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La montaña mágica de Thomas Mann

Coordinan: Sebastián Gutiérrez G. y Dayana Cardona

Día: Último jueves del mes.

Periodicidad: Mensual (Febrero a Noviembre)

Lugar: Sede CorpoZuleta. Calle 46 N°70A-60

Hora: 6:30 p.m.

Entrada libre

Club de lectura Sociedad, poder, y vida cotidiana
Ciclo: La montaña mágica de Thomas Mann
Capítulos V (Hasta el final) - Agosto 30 de 2018

Tiempo y espacio. Enfermedad y muerte. Amor y transformación. Estas han sido algunas de las paradas que hemos realizado en este viaje que empezó unos meses atrás con la pregunta por el estado moral de un joven ingeniero naval, Hans Castorp. Pues bien, varias semanas han pasado ya, algunas de manera vertiginosa, otras de forma apacible, y ahora autor, narrador y héroe convergen en una inquietud por el estado corporal del ser.

A través de capítulos de una profundidad científica, filosófica y poética, que fácilmente pueden desbordar a quien los lee, Thomas Mann nos confronta con ese tratado de saberes científicos que ha tomado millones de años evolutivos en escribirse y que en el tiempo y espacio presente denominamos como cuerpo.

En un ejercicio sorprendente y de la misma manera en que organismos unicelulares se han ido juntando por milenios, especializándose cada uno en una función anatómica única pero fundamental para el surgimiento de organismos multicelulares más avanzados y complejos, el escritor ha logrado unir miles de símbolos básicos, cada uno con una función gramatical única y necesaria para que sentidos más complejos puedan construirse. El resultado es un viaje intraterrestre a lo más íntimo de ese estado de la materia más cotidiano y cercano a nosotros: nuestra corporalidad, un universo propio pero desconocido, que se asemeja a paisajes extraterrestres cuando es visto de cerca a través del lente de quien investiga, no importa si se acarrea consigo un espíritu científico o artístico.

Hans Castorp ha emprendido un nuevo viaje por el camino del conocimiento, pero la suya es una forma de aproximarse que contrasta con las del doctor Behrens o las del mismo Settembrini. La forma en que el doctor se relaciona con el conocimiento es muy esquemática y deconstruye la maravilla del todo, presentándolo de manera escueta como un simple listado de ingredientes. Su discurso no cautiva, pero no se trate de un problema de contenido pues, como recordaba un compañero, no por tratarse de algo científico, no puede ser poética la forma. Por su lado, el humanista italiano, como buen hombre de su época, hace una defensa a ultranza de la razón como único camino para la felicidad humana y su fuerte postura ideológica sirve al autor para hacer una crítica a una vieja tradición occidental que está viendo como sus utopías van siendo arrasadas por el propio espíritu humano. Tampoco es casual que la idealización que hace Ludovico Settembrini de la razón este ligada a esa dolorosa vivencia que él tiene de que su propio cuerpo como una jaula que limita sus posibilidades.

A diferencia de ambos, Hans asume una postura creativa, artística si se quiere, que surge de una apertura de su ser potenciada por el amor que siente por Clawdia Chauchaut, un sentimiento que se materializa en la impúdica voluptuosidad del cuerpo de la mujer tártara. El espíritu explorador de Hans se asemeja al del niño que comienza a preguntarse por cosas elementales, como el origen de la vida, y que no siente temor de perderse en medio de interrogantes por cómo se da el paso de lo inorgánico a lo orgánico, de la vida a la muerte o del estado corporal al estado espiritual, en otras palabras, esos grandes abismos del conocimiento que aún hoy nos dejan perplejos, por los que cuidadosamente nos va guiando el autor con tan seductora narración.

Y así como la nieve que todo lo cubre deja finalmente en evidencia la, hasta entonces, sutil llegada del invierno a la montaña, el lento proceso de transformación de nuestro héroe es cada vez más evidente. El amor que experimenta por Clawdia arrasa con ciertas nociones de lo que significa estar enamorado; un estado del alma que busca ir más allá de sí mismo, haciéndose preguntas por la sentimentalidad y la vulnerabilidad en medio de una sociedad que idolatra el poder; luchando contra ese amurallamiento que la vida cotidiana puede crear alrededor de nosotros mismos por medio de instituciones como el trabajo, el matrimonio o la familia. En síntesis, el joven Castorp se encuentra en un momento de rebeldía, de forjar una palabra propia e intentar derribar el existente estado moral en lo íntimo y lo social.

El ingeniero naval a naufragado y muchas de sus concepciones del mundo han caído por la borda a las profundidades de su espíritu, esperando pacientemente por la oportunidad de algún día volver a la superficie.

Sin embargo, a pesar de que todos están inmersos en un clima que invita al recogimiento, detenimiento y reflexión, graves preguntas por la existencia parecen acaecer solo en nuestro protagonista, una forma en que la novela nos recuerda que la magia no habita en la montaña, sino en quien está dispuesto a ser afectado por ella, pues las vidas de muchos de los habitantes de aquí arriba suenan tan planas y vacías como las de muchos más, allá abajo en la llanura.

Mientras tanto, queda la pregunta por cómo sostener el espíritu del asombro. El arte, ese hacer humano capaz de aprehender lo inaprensible, de dar sentido al sinsentido, de crear allí donde la nada dominaba no es suficiente, esto lo sabe Thomas Mann, quien a través del querido personaje que reside en la habitación 34 del Berghof, intenta reconciliar eso que para algunos parece irreconciliable: arte y ciencia. Más allá de la pregunta por cuál forma del conocimiento es superior, el escritor nos muestra que ambas son potencias para seguir indagando en lo más oscuro de nosotros mismos y todo aquello que nos rodea; por eso no deja de ser sugestiva esa imagen que se nos ofrece de Hans enrollado en sus cobijas de piel, una que recuerda a la oruga que pacientemente espera su propia transformación, con la esperanza de conseguir ese par de alas que le ofrezcan mayor libertad y le permitan conocer un poco más de toda esa belleza que le ofrece su propio universo.

 

Álvaro Estrada García
Responsable de la memoria.