Entrañas de niño

Voz: César Augusto Correa y Letras: Tomás Carrasquilla

Meronianas, caligulescas en extremo. Eran las que cometía con los indefensos animales; piedra a los perros y a los cerdos, palo a las mulas y a las vacas,
chuzo y zurriago a todos ellos. Cuando lograba encostalar al gato y echarle al agua, era la dicha. Los gallinazos me mantenía humillado porque todas mis tretas y artimañas fueron infructuosas. 
Tuve que contenerme con insultarles y medirles puños. Los sapos eran mis enemigos personales, que le tiran leche y que se muere -me advertían cada rato- ¡Nada!
En cuanto les ponía inflados y lácteos a fuerza de porrazos, les ataba de las patas y a las horquetas de un chamizo. En lo más recondito y clandestino de la huerta, allá, en un
ángulo del vallado, detrás de unos higuerillos trópicales, mantuve muchos días el árbol escarmentozo de mis justicias. Allí pagaban los malvados el negro delito de lesa hermosura,
allí morían lentamente achicharrándose adesde antes de expirar. Yo peresenciaba su agonía, veía el desestremecerse, crisparse. Les observaba aquellos ojos brotados, verdosos, implorantes 
que se iban empañando. Al comprender tanto suplicio, sentía una delicia, un transporte que, de recordarlo ahora, me dan escalofríos y tristezas. Pienso a veces que puede ser la crueldad el móvil
inicial de las acciones humanas. 

 

 

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