Zorba, el griego

Voz: César Augusto Correa Ramírez y Letras: Nikos Kazantzakis

–Patrón, ¿cómo llamaban a ese dios antiguo que era un crápula y no dejaba hembra
sin consolar en el mundo? Algo oí contar a su respecto. Al parecer, también él se teñía las barbas, y llevaba
tatuados en los brazos corazones, flechas y sirenas; se disfrazaba, según dicen: tomaba forma de
toro, de cisne, de cabra, de asno –dicho sin ofensa–, de cualquier cosa que deseara cada una de
sus pícaras amigas. ¡Dime su nombre!


–Supongo que te refieres a Zeus. ¿Cómo te acordaste de él?
–¡Dios bendiga su alma! –exclamó Zorba alzando los brazos–. ¡Sufrió mucho! ¡Padeció mucho!

¡Un verdadero mártir, patrón, créelo, que lo dice
quien lo sabe! Tú te tragas todo lo que te cuentan los libros: detente un momento a considerar
qué gente es la que los escribe. ¡Pedantones! ¿Qué saben en materia de mujeres y de los que
andan tras las mujeres? ¡Nada en absoluto!


–¿Por qué no escribes tú, Zorba, y nos explicas todos los misterios del mundo? –dije con intención
burlona.


–¿Por qué? Pues por la razón de que yo los vivo, esos misterios que tú dices, y no me queda
tiempo para otra cosa. A veces es la guerra, a veces la mujer, a veces el santuri: ¿dónde el ocio
para la pluma destiladora de disparates? Por eso hubo de caer en manos de los rascapapeles. Todo
el que vive los misterios, ya lo ves, no tiene tiempo para escribirlos; los que los escriben no tienen
tiempo para vivirlos. ¿Comprendes?


–Volvamos a lo nuestro: ¿decías de Zeus?


–¡Ah, pobre tipo! –suspiró Zorba–. Sólo yo sé cuánto ha padecido. Quería a las mujeres,
ciertamente, pero no al modo que suponen ustedes los emborronadores de papeles. ¡No, por
cierto! Él se compadecía de ellas. Comprendía cuál era su padecer, se sacrificaba por ellas. Cuando
advertía que en un rincón provinciano alguna solterona se agostaba de deseo y de pesar por el
tiempo perdido, o alguna hermosa mujercita –aunque no fuera hermosa, aunque pareciera un
monstruo– abandonada por ausencia de marido, no podía conciliar el sueño, se persignaba el
pobre, el hombre de buen corazón, cambiaba de traje, adoptaba la figura que imaginaba en ese
instante la mente de la mujer, y sin vacilar se entraba en su alcoba.


–No lo movía el afán de amoríos, te lo aseguro. A menudo, hasta se sentía sin fuerzas, y la cosa
es comprensible: ¡cómo dar satisfacción a tantas cabrillas, pobre macho! Más de una vez, la fatiga
lo acorralaba, se hallaba fuera de caja, ¡desventurado Zeus! Al amanecer regresaba diciendo: «¡Ay,
Dios mío, cuándo me será dado acostarme y dormir tranquilo! ¡Ya no doy más!» Pero hete que
oye de pronto un suspiro: en la tierra, una mujercita ha arrojado de sí las sábanas, se ha salido a la
terraza casi en cueros vivos, y lanza unos suspiros capaces de mover aspas de molino... Y ahí tienes
a nuestro Zeus trastornado: «¡Qué miseria», exclama, «tengo que bajar nuevamente a la tierra;
una mujer se lamenta y he de consolarla!»


–Tanto fue el cántaro a la fuente... Pues, señor, al fin lo dejaron huero las mujeres: con los
riñones quebrados, vomitando, paralítico, se murió. Entonces fue cuando su heredero, Cristo,
llegó. Vio en qué lamentable estado había que¬dado el viejo. Y exclamó: «¡Cuidado con las
mujeres!»

 

 

logo web vozyletras

Pata de logos VozyLetras 01

 

Conoce más de Voz y Letras