juegos antiguos y el deporte moderno: que los primeros obedecen a la costumbre, con laxitud individual en la aplicación de ésta, y permiten un elevado grado de violencia, mientras que el segundo se rige por reglas razonadas, escritas, revisables y detalladas y, lo que es decisivo, somete la violencia a control.

Otro tanto se puede decir de la pretensión de hallar en el medioevo el origen del fútbol actual. Es verdad que en el siglo XIV se habla de fútbol pero la utilización de la misma palabra no prueba que el juego medieval tenga afinidad con el deporte que se popularizó en el siglo XIX. Un indicio de esta diferencia es el hecho de que el llamado fútbol medieval era objeto de reiteradas prohibiciones por parte de los gobernantes, al punto que en Inglaterra entre 1314 y 1615 se contabilizan 23 edictos reales prohibiendo su práctica. ¿La razón? lo salvaje que era y lo propiciador de desordenes públicos. En la Edad Media las comunidades aldeanas incluían en sus formas de solidaridad la agresividad y la violencia contra otras comunidades. Jugar a la pelota, como en general cualquier otra forma de competencia, no era sino una manera de concertar una pelea entre poblaciones vecinas. A partir del siglo XVI, como proceso global de la sociedad occidental, comienza a darse una reglamentación más estricta de las conductas y los sentimientos individuales (maneras de mesa, formas de conversar, gesticular, moverse, etc.) y esto se acompaña de una sensibilidad creciente en lo que se refiere a la violencia en los juegos, que lentamente van configurando códigos y reglas más definidas. Ya hacia el siglo XVIII en Inglaterra el proceso de civilización encauzado a la pacificación de la sociedad da lugar, de un lado, al régimen parlamentario bicameral, que es una forma de enfrentar la diferencia no con la violencia sino con la persuasión y la retórica y de constituir un mecanismo de sucesión, credibilidad y no venganza entre los contendientes por el poder, y de otro lado a deportes, esto es, a competencias reglamentadas de manera clara y prohibitivas de la violencia extrema y desnuda, tales como la caza, las carreras de caballos, el boxeo y los juegos de pelota, que denotaban ya un cambio de sensibilidad respecto a la violencia de los seres humanos.

Ahora, reconocer el papel civilizador que ha desempeñado el deporte en Occidente, muy particularmente en los dos últimos siglos, no equivale a desconocer las dificultades y obstáculos con los que tropieza en la actualidad para seguir cumpliendo esta función, la cual, si no completamente obturada sí se halla seriamente afectada a partir del momento en que el capitalismo, con su propiedad de Rey Midas que todo lo que toca lo vuelve oro, comenzó a someterlo de manera creciente a la implacable lógica de la acumulación y la ganancia y a las rivalidades mortíferas que ésta desata. El deporte, de instrumento pacificador ha comenzado a derivar en lugar de escenificación y promoción de una violencia social que él ya no logra atrapar en su malla simbólica. Entonces, protagonistas, autoridades y espectadores entran a ser sujetos u objetos de una violencia que ya no consigue elaborarse en los términos que el deporte delinea y más bien éste empieza a fungir como pretexto acuciador de la misma.

Un cambio de innegable repercusión en el funcionamiento del deporte es el que nuestro siglo le ha impuesto cuando, en buena medida, lo ha desplazado de su condición de juego y lo ha sometido a las leyes de la ganancia, esto es, lo ha constituido en espectáculo mercantil y en negocio de especialistas profesionales. Asunto entonces de disciplina, eficiencia, tecnología científica, planeación, mercadeo y explotación, el deporte ve por lo menos seriamente menoscabado su papel civilizatorio cuando, de ser una diversión espontáneamente realizada por la gente, pasa a ser blanco de manejos en función de la ganancia, incorporándole así toda la agresividad calculada que esta trae consigo.

V

Pero volvamos al asunto que más me importa resaltar ahora, incluso, y sobre todo, porque es el gran valor del deporte que corresponde defender frente a la acechanza del poder contemporáneo: me refiero a la utilidad civilizadora que ha sabido deparar el deporte.

Los escenarios deportivos constituyen dominios simbólicos para la escenificación de las pulsiones, conductas y sentimientos qué son reprimidos en la vida "seria". Son lugares en los cuales se opera un descontrol controlado de la agresividad y esto, de por sí, no es poco beneficio para los intereses de la cultura. No obstante hay algo más: una confrontación deportiva en su transcurso normal nos ofrece, en miniatura, lo que seria un proceso social casi ideal, por lo menos en lo que concierne con la tramitación de la diferencia, las rivalidades y la agresividad. Dicho en palabras simples: si una sociedad se desenvolviera como, por ejemplo, un partido de fútbol, se conseguiría un estado ideal de las relaciones éticas entre los seres humanos. En la configuración de un encuentro de balompié entran en juego ¡atiéndase: entran "en juego"!, los elementos fundamentales del suceder humano y social: el empuje erótico, el empuje agresivo, la ley, la identidad, la rivalidad, la ilusión, el placer, el sufrimiento, la estructura, la historia, etc. Por eso, la puesta en escena y la tramitación que el partido hace de estos elementos puede servir en cierta manera de espejo ideal del funcionamiento de una sociedad democrática y civilizada. Examinemos brevemente esto.

Un partido de fútbol sitúa dos identidades, por ende, dos diferentes, que se confrontan ante un tercero, la ley, representada por un agente con potestad de juzgar y sancionar, el árbitro, el cual es acatado así sea protestado. Los dos contrarios son interdependientes, valga decir las acciones, logros, méritos o pérdidas de cada uno se dan en función del otro y requieren imprescindiblemente de su existencia y participación. Los diferentes que rivalizan lo hacen bajo una condición imperativa: preservar al oponente, pues cualquier posibilidad de obtener un goce depende de él -y en cuanto mejor el rival más placer, pues la calidad del contrincante relieva de manera más notoria los méritos propios- ya que no se juega solo ni se juega con los de uno: se juega -y sólo se puede gozar- con un rival, esto, es, con un diferente con el cual está en lucha la identidad propia. Un partido de fútbol es una estructura dinámica que requiere a los dos lados para poder existir y que va construyendo una "historia" por la acción de los rivales que tejen el decurso del evento, en lo bueno y en lo malo que se logre hacer como efecto de su incidencia mutua. La "historia" que va delineando el partido no está prevista -ni es posible- por nadie, y en este sentido es azarosa, pero de todas maneras es un decurso impredecible que depende de la calidad de los antagonistas y de la altura e intensidad de su rivalización y, sobre todo, es un azar que se va tejiendo por la participación de los dos en el marco de una ley que los trasciende y a la cual se someten. Así las cosas, un partido es el modelo de una relación tensa y conflictiva pero al mismo tiempo respetuosa y preservativa de la existencia y libertad de los rivales. Es, como se ha dicho ya, una batalla que moviliza los componentes de la guerra, Eros y Tánatos, pero una batalla sin armas ni muerte y que preserva la integridad física y vital de los contendientes sea cual fuere el marcador, dejando abierta la posibilidad de una nueva confrontación con resultado incierto. Como en la guerra, el modelo básico de un partido está constituido por dos unidades cerradas cada una en si misma por fuertes lazos eróticos e interactuando con envíos tanáticos sobre la unidad rival:

imagen-deporte-sociedad-civilización

Pero, a diferencia de la guerra, que busca la eliminación definitiva del otro como antagonista, al finalizar el partido de fútbol los rivales pueden intercambiar camisetas y saludos -aunque dolor y alegría no estén igualitariamente distribuidos- o, en el peor de los casos, -quedan habilitados y prestos para una futura confrontación en la cual el resultado bien puede dar la vuelta. Sí, el modelo de la guerra es el modelo de un partido de fútbol, pero con la salvedad, ¡tamaña salvedad!, de que la flecha tanática de doble y contraria dirección ha sido coartada en su fin original de violencia y destrucción. Eso se llama sublimación y eso hace el deporte: por eso es un valioso factor de civilización, dígase: de pacificación productiva de las relaciones entre los seres humanos, esas criaturas que nunca ceden en la agresividad, razón por la cual la cultura debe inventar formas que no solo la sofoquen sino que la elaboren.

Y aún un par de enseñanzas que nos depara para la vida social ese modelo de agresividad sometida a lo simbólico que es un partido de fútbol. La primera: los rivales en su cotejación se hacen aprendices mutuos, es decir, el trámite del antagonismo deja lecciones de las cuales se apropian los contendientes y que, independientemente del triunfo o la derrota, los hace potencialmente mejores para la próxima confrontación. La segunda: el deporte, con su vaivén de triunfo y derrota, forja un invaluable aprendizaje: el de saber tolerar la angustia del fracaso sin hundirse en la venganza y el resentimiento.

En fin, queda dicho: el deporte no sólo ha sido un invaluable factor de civilización, sino que él también nos ofrece en pequeña escala el modelo de una resolución de la diferencia y rivalidad humanas en términos de respeto y tolerancia con el otro con el cual jugamos "el partido de la vida", aspiración suprema de toda ética que quiera sacar la vida social del imperio de la barbarie, logro del que infortunadamente seguimos estando lejanos los colombianos, como al igual que en tantos otros casos, nos lo recordó dolorosamente el asesinato de Andrés Escobar, porque la violencia que mató a Andrés, este, jugando, la eliminaba en la cancha, pero quiso el triste destino de nuestro pobre país que, una noche, el que jugaba con la violencia para desactivarla, se encontrara con uno que no sabía jugar con ella y entonces, nuestro país otra vez, a causa de la canalla, dejó de ser civilización y volvió a ser horda.

*Artículo de la Revista Berbiquí No. 4. págs. 44-53.1995SISIX