La Primera Guerra Mundial, guerra atroz como atroces son todas las guerras

"Sólo un pueblo escéptico sobre la fiesta de la guerra y maduro para el conflicto,
es un pueblo maduro para la paz"

Estanislao Zuleta

En la mañana del 28 de junio de 1914, sobre Sarajevo, capital de Bosnia, se cierne un cálido día de verano, pletórico de luz y radiante de alegría. El mundo amanecía bello y esperanzador. De verdad, daba ganas de vivir. De pronto, un par de truenos desgarran la idílica mañana. Son dos balazos escupidos por un revólver. Son los dos primeros balazos de la I Guerra Mundial. Cuando cuatro años después, el 11 de noviembre de 1918, se logre poner fin a la contienda, sobre los campos de Europa yacerán 17 millones de cadáveres, al tiempo que millones de heridos y lisiados, de familias destrozadas por el dolor de la abrupta muerte de padres, hijos o esposos, dibujarán el paisaje de un continente que tendrá que encarar su reconstrucción a partir de una economía destrozada, del campo arrasado y de las ruinas de muchos pueblos y ciudades. Con razón se ha dicho que es mucho más fácil desatar una guerra que terminarla, que es más sencillo incitar a la contienda bélica que llamar a su conclusión, sobre todo cuando los guerreristas desde sus cómodas mansiones y con sus hijos bien protegidos la proclaman para hacerla con los hijos de los desposeídos y a costa de los cadáveres de los abandonados de la tierra. Con toda seguridad los 17 millones de muertos que sembraron de tumbas el suelo de la cultísima Europa no fueron en su inmensa mayoría los hijos de la burguesía o de la rancia aristocracia del viejo continente, sino los hijos de los obreros y de los campesinos pobres. El viejo truco siempre se repite: desde sus palacetes los poderosos convocan a la guerra patriótica, pero serán los pobres los que con sus muertos, heridos y amputados habrán de pagar el precio.

Esos dos tiros que rompieron aquella luminosa mañana de Sarajevo y que abrieron las compuertas de la atrocidad sin nombre, dieron muerte al archiduque Francisco Fernando, heredero del trono del Imperio Austro-Húngaro, y a su esposa la condesa Sofía Chotek. Francisco Fernando, de 51 años, era sobrino del anciano emperador austro-húngaro Francisco José y era el primero en la línea de sucesión habida cuenta que el hijo de éste, el príncipe Rodolfo, se había suicidado. Pero también se puede decir que el viaje a Bosnia del heredero y su desplazamiento aquella mañana por las calles de Sarajevo, tuvo mucho de temerario y casi todo de suicida. Quien descargó los dos fatídicos disparos, el joven nacionalista serbo-bosnio Gavrilo Princip, lo que hizo fue correr el velo que cubría una tensa realidad social y política, tensa realidad que venía configurándose desde el siglo XIX entre los grandes imperios entonces existentes y que habría de encontrar su "Florero de Llorente" en ese magnicidio. En otras palabras, el asesinato del heredero no fue la causa de la I Guerra Mundial, de esa guerra que involucró a 40 países enfrentados como fieras durante poco más de cuatro años, período en el que el horror y la barbarie se apoderaron, entre otras, de las patrias de Descartes y Voltaire, de Goethe y Beethoven, de Newton y Shakespeare, de Freud y Wittgenstein, de Dante y Miquel Ángel. La advertencia es clara: esa triste fiesta de la muerte que es la guerra puede obnubilar a las inteligencias más cultas y arrebatar a los espíritus más lúcidos. Lo más peligroso y lo más dañino de la guerra es que ella, con su orgía de sangre y sufrimiento, de violencia y destrucción, de odio y venganza contra aquel declarado "enemigo", termina por llevarnos a los seres humanos al estado de barbarie. Ya lo decía Freud: el triunfo de la guerra es la derrota de la cultura, el aval dado a la violencia colectiva es un retroceso proporcional del orden civilizado entre los seres humanos.

El viaje del heredero fue casi un suicidio pues el Imperio Austro-Húngaro, el mismo que en poco tiempo él se aprestaba a regentar, se había anexionado Bosnia en 1908, lo que suscitó como reacción la acentuación de movimientos nacionalistas que, bajo el comando de Serbia, pretendían unificar a todos los pueblos eslavos, liberándolos de los poderes colonialistas que los sojuzgaban. Pero, además de la causa histórico política que llevó al joven asesino a disparar el arma contra quien era el símbolo de la opresión que padecía Bosnia, su patria, y, en general, los eslavos europeos, aquellos dos balazos pusieron en escena las tensiones y las ambiciones, las contradicciones y la codicia que animaban a los grandes imperios entonces existentes. Ninguna guerra surge de un hecho fortuito o aislado. Detrás de los floreros de Llorente o de los disparos de un joven dispuesto a inmolarse, hay siempre causas profundas y mucho más prosaicas que los adornados discursos con los que los poderosos justifican su participación en la contienda. Para el caso de la I Guerra Mundial, las causas decisivas radicaban en dos contradicciones que debían dirimir las grandes potencias nacionales existentes: de un lado, la que se presentaba entre el modelo burgués de dominación y el modelo aristocrático; de otro lado, la que se daba entre capitalistas de diversos Estados por apoderarse de los mercados del mundo con miras a afianzar y expandir el proceso de acumulación. Ya lo decía un gran pensador: "El capital no tiene patria", pues su patria está donde pueda obtener ganancia, para lo cual cada capitalista debe rivalizar económicamente con otros capitalistas, llevando en ocasiones esta mortífera rivalidad al plano de lo militar y convirtiendo la guerra, entonces, en su recurso más preciado y eficaz.

Un mes después del atentado en Sarajevo, el 28 de julio de 1914, el ya decadente Imperio Austro-Húngaro le declaró la guerra a Serbia, acusándola de haber orquestado el atentado. El káiser alemán Guillermo II de inmediato se hizo eco de esta declaratoria y procedió a liderarla, al tiempo que en función de intereses económico-políticos muy precisos, se activaron sistemas de alianzas que darían curso a una guerra que todos creyeron que iba a ser rápida y de fácil solución, pero que terminó en una verdadera carnicería humana que se prolongó por varios años. De una parte, en la llamada Triple Alianza se alinearon el Imperio Alemán, el Austro-Húngaro, el Otomano, a más de Italia y Bulgaria; en la otra parte, la conocida como Triple Entente, se alistaron el Imperio Británico, el Ruso, Francia, Japón y EE.UU., este último entrando a la guerra en 1917 so pretexto del hundimiento del trasatlántico Lusitania, de bandera suya, y siendo al final la potencia que desequilibró la guerra -hasta entonces empantanada en un enfrentamiento sin vencedor claro-, pero también convirtiéndose en la gran ganadora, pues fue la que obtuvo los mejores réditos al término del conflicto, dado que al debilitamiento de los Imperios Inglés y Alemán y a la desaparición de los Imperios Austro-Húngaro, Ruso y Otomano le sucedería de entonces para acá la hegemonía del Imperio Norteamericano.

Muchas secuelas dejó esa terrible contienda, entre otras, la ruina de Alemania, acentuada por el oneroso Pacto de Versalles de 1919, que la obligó a pagar elevadas indemnizaciones de guerra en territorios y dinero; la reconfiguración del mapa político-militar de dominación del planeta, que abolió antiquísimos imperios y propició nuevos; pero también en ella, cual huevo de la serpiente, se incubaron la Revolución Bolchevique, el Fascismo y el Nazismo, agentes decisivos de esa otra catástrofe que sería La Segunda Guerra Mundial. En cualquier caso, conviene, un siglo después, recordar esta tragedia de la humanidad, al menos para prestar oídos sordos a tanto predicador y apóstol de la guerra y para valorar mejor las salidas dialogadas y civilizadas a nuestros inevitables conflictos y desavenencias.

Carlos Mario González
Profesor Universidad Nacional
Miembro de la Corporación Cultural Estanislao Zuleta 2007 - 2015