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Seminario Shakespeare: 400 años reinventando lo humano

Coordinan: Eduardo Cano y Alejandro López

Día: Lunes

Periodicidad: Semanal (Exceptuando festivos)

Lugar: Sede CorpoZuleta. Calle 46 N° 70A-60

Hora: 6:30 p.m.

Entrada libre

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Próximas lecturas:

  • La fierecilla domada (1594 Comedia)
  • Romeo y Julieta (1595 Tragedia)
  • El mercader de Venecia (1597 Comedia)
  • Mucho ruido pocas nueces (1599 Comedia)
  • Otelo (1604 Tragedia)
  • Cuento de invierno (1611 Tragicomedia)

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Obras ya leídas:

  • La tempestad (1611 Comedia)
  • Los dos Hidalgos de Verona (1592 Comedia)

Shakespeare y Cervantes: ¿qué estamos celebrando en estos 400 años?

¿Cuál es la responsabilidad de los docentes?

Por Mario Yepes Londoño. Profesor de la Universidad de Antioquia*

¿Es una obligación burocrática para aquellos a quienes compete? ¿Un tributo obligado al “canon”, que llaman? Para algunos, este es un retorno a un pasado que se ignora y a un arte que, por tanto, para justificar la inconfesada pereza intelectual y para evitar la ímproba tarea de leer a “esos viejos”, se desprecia como demodé, incomprensible y, supuestamente, “alejado de los intereses de los jóvenes de hoy”. Podríamos agregar: más bien, de los viejos que lo sentencian; y si lo creen, deberían aprovechar la efemérides para un debate bien pertinente y explicarnos sus fundadas razones para demeritarlos. Aquí el problema, concedo, no es solamente si fueron notables en el arte de su tiempo (y por esto, si uno cree en la importancia de la historia, ya merecen que los conozcamos), sino su vigencia.

Resulta que no estamos celebrando un imperativo homenaje a quienes ya están en altos nichos de la historia, sin que podamos dudar de ellos ni criticarlos. Sabemos que ni siquiera eran íntegros y ejemplares ciudadanos, que su ética social no era necesariamente de la misma andadura de su estética, como solemos idealizar. Que Cervantes fue acusado de proxeneta, de malversador de los impuestos que cobraba, no excusable, si fuese cierto, pero explicable por su pertinaz pobreza, incapaz de explotar su oficio para hacerse amigo del poderoso caballero, y que, como Shakespeare aunque no tanto como éste, en buena medida pudo medrar por la rendida admiración y sumisión a monarcas y aristócratas protectores, a veces fallidos.[1] Que Shakespeare, a quien hoy en la Secretaría de Cultura de Medellín, sin importar su genio, hubiesen llamado un próspero emprendedor, pero ante todo era dramaturgo, actor y poeta, fué parodiado de su propio texto por un colega, Robert Greene, cuando lo acusó de plagio, y lo llamó “corazón de tigre envuelto en una piel de cómico”, según nos cuenta Astrana Marín. De él se ha dicho, muchas veces y con supuesta autoridad, que ni siquiera fue el autor de las obras que se le atribuyen. Sobre esto creo que, como pasa con las obras de Homero, ya no nos importa a muchos quién las hizo sino la maestría de esas marcas registradas. Como de tantos personajes, equívocos y sospechosos hombres y mujeres de la historia que nos dejaron obra perdurable. Lo que llamamos su humanidad, su conexión con los seres y las sociedades de su tiempo y con la historia y el arte que les precedieron, no eran necesariamente su proyección personal aunque también lo fuera.

De la manera más obvia hay que decir: lo que estamos celebrando de esos viejos letrados, de ellos y sus colegas contemporáneos, es la letra. La insólita, novedosa (no es su máxima virtud), atrevida y al tiempo conservadora, altamente poética manera de elaborar la letra, la litera de sus respectivas lenguas (que ellos sabían suma y compendio de otras varias), para inaugurar la modernidad literaria de la narrativa, el poema y la dramaturgia. La capacidad de mantener y exaltar la tradición, y desafiarla y desconocerla como norma. La convicción de estar escribiendo para un público de un mundo que ya no era el mismo medieval, aunque tanto de él aún sobreviviera (incluso en las propias obras), y que por tanto las lenguas académicas imperantes, sin ponerlas a un lado debían mezclarse con las vulgares; porque, muy lenta pero seguramente, las gentes que no eran aristócratas ni clericales empezaban a ser letradas: en la escena de los teatros urbanos (los Corrales de Comedias en España, los “public theatres” en Inglaterra enfrentados con los Puritanos, el Jeu de Pomme de París), teatros que ya no eran exclusividad de monarcas, principales y burgueses, aún los analfabetas podían empezar a empaparse de esa lengua literaria bastarda y promiscua, chispeante, procaz y retórica al tiempo. Y esas mismas gentes, lenta pero progresivamente en todo sentido, iban accediendo al prodigio de las prensas que no paraban de imprimir novelas, dramas, comedias, poesía, ortodoxias y herejías.

Un mundo fascinante que conocemos por ellos, por Cervantes y los muchos del Siglo de Oro, incluyendo a los portaestandartes de la Contrarreforma española (como Lope y sobre todo Calderón) pero también por los “erasmistas” y otros polemistas que desafiaban al Imperio por dentro; y por Shakespeare y los iluminados herejes antipapistas isabelinos y jacobeos. En todos, la violencia y la crueldad sin límites y la confusión del mundo circundante, el “ruido y arrebato” que dice Macbeth, alternan en la escena con la hermosura y la tragedia del amor, con la ambición de poder, con la intuición de un Nuevo Mundo que llega con las crónicas de los mismos que van a verlas luego representar en el tablado: los que las escriben pero también los marinos que regresan del Atlántico a los mentideros de las tabernas, los soldados de las conquistas gloriosas y las fracasadas (como Lope y Cervantes) y de los cautiverios (como el mismo autor de los Entremeses), los pícaros y otras criaturas de los bajos fondos, y los pícaros de las alturas sociales que ocupan los paraísos de los teatros.

¿Acaso no podemos reconocer como propios estos mundos, aunque sean tan ajenos? Los argumentos son bien comprensibles y remiten a fenómenos intemporales, las referencias históricas están al alcance de cualquier curiosidad. ¿Qué resta? No tenemos, los profesores, derecho a privar a los estudiantes que no lo hagan por propia iniciativa, del prodigio y la belleza trágica y cómica de esos textos, si sólo les remitimos a ellos y no los acompañamos en el comienzo del viaje al parnaso; ellos cobrarán impulso casi de inmediato. Si somos ignorantes (ello es enmendable a poco andar) o desganados, o si somos obsesos por la inanidad de que sólo vale lo presente y a la moda, o que lo clásico debe ser “facilitado” y actualizado y pulverizado para mejor tragarlo, no los hagamos a nuestra imagen y semejanza que dioses no somos: somos inferiores a los que no han sido iniciados. Ellos tendrán que ser mejores que nosotros, o no hicimos la tarea. Si tales cosas creemos, mejor hagámonos a un lado, lejos, y no nos preocupemos por efemérides ni nos aprovechemos de ellas ni deformemos las obras.

1 “En la última parte de su vida, cuando publica sus obras maestras, no goza apenas de satisfacciones reales. Entre tanto su nombre se extiende, incluso en el extranjero, sobre todo en Francia donde imperaba la moda española. Se conoce el relato del licenciado Márquez de Torres, en la aprobación de la segunda parte de Don Quijote: se encuentra con varios gentilhombres del séquito del embajador francés, quienes, apenas la conversación recaída sobre Cervantes, se apresuran a interrogar. ¿Quién es ese hombre? ¿Qué edad tiene? ¿Cuál es su profesión? ¿Y el estado de su fortuna? Ante esta ferviente curiosidad el español baja la cabeza. ‘Me vi —dice— obligado a responder que era viejo, soldado, gentilhombre y pobre…’”.

Jean Cassou. Cervantes, un hombre una época. Traducción de F. Pina. México: Quetzal, 1939.

*Texto reproducido en corpozuleta.org con autorización de su autor.