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La montaña mágica de Thomas Mann

Coordinan: Sebastián Gutiérrez G. y Dayana Cardona

Día: Último jueves del mes.

Periodicidad: Mensual (Febrero a Noviembre)

Lugar: Sede CorpoZuleta. Calle 46 N°70A-60

Hora: 6:30 p.m.

Entrada libre

Club de lectura Sociedad, poder, y vida cotidiana
Ciclo: La montaña mágica de Thomas Mann
Capítulos IV (2da mitad) - Junio 28 de 2018

Es bueno comenzar por advertir a los espíritus más higiénicos que esta es una memoria fuertemente marcada por la enfermedad, no sólo por el reciente malestar corporal de quien la escribe, sino también por la propuesta de conversación ofrecida desde la moderación para esta sesión: pensar los vínculos que pueden existir entre amorenfermedad, y dejar la pregunta por ambos significantes como experiencias liberadoras.

El amor y la enfermedad son estados excepcionales que nos sacan de nuestras normalizadas cotidianidades y nos recuerdan que existe en nosotros una interioridad, tanto corpórea como espiritual: somos cuerpo y sentimiento, aunque a veces parecemos olvidarlo por completo. Nuestro anti-héroe, Hans Castorp, además de estar pasando por ese momento de la docilidad juvenil, también está experimentando ambos estados. Por un lado recibe el diagnostico de la enfermedad por parte del doctor Behrens, luego de una atropellada consulta, y por el otro lado, son claros los signos de enamoramiento por Clawdia Chauchat, o por lo menos así lo interpretan algunos, aunque es bueno rescatar un comentario que lo propone como un momento de re-enamoramiento, de despertar de nuevo algo en Hans que lo transporta a tiempos anteriores. Amor y enfermedad hacen de este un momento que deja al joven Castorp muy vulnerable y maleable, rasgos no necesariamente negativos, pues, como lo propuso nuestra
moderadora, es este un hombre dispuesto al mundo, a la palabra y a la experiencia, así no sea totalmente consciente de esto, ¿o sí?

La propuesta de conversación, como ocurre casi siempre en nuestro club, generó diferente posturas desde sus participantes.

Un interrogante se abrió sobre eso de la enfermedad y el amor como experiencias liberadoras, ¿no serán más bien experiencias subyugadoras al cuerpo? se pregunta una compañera, que nos recuerda la mirada que se propuso hace ya varios años en los inicios de nuestra corporación. El amor, esa enfermedad de la que no quisiéramos curarnos fue el título de una conferencia ofrecida en ese entonces por uno de nuestros miembros fundadores y proponía una reflexión del amor como enfermedad, como un régimen especial que pone en evidencia que estamos supeditados al cuerpo, para ponerlo en los términos de la asistente. También se sostiene el interrogante ofrecido por la moderación, por qué tanto de la voluntad hay en el amor y en la enfermedad, ¿ha querido enfermarse Hans para seguir en el sanatorio?, ¿enfermar o amar son actos conscientes o inconscientes, o un poco de ambos?, eso no nos queda del todo claro, lo que sí podemos reconocer es la voluntad del autor a la hora de insinuar tales elementos en su obra y dejar que las interpretaciones y sobreinterpretaciones del lector tomen rumbos inesperados.

Otro compañero se mantiene en la reflexión sobre las experiencias liberadoras y ofrece su punto de vista: sosteniendo la mirada en esas dos dimensiones, el tiempo y el espacio, es bueno recordar la llanura de donde proviene Hans, ese lugar donde la gente parece estar bajo el dominio de la razón instrumentalizada, un espacio donde se exalta el trabajo, el desarrollo y la conceptualización y donde la vivencia del tiempo pasa por la medición y el cálculo. Pero ahora el ingeniero naval ha conquistado la montaña y se enfrenta a otra forma de experimentar el tiempo, una que es evidenciada, según sigue afirmando nuestro lector, en los ocho minutos del episodio del “cigarro de mercurio”, donde se le ofrece a nuestro protagonista otras posibilidades, más ligadas al
tiempo de la contemplación, ese de que tanto renegaba al inicio de la novela.
Sobre eso de la razón instrumentalizada, agregar que este singular episodio también sirvió para que una compañera reflexionara sobre el lugar que el número ha adquirido en nuestra sociedad. En ese tránsito de oscuras épocas de la superstición a épocas más iluminadas de la razón, los números se han vuelto el nuevo lenguaje del conocimiento, y el cuerpo no ha sido la excepción: hemos sido normalizados en unos rangos de mínimos y máximos saludables, quien se salga de la norma entra en el rango de la enfermedad. Lo que inquieta a nuestra compañera es la probabilidad de que todos quepamos en estos rangos, ¿quedan algunos por fuera?, ¿y que tanto terminan estos números respondiendo a los intereses comerciales de los mercaderes de la salud?
Sin embargo, no podemos dejar de lado la advertencia de nuestra moderadora y doctora de cabecera, que nos advierte que tampoco se trata de asumir esas posturas que todo malestar corporal lo achacan a las formas de actuar o al carácter de la persona, haciéndonos sentir culpables por lo que nos aqueja. Es importante recordar que existen muchas enfermedades que responden a deterioros del cuerpo y pueden ser diagnosticadas y confrontadas gracias a esos avances de la razón, a esos números que diagnostican y previenen. No se trata aquí de idealizar ni razón ni superstición, como parece hacerlo el controversial Settembrini, sino reflexionar sobre dos elementos que jsutamente estaban en tensión en la época del autor, cuando apenas se comenzaba a reconocer el infierno que
es caer bajo el dominio de la razón, negando eso otro ámbito humano que “visita sin mí las otras versiones de la noche”, como tan bellamente lo pone el poeta argentino Roberto Juarroz, un pequeño regalo literario que recibimos de una querida beneficiaria del club.

A propósito de un encuentro de lecturas como el nuestro, lo bueno es que podemos llegar con unas ideas y concepciones sobre la obra y sus personajes y salir transformados por lo que dicen otros, por eso es importante conversar, así se nos desorganice el cuerpo, pues es la única manera de que también se nos desorganice el espíritu, algo a veces tan importante y necesario.

Yo no estoy de acuerdo con lo que se ha dicho, enuncia valientemente una asistente, porque no siempre es fácil sostener una postura ante otros, por más cercanos que sean. Yo lo que veo es a un conservador -continúa nuestra compañera- un hombre de su época, un Hans Castorp amasado en una clase social específica y con una vida ya aprendida, como lo caracterizó alguien más, que lo que busca es justamente evadir todo lo que pueda significar un cambio. En él se encierra una lucha constante con ideas y experiencias liberadoras. Es un hombre organizado, con gran sentido del deber, que mantiene su salud mental con una dosis constante de limpieza y orden. Su idea de amor es un estado eterno, sin cambio, sin conflicto, sin principio ni final.

(Este turista seguramente se sentiría como en casa por estas zonas montañosas nuestras, un lugar, o mejor, un espacio, que ha construido y conservado una mitología propia que le permite subyugarse a sufrimientos, supuestamente eternos.)

Otros lectores también reconocen en Hans ese hombre conservador, resaltando, sin embargo, que, como todos nosotros, es un ser en vías de una transformación que no siempre es obvia, ni rápida. El desorden corporal y sentimental por el que atraviesa puede leerse como síntoma de algo en movimiento, en tensión o en lucha, Hans necesita tiempo, ¿para qué?, no estamos muy seguros, pero tampoco él. Nuestras vidas no son más que difusas fronteras entre lo que nos libera y nos subyuga, lo que conservamos y lo que cambiamos, lo que nos seduce y lo que nos espanta. Nos liberamos de unas ideas y formas para subyugarnos a otras y comenzar nuevas luchas. Esas nuevas luchas tienen que ver con el encuentro para este hombre de llanura con nuevas formas del placer,
con su propio erotismo; pero para entender estos nuevos caminos que ha emprendido es necesario permanecer en el sanatorio y sólo lo puede lograr enfermando de cuerpo y espíritu, es decir, enamorándose. Ese encuentro tienen nombre propio, Clawdia, y esa sensación que le genera esta mujer, que lo provoca, que lo mueve, y que pone en acción esa fuerza que en él habita es a la vez intoxicante e irresistible.

Ya para cerrar. Si es cierto eso de que la literatura no es más que la unión del humanismo y la política, no dejar pasar de largo la anécdota del título de la conferencia mencionada al principio, que fue inspirado en este libro y en la lectura que Estanislao Zuleta hizo de él, una lectura en un momento de esa docilidad de la juventud y de la maleabilidad que refleja Hans Castorp; un bello ejemplo de los efectos que puede generar la obra de arte en el sujeto y como ese sujeto se vuelve a su vez repotenciador de la obra, generando hondos efectos que pueden durar por generaciones, por eso siempre es bueno preguntarse por las intenciones del autor, por más nebulosas que estas puedan parecer.

 

Álvaro Estrada García
Responsable de la memoria.