MEMORIA DEL SEMINARIO
"EL AMOR, LA VIDA Y LA MUERTE A TRAVÉS DE LA LITERATURA"
(Octava selección: narrativas africanas)

Sesión del martes 25 de ocubre de 2016
Cuento, o relato, o noveleta, o fragmento de novela leído y analizado: La fiesta de James Matthews

Lugar: Auditorio CONFIAR. Ver mapa
Hora: 6:00-8:30pm
Modalidad: Seminario

Problemas propuestos: Sostener la autenticidad ante el otro

Problema elegido: Sostener la autenticidad ante el otro

La del 25 de octubre fue una sesión enriquecedora, encantadora, no sólo por lo dicho sino por lo que no se pudo decir, el tiempo no fue suficiente para atender a tantas inquietudes que nos embargaban sobre el ser existente, ese que está en una continua relación con la muerte y la angustia y, por tanto, con la vida. El cuento nos llevó a un problema: sostener la autenticidad ante el otro, acompañada esta de una pregunta: ¿cómo sostener la autenticidad sin traicionarse a sí mismo?

El cuento que nos suscitó la conversación se titula “La fiesta”, y su tema central, podríamos decirlo, es la relación del sujeto con los otros, ¿qué sujetos?, ¿qué otros?, ¿qué se celebra en esa fiesta?

La fiesta a la que asistimos se desarrolla en un espacio amplio, pero no lo suficientemente para que las personas reunidas se sientan amplias, cómodas, libres. Lo que se respira a lo largo del cuento es un ambiente asfixiante y tenso, transmitido por William, un joven artista que se acerca por vez primera a una fiesta de este tipo, donde la gente ve, pero no observa; habla pero no conversa; oye pero no escucha; los cuerpos se juntan pero no se sienten, no se unen, no se trastocan. Una masa de cuerpos reunida y atraída por la seguridad del número, las voces individuales no se perciben, se repiten frases convencionales que no se sienten, las personas asumen poses y máscaras que representan ¿lo que son?, ¿lo que no son?, ¿lo que aparentan ser?. Es este un espacio donde la multitud amenaza con absorber a los individuos; el sujeto ya ha sido borrado entre el tumulto, sólo queda el individuo, el adaptable, el atomizable. William se resiste a perder su singularidad, que amenaza con perderse con la promesa del éxito y el prestigio, ¿qué tiene que ocurrir para que gane esa batalla, contra sí mismo y contra los otros?

Nuestro protagonista se gana el mérito de hacer parte de la fiesta una vez Ron conoce dos de sus libros. Lo único que tienen en común es su color de piel, lo que demuestra que el ser no se define por el color sino por algo más imperceptible; son dos seres muy diferentes: Ron se desenvuelve con total facilidad ante los blancos, su color de piel no es una barrera que le impida relacionarse con ellos en fiestas, cocteles, comidas, es uno más de ellos; es un “cazatalentos”, si así podemos nombrar a aquel que captura “vírgenes”, como dice el narrador, para exhibirlos y ofrecérselos a quien sabe qué hacer con ellos. Llevó a William a este lugar porque allí se encontraría con personas “que pueden ayudarlo si hace las cosas bien” ¿Cómo se hacen bien las cosas? Se preguntaba William en silencio. Por su parte, William, en la fiesta, se sentía como un “extraño entre extraños”, su oficio es el de escritor; “sentía la necesidad de compartir con personas que tenían las mismas inquietudes suyas”, ¿podría encontrarlas allí? Durante la fiesta su actitud es la de un artista: sigilosa, vigilante, observadora; en medio del bullicio, la rapidez y la multitud él sólo se detiene a observar, a imaginar, a interrogar-se. Lo que encuentra allí no es algo que le atrae inmediatamente.

En la fiesta hay tres momentos fulgurantes que pueden conectarnos directamente con el problema: el primero, cuando llega a la fiesta, William intenta hacerse a un lugar en el sofá, que está lleno de gente, Margo le abre un espacio y le ofrece un trago; tenemos aquí una mujer que sin preguntar quién es el otro, le da un lugar. Más adelante se dará cuenta ella de que él es el autor de dos libros que ella había leído y “siempre pensó que no eran cuentos de escritores blancos. Eran demasiado auténticos, demasiado cercanos al tema”, decía ella dejando en el tintero que los escritores blancos carecen de autenticidad. El segundo momento fulgurante es cuando él empieza a observar y abrirle paso a las preguntas “Aquel barullo: ¿formaría algún día parte de él? ¿Se adaptaría libremente, sin el constante miedo interior de no pertenecer a él?”. Se preguntaba ¿lo habría invitado a comer si no hubiera sido el escritor de los cuentos que tanto le habían gustado? ¿Cuál hubiera sido su reacción si él le hubiera dicho otra cosa: que era tan insignificante como parecía, que había ido principalmente por insistencia de Ron? La duda suscitó otros pensamientos que había tratado de sepultar”. Finalmente, el último momento fulgurante es cuando aparece otra mujer, Mederith, quien al instante lo miró “como si fuera pieza de museo”, era una mujer poderosa que, en caso de que él lograra gustarle, ella podría serle muy útil en términos de éxito y prestigio. La primera palabra que Mederith le ofrece a él es una pregunta ¿usted qué hace? William le responde, retándola, “soy mensajero”, poniendo a prueba las preguntas que habían sido producto de su reflexión. Detrás de esta respuesta hay un hombre que se resiste a ser añadido a su colección para ser exhibido.

Este hombre, que en el seminario adjetivamos “un ser auténtico”, se encuentra ante un mundo inauténtico, legitimado por una fiesta, esa seguridad del número que evade la angustia, la muerte y promueve el placer, la exhibición de máscaras y cuerpos adornados con vestidos lujosos, títulos y poses. Partimos de una verdad: tanto en lo auténtico como en lo inauténtico tenemos que representar lo que somos, lo que estamos siendo, pero la pregunta real es ¿dónde se construye el ser? En el encuentro con el otro, decía alguien, ese que promueve la exploración del ser en la conversación, por ejemplo, donde nada está concluido ni dado de antemano.

Vámonos ahora al problema: sostener la autenticidad ante el otro.

Lo primero que intentamos hacer es definir la autenticidad, relacionándola con la singularidad del ser, esa que funge como una huella digital: única e irrepetible, al punto de conquistar un estilo propio. En William, su singularidad se manifiesta en su expresión artística, su potencia creadora, esa que sólo Margo logra captar, primero en su obra, luego en su persona. En la obra de arte, el artista busca construir una huella e impregnarla, como forma de legitimación de su existencia. Todos tenemos la necesidad de dejar huella, en tanto seres existentes estamos ante la muerte, unos que la encaran, otros que la ignoran, pero ninguno la puede evadir. Dejar huella es, pues una forma de resistirnos ante la muerte y, en esa resistencia, asumir la angustia ante “un enigma cuya solución depende de algo que no ha sido, que aún no es”.

Escribir es diferente a ser mientras se escribe. Uno puede escribir para alguien, por fuera de sí mismo; o bien, puede escribir para uno, diciéndose algo a sí mismo. Asimismo, ser premiado es diferente a ser mirado. El camino de la pregunta hacia la enunciación es diferente en cada ser humano. Se dice que ya todo está dicho, pero pocas personas lograr enunciar de una forma singular eso que el mundo históricamente ha producido. Se habla de autenticidad no cuando ofrecemos algo nuevo al mundo sino otra forma de decir lo mismo, una construcción nueva que está amarrada a la angustia propia del ser: una forma nueva de decir y decirse.

Durante el conflicto de la fiesta, William no se permite ser inferior a su producción, lo cual lo lleva a no ceder ante la impostura que viene de afuera; traicionarse implicaría la pérdida de su autenticidad. Decía alguien que la singularidad se evidencia cuando el ser es capaz de sostenerse con su más propio semblante, logrando ser el que es, limpio de atavíos que le impiden ser.

Por su parte, la inautenticidad, podemos decir con Zuleta y Heidegger, “es una actitud que no se detiene nunca en una exploración, en la búsqueda de un sentido, en la pregunta por el significado de algo sino que, por el contrario, se niega a pensar el problema buscando otra noticia y luego otra, cada vez más actual, más nueva”.

La fiesta, decíamos, es un dispositivo de legitimación y exclusión; mediante el círculo social es también configurar condicionamientos que le exigen al ser humano ser de una manera, al escritor ser y parecer un escritor, es decir, ser inauténtico. ¿Un auténtico debe rendir su condición de auténtico a condición de que se le reconozca el nombre?

Xiomara Meneses Cano,
Responsable de la memoria.