A Sergio Urrego lo lanzaron a ese vacío que es la nada los representantes de tres instituciones que ingenuamente se asocian por principio al bien. Aclaro: no quiero decir que estas instituciones sean el mal, lo que afirmo es que bajo ciertas condiciones esas idealizadas instituciones pueden conducir a lo peor. Esas tres instituciones que se conjugaron para arrojar al precipicio, en la flor de su vida, a Sergio Urrego, fueron la familia homófoba (la de su novio), el saber académico cuadriculado y la escuela autoritaria. Antes hay que decir que la “falta” que, de forma encarnizada, padres virulentos, psicólogos ignorantes, profesores policivos y rectoras tiránicas le cobraron a Sergio, fue la de haber sido gay. Y lo persiguieron, mejor: lo acorralaron y lo matonearon, acudiendo al expediente de todas las formas que, en los últimos dos mil años, ha implementado la homofobia que ha caracterizado a la cultura occidental: pecado, crimen, enfermedad.

La familia de su novio –opuesta en esto ciento ochenta grados a la del propio Sergio, la cual lo supo respaldar y apoyar amorosamente- lo trató como un criminal, al punto que, siguiendo el ejemplo de los “falsos positivos”, pretendieron encubrir la homosexualidad de su hijo denunciando a Sergio ante la fiscalía por acoso sexual. Para estas mentes homófobas detrás de todo gay está agazapado un criminal. La psicóloga, encarnada por un personaje de gris proceder llamado Ivón Andrea Cheque Costa, haciendo gala de esa lamentable  conjugación de tecnócrata y burócrata -conjugación desde la que muchos otros psicólogos suelen abordar a los seres humanos en su dimensión psíquica-, no tardó en encontrar una anomalía del orden de la enfermedad, motivo por el cual le exigió a Sergio que debía seguir presentando todos los meses un “certificado de acompañamiento psicológico”, no fuera a ser que el enfermo perdiera su juicio y desatara su peligrosidad. ¿Y de la escuela qué? Más lamentable no podría ser su papel. Un “profesor” –no puedo escribir esta digna palabra sin entrecomillarla en este caso-, llamado Mauricio Ospina, fue el que descubrió (sic) el cuerpo del pecado: una foto de celular en la que Sergio se besaba con su novio, lo que llevó al susodicho “profesor”, carrera marcial de por medio, a elevar la denuncia ante la dirección de un colegio que califica un beso de manifestación obscena, grotesca y vulgar. Que no se crea, sin embargo, que Mauricio Ospina fue una lamentable excepción en el cuerpo docente de semejante centro escolar, no, por el contrario, otros profesores, cual guardia pretoriana, acompañaban a la psicóloga y a la más nefanda figura de este mundillo inquisitorial, la rectora, Amanda Azucena Castillo, cuando convocaban a su tribunal al enfermo, criminal y pecador. ¿Qué escuela es ésta que transmite que el modelo es único: heterosexual, matrimonial y reproductivo, además distanciado de esa obscenidad que es un beso a la vista de otros? ¿Qué educación es ésta que se empecina en acorralar a un joven, no dándole lugar a su formación como afirmación y potencialización de sus posibilidades, sino negándolo sistemáticamente y promoviendo su destrucción?  ¿Qué pedagogo es alguien como esta rectora que no sólo no lamenta el suicidio de su discípulo, sino que castiga a los 40 compañeros de Sergio que lo acompañaron en el velorio, haciéndoles asistir un sábado al colegio para pagar la desobediencia que demostraron al dejar el aula con el propósito de rendir el homenaje postrero al compañero que partió para siempre?

Hay que repetirlo: hay familias destructivas, psicólogos que no son sino cancerberos de una normalidad opresora, profesores que no van más allá de ser meros guardianes del orden establecido, rectores que rigen colegios que se ufanan de “rescatar los valores para alcanzar la paz”, pero quienes con la estulticia de todo tirano están convencidos de que no tienen valores aquellos que no comparten sus valores y, entonces, transmutan la paz de la que han hablado en una impía destrucción de ese otro que ha osado diferenciarse de ellos. De verdad, la humanidad dista aún de poner punto final al espíritu inquisitorial, lo que nos obliga a comprometernos con más denuedo aún en el propósito de conquistar una sociedad y una cultura en la que los Sergio Urrego no vivan sólo dieciséis años, sino que lleguen a gozar su vida ochenta años haciendo realidad duradera la consigna que él profesaba: “Mi sexualidad no es mi pecado, es mi propio paraíso”

Carlos Mario González
Profesor Universidad Nacional
Miembro de la Corporación Cultural Estanislao Zuleta 2007 - 2015

P.S.: Pido a quien comparta estos renglones que los reenvíe a sus conocidos, al tiempo que invito a ingeniar formas de expresión pública que, de un lado, apoyen a los padres de Sergio, Alba Reyes y Robert Urrego, en la lucha porque se haga justicia en este caso de matoneo y acoso, y, de otro lado, que se concreten formas civilizadas de rechazo y repudio a los agentes y prácticas institucionales que condujeron a tan lamentable desenlace, exigiendo a la Secretaría de Educación de Cundinamarca y al Ministerio Nacional de Educación que cumplan el deber que les obliga en este caso, de tal forma que entre muchos detengamos, y para siempre, una infame situación que en este momento, en otras escuelas y lugares, le sigue haciendo la vida imposible a otros Sergio Urrego.