Fragmento periodístico

Voz: Natalia Zapata y Letras: Koleia Bungard

Alberto lleva tres semanas "esperando" en el lado mexicano de la frontera de Nogales. Es hondureño, tiene 26 años y se demoró un mes rodando desde Tegucigalpa hasta Sonora. "¿Por qué te viniste?", le pregunté el lunes después de romper un bloque de hielo con una sonrisa. Estaba sentado, solo, en uno de los camarotes del albergue. Y entonces, entre susurros, resumió el drama de su vida y de su país. "Necesito un trabajo –dice–, para ayudar a mi mamá". Dice que la dejó luchando contra un cáncer de matriz. Que es uno de siete hijos. Que no tuvieron padre. Que sólo conoce la miseria. Que no sabe qué es la abundancia. Que llevaba un año sin trabajo. Que se iba a enloquecer en su país. Que el fraude electoral. Que el miedo. Que lo suyo no eran las maras ni los carteles. Que él solo quiere alivianarle el dolor a su madre. "¿Y por qué no pides asilo?", le pregunto. Y él me contesta con el susurro agüitado: "¿Usted cree que me van a recibir solo por decir que soy pobre y que mi mamá está enferma?". Caen las lágrimas. Suenan pasos en el albergue y es el vigilante que viene a recordarme que no puedo estar ahí, en el cuarto de los hombres. Entonces abrazo a Alberto como si fuera mi hermano, mi amigo, mi compatriota. ¿Llegará esta noche el "pollero" (coyote) a decirle que le llegó la hora? ¿Logrará evadir la vigilancia de la patrulla fronteriza y despertar un día en Arizona? ¿Conseguirá el trabajo que anhela para mandarle, en unas semanas, algunas lempiras a su mamá? Me quedo con su mirada: un ojo que devela miedo y el otro esperanza. Y me quedo también con su zozobra, que es la misma –supongo– de los 400 mil migrantes que intentan entrar, por su cuenta, cada año a este país.

 

 

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