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La montaña mágica de Thomas Mann

Coordinan: Sebastián Gutiérrez G. y Dayana Cardona

Día: Último jueves del mes.

Periodicidad: Mensual (Febrero a Noviembre)

Lugar: Sede CorpoZuleta. Calle 46 N°70A-60

Hora: 6:30 p.m.

Entrada libre

Club de lectura Sociedad, poder, y vida cotidiana
Ciclo: La montaña mágica de Thomas Mann
Capítulos III - Abril 26 de 2018

El tercer capítulo de esta novela ocurre en un abrir y cerrar de ojos, pero no cualquier par de ojos, no; este ejercicio del paso entre los universos de lo conciente y lo inconciente ocurre en un cuerpo y un espíritu particular, nombrado Hans Castorp.

En ese ayer que es la sesión anterior nos preguntábamos quien era Hans; en esta ocasión la propuesta de una conversación moderada invita a preguntarnos por lo que le pueda estar sucediendo al más reciente huésped del sanatorio Berghof. Es indudable que algo le está pasando a este hombre civilizado, ¿pero qué exactamente?

Variados fueron los diagnósticos ofrecidos por tan atentos lectores, siempre en busca del más mínimo detalle que les permita construir un sentido y ofrecerlo de manera generosa a los demás, para poder comenzar así a escribir conjuntamente esta única y particular versión de La montaña mágica, como bien resaltaba un nuevo asistente al club; una versión que jamás volverá a darse pues está ligada a un espacio, un tiempo y unos sujetos irrepetibles.

La transformación. Sabemos que se da en todos nosotros, tanto en cuerpo como en espíritu, mas si nos preguntaran cuándo efectivamente nos ocurre, seguramente sólo podríamos recordar con facilidad momentos cruciales que han quedado marcados en la memoria. Afortunadamente para nosotros lectores, el autor --y quizás narrador, todavía no está claro--, se ha dado a la difícil tarea de observar con la mayor sutileza posible a su objeto de estudio, el ingeniero naval que ha debido escalar la mágica montaña para llegar al mismo centro del infierno a ser juzgado, según nos dice el maldadoso humanista, el señor Settembrini.

Y digo afortunadamente porque, como enunciaba una compañera del club, ¿qué tanto recordamos todo lo vivido en la cotidianidad? ¿Qué multiplicidad de detalles se nos escapan en esa unidad del tiempo que transcurre entre sueño y sueño? Nos quejamos de no tener suficiente tiempo, ¿pero tiempo para qué?, ¿cómo valoramos las acciones a las que nos acometemos día a día? ¿Estamos regidos por valores propios o estamos sujetos a los de otros?

En el sanatorio se exige seguir un régimen estricto de descansos y reposos que contrastan fuertemente con el mundo de abajo, ese de la utilidad que paga deudas y da estatus social, que en el fondo a muchos les molesta y fastidia, aunque no se atreven elevar alabanza al sacrílego dios ocio. Pero aunque pareciera este un lugar paradisíaco donde se valoran los momentos del comer, del caminar y del conversar, como reconoce el mismo Hans, no es esto más que una ilusión, como le refuta el hombre de la sonrisa bajo el bozo con aspecto de organillero.

Un viejo asistente al club, que ha regresado en busca de una nueva temporada de tratamientos, nos ayuda a entender esa ilusión; nos recuerda que todos los de arriba están bajo el dominio del régimen de la ciencia médica, que es la que dicta una forma de vivir específica, una manera de sobrellevar la cotidianidad en lucha constante con eso que llamamos enfermedad. Como mitológicos jueces que pasan juicio sobre las almas muertas, son ellos, los doctores del sanatorio, los que deciden sobre cuerpos vivos, tildándolos de enfermos –por tanto, con derecho a permanecer arriba-- o sanos, es decir, que tienen la libertad de regresar a la llanura, a ese lugar que poco o nada le estaba hablando ya a Hans, como apuntaba otro querido participante.

Al respecto, varias lecturas concordaron en situar en la figura del señor Albin una tensionante lucha por la libertad; su coqueteo con el suicidio puede leerse como un cuestionamiento a ese estricto régimen médico, que poco a poco nos conduce a la muerte. Al estar desahuciado, Albin no siente ya la necesidad de seguir el protocolo, él puede darse el lujo de ser un mal enfermo y un deshonrado, porque ya no hay nada valioso que los médicos puedan ofrecerle, ni siquiera esperanza.

Es importante reconocer que algo extraño, misterioso y hasta mágico pasa allá arriba en la montaña. Todo parece afectarle a Hans, desde los placenteros sonidos de sus vecinos, hasta la forma de comer, el sabor de sus queridos tabacos, los silbidos de inusuales instrumentos musicales que llevamos dentro de nosotros, hasta las palabras de un inútil humanista. Y todo eso que ha estado pasando en Hans, se manifiesta de una u otra forma a través del cuerpo, por eso retener el llamado desde la moderación a no perder de vista todos esos detalles que nos ofrece la novela al respecto.

Ese “mundo interior” de Hans Castorp debe confrontar un nuevo mundo exterior, del que ahora comienza a hacer parte, que le genera esas sensaciones de desorientación, embriaguez y ensoñación. Como el cigarrillo de mercurio que reacciona bajo la presión de la lengua, el cuerpo de Hans reacciona a los estímulos que recibe ese “estado moral” suyo, del que se nos habló desde el inicio de la novela y que nuestra moderadora invitó a no perder de vista. La corporalidad de apellido Castorp parece haber entrado en un caos, desde el frío de sus pies, hasta el calor de sus mejillas; desde los pálpitos de su corazón, hasta las ocurrencias que surgen del centro de su conciencia; del anémico verdor de sus párpados, hasta el rojizo de sus bien afeitadas mejillas, todo esto parece indicar que sus cinco sentidos no son suficientes para entender lo que está pasando, y quizás sea necesario ese extraño órgano que nos permite percibir el tiempo al que hace alusión el texto. En este hombre, cuya edad ha olvidado momentáneamente, la palabra cede su lugar para dejar que el cuerpo exprese eso que todavía inclusive a nosotros nos abruma, eso inmanejable e incontrolable que no terminamos de entender por completo, como el amor, la moral o el mismo erotismo. Lamentablemente para el protagonista de esta historia, ni siquiera el tiempo del inconciente, el tiempo del sueño, el tiempo de esa postura horizontal que todos necesitamos para sanar un poco lo vivido, sirve de refugio para esa transformación que él está encarnando y por ahora habrá que esperar que nos depararán los nuevos amaneceres en ese infierno pintado de blanco cielo, lleno de hastío y aburrimiento, al que poco a poco Hans se va adaptando, como ya lo han hecho muchos antes que él.

 

Álvaro Estrada García
Responsable de la memoria.