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La montaña mágica de Thomas Mann

Coordinan: Sebastián Gutiérrez G. y Dayana Cardona

Día: Último jueves del mes.

Periodicidad: Mensual (Febrero a Noviembre)

Lugar: Sede CorpoZuleta. Calle 46 N°70A-60

Hora: 6:30 p.m.

Entrada libre

Club de lectura Sociedad, poder, y vida cotidiana
Ciclo: La montaña mágica de Thomas Mann
Capítulos I y II - Marzo 22 de 2018

Son muchas las expectativas que acompañan el inicio de una lectura como La montaña mágica, más si ésta lectura se propone hacerla colectivamente en el seno de un club como el nuestro, ¿cuáles serán esas primeras sensaciones?, ¿qué fragmentos habrán sido los favoritos de otros?, ¿de qué iremos a hablar? Nadie lo sabe realmente, ni siquiera nuestros nuevos moderadores de este ciclo: Dayana y Sebastián. A ellos un agradecimiento de antemano.

Es muy probable que quienes se acercan por vez primera a este espacio desconozcan sus orígenes. Hace ya casi siete años comenzó una historia digna de contar, la de un club de lectura esporádico cuya intención inicial era la de una corta visita por tres novelas del siglo XIX; pero algo curioso ocurrió con el devenir del tiempo: ese espacio de lectura se fue transformando y poco a poco, sin muchos afanes, ha llegado a convertirse en esto que es hoy. ¿Pero qué es exactamente este club de lectura? Un compañero de muchas lecturas caracterizó un espacio similar como un pequeño ejercicio de la democracia, pero existe otro rasgo que es importante destacar: es este también un pequeño ejercicio de la libertad, la libertad de leer con mesura, despacio y rumiado, sin los afanes del mucho pero con una valoración del bien hecho. Leemos con el deseo de defender el simple derecho de contemplar y no dejarnos llevar por los vertiginosos tiempos de esto que solemos llamar las “maneras modernas”.

Y, dicho esto, comencemos…

Todo autor escribe con ciertas intenciones, el de esta novela nos provoca ofreciéndonos generosamente desde el principio las suyas, como bien lo supo exponer nuestro moderador en el pequeño resumen ofrecido al inicio de la sesión. Queda claro rápidamente que la vaguedad y la incertidumbre serán elementos importantes de esta obra, una propuesta que puede entenderse como un llamado al lector a una participación activa desde su propia interpretación, su lectura hace parte de la construcción de la obra.

¿Quién es Hans Castorp? La respuesta sencilla, nuestro protagonista. La respuesta compleja -que más se asemeja a la realidad-, está por construirse y aun así, será difícil ponerle un punto final.

Al inicio de la obra ya se nos ofrece unos primeros esbozos de Hans, dando así los primeros trazos en esa hoja en blanco que es para nosotros este visitante de la montaña, como bien lo decía una de las participantes del club. En estos momentos este hombre es todo y nada, es posibilidad, esperanza y abismo. El llamado desde la moderación es preguntarnos por nuestras propias impresiones sobre el personaje -más allá de que en algunos casos sólo puedan ser expresadas en forma de interrogantes o dificultades-, rastrear su “estado moral” como lo enunció nuestra moderadora, es decir, intentar reconocer los valores y principios que el joven Castorp encarna y que son herencia de la época y el lugar en los que le toco vivir.

Algunas de las primeras observaciones al respecto destacan un temprano acercamiento a la muerte, una relación particular con su profesión y con su trabajo. No parece ser un hombre con un deseo claro, esto sin embargo no significa que sea un ser no-deseante, simplemente quiere decir que su existencia no está claramente encausada por eso que podríamos llamar una pasión.

Y a propósito del deseo, un pequeño pero importante paréntesis se ofreció para hacernos caer en cuenta de que términos como consciente e inconsciente ya hacen parte del lenguaje de esta novela.

Saliendo del paréntesis y retomando la discusión de quien es Hans Castorp, se agregó que es un hombre en viaje, en recorrido, que no se reconoce a sí mismo como un enfermo y que además viene de la planicie, la llanura o “desde abajo”, forma usada varias veces para nombrar esos rasgos que heredamos de la geografía en la que vivimos y que en el caso de nuestro protagonista lo atan a un lugar 1700 metros por debajo del nuestro.

Pero a pesar de poder reconocerlo como un ser obediente de su tiempo, que sigue las recomendaciones de su médico, también es posible reconocer esas contradicciones tan propias de todo ser humano; entre ellas se destacaron que no cuestiona el trabajo a pesar del disgusto que le genera o encontrar placer en el ocio, evidenciado por su afinidad a pintar barcos y esa tendencia a la contemplación, siendo a la vez despectivo del arte como posibilidad de una real subsistencia.

Pero estas primeras impresiones del nuevo residente de la habitación treinta y cuatro no estuvieron libres de controversias, quizás la más fuerte de todas es la inquietud por qué tan posible es caracterizar a un hombre que apenas empezamos a conocer; como bien lo recordaba una asidua asistente al club, una historia sólo es posible construirla en el devenir del tiempo. También se puso en cuestión esa relación de Hans con la muerte, por lo menos de la manera como se había insinuado al principio. ¿El hecho de experimentar la pérdida de familiares y seres queridos, o de pacientes en el caso de tantos doctores -y ni qué decir de innumerables soldados-, testigos de primera línea del deceso de un ser vivo, el hecho de esta cercanía genera una mayor sensibilidad hacía la muerte?

Otro elemento que generó diversas reacciones entre los asistentes fue esa pareja sano – enfermo. ¿Qué quiere decir eso de que estamos sanos o enfermos? ¿Quién tiene la autoridad de titularlo de tal manera, nosotros como corporalidad y espíritu que somos o los médicos con ese conocimiento que representan? Hay mucho que desconocemos del mundo, pero mucho más lo que desconocemos de nosotros mismos, dicen por ahí, así que no resulta extraño eso que ya antes se había resaltado sobre Hans, que no se reconoce en la enfermedad y se considera un simple visitante al sanatorio, pero dicha convicción es puesta en interrogación en sus diálogos con el doctor. Tampoco deja de ser curioso que muchas aflicciones parecen cogernos desprevenidos, haciendo que ese ser sano que éramos la noche anterior pase casi de imprevisto a la columna de “enfermos”.

Además del joven Hans, hubo otros temas que suscitaron interesantes intervenciones entre los lectores del club; conceptos como espacio, tiempo y viaje arrojaron varias ideas que vale la pena retomar.

Sobre el espacio fueron varias las interpretaciones que se ofrecieron. Algunas se referían puntualmente a la geografía y esa travesía de subir a la montaña, europea por cierto, con todos los paisajes que tan bellamente detalla el escritor. También se ofreció una interpretación del espacio como ese lugar que se habita, la casa del padre y de la madre, la del abuelo y el sanatorio, tres moradas, tres espacios donde acaeció la muerte. Finalmente, hubo propuestas más abstractas que se referían al espacio como un adentro y una afuera de nuestro protagonista, reconociendo un ejercicio que hace el narrador que nos permite “entrar” en sus pensamientos, aunque también hay momentos en que se detiene a detallarnos los alrededores que habita. A propósito del espacio también se le reconoció como un facilitador del olvido: a mayor distancia más fácil es dejar de lado un momento vivido, lo que nos recuerda que las memorias son experiencias en momentos y lugares concretos.

Vale resaltar aquí de nuevo esas características del espíritu que están ligadas al lugar que habitamos, están los de arriba y los de abajo, los de la montaña y los del puerto, o los montañeros y los costeños, para decirlos en términos de espacialidades más cercanas a nosotros.

Sobre el tiempo, destacar la diferenciación que hacía un asistente del club entre el tratamiento que le dan la ciencia y el arte. En Thomas Mann el tiempo no se limita a una medición, como suele pasar en la ciencia, para él el tiempo es algo fundamental del ser, por eso la importancia del pasado, no sólo de Hans, si no del contexto mismo de la novela: ese tiempo antes de la gran guerra o el reconocimiento del ocio como un elemento sanador y ciertas formas del trabajo como períodos indeseables.

En el pasaje que narra a un Hans niño con su abuelo en ese gabinete de los recuerdos se nos ofrece una característica asombrosa del tiempo, que éste puede detenerse y transcurrir simultáneamente. Las arrugas del viejo atestiguan el paso demoledor del tiempo en el ser; en contraste, la jofaina refleja el tiempo detenido, ese de la tradición y la herencia, del rito que se repite, casi de manera idéntica, entre abuelo, padre e hijo y que sonoramente recordamos en ese tátara tátara tátara... El amarillo pálido de la reliquia familiar también nos recuerda que los objetos dicen mucho de lo que somos y lo que hemos sido, por eso el llamado que hace una compañera a prestar atención a esas pequeñas cosas materiales que el autor coloca con tanta delicadeza en el transcurrir de la historia.

Antes de finalizar es importante recordar que este ejercicio de la memoria es un intento por recoger los principales temas de conversación de la sesión, lo que significa un ejercicio de sacrificio, de dejar de lado otros elementos e ideas que fueron esbozados pero que por ahora no centran la atención del club. Una de esas ideas sueltas fue la insinuación que hace el texto de que los hombres de la novela son incapaces de sobrevivir a la muerte de sus compañeras de vida, un elemento importante a tener en cuenta en un libro publicado en una época en que la idea de que ellas eran el “sexo débil” era casi incuestionable, idea que por cierto sigue siendo heredada por muchos hoy en día.

Ahora sí, para ir terminando, no olvidar un elemento fundamental de la historia y la conversación: el viaje, pero el viaje pensado como posibilidad de inquietarnos, de transformarnos y de reconocernos. Estos primeros capítulos hablan de un viaje que comienza en el puerto y termina en el sanatorio de la montaña, pero esto no es más que una ilusión pues el viaje que termina es también el inicio de otro y en el caso del joven Hans esas inquietudes que comenzaron a surgir en el recorrido del tren se convertirán en equipaje para ese nuevo camino que emprende y aún desconoce: el de ir descubriendo y transformando su propia vida.

Afortunadamente no estará solo en este recorrido. Retomando la invitación que el autor nos hace a través de la palabra de una de sus lectoras, es este el comienzo de muchos viajes, el de todos y cada uno de nosotros que nos aventuramos por las sendas de la gran literatura y, como suele ocurrir en toda excursión grupal, aunque el trayecto es el mismo, nuestras miradas constantemente se detienen en diversidad de detalles, haciendo del recorrido algo mucho más encantador.

Sea este entonces el último llamado a abordar, y espero sinceramente no os perdáis de tan excitante aventura que apenas comienza.

 

Álvaro Estrada García
Responsable de la memoria.