MEMORIA DEL SEMINARIO
"EL AMOR, LA VIDA Y LA MUERTE A TRAVÉS DE LA LITERATURA"
(Octava selección: narrativas africanas)

Sesión del martes 27 de septiembre de 2016
Cuento, o relato, o noveleta, o fragmento de novela leído y analizado: El elector, de Chinua Achebe

Lugar: Auditorio CONFIAR. Ver mapa
Hora: 6:00-8:30pm
Modalidad: Seminario

Problemas propuestos: ¿Qué es un elector?

Problema elegido: ¿Qué es un elector?

En este día en el que Estados Unidos estaba en las elecciones de presidente, coincidimos con un cuento que nos dio elementos para conversar sobre esas elecciones y sobre las tradicionales elecciones en nuestro país, con la que cada vez reivindicamos lo que somos y lo que no podemos ser, evidenciamos qué tanto se ha avanzado en el cambio de las mentalidades y se plantean retos por venir en términos de formación.

La conversación del seminario se centró en la pregunta ¿Qué es un elector? Con ella fuimos al relato, rastreando a su vez qué es la democracia y qué es un candidato, para entender más complejamente el problema en cuestión. Veamos qué aportes nos hizo el relato, qué aportes nuestra vida cotidiana y las palabras ofrecidas por los asistentes al seminario.

En el relato hay varios personajes y signos que le aportan al problema.

Roof, nuestro personaje principal, es un hombre que “había renunciado por voluntad propia a un brillante futuro para regresar a los suyos y guiarlos en estos difíciles tiempos políticos”. Es un verdadero experto en campañas electorales, “podía determinar el temperamento y el estado de ánimo del electorado en cualquier momento”. Todo su conocimiento estaba puesto al servicio del Honorable Jefe.

Por su parte, el Honorable Jefe, Marcus Ibe, es Ministro de Cultura y candidato al mismo cargo por cinco años más; se respira en el ambiente un aire de seguridad de que será nuevamente Ministro. “¿Cómo llegó hasta allí?”, se preguntarán ustedes. Cuenta la historia que antes de ser político fue un maestro de escuela sin demasiado éxito, se salvó de ser despedido por embarazar a una maestra porque la política, justo en ese momento, llegó a la aldea y, Marcus, sabiamente, se hizo político. Más tarde se casó con ella, con la maestra, bueno, y con la política también. Los frutos de esa próspera relación no se hicieron esperar: dos grandes carros y la mejor casa del sector. Él “conocía la fuente de su buena fortuna”, como todo político, sabía que debía mantener la imagen de que “seguía siendo un hombre de pueblo”, así actuaba y así lo reconocían, “un hombre de pueblo”, “un buen hombre”, “nuestro hijo más ilustre”, cada vez que podía dejaba la capital y regresaba a su aldea, así nadie podía decir que era “como el pajarito que bebió y comió y fue a desafiar a su espíritu tutelar”, no, él “no es como el mortero que tan pronto le llega la comida da la espalda al suelo”; todo lo contrario: bautizó su nueva casa con el nombre de la aldea “Mansión Umuofia”, y en la inauguración agasajó al pueblo con cinco bueyes e innumerables chivos. Si lo que querían era encontrar que defendiera alguna idea en particular, me temo matar sus esperanzas, pues este Honorable Jefe no defiende ideas sino intereses personales que no pasan de ser económicos, pero lo mismo ocurre con sus opositores, cuando dicen “Por ahora basta con que Maduka obtenga unos cuantos votos; la próxima vez serán más. La gente oirá que parte libras, no chelines, y nos escuchará”. ¿En qué sostiene la democracia?

Ahora pasemos al “Elector”, en singular, como nos lo anuncia el título: son el pueblo, los habitantes de Umuofia. Decíamos en el seminario que, como su palabra lo anuncia, a un elector lo define su poder de elegir; a ese acto lo llamamos “voto”. Entonces, un elector es quien está habilitado para votar, así no vote, pues tanto la acción como la omisión de su legítimo derecho y deber tienen consecuencias. A esta definición se articula el relato, pues, en Umuofia, como en muchos lugares del mundo, un día cada cinco años, “el pueblo ejerce el poder, o piensa que lo hace”, es toda una paradoja, tiene el poder de elegir a quien entregarle su poder, para que tome las decisiones, por los próximos años, que afectarán a todos en mayor o menor medida; hablamos aquí de una democracia representativa y poco participativa, que se constituye con las mayorías (en término de votos exclusivamente) y deja de lado las minorías, una democracia que se circunscribe a lo político, en términos de que todos pueden votar y nacen iguales ante la ley, pero que no aplica igual en lo económico. Sin lugar a dudas, el poder del Elector es diferente al poder del elegido, el poder del primero se sostiene un día, el poder del segundo se sostiene durante años y abarca instituciones, medios de comunicación, decisiones económicas, políticas y sociales; tienen diferentes alcances. Se hace necesario, en este punto, preguntarnos, ¿qué es lo que elige el elector?, ¿qué tipos de electores hay?

Hay tres escenas que nos presentan al Elector, representado por personas diferentes, en momentos diferentes. Las tres tienen algo en común, la palabra media en el compromiso de una acción que se concretará a futuro; el dinero como realidad o como promesa, afecta la “decisión” final. Importante volver a preguntarnos si hay realmente una decisión, y abramos otras preguntas ¿Si las condiciones económicas básicas estuvieran resueltas, el panorama sería diferente?, ¿qué clase de elector sucumbe al soborno?, ¿y qué clase de candidato soborna?

Primera escena. Un círculo de cinco ancianos está reunido en una habitación, al frente de cada uno de ellos, sobre el suelo, hay dos monedas de un chelín, dispuestas por Roof a cambio de que ellos y sus esposas voten a favor de Marcus. “Dos chelines es vergonzoso”, dice uno de ellos. “Ayer no le pedimos dinero; mañana no se lo pediremos. Pero hoy es nuestro día; hemos trepado hoy al iroko y seríamos muy tontos si no cortáramos toda la leña que necesitamos”. “Como sacerdote administrando la hostia, [Roof] le dio un chelín más a cada hombre”, poniéndoselo en el suelo, no en las manos. Ante la negativa de los ancianos, Roof puso un chelín más. Ellos los recogieron, “sin mayor pérdida de la dignidad”. Tenemos aquí un tipo de elector: el que no le importa la dignidad porque o no la tiene porque ya se la arrebataron o no sabe si quiera que existe.

Segunda escena. Es el día de las elecciones. A las mujeres les dicen “nuestro emblema es el automóvil”, “como el de Marcus” respondían ellas. “Es el mismo automóvil. La casilla que tiene el carro es de ustedes. No miren la que tiene la cabeza del hombre: es para los que no andan bien de la cabeza”. “Voten por el auto y pasearán en él”, decía Roof. “Y si no lo hacemos nosotros lo harán nuestros hijos” decía una de las mujeres. “Por qué caminar si puedes manejar” seguían diciendo los de Marcus, mientras él observaba y esperaba, sentado en su gran carro verde. La única diferencia de este elector con el anterior es que a este no le dan dinero sino que le prometen un paraíso que no tiene razón de ser, que no se sostiene en resolver los problemas más estructurales que afectan su día a día, sino que se circunscribe a los sueños que el mismo sistema impone para reproducir su pobreza e ignorancia.

Tercera escena. Se cambian los papeles: ahora es a Roof a quien se le ofrece dinero, esta vez de parte del partido enemigo al de su Honorable Jefe, a cambio de que vote por Maduka. En lugar de cuatro chelines, le ofrecen cinco libras pero, al igual que a los ancianos, los billetes están dispuestos en el suelo. Sus ojos no se pueden apartar de los billetes, “parecía hipnotizado por la imagen del campesino [en el billete] recogiendo la cosecha de cacao” (una imagen a más de bella, profunda, que representa al pueblo, a la clase trabajadora, esa que, se supone, los políticos representan y defienden). ¿Qué representa el voto de Rufus? ¿Por qué le pagan más? ¿Qué es lo que cuesta más? ¿Acaso su dignidad? ¿Su lealtad? ¿Su honor? Eso “estaría muy mal”, dice Roof apelando a la moral sin mayor convencimiento, sólo necesitó que le confirmaran que nadie sabría de ello para aceptar el dinero a cambio de su voto. Y, como la palabra no es suficiente para confiar en el otro, lo hicieron jurar ante un iyi que votaría por Maduka, si no, el iyi revelaría la verdad. Todos compartían esa creencia. Se preguntaba “¿Podía un solo voto secreto arrebatarle la victoria a Marcus?” Pero lo que no pensaba es que no se trataba solo de un voto, se trataba de SU voto, no es lo que valga en términos contables, sino lo que representa en términos simbólicos. Este elector, ante la trágica decisión que debía tomar, “dobló el papel, lo rasgó en dos y puso una mitad en cada urna” Un voto para Maduka, o para el iyi y la superstición que él representa, y otro voto para Marcus, o su honor; a fin de cuentas, ningún voto para nadie, él se queda con el dinero y pone en evidencia su frágil lealtad. Al anular el voto, rompe simbólicamente la democracia. Ante la superstición

La discusión encontró su cauce hacia el problema de la democracia. La democracia es la posibilidad de cuestionar el poder, de hacer preguntas y construir propuestas, quienes no están con estas posibilidades se les imponen fácilmente temores, arraigados en la mentira y la superstición. ¿Cuándo podemos decir que hay democracia? ¿Cuándo la democracia es débil y cuándo es fuerte? ¿De qué tipo de democracia hablamos cuando hablamos de democracia? ¿Habitamos, actualmente, una dictadura con ropaje de democracia, impuesta por los poderosos?

Como colofón, alguien afirmaba que la politiquería, la corrupción, no hace posible la democracia, encubre un acto inmoral, sostiene la ignorancia y la manipulación; son aristas del problema pero no son el problema. ¿Cuál es el problema?

Xiomara Meneses Cano,
Responsable de la memoria.