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Seminario Shakespeare: 400 años reinventando lo humano

Coordinan: Eduardo Cano y Alejandro López

Día: Lunes

Periodicidad: Semanal (Exceptuando festivos)

Lugar: Sede CorpoZuleta. Calle 46 N° 70A-60

Hora: 6:30 p.m.

Entrada libre

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Próximas lecturas:

  • Los dos Hidalgos de Verona (1592 Comedia)
  • La fierecilla domada (1594 Comedia)
  • Romeo y Julieta (1595 Tragedia)
  • El mercader de Venecia (1597 Comedia)
  • Mucho ruido pocas nueces (1599 Comedia)
  • Otelo (1604 Tragedia)
  • Cuento de invierno (1611 Tragicomedia)

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Obras ya leídas:

  • La tempestad (1611 Comedia)

Después de 400 años, el interés por Shakespeare sigue en aumento. No solo en los directores de cine y teatro, sino también en los coreógrafos, compositores y los propios editores y lectores. En el 2015 se estrenó en las carteleras de cine el último Macbeth, dirigido por Justin Kurzel, con una excelente producción y unos actores impecables: Marion Cotillard y Michael Fassbinder. También han enriquecido su filmografía con las obras de Shakespeare directores como Orson Welles, Akira Kurosawa, Roman Polanski, Al Pacino, Aki Kaurismäki, Sir Laurence Olivier, Kennet Branagh y Grigori Kozintsev –de quien se dice que hizo las mejores adaptaciones, que incluyen la música que Shostakóvich compusiera para ellas–. Y es que la lista de compositores que se han inspirado en Shakespeare no es menos corta: Tchaikovsky , Prokófiev y Verdi, entre otros.

También la televisión se ha nutrido de Shakespeare. La cadena BBC estrenó en el 2012 la serie The Hollow Crown, basada en los dramas históricos Ricardo II, Enrique IV, Enrique V, Enrique VI y Ricardo III, con actores de talla mundial y una producción impecable que compite con las más comerciales de las series de televisión.

En el teatro mundial sucede lo mismo: Tomaz Pandur, el director esloveno cuya propuesta de Hamlet pudimos apreciar hace poco en Bogotá, murió este año mientras ensayaba El rey Lear. El Teatro Biuro Podrozy, de Polonia, nos trajo en el 2009 un Macbeth en el que las pugnas entre los ejércitos urbanos se hacían en motocicletas; mientras que la compañía Teatro Nacional Esloveno de Maribor nos presentó ese mismo año Radio and Juliet, del coreógrafo Edward Clug, la puesta en escena recreó el drama trágico en el que Julieta se enfrentaba a 6 bailarines que mostraban el conflicto entre Montescos y Capuletos, acompañados con la música de la emblemática banda de rock Radiohead. También en el 2015, en el teatro del Barbican Centre de Londres, se estrenó Hamlet, con la actuación del ganador del Oscar Benedict Cumbertbatch.

Y nuestra ciudad no escapa al inevitable Shakespeare. Este año pudimos ver dos versiones sobre Macbeth: una del Pequeño Teatro y otra del Teatro La Hora 25. Este último le ha aportado un aire contemporáneo a la obra, situándola en el contexto de nuestra realidad, pero manteniendo la más respetuosa esencia en todas sus adaptaciones. Farley Velásquez –su maestro– dejó en sus actores y discípulos el amor y el respeto por este dramaturgo, bajándolo del pedestal intocable de los puristas y haciéndolo profundamente humano y reconocible.

Nos hemos aprendido de memoria pasaje memorables como "Ser o no ser" del existencial Hamlet ", la invocación al mal de Lady Macbeth o el monoólogo de Ricardo III –Gloucester– reclamándole al mundo su fealdad. Sin embargo, ¿qué tanto nos hemos dispuesto para una lectura seria y en grupo, en la que los sentidos y las interpretaciones se junten para dar lugar a la reflexión filosófica sobre esta obra? Leer dramaturgia quizás no sea fácil, como no lo fue leer a Robert Musil –un autor entrañable para nosotros– ni lo fue leer a Proust, un hombre atravesado por el tiempo y los laberintos de la memoria.

Con Shakespeare tendremos preguntas de inagotable respuesta: la muerte, el amor, la locura, los celos, la ambición, el poder, la lealtad, la familia, la amistad, el cuerpo. Vemos cómo en su obra se desnuda al alma humana y se escinde entre sus vicios y virtudes, la superstición y la razón. Sin embargo, no sólo es su contenido profundo y actual lo que nos interesa, sino también ese estilo poético que leemos en cada página.

¿Qué importancia tiene saber si Shakespeare escribió esta obra, si la hizo otro o si muchos intervinieron en ella? A la palabra de Shakespeare la envuelven sus personajes y se funde con ellos. En la biblioteca nos espera, ¿tendrá la fuerza para convocarnos y seremos capaces de leernos en ella? El tiempo, ese juez supremo, lo dirá. Yo comparto lo que dijo Tomaz Pandur: "Es el libro del alma para la eternidad"

Óscar Restrepo. Miembro de CorpoZuleta

 

Shakespeare y Cervantes: ¿qué estamos celebrando en estos 400 años?

¿Cuál es la responsabilidad de los docentes?

Por Mario Yepes Londoño. Profesor de la Universidad de Antioquia*

¿Es una obligación burocrática para aquellos a quienes compete? ¿Un tributo obligado al “canon”, que llaman? Para algunos, este es un retorno a un pasado que se ignora y a un arte que, por tanto, para justificar la inconfesada pereza intelectual y para evitar la ímproba tarea de leer a “esos viejos”, se desprecia como demodé, incomprensible y, supuestamente, “alejado de los intereses de los jóvenes de hoy”. Podríamos agregar: más bien, de los viejos que lo sentencian; y si lo creen, deberían aprovechar la efemérides para un debate bien pertinente y explicarnos sus fundadas razones para demeritarlos. Aquí el problema, concedo, no es solamente si fueron notables en el arte de su tiempo (y por esto, si uno cree en la importancia de la historia, ya merecen que los conozcamos), sino su vigencia.

Resulta que no estamos celebrando un imperativo homenaje a quienes ya están en altos nichos de la historia, sin que podamos dudar de ellos ni criticarlos. Sabemos que ni siquiera eran íntegros y ejemplares ciudadanos, que su ética social no era necesariamente de la misma andadura de su estética, como solemos idealizar. Que Cervantes fue acusado de proxeneta, de malversador de los impuestos que cobraba, no excusable, si fuese cierto, pero explicable por su pertinaz pobreza, incapaz de explotar su oficio para hacerse amigo del poderoso caballero, y que, como Shakespeare aunque no tanto como éste, en buena medida pudo medrar por la rendida admiración y sumisión a monarcas y aristócratas protectores, a veces fallidos.[1] Que Shakespeare, a quien hoy en la Secretaría de Cultura de Medellín, sin importar su genio, hubiesen llamado un próspero emprendedor, pero ante todo era dramaturgo, actor y poeta, fué parodiado de su propio texto por un colega, Robert Greene, cuando lo acusó de plagio, y lo llamó “corazón de tigre envuelto en una piel de cómico”, según nos cuenta Astrana Marín. De él se ha dicho, muchas veces y con supuesta autoridad, que ni siquiera fue el autor de las obras que se le atribuyen. Sobre esto creo que, como pasa con las obras de Homero, ya no nos importa a muchos quién las hizo sino la maestría de esas marcas registradas. Como de tantos personajes, equívocos y sospechosos hombres y mujeres de la historia que nos dejaron obra perdurable. Lo que llamamos su humanidad, su conexión con los seres y las sociedades de su tiempo y con la historia y el arte que les precedieron, no eran necesariamente su proyección personal aunque también lo fuera.

William Shakespeare: Escribir y representar en plena turbulencia*

¿Cómo fue su relación con el público?

Por: Mario Yepes Londoño. Profesor de la Universidad de Antioquia
Texto originalmente publicado en Agenda Cultural U. de A. en agosto de 2014

Llegada la era de los teatros públicos, Shakespeare y esa nutrida y prodigiosa generación de sus contemporáneos, escriben y representan para un público policlasista que es un microcósmos de una sociedad que se halla en plena turbulencia social; un público numeroso, agitado, entre el cual hay un sector mayoritario: el público proletario no ilustrado, de escasos recursos, pero ansioso de la diversión y del conocimiento que podía lograr donde no era necesario saber leer:

“(...) El auditorio de Shakespeare era mixto. En las ´salas para caballeros y damas´ de la galería, había hombres y mujeres tan inteligentes como (el poeta Sir Philip) Sidney, que también tenían bastantes conocimientos de teatro clásico. En las plateas, esa zona plana situada entre los muros de la galería, donde los villanos de pie rodeaban casi el escenario, había comerciantes y aprendices, sirvientes y mecánicos, soldados y marineros. Con demasiada frecuencia se ha aludido a este auditorio como ignorante y pendenciero, y por lo mismo indeseable. Ciertamente, esta era la opinión que sustentaban los funcionarios puritanos de la ciudad que escribieron diciendo que ´se realizaban robos después de cortar los bolsillos´. Nuestra desfavorable impresión acerca del auditorio de las plateas se debe principalmente a lo que los mismos dramaturgos escribieron acerca de él. Hamlet dice que los villanos ´son incapaces de apreciar otra cosa que incomprensibles pantomimas y barullo´. A Peele le disgustaba escribir para ´deleite de los pícaros de a centavo´. Jonson decía que ´la bestia, la multitud... ama todo lo que no es correcto y propio´. Los dramaturgos mismos se quejaron también en el mismo tono de los actores, pero debe haberles molestado mucho también la costumbre de comer manzanas, cascar nueces y beber cerveza que evidentemente tenía lugar en el transcurso de las representaciones. (...)”

 

(Kenneth Macgowan y William Melnitz: Las edades de oro del teatro, México, FCE, 1964, pp. 166- 170)