MEMORIA DEL SEMINARIO
"EL AMOR, LA VIDA Y LA MUERTE A TRAVÉS DE LA LITERATURA"
(Octava selección: narrativas africanas)

Sesión del martes 11 de octubre de 2016
Cuento, o relato, o noveleta, o fragmento de novela leído y analizado: Ponme un trago de Ama Ata Aidoo
Lugar: Auditorio CONFIAR. Ver mapa
Hora: 6:00-8:30pm
Modalidad: Tertulia

Un hombre emprende un viaje en el tiempo y en el espacio en busca de su hermana Mansa, a quien vio por última vez hace doce años, cuando ella tenía 10 años de edad. ¿Quién es el hombre que inicia esa búsqueda y quién el hombre que la finaliza? ¿Qué mujer busca y con qué mujer se encuentra? Veamos.

Él es un hombre campesino que va por primera vez a la ciudad y, en ese periplo, sorpresas, preguntas y afirmaciones lo acompañan: muchas personas que van de un lado para otro, ¿son seres humanos? se pregunta sorprendido; los carros que inundan la ciudad, ¿los compraron con dinero?, le abrumaba la velocidad y el ruido, “sentía que el mundo entero estaba hecho de carros en movimiento”; se extrañó de que un hombre que le hiciera un favor sin engañarlo, de ver cómo las personas tienen tiempo para dormir un sábado al mediodía, de que seres humanos habiten en casas muy pequeñas, de que una mujer prepare la comida del hombre y la coma con él, de que una mujer tome cerveza “como si fuera un hombre”, se sorprendió de ver multitudes de personas reunidas en un mismo lugar, de ver la noche iluminada por infinidad de lámparas, de que a nadie en la ciudad le importe cómo baila el otro. El hombre que llega a la ciudad en busca de su hermana es un ser que se sorprende, y esa sorpresa le viene del desconocimiento, del choque de unas ideas que tenía con unas realidades nuevas que se imponen ante él y no tiene elementos para tramitarlas. Cada paso por la ciudad es para él una confrontación con la forma en que hasta el momento había sido, pensado y hecho su vida.

La búsqueda de su hermana está guiada por la imagen que de ella tiene cristalizada en su memoria: una niña de diez años que tras su propia decisión de no continuar asistiendo a la escuela su madre la llevó con una mujer que le enseñaría a “llevar la casa y coser a máquina”. Detengámonos aquí un momento, tomemos las preguntas del narrador y las palabras que sobre el asunto surgieron en el seminario: “¿Por qué algunos tienen suerte en la escuela y otros no? ¿Qué hizo a Mansa querer dejar la escuela?” dice el narrador. Por nuestra parte, decíamos ¿Qué alternativa tiene una niña de 10 años que no quiere seguir estudiando? ¿Cuáles son las razones que la llevan a tomar esa decisión? ¿Es un problema de la niña, de la escuela, de la familia, de la sociedad? ¿Qué le ofrecía la escuela que su subjetividad no pudo soportar? ¿Qué reclamaba su subjetividad que la escuela no atendió? ¿Es este el fracaso de la escuela o el fracaso de la niña? ¿Qué fue lo que fracasó? La única alternativa a la escuela que Mansa tuvo fue ocupar un lugar que tradicionalmente se le ha asignado a la mujer: el mundo privado y doméstico; adicional a eso, ella hacía parte de una familia campesina, sin mayores posibilidades económicas ni formativas para ofrecerle un camino que potenciara sus búsquedas, atendiendo a lo que su subjetividad aclama. Nos encontramos ante un problema estructural a nivel económico e ideológico que restringe las posibilidades de que un sujeto despliegue sus potenciales y el acceso a otros mundos, a otros discursos, a otras mentalidades. Es cierto que Mansa se salió muy pronto de la escuela pero, ¿qué hubiese pasado si hubiera terminado el ciclo escolar? ¿Su horizonte hubiera cambiado? No necesariamente, en tanto es un aparato reproductor de las mentalidades, los ideales y las concepciones, en lugar de ser un crítico de ellas.

Ahora, volvamos al cuento. El hombre, al emprender la búsqueda de su hermana, va a buscar es la hermana cristalizada en el tiempo, de 10 años, olvidando que el tiempo ha pasado, que las mujeres también crecen y que su vida puede tomar caminos diversos. Su amigo lo hizo caer en la cuenta de que ya era una mujer de unos 22 años, ante lo que el narrador supone que ella estaría bien, y bien, para él es igual a estar casada y con hijos; una imagen igualmente cristalizada, pero esta vez a nivel social, al no representarse –porque no tiene las condiciones para ello- que esa mujer que es su hermana podría tomar un camino diferente, resignificar su ser mujer con relación a las conquistas históricas que la humanidad ha venido realizando. Pensamos con lo que somos, con lo que hemos venido siendo.

Ahora, él se la encontró en el lugar menos esperado: en un bar, acompañada de lo que para él eran “mujeres malas de la ciudad”. Le entristecía sobremanera pensar en esas mujeres, “¿No tienen hogares? ¿No las quieren sus madres?” se preguntaba inocentemente, sin dimensionar la amplitud y profundidad del problema, que no radica sólo en tener un hogar o una madre afectuosa, ni en que estas mujeres sean unas víctimas exclusivamente, el problema es estructural y, por tanto, no recae en una sola vía. Él dice “Todos trabajamos por unos centavos para comprar algo de comer… pero, ¡Dios mío!, eso no es trabajo”. ¿Qué concepción tiene él de trabajo? Nos preguntábamos. Pues bien, tuvo que tomar un trago para decir esa verdad amarga que su hermana, una “mujer mala” más, le dijo una vez se reencontraron: “Todo trabajo es trabajo”. Él se repetía, quizá sin asimilarlo todavía, “Todo trabajo es trabajo… es trabajo… trabajo”.

Y aquí, otro debate emergió en el seminario sobre la relación entre el patriarcado y la prostitución. El problema puede entenderse de dos maneras: una, que la prostitución deriva del patriarcado, Mansa no se sale de lo que el patriarcado tiene para ella como mujer: trabajo de servidumbre; dos, que la prostitución es una respuesta que confronta al patriarcado, poniendo en entredicho la moral, la familia, el cuerpo, la restricción del mundo privado de la mujer.

¿Qué es el patriarcado?, preguntaba alguien, a lo que avanzábamos en afirmar que es una mentalidad instalada en la cultura y en las relaciones sociales que legitima el “nombre del padre”, es decir, el lugar del hombre como supremo en las jerarquías sociales y económicas, y la inexistencia de los derechos de la mujer; limitando así las posibilidades de hacer una vida por fuera de esos valores tanto para ellas como para ellos, de acuerdo a su órgano sexual.

Es una mujer que busca dignificar su oficio: trabajadora de la sexualidad. La frase “trabajo es trabajo” no es aceptable en el campo. En la ciudad se dignifica todo tipo de trabajo desde lo legal y lo legítimo. En la sociedad capitalista se reglamenta y legaliza, se le instaura un lugar porque todos los partícipes de la cultura asisten a él.

En la prostitución se invierte goce y energía. Trabajo con el cuerpo. ¿Es el cuerpo de la mujer una mercancía? Permite a los hombres acceder sexualmente a las mujeres, mercantilizando sus cuerpos, y el beneficiario mayor es el capitalista de los cuerpos, que maneja la industria. La sexualidad, el cuerpo de la mujer, es uno de nuestros mayores enigmas, al cual el patriarcado siempre estará intentando ponerle el velo y restringir su goce.

Xiomara Meneses Cano,
Responsable de la memoria.