Lo público entregado en comodato, una política de estado

Voz y Letras: Alfredo Úsuga

Aunque no nací, ni muchos menos tuve la fortuna de recorrerla en otrora, ni de despertar siendo un niño bajo su cielo azul, permeado por el smog, hoy por hoy si ando fascinado con su clima, por la pluralidad urbanística que pulula y que todavía se puede identificar en su extensión, con su multiculturalidad étnica, con su diversidad paisajística invaluable y que atrapa por estarse convirtiendo en epicentro de eventos y encuentros de distinta índole y connotación, y también porque en sus suelos se vive un cierto anarquismo que hasta los extranjeros se extasían cuando recelosos la visitan y todo porque Medellín es única, incomparable, mágica, alucinante  y entrañablemente, nuestra, de todos.

De ella he escuchado decir muchas cosas, los medios de comunicación, se han encargado de vociferarlo y de perpetuarlo, ha recibido diversos apelativos que van desde ser un edén florecido, pasando por ser la ciudad más peligrosa del mundo y llegando a ser la más innovadora y educada. Algunas de sus historias han sido transmitidas a través de la tradición oral, otras se han venido construyendo en el día a día, lo que sí queda evidenciado es que es una villa que para el ciudadano de a pie no pasa desapercibida ni es indiferente porque su fusión entre lo lícito y lo ilícito, entre lo permitido y lo no permitido la hacen casi que evidencial y enigmática, al punto de fascinar y embrujar asuntos, estos, que la convierten en un excelente escenario para desfogarse y ser o no ser y dejar ser.

Dicen que es violenta, aseveran que los extranjeros se erizan de miedo cuando mencionan su nombre, asunto este último convertido en toda una falacia, dado que aquí se pueden ver individuos de distintas nacionalidades deambulando por sus calles como “Pedro por su casa”, haciendo de las suyas a pesar de las advertencias que las autoridades de sus países de origen les hacen al oído. La centena de extranjeros se hace cada vez más evidente, todos añoran esta ciudad y la evocan simple y llanamente porque en esta ciudad se les toleran sus excesos, su anarquismo y su ambición, y por ende su incultura se riega. La xenofobia solo se aplica de allá para acá, en esta ciudad los extranjeros y al unísono, son tratados como unos “diositos” a los que este sistema esnobista, se les arrodilla los inmortaliza y los posiciona como todas unas deidades, vaya que un colombiano de otro país tenga por lo menos el mismo trato, llegue a vivir en las mismas condiciones y por lo menos lo ubiquen en condición de ídolo.

También es casi que inexplicable, como en la ciudad el acercamiento y los sentimientos de acogida para con los extranjeros son mucho más evidentes y abiertos que la aproximación que debería de darse para quienes han sido y son objeto de la exclusión y la estigmatización social y hablo de las personas en condición de calle o en estado de calle, una población en aumento y para con la que no hay ningún tipo de conmiseración sea porque cada uno haya o no elegido este tipo de vida

Es muy alto el número de conciudadanos que están sumergidos en la drogadicción  y que andan tirados en las calles siendo objeto de los más bajos sentimientos, solo basta recorrer el viaducto del metro entre el tramo comprendido entre las estaciones Parque de Berrío y Prado para que se alcance a ver en toda su extensión el deterioro, el desarraigo y la auto-exterminación en la que ha sucumbido la especie humana, a ello súmele lo que en este escenario se viene proliferando, posicionando y escalonando el expendio de todo tipo de alucinógenos, comercio sexual, distintas prácticas de extorsión de raponero y cosquilleo; hacinamiento de hombres y mujeres en las aceras de la carrera Bolívar, sobre los sectores de la calle Perú, Bolivia y Barbacoas, las muchas casas guaridas dónde se en un supuesto silencio cada vez más cómplice y complaciente, existe en este sector de la ciudad, un centenar de hoteles o casas de genocidio de inquilinatos, dónde la falta de control donde la falta de control de las autoridades es fehaciente, donde ocurre de todo y donde quienes han sabido posicionarse a falta de la no presencia y del silencio del Estado, son el sin número de convivir y de combos que hacen de la suyas y que se han tomado el centro de la ciudad, qué dio el Valle de Aburrá como si alguien se las hubiera cedido, o entregado en comodato, se le suma a este problema que las autoridades saben quiénes integran la convivir, saben quién es el jefe natural, y quienes son sus jíbaros, saben dónde se esconde, dónde tiene  la caleta, y dónde tienen el laboratorio, pero pareciera que existe una especie de amalgama permisiva, que permite que todo pase y nada le suceda a esos delincuentes, el asunto es claro el negocio está montado y además es redondo, la lista de niños, niñas y adolescentes que son una especie de esclavos de los alucinógenos, son por montones y son los que utilizan la banda para comercializar los estupefacientes y donde la paga es un frasco de sacol, una pipa o un rivotril, mientras en las aceras de la cuadra comprendida entre las calles Caracas y Perú sobre la carrera Bolívar, el desfile de jíbaros ofreciendo marihuana tipo cripi rudas y demás es cotidiano como si estuvieran en un bazar y todo esto sucede mientras loa}s agentes del orden con camioneta a bordo estacionada siempre sobre la calle Perú con la carrera Bolívar hacen presencia en el lugar y se alistan a patrullar la zona , algunos la recorren simulando que su tarea es titánica, otros optan por extasiarse en el chat de sus Android y otros reunidos en un corrillo de alistan a contarse sus chistes mientras al frente donde han ubicado su patrulla  muchas niñas y niños y adolescentes ofrecen sus servicios sexuales al sin número de tipos que bajan al centro a buscar menores de edad y la policía ni se da por enterada como lo de ellos es el orden. 

 

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