Cómo llegar a ser japonés

Voz: Ana Díaz y Letras: Ramón Illán Bacca

Me llamo Go Toba y soy japonés por decisión propia. No me importa que la gente piense que además de inválido estoy loco. Tampoco me importa que mi madre esté todo el tiempo dándoles explicaciones a los vecinos y diciendo que son excentricidades mías para atraer la atención y para que me consientan. Lo que importa es que todos en casa me llaman por mi nombre japonés, se quitan los zapatos al llegar a mi cuarto para no dañar los tatamis y Socorro Salomé tiene siempre listos todos los Kimonos para usar el que me guste según el humor en que esté ese día. Hoy decidí  usar el hakama de seda amarilla, cubrirme el rostro de blanco de harina de arroz, pintarme los dientes de negro y usar el alto tocado que corresponde a un noble de la dinastía Heian.

He dado varias palmadas para que Socorro venga y me traiga mi álbum de recortes. No ha llegado ella sino mi mamá. No me gusta. Me trata con excesiva familiaridad; no sabe tratar a un noble de mi rango. Le pasé por alto el no haberme hecho la reverencia indicada, y con mi abanico de mano, ilustrado con un paisaje del período Yamatoé, le señalé el rimero de periódicos viejos. Es una mujer torpe, nunca comprende lo que quiero. Le lanzo maldiciones en un japonés que ya domino. Me niego a hablar en español, un idioma  de pobres. Abro y cierro la mano para alejarla. No me entiende o se hace la china. Tengo que completar el ademán con un alarido y por último lanzarle el abanico. Se va con una especie de súplica en los ojos que no logra conmoverme. Ese es mi drama: nacer en un país y en una época que no son los míos. 

 

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